Uno de los fenómenos más llamativos del
siglo XX es el renacer del Islam. Fenómeno que tiene lugar sobre todo en la
segunda mitad de este siglo que se aproxima a su fin, y más especialmente a
partir de los años setenta. El hecho resulta tanto más notable cuanto que el
mundo islámico se hallaba aletargado, sumido en una profunda decadencia, en
regresión progresiva desde tiempo atrás. Todo apuntaba a un lento pero
inexorable retraimiento del Islam, incluso a su desaparición bajo la
arrolladora oleada de las nuevas ideas y corrientes surgidas en Occidente en
los últimos tiempos.
Si
dirigimos la mirada hacia los dos últimos siglos observamos, en efecto, una
expansión planetaria de la moderna civilización occidental. Es éste, sin lugar
a dudas, el rasgo más definitorio de esta fase histórica que va preparando el
terreno para el mundo en que actualmente vivimos. A partir del siglo XVIII, se
registra un auténtico proceso de occidentalización universal, que llega a su culminación
con el triunfo de la revolución industrial y el avance de las ideologías
igualitarias. El mundo occidental, que se ha desprendido de su propia tradición
espiritual, para instaurar una civilización profana, materialista y
racionalista, trata de imponer al resto de la humanidad sus propios esquemas y
su forma de vida, buscando incluso someter a su poder económico, político y
militara los pueblos de todos los continentes.
Los pueblos
de religión islámica no serán ajenos a esta honda expansiva de tan tremendas
repercusiones. La ofensiva occidentalista se cebará en ellos con especial
virulencia, pues no en vano son los más próximos a ese mundo en ebullición del
que partirán las líneas directrices configuradoras del orden mundial. En el
inundo islámico el impacto occidentalizador sumirá dos formas de principales:
el colonialismo y las dictaduras modernizadoras.
Los países
árabes y musulmanes, tanto del norte de África como de Asia, en especial del
oriente próximo, serán víctimas de la voracidad imperialista de los países
europeos, sedientos de materias primas y de tierras y poblaciones sobre las que
proyectar su poder material. Las potencias europeas, sobre todo Inglaterra y
Francia, se aprovechan de la debilidad y corrupción de los gobiernos de dichos
países islámicos para irlos incorporando paulatinamente a sus imperios
coloniales. Esa incorporación colonialista viene acompañada, lógicamente por la
inoculación de toda clase de ideas y modos de vida occidentales, con la
consiguiente laminación de las creencias y convicciones islámicas. Y esta
situación se mantiene, con diversas vicisitudes, hasta la Guerra Mundial, tras
la cual entra en crisis la expansión colonial europea para ceder el puesto a
nuevas y más sutiles formas de neocolonialismo, sobre todo de signo soviético o
norteamericano.
Junto al
fenómeno, colonial, a veces como reacción frente a él, se registra en los
países islámicos, sobre todo a partir de los años 50, una corriente no menos
nociva: las dictaduras revolucionarias y modernizadoras que, envueltas en el
ropaje de una mística nacionalista, pretenden instaurar una ideología y tinos
sistemas políticos, sociales y culturales poco acordes con la tradición
islámica o, peor aún, en abierta contradicción con la misma. Toda la energía de
dichos regímenes dictatoriales va dirigida al establecimiento de formas laicas
y secularizadas, cuando no abiertamente ateas, calcadas de las imperantes en el
moderno Occidente. Se trata, pues de una occidentalización forzada, que hace
tabla rasa de todo lo que puedan ser principios o valores islámicos.
Esta oleada
anti‑islámica forjada en el seno de los mismos pueblos musulmanes a
consecuencia del contagio del bacilo occidental, se inicia ya en la segunda
década del siglo con la revolución de Kemall Ataturk en Turquía, que se
esfuerza por barrer cualquier rastro de cultura islámica, empezando por la
manera de vestir o el alfabeto y terminando por el cierre de las escuelas
sufíes. Es continuada posteriormente por los numerosos movimientos,
revoluciones y regímenes políticos que intentan sacar de su marasmo y poner «a
la altura de la historia» a las naciones afectadas, modernizándolas y
occidentalizándolas, es decir, desislamizándolas de forma más o menos brusca. A
esta línea obedecen, entre otras: la revolución nasserista en Egipto; la
dictadura del Sha en el Irán; el régimen socializante del Baas en Siria, Irak,
con su posterior desembocadura en el sanguinario despotismo personal de Saddam
Hussein; la dictadura de Siad Barr en Somalia, el régimen filo‑marxista
del FLN en Argelia o el régimen comunista de Babrak Kemal en Afganistán.
