En estos
últimos tiempos hemos presenciado un arduo debate entre marxistas en relación a
la postura a asumir ante un fenómeno tan complejo y original como el relativo
al fundamentalismo, el que hoy se encuentra en los principales planos de las
diferentes guerras y conflictos que se vienen desarrollando en distintas zonas
del planeta en contra del poder representado por el “imperialismo
norteamericano”, el que, de acuerdo a lo que siempre nos han manifestado, es “la
expresión del capitalismo en su fase final de desarrollo”. Y al respecto,
debido a que dicho movimiento islámico no acude más, tal como sucediera
anteriormente en los países árabes, a una mera lucha por reivindicaciones
“nacionales”, económicas o culturales, sino que sustenta como esencial un
principio de carácter estrictamente religioso y metafísico que, tal como
sabemos resulta una dimensión repudiada expresamente por aquella ideología,
calificándola como “el opio de las masas”, para la misma tal
hecho no puede en manera alguna resultar una cosa halagüeña. Se dirá que, en
contraposición al rechazo aquí mentado, en otras oportunidades el marxismo ha
mantenido un contacto muy estrecho con manifestaciones religiosas cristianas
como el caso del Movimiento de los Sacerdotes del Tercer Mundo o de
otras religiones, especialmente cuando estuvo en el poder. Sin embargo se
trataba aquí siempre de núcleos que habían resignado de su postura aquello que
era esencial y por lo tanto más repudiable para aquella ideología, es decir el
carácter trascendente de la religión, para reducirla en cambio a una concepción
eminentemente socialista, secular y mundana, por lo tanto estrechamente afín
con el marxismo. No es el caso de lo que en cambio sucede con el fundamentalismo
islámico. Aquí la forma de sociedad que se propone no es la progresista y
moderna que conciben las diferentes variantes del marxismo, sea ateas como
“cristianas”, sino un orden estrictamente medieval en donde el dinero, el
consumo y en general todo lo relativo a la economía vuelvan a ser un elemento
subordinado en la existencia y en el que la mujer, en vez de igualarse cada vez
más al hombre y hasta llegar a subordinarlo a sí, como de manera gemela
proponen tanto el marxismo como su “enemigo”, el capitalismo, retorne al hogar
y se someta a la tutela del varón, sea éste el padre o el esposo.
Ha sido
justamente este regreso hacia la Edad Media “oscurantista” y “nazi” que nos
propone el fundamentalismo islámico lo que ha hecho que muchos marxistas, en
especial entre el sector reformista -y entre los cuales los hay en inmensa
legión que se han acomodado con cargos y funciones burguesas en la sociedad
capitalista- repudien a tal movimiento y llamen a defender a la democracia, a
Israel y a la modernidad “imperialista” en su conjunto, respecto de lo cual se
conforman con resignación a realizar un apoyo crítico. Ello sucede en una
manera parecida a lo que hemos destacado en otra oportunidad cuando vimos lo
que también había sucedido, en un terreno totalmente opuesto, con múltiples
sectores fascistas tradicionalmente anti-norteamericanos y anti-judíos.
En esta
actitud ellos nos recuerdan al Marx más ortodoxo de su tiempo -y por lo tanto
el menos “marxista”-, el que siempre manifestó su apoyo y simpatía hacia los
movimientos colonialistas del mundo entero, en tanto consideraba que los mismos
representaban el “progreso” frente a las estructuras primitivas y medievales
personificadas en cambio por los pueblos colonizados. Recordemos al respecto
cómo en su momento el gran doctrinario de aquella ideología que revolucionaría
al mundo entero se opuso a nuestra emancipación americana y respaldó en cambio
a la acción de la Santa Alianza dirigida a recuperar las colonias sublevadas,
en tanto que consideraba que estas últimas representaban un movimiento
regresivo que “frenaba” el desarrollo del capitalismo, fase previa e
indispensable para llegar finalmente al comunismo, la gran meta paradisíaca de
la humanidad venidera. Las razones de todo ello se encontraban en el hecho de
que sea Marx como Engels siempre consideraron que el socialismo era el producto
de una evolución histórica que precisaba previamente para su realización
del cumplimiento indispensable de la etapa burguesa y capitalista y que por lo
tanto no toda revolución efectuada en su contra era positiva y rescatable, pues
podía darse el caso de movimientos que, aunque enfrentados violentamente al
sistema vigente, fuesen en cambio de corte retardatario. La vertiente rusa que
lo enfrentara a Marx en la Primera Internacional, representada en
su momento por el anarquista Bakunin, criticó dicha postura y sostuvo en cambio
que el motor de la revolución estaba representado no por la evolución de las
fuerzas productivas, sino por la explotación que padecían los pueblos, los
cuales espontáneamente y por una especie de milagrosa armonía preestablecida,
