A propósito de la reciente ola de incidentes escolares en el país
EL MAL DEMOCRÁTICO
¿Cuándo nos
vamos a dar cuenta de una vez por todas que el verdadero cáncer y pesadilla de
la Argentina, lo cual afortunadamente muchos aun pueden intuir de alguna manera,
a diferencia de lo que sucede en otros países anestesiados de consumismo, es la
democracia? Ése es el gran mal y la causa principal de todos los desórdenes
sociales y políticos que se viven y que hoy en los últimos días han arreciado
en modo significativo en nuestro sistema escolar de una manera arrolladora y
alarmante con una seguidilla de actos de violencia entre miembros de tal
institución que supera cualquier límite de normalidad conduciendo a muchos al
mismo asombro.
La
democracia es una religión y como tal se basa en una creencia irracional
fundada en el dogma de la igualdad esencial entre los seres humanos suprimiendo
en el seno de éstos cualquier tipo de diferencia cualitativa que pudiere
existir y reduciendo la misma solamente a la esfera de la cantidad y número. A
nivel antropológico la democracia elimina aquella distinción que las sociedades
tradicionales establecieran siempre, con léxicos distintos, entre lo que es
persona y lo que en cambio es simple individuo igualando en forma ilícita ambos
términos y por lo tanto universalizando los derechos que pueda tener el sujeto
en el plano social y político admitiendo solamente aquellos límites
provenientes de la esfera material, como ser la incapacidad determinada por
circunstancias de edad (aunque éstas cada vez tiendan más a disminuirse debido
a los "avances" de nuestro sistema educativo y de la capacidad
cibernética cada vez más pronunciada de nuestros jóvenes) o de la salud física
y mental. En concordancia con tal igualitarismo, a nivel político elimina la
diferencia que pueda existir entre aquellos seres que por un grado de
desarrollo o condición superior pueden gobernarse por sí mismos y los que en
cambio por ciertas limitaciones propias que pueden o no llegar a modificarse,
necesitan ser gobernados por otros. El dogma de la soberanía popular, principio
esencial de la religión democrática parte a la inversa del presupuesto
contrario de creer que todo ser humano está en condiciones de gobernarse a sí
mismo (aunque tal como veremos, como en todas las religiones, hay grados de
adhesión e intensidad en esta fe), en donde el acto de soberanía queda
implementado a través de una delegación de funciones respecto de las cuales se
está obligado a rendir cuentas ante los mandantes los que, en tanto contarían
con la capacidad suficiente de saber lo que está bien y lo que está mal, son
los que en última instancia otorgan legitimidad al que gobierna. De allí que se
haya también acuñado la infeliz expresión de que "La voz del pueblo es la
de Dios", o que el pueblo nunca se equivoca y es la fuente última de la
razón y verdad, aunque ello, como veremos, en grados distintos de intensidad.
El otro
acto de fe concurrente con el igualitarismo en que se basa la democracia es la
creencia dogmática en que solamente existen aquellas cosas que pueden medirse,
tocarse, percibirse físicamente, que no hay por lo tanto una dimensión
metafísica y superior ubicada por encima de lo tangible, visible y manifiesto a
simple vista, que solamente hay cosas temporales y espaciales y que por lo
tanto todas las acciones que los seres humanos ejecutan están pensadas en
función de la satisfacción de tal necesidad primaria de subsistencia material y
física. Por tal motivo toda actividad que el hombre realiza en una democracia
termina siempre siendo reducida a la condición de trabajo, es decir a
aquella acción dirigida prioritariamente a la adquisición de dinero para la
subsistencia material, desapareciendo así de este modo paulatinamente todos
aquellos actos de carácter espiritual y vocacional (en el sentido etimológico
de la palabra de acciones que responden a un llamado que viene de otra
dimensión) que son las que en cambio hacen a la esencia del hombre. De este
modo en una sociedad democrática que ha llegado a los extremos últimos de su fe
igualitaria todas las actividades del ser humano son reducidas e igualadas a la
condición de mero trabajo. Comenzando por el jefe de Estado que es comprendido
