Juicios por los
Derechos Humanos
LA NECESARIA
AUTOCRÍTICA DEL GENERAL MENÉNDEZ
(Esta
nota fue redactada hace unos meses cuando el Gral. Luciano Benjamín Menéndez
dirigió la palabra en los tribunales que lo condenaron por violaciones a los
derechos humanos. Por alguna circunstancia ajena a nuestra voluntad no fue
difundida en su momento, lo que hacemos ahora al tomar nuevamente relieve el
tema en el país en ocasión de haberse en estos días recordado los 25 años de
Democracia ininterrumpida)
Tal como lo hemos dicho en otras
ocasiones la Democracia es una religión y como tal, de acuerdo a lo que
manifestara Carlos Marx, acude a un conjunto de opios y alucinógenos para poder
perpetuarse. Bien sabemos que toda religión cree en la existencia de un Cielo y
en su correlato necesario, el infierno, oficiando esta última imagen
especialmente como un contrapeso cada vez que los fieles comienzan a entrar en
crisis respecto de los postulados esenciales del mensaje pregonado.
Así pues cuando ante los
fracasos indubitables del sistema que nos propone la Jauja universal en donde
todos en igualdad de condiciones podrán un día llegar a vivir libremente
satisfaciendo las propias necesidades y ser así "felices" sin que
nadie los gobierne y que en cambio nunca la realiza con la excusa de que los
que lo padecemos no nos esmeramos por ser cada vez más democráticos como se nos
solicita, muchas son las personas que, especialmente en etapas de crisis como
las actuales, comienzan a cuestionarse si en función de tales utopías,
realizables en un futuro que nunca se vislumbra, es lícito tolerar la
existencia de tantos desaguisados. Muchos se preguntan si es justificable, en
aras de estas promesas que nos realizan sus profetas, tolerar ante nuestros
televisores tantas imágenes cotidianas de políticos corrompidos y en alarde de
mal gusto cuya permanente y pegajosa presencia suele muchas veces superar el
límite de lo tolerable, por lo que comienza ya a correr un cierto tiempo de
descuento en relación a saber cuánto más de sacrificio democrático habrá que
efectuar a fin de poder alcanzar alguna vez esa gran panacea prometida. Es allí
donde entra en escena la contraparte del Cielo democrático que es el infierno
que nos es presentado a través de figuras arquetípicas y aterrorizadoras, como
en nuestro caso los famosos 30.000 desaparecidos, que todos saben a ciencia
cierta que nunca han sido tales, al menos en tal cantidad *, y el correlato
necesario de los militares genocidas y malos que los habrían ocasionado. Estas
figuras terroríficas, equivalentes al infierno de los cristianos o a la gehena
de los judíos, entran en escena vigorosamente cada vez que las crisis
democráticas se agudizan sobremanera. No casualmente, luego de una pausa habida
en el antagonismo entre el gobierno y el campo, se han promovido de una manera
sumamente sensacionalista los juicios en contra de los militares
"genocidas" del Proceso de Reorganización Nacional. El objetivo que
con esto pretende la clase política democrática es el de inculcar en la
población, tal como lo hemos manifestado en otras oportunidades, un estado
profundo de miedo a fin de que ésta renuncie a la peregrina idea de querer
suplantarla. Es como si se le dijera: "¿No les gustan nuestra imagen,
ineficiencia y corrupciones? ¿Están cansados y asqueados de nosotros y por lo
tanto quieren que se vayan todos? ¡Cuidado pueden volver a desaparecer otras
30.000 personas!" Éste es el sentido último del 'juicio de la memoria'.
Más que hacernos recordar algo que habría sucedido, la meta es la de mantenernos
siempre presente el mito incapacitante por el cual se
nos inculca la idea de que existe un límite que tiene la democracia que no
debemos transgredir, una especie de nada existencial aterradora: es el infierno
de los 30.000 desaparecidos. Dicha figura mítica es equivalente, aunque en
concordancia con nuestras proporciones de país de Tercer Mundo, con los más
sonados y espantosos seis millones de judíos gaseados durante la Segunda Gran
Guerra que cualquiera que ha investigado un poco sabe que nunca han sido en tal
cantidad y manera. Pero como se trata aquí de un mito necesario para que la
democracia pueda seguir existiendo, del mismo modo que el miedo del Infierno
fuera una figura indispensable para la existencia de una sociedad regida por la
Iglesia, puede prescindirse perfectamente de la apelación a la verdad y a la
ciencia.