independientemente de los principios que sustentaran, iban a terminar llevando
a la humanidad hacia la misma meta sustentada por Marx, el comunismo. Este
antagonismo esencial entre dos posiciones antagónicas dio cabida a la primera
gran división entre las fuerzas revolucionarias, la que trajo por parte de Marx
la creación de la Segunda Internacional en el siglo XIX. Pero, en el
pasado siglo XX, la tendencia rusa produjo en ésta una nueva escisión que tuvo
por un lado a los reformistas o “mencheviques”, herederos del Marx más
ortodoxo, y por el otro la de quienes retomaban parcialmente los postulados de
Bakunin. Si bien Lenin, exponente del bolchevismo que daría cabida a la Tercera
Internacional, rescataba la idea de que el socialismo era el producto de un
proceso de evolución histórica, consideró que, como ésta era dialéctica, es
decir se gestaba a través de una lucha de opuestos, la misma no se ajustaba
necesariamente a tiempos fijos y determinados. Era factible, a través de la
voluntad, no marchar en contra de la Historia cuyo rumbo fatal ya estaba
prefijado, sino en cambio acelerarla aprovechando las mismas
contradicciones dialécticas con que ésta se desenvuelve e incluso
agudizándolas, dándoles una determinada
orientación acorde con los propios fines. La gran diferencia con Bakunin no
estribaba en el hecho de que hubiese que contraponerse y combatir la
espontaneidad de las masas, tal como hacía Marx, sino en que la misma debía ser
encarrilada astutamente hacia el propio fin. De allí la gran importancia que
Lenin otorgara al partido político revolucionario. Su función era la de saber
aprovechar para los propios objetivos todos aquellos elementos de antagonismo
dialéctico existentes en las diferentes sociedades, aunque entre los mismos los
hubiese de corte feudal y pre-moderno, en especial en aquellos países atrasados
que son los que los tienen en mayor abundancia, los que deben ser aprovechados,
e incluso azuzados a fin de ser lanzados como fuerza de choque para destruir el
orden burgués y capitalista. Pero luego, una vez que se hubiese dado cuenta del
enemigo principal, allí tiene que estar preparado el partido político para
aprovechar el caos generado y dar el golpe de Estado imponiendo los propios
principios y liquidar sin ningún tipo de consideración en un segundo paso a los
dirigentes de ese movimiento de oposición que sustenta principios diferentes de
los propios. Ello fue practicado por Lenin cuando se alió a sectores de la
burguesía para acabar con el zarismo y luego, cuando aquel enemigo fue sacado
de circulación, dio cuenta de la misma burguesía en una segunda revolución, por
lo que, de acuerdo a sus palabras, ésta terminó comprando la soga que habría de
ahorcarla.
Al respecto es
de destacar que el marxismo es un materialismo que reduce al hombre
exclusivamente a su dimensión física por lo que ha sostenido siempre que los
proletarios, la gran fuerza encargada de hacer la revolución, deben prescindir
de todas aquellas superestructuras que los aparten de su fin principal cual es
el logro de su emancipación económica y social. Por tal razón, en tanto fuerza
revolucionaria potencial encargada de resolver el problema de la “explotación
del hombre por el hombre”, ellos no deben tener ni patria ni religión pues
tales categorías ideológicas son de carácter burgués, representando un opio u
alucinógeno que se utiliza para favorecer el sometimiento de éstos. Sin embargo
esto, que es verdadero en el orden de los principios, no lo es siempre desde un
punto de vista fáctico. Así pues, como la realidad está regida dialécticamente
y todo lo que acontece es de carácter relativo, tales cosas no son siempre de
la misma manera, sino que en cambio se encuentran en relación de acuerdo a
quienes sean los que las sustenten. De este modo, sí bien en cuanto a los
principios se trata siempre de valores alienantes, no es lo mismo la idea de
nación en un país imperialista que en uno explotado y “proletario”. En el
primer caso el mismo representa abiertamente una fuerza reaccionaria y enemiga,
que utiliza tal valor para oprimir, en el segundo en cambio es lo opuesto y
puede resultar por lo tanto sumamente útil para la causa revolucionaria en
tanto ayude a profundizar un antagonismo dialéctico que puede ser “aprovechado”
para los propios fines de debilitar al capitalismo. Tal el caso hoy en día en
donde el nacionalismo, en tanto fuerza “anti-globalizadora” y antiimperialista
puede reputarse como un ariete que debilite la estructura actual del capitalismo
que es transnacional.
Con las
religiones sucede exactamente lo mismo. Bien sabemos que se trata de opios o
supersticiones en su grado mayor, en tanto que representan cosas absolutamente imaginarias carentes
hasta del más mínimo grado de realidad, a diferencia de lo que en cambio podía
suceder en una dimensión menor con los conceptos de patria y de nación.