Se pueden
distinguir dos vertientes o modalidades en esta corriente dictatorial
secularizadora: la de inspiración socializante, incluso abiertamente marxista,
situada bajo la inspiración y la férula de la Unión Soviética, y la de aliento
capitalista, pro‑americana y antisoviética, más inclinada a confiar en la
protección de los Estados Unidos. Pero el enfoque y el proyecto básico es
siempre el mismo: un propósito decidido y vergonzante de desislamización a
ultranza. El que muchas de estas dictaduras anti‑islámicas se hayan
arropado en un supuesto islamismo, como ingrediente de un nacionalismo árabe —
es el caso de Saddam Hussein, blandiendo el Corán para dar un aire de
respetabilidad a su régimen ateo y antimusulmán — no altera en nada la realidad
ni debe inducir a engaño.
Esta es,
pues, la situación que presenta el mundo islámico en esta hora histórica, ya
muy entrado el siglo XX, en que las religiones van perdiendo terreno, como algo
anticuado y propio de un pasado lleno de supersticiones, en beneficio de la
religión laica del progreso. Todo parecía dar la razón a los heraldos del
materialismo y el laicismo progresista que entonan el réquiem por ese «opio del
pueblo» que, de acuerdo a sus peculiares esquemas ideológicos, constituiría la
religión, la islámica al igual que todas las demás. En semejante ambiente, los
pueblos musulmanes —o al menos sus élites dirigentes— sufren un agudo complejo
de inferioridad que les hace mirar como un lastre su más valiosa herencia.
Poseídos por una amnesia espiritual, se avergüenzan de su patrimonio sagrado y
se aferran a las concepciones modernas importadas de Occidente como si en ellas
estuviera su tabla de salvación.
Pero en la
segunda mitad de este siglo tiene lugar una inversión radical de esta tendencia
de regresión de lo islámico. Se produce un auténtico renacimiento del Islam, de
su cultura, de sus valores. Los pueblos musulmanes vuelven sus ojos, cada vez
con más fuerza y convicción, hacia su propia tradición. El hito capital en este
giro histórico, el hecho más sintomático y significativo en esta nueva
andadura, es la revolución del Imán Khomeini en el Irán chiíta. Por primera vez
en estos tiempos de ateísmo teórico y práctico triunfa una revolución de inspiración
religiosa, y ello en un país tan significativo como Persia o Irán, marcado
desde sus orígenes con una misión providencial en la historia de la humanidad.
Desde entonces el mundo islámico no ha cesado de adquirir fuerza y protagonismo
en el escenario mundial.
Tras ese
acontecimiento decisivo se va desencadenando en los países de cultura islámica
una serie de reacciones, movimientos y corrientes organizadas que buscan
revitalizar la propia tradición.
El renacer
del Islam ha ido acompañado por toda una serie de manifestaciones externas,
políticas, sociales y culturales, sobre las cuales nos han informado
ampliamente la prensa y los medios de comunicación, aunque desgraciadamente no
siempre de forma objetiva, verídica ni fiable. Manifestaciones que van desde la
revolución iraní a la lucha de Chechenia por su libertad; desde la rebelión del
pueblo afagano, contra el régimen comunista y la injerencia soviética —la
heroica lucha de los afganos fue uno de los ingredientes que determinaron la
caída del comunismo—; desde la efervescencia combativa de los núcleos
musulmanes en el Líbano o Palestina a la eclosión en Turquía de grupos bien
organizados que, dando la espalda a la herencia se esfuerzan por construir una
auténtica cultura islámica, acercándose a los aledaños del poder; desde los
incipientes balbuceos de los movimientos fundamentalistas en Marruecos a los
avances del FIS en Argelia y las consiguientes reacciones de los gobernantes
occidentalizados para frenar dicho avance; desde el despertar de la martirizada
Bosnia, en el sudeste europeo, a la progresiva ascensión de los musulmanes
negros en los Estados Unidos, bajo el liderazgo de Farrakhan. ¿Quién sabía hace
años que existía en el Cáucaso un país llamado Chechenia o que en Bosnia
Herzegovina existían núcleos musulmanes? He aquí algunos pequeños pero
elocuentes indicios del protagonismo creciente que va adquiriendo el Islam en
esta segunda mitad del siglo XX.