Ahora bien los aludidos 'juicios
de la memoria' implementados con bombos y platillos por nuestros demócratas
podían habernos proporcionado también la posibilidad de que los incriminados
militares a quienes se mantuvo durante casi 25 años en un estado de verdadera
proscripción en cuanto a la manifestación de sus ideas ante el gran público
pudiesen aprovechar la circunstancia de la condena a perpetua, que habrían de
recibir de manera obligada por parte de sus jueces democráticos, para efectuar
ante las cámaras el descargo aludido y tratar así de denunciar la existencia de
este mito aterrador. En la semana pasada tuvimos ocasión de escuchar las
palabras del octogenario General Menéndez quien recordamos que representaba el
ala más dura y "revolucionaria" que se decía que tenía el Proceso
Militar, es decir aquella que pretendidamente intentaba convertir a dicho
movimiento, más que en un "Proceso" que apuntalara el caduco sistema
democrático, en una verdadera revolución que lamentablemente nunca llegó a ser.
Nosotros, de la misma manera que los demócratas esperábamos que aprovechase la
ocasión para efectuar su autocrítica. Por supuesto que con un sentido muy
diferente. Fue por su culpa y tal fue expuesto en los principios del
movimiento militar de 1976, que hoy existe una democracia estable en el país.
En efecto dicho golpe no se hizo en ningún momento para eliminar a dicho
sistema y sustituirlo por uno diferente y más acorde con el bien de las
personas, sino por el contrario, para "sanear la democracia" que se
encontraba enferma, confundiendo así causas con efectos pues la verdadera
enfermedad que tenía la Argentina era justamente la democracia, es decir la
falta de un gobierno idóneo y su sustitución en cambio por demagogos
inescrupulosos y corruptos, fundados en quimeras tales como el dogma de la
soberanía del pueblo. Lejos de autocriticarse públicamente por haber ayudado a
consolidar dicha anomalía y enfermedad, habiendo podido habernos hecho notar
que representó una tendencia en el seno del Proceso que no llegó a triunfar, el
Gral. Menéndez en cambio se ha jactado en público de que, gracias al accionar
de su movimiento que "ganó una guerra", hoy tenemos una democracia en
el país, solicitando así ser recompensado como un benefactor y no condenado por
genocida. Cuando en verdad lo que tendría que haber dicho, de haber sido
coherente con su punto de vista hasta las últimas consecuencias, es que él
sigue colaborando todavía ahora con la democracia y especialmente a
través de las declaraciones que está haciendo. Su guerra por consolidarla no ha
terminado, solamente que en este momento se encuentra ocupando un lugar
diferente de destino en la misma epopeya por obtener una democracia estable.
Los juicios en los cuales él participa como imputado son tan necesarios para la
consolidación de este sistema como lo fuera también su participación en aquel
movimiento por el que ayudara a "sanearlo" en un momento también de
severa crisis cuando el barco se hundía.
Él ahora sigue ayudando aunque asumiendo un rol diferente, esta vez el de malo;
pues bien sabemos que para que una religión tenga éxito son necesarios tanto el
ángel como el diablo. Tal como decía Papini, Dios
necesita del demonio para redimir al hombre. Sin su condena y el miedo que nos
suscita su figura y las aberraciones que se le imputan no habría actualmente
democracia y muchas personas se decidirían a ver cumplidas sus anheladas metas
de que se vayan todos.
De haber sido otro el general
Menéndez, en vez de reivindicar todo lo actuado, debería haber efectuado la
siguiente autocrítica.
"Me autocritico por haber
realizado un Proceso y no una Revolución que derogara definitivamente este
sistema perverso que padece el país y causa principal de todos sus fracasos.
