El reciente escándalo por el que se ha visto inmiscuida una joven
y bella mujer, a quien conociéramos por un ilustre apellido militar, que fungía
como líder de un movimiento de “derecha” reivindicatorio de la guerra en contra
de la subversión, ha causado en más de uno un impacto sumamente significativo.
Luego de una investigación periodística, muy posiblemente gestada desde esferas
gubernamentales, se hizo público que la aludida no se llamaba Mugica, sino que
en cambio tenía el más plebeyo apellido Marañón y que la joven, en función de
mantener, según sus dichos, sus muy onerosas e intensas actividades públicas y
debido a que se le excluían por sus ideas otros trabajos honestos, aprovechando
su belleza física, ejercía el oficio más antiguo de la historia. Es de imaginar
la situación de escándalo que ha producido este hecho entre los más dispares
sectores, pero a nuestro entender, más lamentable aun que los ataques que la
joven ha recibido, más que por su eventual prostitución por las ideas que
intentaba defender, han sido las inverosímiles defensas que se le han hecho por
las cuales, en vez de llamarse a silencio como hubiera correspondido ante una
situación tan embarazosa, se ha salido con vehemencia a la palestra
reivindicando así, junto a la heroica guerra contra la subversión, la también
pretendidamente “heroica” decisión que la misma habría tenido eligiendo un tipo
de vida acorde con los tiempos que corren. Como si la difusión y universalizada
reivindicación que hoy se hace de tal triste actividad no fuera eso también y
de manera ostensible un verdadero acto subversivo.
Debido a la
gran confusión que se ha generado en este tema tan fundamental, remontémonos al
origen del problema preguntándonos primeramente qué es lo que debemos entender
por subversión y consecuentemente por guerra en contra de ésta. Tal como el
mismo nombre lo dice, dicha palabra significa actitud de inversión de valores
por la que se intenta hacer primar lo que es más bajo (sub) por sobre lo
alto y superior (super). A tal efecto digamos que toda nación que se
precie de tal, para llegar realmente a ser, debe haber sido capaz de lograr
hacer primar lo que en ella es superior y espiritual sometiendo por todos los
medios a su alcance a aquello que se dirige hacia lo más bajo e inferior, es
decir a la subversión que se anida en su seno. En la década del setenta, aunque
con atisbos pronunciados en la del sesenta, la República Argentina tuvo ante sí
ese gran desafío. Las fuerzas inferiores adheridas en forma expresa a una
filosofía materialista que negaba la existencia de valores espirituales, tales
como patria, Dios y alma inmortal, desplegaron la totalidad de su poderío
contando para ello con el apoyo expreso de otras naciones en las cuales esa misma
filosofía en ese entonces había triunfado. Las Memorias del
recientemente fallecido líder de uno de esos principales nucleamientos
subversivos, diciendo expresamente que su movimiento estaba subordinado a una
nación extranjera inspirada en el marxismo-leninismo, son claras evidencias al
respecto *. Ante tal desafío que se le presentaba, la Argentina tuvo que optar
en ese entonces entre ser o no ser más. Es decir, entre sucumbir a una fuerza
subversiva perteneciente a la esfera de la materia que la negaba como nación y
reducir por lo tanto a sus habitantes a la condición de meros animales que
trabajan y consumen, tal como mienta dicha filosofía, o por el contrario
derrotar esa cosmovisión restaurando los valores raigales que la justificaron
como tal. Y al respecto lo que dio en llamarse como guerra antisubversiva ha
tenido de parte de muchos, y hasta diríamos de la inmensa mayoría de los
argentinos, un pleno apoyo, el que habría de llevar consecuentemente a la
victoria y disolución y fuga de esas fuerzas. De no haber existido un consenso
mayoritario de la población tal guerra no hubiera llegado nunca a ganarse en la
instancia que en ese entonces se planteaba. Lamentablemente en la lucha que se
sostuvo en contra del marxismo no se reparó en su naturaleza intrínseca, en
tanto que equivocadamente se lo redujo exclusivamente al fenómeno militar que
entones se presentaba no habiéndose gestado, como hubiese correspondido, un
movimiento cívico que exaltara como contraposición los valores espirituales y
superiores al mismo capaz de darle al materialismo la batalla principal de
carácter doctrinario apartándolo de los puestos clave de la vida cultural que,
tal como demostráramos en otras oportunidades, siguió ocupando en pleno
gobierno militar **. Tal como entre nosotros dijera atinadamente el Padre Julio
Meinvielle, el marxismo debía ser ilustrativo no solamente para los
“guerrilleros” que lo adoptaban como concepción del mundo, sino principalmente
para quienes lo combatían. El aporte de tal filosofía ha sido el de haber
develado el carácter dialéctico que tiene nuestro enemigo principal, el
materialismo, es decir que lo que es propio del mismo y hace a su esencia es el
de manifestarse a través de una lucha incesante entre contrarios y tal
antagonismo, que es la fuente propia de su existencia, no solamente lo es
respecto de quienes se oponen a tal ideología, sino también de aquellos que en
el fondo lo sostienen compartiendo muchos de sus puntos de vista
principales, aunque en un plano de las apariencias, justamente en razón de la
dialéctica, manifiesten sostener lo contrario incluso declarándose como
anti-marxistas. El no comprender tal ley fundamental del enemigo que había que
combatir terminó haciendo que esa victoria que se obtuvo en el terreno de las
armas, al no haber sido universal y abarcativa en todos los planos, develando
la esencia dialéctica del mismo, tal como hubiera correspondido, es decir al no
haber atacado al meollo esencial del problema, con el tiempo terminó
alimentando y con mayores energías a ese mismo enemigo al que se derrotó tan
sólo superficialmente.
