Hoy presentamos el último tomo de la
colección La Magia como ciencia del espíritu y, tal como lo hemos hecho
en ocasión de los volúmenes anteriores, efectuaremos una exposición sobre tal
fundamental obra desde una perspectiva diferente de las restantes a fin de
evitar ser reiterativos.
Podemos decir que es justamente en el momento en el que hemos
llegado al final del camino cuando queremos remontarnos a aquello que podría
aparecer como el origen y la razón última de este proyecto.
Me hallaba en 1982 viviendo en un
pequeño pueblo en la frontera patagónica con Chile y en ese entonces fui uno de
los tantos que, en abril de ese año, vibrara con la epopeya malvinense.
Retirado, en medio de las montañas, me sentía insatisfecho con el mundo moderno
y con el cariz que asumía un gobierno que, si bien en política internacional
mantenía una cierta independencia (rechazo del boicot de trigo a la URSS,
sostenimiento de la soberanía en el Beagle, etc.), a nivel económico y de las
costumbres adhería con fervor morboso al más extremo consumismo propio de la
sociedad materialista de los tiempos últimos. Ante la imagen del burgués que
viajaba por el mundo y que se solazaba rodeándose de consumos superfluos,
disfrutando de la “plata dulce”, nosotros pertenecíamos en vez al bando de
aquéllos que reivindicaban al héroe, es decir, a aquel que, por sobre todas las
cosas, exalta los valores del espíritu en el terreno de la vida cotidiana, lo
cual se manifestaba en la preeminencia del honor antes que la simple vida, en
la entrega absoluta por el triunfo de la justicia por sobre la mera seguridad
material. Y justamente la guerra de Malvinas, tal como dijera un colaborador
nuestro de Bariloche, el Dr. Julián Ramírez, fue el único momento
de nuestra historia del siglo XX en donde se peleó por el honor y por la
dignidad nacional. No fue ésta una guerra por el petróleo, ni por el espacio
vital, ni por otras riquezas o bienes que reclamara en ese entonces la
Argentina. Simplemente se peleó por el honor ante la afrenta que implicaba el
haber sido despojados hacía más de un siglo de un pedazo de nuestro territorio
de manera virulenta. Y ésta fue, tal como lo mostrara nuestro colaborador,
quizás la única guerra posterior a la gran Guerra en donde en el siglo XX, a
diferencia de las otras, se había peleado exclusivamente por tales valores
superiores. Algunos han querido erróneamente comparar tal epopeya con otra
guerra más reciente como la del Golfo Pérsico. Pero quiero resaltar aquí que la
misma se desencadenó por una razón económica, cual fuera la posesión de los
pozos petroleros de Kuwait.
Y fue también como vimos –y trato ahora
de recurrir a la memoria colectiva de hace casi veinte años– que en medio del
fragor del combate, cuando parecía que el vigor de nuestras armas era imbatible,
cuando nos despertábamos en las mañanas con anuncios de que varios invencibles
navíos enemigos eran hundidos por el valor sin límites de nuestros
combatientes, fue justamente en ese punto liminal cuando comprendimos algo
mucho más profundo que las noticias sobre la contienda. Con la guerra de
Malvinas se nos hizo patente cada vez con mayor claridad que nos hallábamos
viviendo simultáneamente en dos países diferentes. La Argentina se encontraba
como dividida en dos mitades nítidamente diferenciadas: por un lado aquella que
no dudamos en calificar como la Argentina oculta, a la que designamos hoy a
secas como Argentum para diferenciarla en forma tajante de su caricatura
en la actualidad harto ostensible y al alcance de nuestras manos, la
Argentinita rutinaria a la que en algún momento hemos en cambio definido como Argielandia,
retomando el calificativo de argies que nos otorgaran los ingleses, ya
que se trata de dos países sumamente antagónicos. El uno volcado hacia lo
superior y trascendente, el otro en vez hacia el mundo del puro cambio y de los
consumos incesantes. El uno que durante la guerra deseaba la victoria y la
justicia, el otro en cambio la paz y la simple vida. Pero fue justamente con la
guerra de las Malvinas cuando esa Argentina oculta, Argentum, era la que