como el 'Primer Trabajador', pasando por el médico que es calificado como
trabajador de la salud, para finalizar con el maestro (y entramos al tema que
nos ocupa) quien acepta graciosamente calificarse a sí mismo como
"trabajador de la educación". Y en esto último se concreta la
principal meta del igualitarismo democrático. Si todos somos trabajadores
desaparecen las diferencias y las jerarquías sociales, solamente las hay por un
grado de intensidad y cantidad, pero no de calidad. La escuela, al convertirse
en un centro de trabajo, en un "taller", debe terminar igualándose a
la sociedad, lo cual la pedagogía última lo ha explicitado en forma contundente
como una consigna programática propia, en el sentido de que había que
"integrar" la escuela a la sociedad la cual a su vez había sido
previamente nivelada entre gobernantes y gobernados. Es decir hacer ingresar a
ésta sus caracteres propios y democráticos que en la misma existen en forma
cada vez más pronunciada. Cuando la consigna debería haber sido exactamente la
opuesta. Hacer que sea la sociedad la que ingrese a la escuela a fin de que
aquella pudiese recibir sus influjos paradigmáticos que la personalizacen,
desmasificasen y desindividualizacen. Desde tal
óptica la escuela actual niega lo esencial que en ésta ha existido siempre, la
figura del Maestro (del latín magis = más, el que es
más). El Maestro, lo mismo que el Jefe de Estado a nivel político fue
tradicionalmente la figura arquetípica encargada de educar, es decir, de hacer
brotar en el mero individuo que ha nacido biológicamente la condición de
persona, esto es un ente libre, espiritual y autosuficiente, un ser vocado y no un simple trabajador sometido al mundo de la
necesidad física. En cambio la escuela democrática, que es la negación de la
esencia propia de la escuela, quiebra todas las distancias y los abismos,
colabora con el resto de la sociedad en tal labor disolutoria,
tal como sucede a nivel social y político hoy en día, cumpliendo dicha
institución justamente la función opuesta a su sentido originario que es la de
combatir el espíritu del simple trabajo. No casualmente la palabra escuela
viene del griego skolé que significa ocio,
no en el sentido deformado que se la ha dado actualmente de no hacer nada, sino
justamente como lo opuesto a negocio (negación del ocio), es decir como
lo relativo a aquellas acciones que no son determinadas por el dinero, sino por
valores espirituales. Lo que la escuela debe enseñar siempre es que el
hombre es un ser que no tiene precio como lo poseen las cosas materiales.
Justamente lo opuesto a lo que sucede con el maestro piquetero que sólo vive y
"trabaja" en función de un salario. Que en la escuela haya violencia
y que no se respete al maestro (es un eufemismo seguir llamando así a nuestros
trabajadores de la educación) ello es porque ha sucedido que previamente el
maestro ha terminado degradándose a sí mismo e igualándose a los otros miembros
de la institución y de la sociedad. Él es uno más, no un "ser
superior" o diferente. Posee solamente un grado de mayor cantidad en los
conocimientos de su área, aunque no olvidemos que compite con internet y la
televisión, pero no un educador que eleva por su condición de persona. Tal como
dice la tradición, el pez siempre se pudre por la cabeza.
Llegamos
así a lo principal. Se ha dicho justamente que el mal democrático ha venido no
porque haya sido el pueblo el que lo ha impuesto en forma espontánea, sino
debido a la decadencia de las verdaderas aristocracias que lo debían educar sea
en el gobierno como en la escuela. Ello es verdad aunque debe tenerse en cuenta
también la participación activa de la raza de los sofistas, tan abundantes en
nuestros días como un verdadero signo de los tiempos terminales que se viven, a
través de esa saturación de intelectualoides
narcisistas que llenan nuestro medio invadiéndonos con palabreríos y
conceptualizaciones vacuas, muchas veces con la finalidad precisa de caotizar y atontar, cuando no de ponerse meramente de
relieve a sí mismos, o de burlarse de manera imbécil de las cosas sagradas y
verdaderas. Éstos han sido los encargados de confundir los principios con sus
representantes ocasionales y por lo tanto han trabajado a conciencia o por
simple ostentación y vanidad para destruir a nuestra especie y nación.