Pero junto
a todo esto, que es en lo que se quedan las informaciones periodísticas, hay
algo mucho más importante y profundo: el reverdecer de toda una tradición
espiritual, el nuevo florecimiento de una rica herencia sagrada.
El aspecto
sin duda más decisivo del actual renacer islámico, aunque de esto no hablen los
periódicos, es el resurgimiento intelectual, en el más riguroso sentido de la
palabra. es decir, el reaflorar del más valioso y profundo legado (te la
tradición islámica, de su contenido sapiencial. Se registra en nuestros días,
en efecto, un redescubrimiento en toda regla de las fuentes de la sabiduría,
del Irfan. Se extiende y afianza el sufismo, la corriente mística
y exotérica que hunde sus raíces en los orígenes mismos de la revelación
coránica.
Es
significativo que en este siglo, y más concretamente en los últimos decenios,
se hayan escrito, precisamente en Europa, obras capitales sobre la teología,
filosofía, metafísica y mística islámicas. Obras como Comprender el Islam
de Frithjof Schuon, probablemente el más completo y profundo estudio sobre la
visión islámica del mundo y de la vida que se haya publicado hasta ahora, o la
monumental biografía del Profeta Muhammad escrita por Martin Lings. No podrían
dejar de citarse asimismo las eruditas aportaciones de Henry Corbin, que nos
han permitido conocer la riqueza de la espiritualidad persa, o los
documentadísimos trabajos de Seyyed Hossein Nasr sobre la ciencia, el arte y la
filosofía del Islám. A todo ello habría que añadir las numerosas traducciones a
lenguas europeas de textos clásicos de los principales maestros del Irfan
y del Tasawuf: Ibn Arabí, Rumi, Al‑Gazali, Suhrawardî. Gracias a
esta ingente labor intelectual la gran riqueza espiritual y cultural del Islam
resulta hoy accesible para cualquier europeo o americano que desee conocer a
fondo este mundo que hemos tenido siempre tan próximo y tan distante.
Forzoso es
precisar que este renacimiento del Islám, que tiene lugar ante nuestros ojos de
forma tan espectacular se inserta cada vez con mayor fuerza, ante la crisis de
la actual civilización materialista y racionalista, y que constituye uno de los
rasgos sobresalientes de los tiempos que vivimos. TI‑as el vacío creado
en el alma humana por las ideologías y concepciones ateas, inhumanas,
reduccionistas que han dominado el panorama mundial durante los últimos siglos,
se vuelve la mirada a la religión y la espiritualidad, única fuerza capaz de
dar respuesta a los problemas que plantea la vida.
No sólo
resurge el Islam en nuestros días. Un renacer paralelo se da en las demás religiones.
Viento de renovación y de revitalización recorren tanto el mundo cristiano como
el hindú o el budista. Baste echar una mirada a lo que ocurre con Rusia y la
Europa del Este, donde trae el desmantelamiento del sistema comunista, con su
materialismo y su ateísmo militante, las iglesias vuelven a llenarse de fieles
ansiosos de dar sentido a sus vidas. Y algo semejante se constata en los
Estados Unidos, la tierra de promisión del materialismo capitalista, donde las
corrientes de renovación cristiana proliferan y crecen a pasos agigantados.
Nuevas escuelas, agrupaciones o comunidades surgen por doquier con el deseo de
reentroncar con las fuentes de la propia tradición espiritual, de redescubrir
su mensaje prístino y sapiencial y hay que tomar nota asimismo de la difusión
que va adquiriendo la espiritualidad oriental: crece de día en día el interés
por las doctrinas espirituales del Oriente — Taoísmo, Hinduismo (Yoga, Vedanta)
y Budismo (Zen, Shinshu, Vajrayana o Budismo tibetano) — así como por el mensaje
místico de pueblos indígenas masacrados por la civilización moderna, como por
ejemplo los pieles rojas norteamericanos.