despertaba y parecía regenerarse, porque comprendimos allí que sólo una
guerra, una guerra auténtica que fuera no simplemente por riquezas o
territorios, sino por una concepción del mundo era aquello que podía
liberarnos y despertarnos del largo letargo en que nos hallábamos desde los
mismos orígenes de nuestra historia. Fue así como, dentro de tal contexto de
regeneración espiritual que abarcara las raíces más profundas de Argentum,
que nosotros abrazamos con vigor la causa del catolicismo, pero no del
convencional y modernista en aquel entonces y aun hoy vigente, sino de ese
catolicismo medieval presente, aun con atenuaciones, desde nuestra misma
colonia, aquel que, a nivel social, daba primacía a la tierra y al trabajo
sobre el dinero y la finanza, de aquel que concebía al cielo como una lucha y
un combate, como una conquista eterna, justamente como una guerra santa, y cuya
manifestación más plena se expresara en la historia de la Cristiandad a través
de lo que fueran las Cruzadas. Y era a partir de las categorías propias
de ese catolicismo raigal que nosotros veíamos en la vereda de enfrente a la
Inglaterra apartada de su religión, la que en sus orígenes fuera también la
nuestra. El protestantismo, tal ese desvío, que según Max Weber
fuera calificado como el origen del capitalismo, y cuyos filósofos desplegaban
toda la batería de sus argumentaciones en aras de suplantar la raíz metafísica
última presente en el hombre por la mera razón discursiva, tal como lo
manifestara claramente Hegel, el cual, en su Introd. a la Historia de
la Filosofía, explicaba que uno de los sentidos esenciales de su
disciplina, en inteligencia con el luteranismo a nivel religioso, era la
sustitución del misterio cristiano por excelencia sustentado en la figura del
rito sagrado de la transubstanciación, y por lo tanto de la metafísica,
por lo que es simplemente profano y moral. Por ende, la consecuencia debía ser
con el tiempo también la sustitución de una sociedad jerárquica orientada hacia
lo sagrado por este mundo consumista y moderno de masas y de máquinas que tanto
repudiamos. La guerra de Malvinas, más que una lucha por una mera conquista
territorial, se nos había convertido pues en una Cruzada. Fue así como muchos
de nosotros, siempre indiferentes ante los avatares de nuestra politiquería
doméstica, esta vez llenamos las plazas, nos ofrecimos como voluntarios para ir
a combatir, creamos en los distintos pueblos múltiples comisiones de
solidaridad, organizamos colectas públicas.
Pero agreguemos también, y esto es
quizás lo más importante, que una guerra entre concepciones del mundo
diametralmente opuestas, entre una cosmovisión metafísica y sagrada y otra
profana, debía diferenciarse principalmente no por el poderío militar que se
sustentara, por supuesto importante sí -y hay que resaltar aquí que nuestras
FFAA no estaban para nada desarmadas como ahora-, sino por algo que nos
singularizara y diferenciara sustancialmente de nuestro enemigo materialista,
no tan sólo verbalmente y a nivel de una simple discusión filosófica, sino en
cuanto a los instrumentos a utilizar en el combate. Es decir, la misma debía
estar caracterizada por nuestra capacidad de suscitar y arrastrar hacia
nosotros a esas mismas fuerzas pertenecientes al plano de lo alto cuya
existencia nosotros invocábamos, de esas fuerzas superiores y sagradas que,
justamente en tanto tales, nos diferenciaban y otorgaban superioridad respecto
del enemigo que las negaba y contra el cual combatíamos. Faltaban pues los
ritos que las convocaran, que las hiciesen descender a la arena del combate,
poniéndolas de nuestro lado y asegurándonos por lo tanto la victoria, la que,
según la tradición, no representa otra cosa sino la manifestación ostensible de
la soberanía del espíritu sobre la materia. Aquellas fuerzas que negaban la
existencia de lo sagrado como realidad objetiva debían ser doblegadas
irreversiblemente por la contundencia del arma metafísica convocada por los
ritos. Y tal función correspondía en exclusividad a quienes por estricta
investidura estaban encargados de proveerlos y de dispensarlos.