Una democracia sana, tal como concebimos como consigna principal de nuestro
movimiento militar, era una ingenuidad tan grande como suponer la existencia de
un cáncer bueno o un sida beneficioso, pues es dicho sistema el mal y no se
trataba en cambio, tal como creímos falsamente, de una mala aplicación del
mismo. Lo que nosotros debimos haber hecho tendría que haber sido sentar las
bases de una cosmovisión diferente de la que nos rigiera desde 1853 con
distintos altibajos e involuciones que van desde la democracia para el pueblo
racional hasta la democracia a secas como ahora en donde todos valen por igual
un voto, desde un sabio hasta un analfabeto, desde un borracho hasta un premio
Nobel, etc, y en donde los grandes problemas del Estado quedan sometidos a la
voluntad caprichosa y mutable de las mayorías circunstanciales debidamente
domesticadas por demagogos venales. Deberíamos haber sentado las bases para la
constitución de una clase política en ese entonces inexistente como ahora en el
país y haber acudido a aquellos civiles que con argumentos doctrinarios
contundentes hubiesen ido desmontando uno a uno todos los sofismas engañadores
en que se basa el sistema democrático y no haber acudido en cambio, tal como hicimos, a políticos demócratas y corruptos
para que colaboraran con nosotros, los cuales, una vez que les entregáramos el
poder a sus partidos originarios fueron los primeros en darnos la espalda y en
organizar más tarde estos juicios farsescos.
No es cierto que éste sea el
primer país que juzga a los militares que ganaron la guerra como hemos creído
falsamente hasta ahora. En todas las democracias, en tanto producto de la clase
burguesa, se combate y se juzga al principio militar y guerrero, pues dicha
función no es propia de una casta que solamente piensa con categorías
económicas y concibe lo militar no como una vocación de servicio, sino como un
trabajo pensado exclusivamente en función del dinero y ajustado al mundo
"civil", tal como se está haciendo ahora en donde tenemos
"fuerzas armadas profesionales", agendadas
para misiones pacificadoras de la ONU por el mundo a fin de mantener la
democracia universal. La Argentina, a pesar de haber tenido la ocasión de ser
una excepción, no ha eliminado esta regla lamentable.
Fue por haber carecido de estos
claros principios que nosotros de manera imbécil entregamos el poder a los
civiles sin haber éstos opuesto en ningún momento una verdadera resistencia a
nuestra ocupación del Estado y sin haber habido de su parte una revolución que
nos desplazara del cargo. Claro que esta rendición a la partidocracia fue una
consecuencia de una anterior y también vergonzosa que tuviéramos en la guerra
de Malvinas. Por lo tanto no es verdad que los vencidos hoy juzgan a los
vencedores, como yo mismo creí en algún momento, sino que en cambio son éstos
los que lo hacen con los que se rindieron dos veces como nosotros.
Pido perdón al pueblo argentino
por haberlo defraudado con una revolución inútil que en realidad no fue tal,
sino, tal como su nombre mismo lo indicó desde un primer momento, se trató de
un "Proceso" que de lo único que ha servido ha sido para
desprestigiar el principio contrario a la democracia cual es la Dictadura.
Ha sido lógico entonces que esta parodia continuara hasta con el mismo nombre
en los tribunales del Estado. Esto que me está pasando ahora es coherente con
lo que realizamos y lo único que verdaderamente lamento es que se me condene
por lo que no hice cuando debería serlo por algo mucho más grave cual fue haber
permitido la consolidación del principio que hoy sigue postergando y
destruyendo a la Argentina y contra el cual no fuimos capaces de combatir.
Espero que esta autocrítica mía
sirva para que un movimiento diferente se realice en nuestra patria y que una
nueva élite aprenda de nuestros errores y los repare."
Ésta es la verdadera autocrítica
que debería haber hecho y que no hizo el general Menéndez. Quizás, como aun le
quedan varios procesos a cuestas, por "violaciones a los derechos
humanos" pueda tener ocasión de hacerlo todavía, tanto él como algún otro
de los 'represores'.
* Sin que
ello signifique que reivindiquemos la metodología aplicada en la guerra contra
la subversión, que no es el tema a tratar en esta nota, digamos que la única
cifra oficial reconocida tras una 'investigación' es la de 8.900, de los
cuales, tal como se demostrara en otras oportunidades muchos reaparecieron con
vida luego tras haber tenido la suerte (para ellos) de acceder a cargos
públicos.
Marcos Ghio
Buenos Aires,
10/08/08