Y ya que
hablamos del islam, no puede dejar de mencionarse la decisiva contribución que
han hecho numerosos autores musulmanes a este general renacimiento espiritual y
religioso que se extiende por todo el mundo. En Occidente hay que destacar, en
este sentido, la labor del francés René Guénon, a quien corresponde el mérito
de haber iniciado la llamada corriente caracterizada por su carácter ecuménico
y por su profundidad esotérica. Guénon, que abrazó el Islam, insertándose en
una vía sufí, termino sus días en Egipto, donde vivió con el título de Sheikh
Abdel Wahed Yahia. Nadie ha hecho tanto como René Guénon por devolver su a las
ciencias sagradas y por mostrar el camino que conduce a la superación de la
crisis en que se halla sumido el mundo moderno. Su obra ha sitio una aportación
de primer orden para la restauración de la Filosofía.
Son muchos
los autores que han continuado la tarea iniciada por Guénon y han seguido con
gran brillantez el camino por él abierto. Entre ellos abundan los que se sitúan
en una perspectiva islámica, a algunos de los cuales ya nos hemos referido con
anterioridad. Además de los ya citados Martin Lings, Frithjof Schuon, cabe
mencionar a Mihail Valsan, Léo Schaya, Titus Burckhardt o Gay Eaton.
Un detalle
significativo, que llama poderosamente la atención en tales autores es el
sincero respeto a todas las tradiciones ortodoxas y el profundo conocimiento
que tienen de todas ellas. Para quien se acerca por primera vez a sus textos,
no deja de resultar chocante el hecho de que estos autores no se lancen a una
acción de propaganda en favor de la fe en la que viven. Sorprende la
ecuanimidad con que hablan de las diversas vías espirituales de la humanidad.
Nada más ajeno a sus exposiciones y enfoques que el fanatismo, el proselitismo,
el partidismo superficial y exclusivista. Se trata de autores que no pretenden
difundir el Islam, no buscan convertir al interlocutor o al lector, aunque
ofrecen enfoques profundísimos de la tradición islámica que demuestran conocer
a la perfección.
U no de los
efectos que ha tenido la labor intelectual de los autores mencionados han sido
precisamente la renovación en profundidad del Cristianismo, es decir, la
recuperación de su más honda sabiduría, de su mensaje esotérico y metafísico.
Por paradójico que pueda parecer, este ha sido uno de los frutos de la semilla
sembrada por Guenón. En este descuella la labor de autores como Jel Abbé
Stephane, Jean Hani, Jean Borella, Louis Charbonneau‑Lassay, Jean
Tourniac, François Chenique, Lord Northbourne, Tage Lindbon o Philip Sherrard,
para citar solo algunos de los más significativos.
Hasta aquí
hemos hablado de los aspectos positivos que presenta el renacer del islam y de
sus prometedoras esperanzas para el futuro. Pero es menester hablar ahora de
los peligros y las amenazas que se ciernen sobre el mundo islámico en su
conjunto y que pueden frustrar ese luminoso renacer como ya aconteciera en
épocas pretéritas. ¿Cuáles son tales peligros? Yo señalaría tres principales,
que se insinúan de forma amenazadora en la actualidad:
1.
La instrumentalización del credo islámico;
2.
El contagio de ideas occidentales;
3.
El reduccionismo de lo islámico a ciertos aspectos, con el
descuido de sus dimensiones más hondas e importantes.
En primer
lugar, hay que alertar sobre la instrumentalización que puedan hacer del islam
determinados grupos, corrientes o individuos a los que el islam importa muy poco,
o que incluso lo desprecian y lo odia, y que no harán otra cosa que utilizarlo
para ponerlo al servicio de sus oscuros objetivos: su ambición y su afán de
poder, sus ideologías modernistas y materialistas, sus propósitos megalómanos o
sus locuras mesiánicas. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en la Argelia del
FLN, que pretendía arropar su progresismo marxista en creencias islámicas, o en
el Irak de Saddam Hussein, cuando éste llama a la "guerra santa" o
enarbola frases del Corán para movilizar a las masas en defensa de su régimen
amenazado. Ocioso es hacer notar el riesgo de desnaturalización y falsificación
que, para el mensaje islámico, injusta e inmerecida, que puede despertar en
sectores no islámicos que, ignorantes de lo que el Islám realmente es, tomen
esa contrafacción pseudoislámica por una expresión de islamismo.