Fue justamente en el momento más álgido
del combate cuando el jefe del catolicismo prometió venir especialmente a la
Argentina. Pero es dable agregar aquí que ya en ese entonces se sospechaba de
ciertas intenciones oscuras. La Iglesia, a través de sus representantes, cuando
no se declaraba abiertamente en contra de la gesta malvinense, guardaba
silencios cómplices y emitía dobles mensajes. Las misas y los sermones no eran
efectuados impetrando abiertamente por la victoria, sino en manera artera
pidiendo la paz. Incluso en muchas parroquias circulaban volantes capciosos y
francamente enemigos de la causa de la Argentina. En una declaración firmada
por el obispado de Neuquén, por ejemplo, se alertaba siniestramente acerca de
lo que se llamaban los “peligros de la guerra”, los que traerían hambre,
miseria, desocupación; que las guerras, se decía, según el último Concilio,
estaban condenadas todas por igual, y que ni siquiera eran admisibles las
defensivas, ya que el terrible poderío nuclear hoy existente, es decir el
chantaje permanente de los amos del mundo, hacía imposible cualquier
resistencia y que la vida y la paz eran los bienes más altos, más aun que el
honor y la justicia. Y ante tanto derrotismo y capciosa recurrencia a la
economía cuan válido resultaba para nosotros aquel pensamiento de San Martín
de quien hoy se cumplen 150 años de su muerte, expresado el mismo en vísperas
de la liberación de Chile en una carta a Alvear: “Nos dirá Ud. que nos
faltará comida, comamos entonces pan con cebolla,¿ y la ropa?: que nos la
zurzan las mujeres y si no nos alcanza, vayamos en pelotas como nuestros
paisanos los indios”.
Pero estaban también aquellos ilusos que decían que tal sabotaje,
efectuado bajo las narices mismas del poder ante la impotencia de éste,
contando para ello con la plena connivencia de la autoridad eclesiástica, iba a
ser diluido y disuelto con la visita papal.
Y fue justamente en la primera quincena de junio, mientras en las
Malvinas se dirimía la batalla principal, cuando desde la televisión, recién
instalada en nuestro pequeño pueblo, pudimos ver una apoteótica manifestación,
tan numerosa como la que congregara a los entusiastas de la gesta malvinense,
convocada esta vez tras la figura del heredero del trono de Pedro. Pero pudimos
comprobar también que ante nosotros, más que a un jefe religioso proveedor de
energías espirituales y de ritos, teníamos a un sutil y calculador gobernante
político, el cual, detrás de la máscara de una prédica crudamente pacifista pretendidamente
preocupada por el bien de la humanidad, instaba a nuestro pueblo a la franca
rendición, y todo ello ante la impotencia de quien entonces nos gobernaba, un
deprimido y sorprendido Gral. Galtieri. Y vimos también un rostro cínico y
satisfecho, solazado por haber aglutinado tras su figura al mismo pueblo que
pocos días antes reclamaba la victoria y que hoy en cambio se resignaba,
gracias a una extraña alquimia, sólo posible por quien representaba una tan
alta investidura espiritual, a una paz de cobardes y de arrepentidos. No
faltaron una vez más los ilusos inveterados y siempre existentes que nos
dijeron luego que el pontífice había venido a evitarnos un holocausto nuclear.
Esto de la paz lograda nos permite efectuar dos reflexiones. Hace
poco en Japón se acaba de rememorar los 55 años de la más gran tragedia
padecida por tal país, cual fuera el holocausto de Hiroshima y Nagasacki.
Holocausto que, de paso digámoslo, no ha merecido ningún juicio de Nüremberg, y
que significara la muerte casi instantánea de 200.000 japoneses. Pero en
realidad el mismo no es nada en comparación con la terrible rendición que ha
sobrevenido después con un Japón muerto en sus tradiciones espirituales
milenarias, convertido en una máquina de consumos y de materialismos. Y
nosotros diríamos lo mismo, qué hubiera sido peor para la Argentina, aun en el
supuesto de que hubiera sido cierto que corríamos peligro de un holocausto
nuclear, la bomba atómica o estos gobiernos miserables, producto de la
rendición, que hemos tenido en estos últimos casi veinte años, los cuales, sin
haber tenido necesidad de las guerras de las cuales nos hablaba el obispado de
Neuquén han igualmente hundido a nuestro pueblo en la desesperación, el hambre
y la miseria. ¿Qué es lo que entonces le tenemos que agradecer al Papa?
Y fue así como, en medio de la desazón
que me produjo como a tantos la derrota de Malvinas y en especial la manera en
la que ésta se consumó, cayó en mis manos un pequeño folleto realmente
revelador. Se titulaba “La doctrina aria de la lucha y la victoria”,
cuyo autor era Julius Evola y cuyo editor era un grupo recientemente
constituido de orientación neonazi, conocido como CEDADE, hoy ya inexistente.