Bien se ha
dicho que no puede comprenderse el problema escolar sin comprenderse también la
situación que vive el país todo. La Argentina ha tenido el privilegio de
entender, aunque como veremos parcialmente, durante su historia de los últimos
cincuenta años el drama que representa en su seno el mal democrático y ha
intentado diferentes formas de curarlo. Las distintas revoluciones cívico-militares
que tuviéramos entre 1955 y 1976, para mencionar las más cercanas, han sido
intentos fallidos por intentar resolver dicho mal contraponiendo al mismo a
nivel político el único sustituto posible a la Democracia, cual es la
Dictadura. Pero tales revoluciones fracasaron porque no supieron ir hasta las
raíces últimas del mal, no fueron capaces de atacar directamente a la
Democracia en su principio religioso esencial. Y en esto hay que derivar la
culpa también en la carencia que hemos tenido de una verdadera escuela de
pensamiento que efectuara las críticas claras, sin concesiones de ningún tipo y
de manera contundente a tal sistema deletéreo. Se ha pensado de manera errada
que el mal no estribaba en la Democracia, sino en ciertas expresiones y deformaciones
de la misma, o también se ha dicho que, como la Democracia representa una
realidad irreversible, habría que tratar de atenuarla o modificarla mediante el
procedimiento de la ambigüedad. Éste ha sido el peor de todos los errores pues
lo que se ha conseguido ha sido justamente lo contrario, el de consolidar al
mal recurrente y terminar difamando al único remedio posible ante el mismo. En
razón de la brevedad de esta nota haremos algunas alusiones parciales a los
distintos errores cometidos por las tres revoluciones antidemocráticas que
tuviera el país.
La del 55'
no rechazó en bloque a la democracia, sino que se propuso restaurarla pues
consideró que como principio era verdadero y que solamente estaba mal aplicado.
Pensó de manera utópica que a través de la educación (por ello se impuso en la
escuela la asignatura Educación Democrática) era posible convertir la voluntad
del pueblo en racional, tal como decía el liberalismo del siglo XIX que
distinguía entre dos tipos de voluntades. Consideraba que con el transcurso de
los años se iba a lograr que todos los seres humanos llegaran a ser
"democráticos", es decir confundió democracia con racionalidad. Por
ello proscribió al movimiento mayoritario porque formaba parte de la voluntad
irracional. La experiencia demostró una vez más que si es la voluntad general
el principio esencial que rige el orden político, los límites entre la razón y
la sin razón terminan disolviéndose con el tiempo. Por ello el populismo y la
demagogia regresaron muy rápidamente a través de los dos partidos mayoritarios.
La del 66'
quiso diferenciar entre partidocracia y democracia orgánica con un sesgo de
corporativismo. Pero aquí también se terminó haciendo concesiones al aceptar
que había al menos una forma válida de democracia y creer que el mal estaba
solamente en los partidos. Éstos son solamente una
dimensión más avanzada de un mismo problema que debe atacarse en sus mismas
raíces. Sería largo explicar aquí la deletérea influencia que además tuvieron
en tal Revolución sectores güelfos e integristas de nuestra Iglesia encargada
de desacralizar al Estado sembrando de este modo la semilla del mal
democrático, pues si el ente estatal queda reducido simplemente a una función
"comunitaria" carente de cualquier sacralidad propia, trascendencia y
carisma superior, el paso siguiente debe ser forzosamente el gobierno de la
comunidad.
La tercera,
la peor de todas, la del 76', de manera incluso más explícita que las
anteriores se formuló abiertamente haber sido hecha para "restaurar una
democracia sana y no enferma", como si ello hubiera sido posible de hacer.
Confundió la causa con los efectos y se dedicó meramente a combatir a una de
sus manifestaciones violentas y jacobinas y de manera para colmo ilegal dando
así a los demócratas que le sucedieron los elementos necesarios para
desprestigiar el principio opuesto. Para colmo de males terminó siendo la
promotora de la democracia en la escuela impulsando una deletérea parodia
conocida como "educación personalizada", que no era sino una
deformación de cualquier verdadera pedagogía que es siempre antidemocrática por
esencia.
Digamos
como conclusión que no habrá una verdadera revolución en la Argentina si no se
parte de manera clara y precisa condenando y combatiendo el mal democrático.
Debe darse una batalla doctrinaria y abierta en contra de tal aberración
antinatural y contarse para ello con un grupo de personas con capacidad de dar
el combate en primer término en tal esfera a fin de desbaratar el plan de
disolución. Partiendo siempre del principio de que cualquier democracia que se
tenga siempre será mala, tal como lo manifestaba, si bien con un sentido
diferente, uno de sus principales ideólogos, W. Churchill, y que en cambio la
Dictadura que es su opuesto, puede llegar a ser buena siempre y cuando entre
otras cosas se desvista de una vez por todas de cualquier ropaje democrático
que la quiera hacer potable y digerible para la sociedad.
Marcos Ghio
Buenos Aires, 7/4/08