Aquellas son ideas puras que por lo tanto no se ven ni palpan, ni mastican,
como en cambio acontece con la única realidad, la materia. Sin embargo también
aquí depende del uso que de las mismas se haga que su valor pueda o no
ser reputado como revolucionario o reaccionario. Al respecto, así como en el
caso del concepto de patria había una dicotomía entre la del opresor y la del
oprimido, también acontece lo mismo con la religión. Cuando hoy en día Bush
llama a la guerra por su Dios y concepción del mundo, denominando a su causa
como una “Cruzada” en contra del mal, este sentido imperialista y de opio de la
religión se encuentra abiertamente al servicio de la clase burguesa y es
utilizado para perpetuar la explotación del hombre por el hombre. Inventando
realidades quiméricas e irrealizables, ellos usan el lenguaje religioso para
esconder sus verdaderos fines, en este caso, la sustracción del petróleo árabe
que es la verdadera causa por la que hacen la guerra y no porque crean en una
concepción del mundo determinada. Recordemos una vez más que para el marxismo
la historia está regida por la materia y la economía es el destino de todas las
personas, la razón última y escondida que a todas las moviliza aun sin que
éstas posean conciencia de ello, siendo por lo tanto el ser humano una mera
marioneta de dicha potencia impersonal. En cambio, cuando son los explotados
quienes levantan una consigna religiosa, en la media que ésta es utilizada como
una bandera para hacer frente al enemigo imperialista, ello puede ser
aprovechado para los fines del marxismo en tanto significa usar a dicha fuerza
en un frente de batalla en contra del enemigo común. Si bien no debe olvidarse
nunca que se trata de la forma “sublimada” y “supersticiosa” que el explotado
asume para esconderse a sí mismo su estado de sometimiento económico, en la
medida que ésta se expresa a través de un combate y no de un estado de pasiva
resignación, tal hecho debe ser rescatado. Es desde esta perspectiva que el
marxismo-leninismo, que hoy se manifiesta en sus actuales variantes sea
estalinistas-maoístas como trotskistas, se plantea apoyar tácticamente las
luchas emprendidas por el fundamentalismo islámico (1). Pero queda en
pié sin embargo el segundo momento señalado por los ideólogos principales de
tal movimiento el cual deberá concebirse para la circunstancia en la cual se
haya obtenido la victoria. Allí es que será factible pensar en la posibilidad
de un golpe de Estado que trate de imponer luego con el tiempo y
coercitivamente el ateísmo dando cuenta así del antiguo aliado. Una vez que la
religión del oprimido ha dado cuenta de la religión del opresor el momento de
síntesis dialéctica es la negación de la misma religión.
De esta sospechosa alianza y apoyo (2) es que
se debe cuidar el movimiento fundamentalista en su lucha en contra de
Norteamérica y la modernidad. Él no debería olvidar nunca de haber hecho frente
también al marxismo en Afganistán, cuando lo expulsó de tal territorio antes de
combatir como ahora a los norteamericanos invasores, ratificando así las
previsoras palabras del Ayatollah Khomeini cuando identificó a las dos
expresiones de la modernidad, USA y URSS, como las dos caras de Satán. Debe
recordar siempre que el marxismo representa un enemigo tanto o peor que el
capitalismo, pues es traicionero en sus postulados; si él en algún momento está
a nuestro lado, ello es sólo con la finalidad de destruirnos cuando nos
descuidemos o nuestra fuerza se debilite. Su origen ateo y materialista lo
identifica al mismo enemigo que dice combatir, los Estados Unidos, los que, si
hoy enarbolan principios religiosos, ello es desde un sentido tan sólo moral y
democrático, esto es, en una forma no trascendente ni metafísica, sino también
física y materialista, coincidiendo de tal manera en lo esencial con el
marxismo enemigo, el cual es en el fondo su verdadero aliado, tratando de
cumplir así en una segunda etapa lo que aquel no hubiese podido hacer en la
primera, la destrucción de cualquier orden tradicional. En pocas palabras, el
fundamentalismo islámico debe cuidarse de este falso aliado y recordar lo
acontecido en otros países en los cuales cumplió con tal papel traicionero al
servicio de la modernidad.
NOTAS:
(1) Es
de destacar que los grupos marxistas no actúan de la misma manera con todos los
sectores fundamentalistas. Así pues si hoy en día apoyan a Hezbollah y al
régimen iraní, en aras de una eventual alianza con Rusia, no hacen lo mismo con
Al Qaeda y el Movimiento Talibán, respecto de los cuáles no se han cansado de
sumar diatribas calificándolos de agentes encubiertos de Norteamérica. La razón
de ello es muy sencilla, estos últimos, en tanto han conocido y combatido de
cerca al marxismo, no han aceptado con éstos ningún tipo de acercamiento.
(2) Tal
como hemos manifestado en otras oportunidades, es lamentable tener que
constatar cómo, en nuestro país por ejemplo, los sectores que más se han
declarado y manifestado a favor del fundamentalismo islámico en su lucha en
contra de Israel hayan sido los provenientes de los grupos marxistas aquí
aludidos, manteniéndose en cambio un silencio y complicidad implícita con este
último sectores nacionalistas, sea católicos como “paganos”, en una actitud sumamente sospechosa y
reprobable.