Fue realmente un acierto su edición porque el mismo respondía a la perfección
de manera muy sintética ante el enigma que representaba la guerra justamente en
un momento en el cual la misma era considerada como un terrible despropósito,
en tanto que se la comprendía tan sólo como un medio de rapiña. Aquí se la
revalorizaba en cambio como un instrumento adecuado de catarsis y de
purificación. Pero además el autor, a quien yo hasta ese entonces no conocía,
proponía, desde la óptica misma de la guerra en su función purificadora, una
muy original lectura de una obra clásica del Oriente, el Bhagavad-Gita.
Intenté ampliar mis conocimientos sobre tal autor y descubrí que su obra era
muy extensa y prácticamente no traducida al castellano. En varios meses de
búsqueda sólo pude dar con otro folleto sobre el mismo tema de la guerra
titulado: La Metafísica de la Guerra y luego otro aun más notable, Orientaciones,
en donde nos exponía los principios que debía sustentar un movimiento
alternativo que quisiera estructurarse luego de una derrota. También Italia, la
patria de Julius Evola, había sido derrotada de manera similar en una
guerra en la que se luchaba por el honor. Y también allí los colaboracionistas
de los vencedores hoy estaban en el poder, como aquí ahora en la
Argentina.
Tuvieron que pasar tres años desde ese encuentro para mí
providencial. Yo, como tantos, vivía los efectos de un país devastado por una
plaga peor que la bomba atómica que nos “evitara” el papa, la democracia
moderna, que nos trajeran de común acuerdo el mismo Wojtila, Reagan y la Sra.
Tatcher, y debía soportar diariamente la labia insolente de un mandatario
soberbio y siniestro que con desparpajo increíble agraviaba a la Argentina,
ante la indiferencia y el atontamiento colectivo. En mi mente se desarrollaba
un hambre de cambio. Al mundo moderno, decía yo, hay que enfrentarlo con
ideales más profundos y alternativos que los que sustentara el cardenal
Wojtila. Al fin y al cabo la paz y la vida que con tanto fervor él nos
propusiera como alternativa era meramente una paz y una vida burguesa, la misma
de la que en última instancia disfrutaban aquellos viajeros beneficiarios de la
“plata dulce” en las épocas de Martínez de Hoz, y la paz puede existir en
diferentes lados, no olvidemos que también en los cementerios hay paz. Y
nosotros no queremos vivir en este cementerio que es la sociedad de consumo. El
catolicismo al que adhiero es algo más profundo que el papa y la devoción
obtusa hacia su figura y a la estructura institucional que él representa. Fue
en medio de esta crisis existencial que muchos como yo vivían que desde el
continente y el país de donde soy originario, el mismo de Julius Evola,
me escribió milagrosamente un familiar con el que mantenía una muy esporádica
correspondencia. Me dijo –y esto es lo llamativo del caso– que se había
informado de los graves problemas que padecía la Argentina y me preguntó si
necesitaba alguna ayuda. Era curioso, pues en esa época aun no había estallado
la hiperinflación y se creía aun en el Plan Austral recién implementado. Yo me
acordé entonces inmediatamente de aquellos tres pequeños folletos de Evola
que había leído y le dije, para dar algún viso a mi pedido, que pensaba hacer
una tesis sobre tal autor y si me podía enviar sus obras. Obviamente especulaba
con que mi tío no conocía la realidad de la Argentina y menos aun la de la Fac.
de Filosofía y Letras de Bs. As. Porque de lo contrario me hubiera
contestado que estaba loco. Afortunadamente creyó en lo que le decía y al poco
tiempo recibí un aviso de la aduana de Neuquen en donde me invitaban a
concurrir a retirar un muy pesado paquete y fue allí que me encontré con unas
treinta voluminosas obras de J. Evola, prácticamente su obra completa, o
al menos sus principales libros editados.