Aquí es dable
hacer una breve referencia al régimen militar que se instauró en 1976, conocido
con el nombre de Proceso, el que se estableciera justamente con la
finalidad de derrotar a la subversión. Es de destacar que en el mismo hubo
desde el comienzo dos tendencias antagónicas. Por un lado la de aquellos que
sostenían que tal lucha tenía por meta la de instaurar una “democracia sana y
estable” y por el otro la de quienes en cambio, aunque en manera débil y poco
clara, sostenían que de lo que se trataba era de hacer una revolución que
terminara con el régimen que había permitido como su consecuencia y etapa
necesaria la existencia de la subversión marxista, la democracia liberal, esto
es la otra cara solidaria del materialismo. En razón de la lucha dialéctica que
se gestaba en el mundo, el materialismo tenía entonces dos expresiones
internacionales que se manifestaban a través de un falso antagonismo por el que
buscaba por caminos distintos un mismo fin. Las dos por igual sostenían por
meta la de constituir un ser humano masificado, reducido a su dimensión
económica; pero si en un caso ello era a través de fomentar el consumismo, el
libertinaje y el vaciamiento paulatino de todos los valores de una comunidad
reduciendo lo religioso a una mera cuestión moral y de “derechos humanos”, tal
como acontece sea con el modernismo protestante como católico, por el otro se
encontraba el de aquellos que en cambio esa misma meta la querían obtener en
forma coercitiva, tal el caso de la guerrilla marxista y de sus modelos
existentes entonces en los países comunistas. En tanto ignorante de tal juego
dialéctico el primer sector entonces interpretó la lucha en contra de la
subversión enmarcado en una de las falsas antítesis que pregonaba el mismo
materialismo, es decir enfrentar a una expresión del mismo pero amparándose en
la otra. Por ello su lucha se enmarcó en un apoyo al “occidente liberal” y
consumista. Tal sector tuvo a su vez su expresión en el gobierno militar con la
política implementada de franca adhesión a los organismos financieros
internacionales, la que obtuvo en el plano de la economía la destrucción que la
guerrilla pretendía hacer en el campo de los valores espirituales. El segundo
sector tuvo su cuarto de hora con la famosa guerra de Malvinas, que fuera la
secuela necesaria a la que debía conducir una guerra en contra de las
subversión llevada hasta sus consecuencias últimas. Es decir, una vez que se
había derrotado al enemigo marxista, había que hacerlo con el adversario
dialéctico que lo retroalimentaba, esto es con la otra vertiente solidaria del
materialismo, el imperialismo anglosajón, que por otros medios y a
través de un falso antagonismo buscaba el mismo fin. Lamentablemente esta
segunda parte de la guerra en contra de la subversión, justamente en razón de
haber faltado la verdadera base doctrinaria que hubiese dado sustentación y
fundamento a la misma, quedó trunca. Aprovechando la confusión del momento
provocada por una derrota bélica circunstancial el primer sector efectuó un
golpe de Estado encargado de restaurar la democracia. Al frente del mismo, el
general Bignone, hoy uno de los defensores de la guerra en contra de la
subversión desde el primer punto de vista y por lo tanto asiduo asistente a los
actos de la Srta. Marañón, dijo en ese entonces con orgullo que “esperaba ser
el último presidente militar”. Y aun hoy en día cuando a todas luces ha quedado
en claro que la cara solidaria de la subversión marxista es la democracia
liberal que interactúa con la misma, tal sector insiste en decirnos que, en
tanto ganamos la guerra en contra de la subversión, es que gracias a ellos que
hoy tenemos democracia. La realidad es exactamente la contraria: es porque
perdimos esa guerra en su segunda etapa decisiva que hoy tenemos democracia.
De todos modos consolemos a tal sector diciendo que todavía hoy en día sigue
siendo gracias ellos que tenemos democracia. Tal sistema absurdo e
irracional ha podido justificar permanentemente su existencia gracias al
fracaso que ellos tuvieron. Así como los cristianos creen en el infierno,
principio éste que es solidario del cielo y forma parte integrante de su
sistema, el dogma de los 30.000 desaparecidos producido por el accionar del
Proceso militar opera como dato de fe indispensable e imprescindible para
justificar la democracia y permitirle existir como tal. Gracias al mismo es que
los demócratas pueden decirnos: “Seremos corruptos e ineficientes, pero si
nosotros no estamos pueden llegar a desaparecer una vez más 30.000 personas”.
Por lo dicho negamos rotundamente que el Proceso militar, al menos en quienes en él han tenido su primacía, haya sido un movimiento de derecha y por lo tanto antidemocrático y antisubversivo, como tampoco lo es la Srta. Marañón a pesar de sus asertos públicos en contrario. En el caso de ella el dato es fácilmente demostrable. Además del escándalo conocido, se nos ha develado también como una antigua activista de la Unión de Centro Democrático, el partido de la destapada María Julia Alsogaray, por lo tanto de centro y no de derecha, lo cual ayuda también a explicarla. De acuerdo al origen etimológico de tal palabra, ser de derecha significa por el contrario ser recto y sin segundas intenciones, ni segundos discursos, ni conductas duales e incoherentes. Lo opuesto es la izquierda así como también el centro que no es sino fuga respecto de la derecha. Cuando el Proceso sostuvo como su principio fundamental la restauración de la democracia, es decir el dogma de la soberanía popular impuesto por la Revolución Francesa que subordina la verdad al número y al capricho de mayorías circunstanciales, ha sostenido pues también una conducta de izquierda, y entonces subversiva.