Segundo peligro que apuntábamos: el contagio de ideas o
sugestiones recibidas de la moderna civilización occidental, que son
completamente ajenas a la tradición islámica pero que muchos intentan amalgamar
con el Corán y el credo islámico. Así por ejemplo, las ideas de democracia, de
progreso, de revolución. En este sentido, hay que mencionar también fenómenos
como el socialismo, el nacionalismo o el terrorismo. Fenómeno este último, extremadamente
grave y altamente sintomático de la descomposición moral del Occidente moderno,
que ha sido acogido con suicida entusiasmo por numerosos movimientos del mundo
árabe y musulmán en general. Como puede apreciarse este peligro va íntimamente
ligado al anterior, siendo inseparable de él.
Por último,
habría que aludir al peligro más grave y que está en la base de los otros dos,
aunque pueda parecer de menor rango: el intento de reducir el Islam a los
aspectos más superficiales y accesorios de la tradición musulmana. Es decir, la
hipertrofia de su dimensión exotérica, importante sí, pero siempre superficial
y subordinada a aspectos más profundos y elevados. Conviene no olvidar que esta
hipertrofia exotérica lleva inevitablemente asociada la perdida de dimensión
sapiencial de dicha tradición, la ceguera o la aversión hacia ella. Y no hay
que perder nunca de vista que — al igual que ocurre con cualquier otra
tradición espiritual, que tiene en la Sabiduría o núcleo esotérico su fuente de
vida— el Irfan o sabiduría es el corazón mismo del Islam. No habrá
renacer del Islam sin una previa recuperación y afirmación del Irfan. La
reducción del Islam a sus aspectos más exteriores trae, por el contrario, como
consecuencia la deformación, la degeneración el empobrecimiento de dicha
tradición.
Fácil es
imaginar las funestas consecuencias que tiene por fuerza que acarrear la
confluencia de los tres factores apuntados: instrumentalización, contagio , y
reduccionismo. Y hay que volver a insistir en que es el tercero de ellos el que
hace posible y propicia la aparición de los otros dos. En efecto, una tradición
que ha dado la espalda a su propia sabiduría está inerme ante los vaivenes que
sacuden la historia y queda a merced de las aberraciones, errores y sugestiones
que circulan en el ambiente.
He aquí,
pues, la conclusión de este somero examen: el Islam desempeña ya un gran papel
en el mundo actual, sobre todo como fermento espiritual. Y está llamado a
desempeñar un papel todavía más importante en el siglo XXI, en el próximo
milenio.
Para ello
el mundo islámico deberá, por un lado, revitalizar su núcleo espiritual,
profundizar en él y cultivarlo con esmero, pues sólo así podrá permanecer fiel
a su más auténtica esencia y a su más hondo mensaje. Por otro lado manteniendo
un espíritu abierto, que está en la raíz del mensaje del Profeta Muhammad,
deberá evitar desplazarse hacia posiciones que impliquen una actitud de
agresividad, de conquista, de violencia o de exclusivismo que no harían sino
provocar reacciones hostiles.
De este
modo, rechazando los engañosos cantos de sirena que le incitan a seguir otras
rutas y que pretenden hacer de él un elemento perturbador o desestabilizador,
el mundo islámico que en este nuestro siglo despierta de nuevo podrá contribuir
de manera decisiva a la edificación de un mundo más justo y armónico, que
encuentre su fundamentación y arraigo vii la 1 111 divina. Será un mensajero de
paz, orden y libertad en este mundo de caos, esclavitud y violencia, y podrá al
mismo tiempo desempeñar su misión histórica de puente entre Oriente y
Occidente, que hoy día se hace tan necesaria.
En la
esperanza de que esto ocurra, contemplando la esperanzadora promesa de este
renacer y conscientes de la Fuerza sobrenatural que mueve ese renacer del
Islam, podemos decir, con nuestros hermanos musulmanes: Al hamdu‑li‑llah,
"Alabado sea Dios".