Más tarde, y gracias principalmente a
la lectura de estos escritos, nuestra reflexión nos llevó a comprender más
profundamente el por qué en ese entonces el papa se había alineado abiertamente
del lado inglés, del de una nación protestante en contra de la Argentina, un
país católico de cuya religión él era el representante. Nos recordaba cómo ya
varios siglos antes también un papa vaticano se alineó con el sultán en contra
de Carlos V, emperador católico, o aun como nos recordara también recientemente
Cecilio Jack, cómo permitió la caída de Constantinopla ante los turcos
porque sus defensores, cristianos ortodoxos, no querían acatar la soberanía de
Roma. Se trataba en ese entonces una vez más de una cuestión política, la misma
que había primado en la guerra de Malvinas. La Iglesia había apostado ahora a
la caída del comunismo y no quería un conflicto en el cono Sur en donde la
Argentina, que ya entonces había vendido trigo a la URSS, se alineara con ésta
en contra de la Entente Inglaterra-USA-MEC. Pretendía ahora con líderes como Lech
Walesa instituirse como el ala social del capitalismo, siguiendo la misma
línea inaugurada con la Democracia Cristiana en Italia, ambas experiencias por
suerte concluidas en fracaso estrepitoso. Es decir, subordinaba una dimensión
sagrada y metafísica, cual era la sustentación de los valores de la
cristiandad, en función de un interés político profano y temporal. Así pues en
la guerra de las Malvinas a los Argentinos que han sido capaces de verlo, y mal
que les pese a algunos, se les hizo ostensible por vez primera y en forma
contundente un fenómeno esencial de nuestra civilización cual es el güelfismo.
Dicho movimiento significa la deserción de la institución espiritual por
excelencia, la dadora de ritos, la preservadora de la pureza de los mismos, y
por lo tanto representa el verdadero origen de la decadencia, porque bien
sabemos que el pez se pudre siempre por la cabeza. La caída y subversión del
factor espiritual determina en modo indefectible la de las instancias
posteriores: el Estado, la nación, la familia y finalmente el caos y la
disolución social.
Y fue así como, hurgando entre esa
pluralidad múltiple de libros que completaban esa muy pesada caja, hallé en el
fondo de la misma tres muy gruesos tomos de una colección titulada “Introducción
a la Magia” que estaba redactada por un grupo de autores integrantes de un
muy misterioso grupo de Ur que integraba Julius Evola como
figura central y firmantes todos con un pseudónimo respectivo. Me sentí
intrigado por una obra tan extraña que versaba sobre temas a los que en general
había rehusado antes acceder. Debido a mi formación universitaria, siempre
había rechazado como poco serio y acientífico el fenómeno del esoterismo y
consecuentemente de la magia, de la cual conservaba el conocimiento usual en
nuestros días como mero entretenimiento, prestidigitación, cuando no oscura y
siniestra brujería. Pero esta tan peculiar obra, la que representa un singular
esfuerzo prácticamente único en nuestra historia, tenía el sumo valor de unir
la temática del esoterismo con el conocimiento científico, despegando así a las
disciplinas que componían aquella esfera del plano de la charlatanería y el
macaneo tan habitual en nuestros días.
Pero había también aquí una temática esencial que se nos perfilaba
por primera vez y que nos ayudaba a comprender el significado de nuestra
crisis. Se refería justamente a la función del rito. Éste era uno de los temas
esenciales de la obra sobre la Magia. La misión principal de una religión, se
decía allí, estribaba en el cumplimiento puntual de los ritos, ante el cual
debían subordinarse todos los demás fines. Si una religión deja de desarrollar
tal función, o al menos disminuye su carácter para descender a otro plano,
moralizador o político como en nuestro caso, gravísimas serán las consecuencias
para las comunidades que participan de la misma. El rito es el acto por el cual
se mantiene el vínculo perenne entre este mundo y el otro mundo, entre la
esfera natural y la sobrenatural, entre lo físico y lo metafísico. Si esta
acción es descuidada o subordinada, dicha relación queda disuelta y entonces
sobrevendrán graves daños y secuelas nefastas para la comunidad que ha padecido
tal desvío. La ruptura de un organismo social con el vínculo con lo sagrado
representa análogamente como si a un cuerpo viviente se le taponara un arteria
esencial.
Y esta disolución, este apartamiento de
la fuente originaria y fundamento de lo real es lo que explica una serie de
acontecimientos que le sucederán luego a la comunidad que ha incurrido en tal
desvío. Aun los fenómenos que acontecen en el plano físico, tan sólo en
apariencia ajenos al mundo espiritual, no son sino efectos de lo que ha
sucedido antes en una esfera superior y metafísica. Ciertos hechos considerados
como infaustos o desgraciados, tales como catástrofes o cataclismos, y que son
usualmente atribuidos a causas puramente naturales obedecen en vez a razones
que son del orden sobrenatural. Lo que el común de la gente ignora es que todo
fenómeno físico va precedido necesariamente por uno metafísico y lo que el
hombre realiza no es en nada indiferente por sus acciones a los acontecimientos
que luego por reacción acontecerán en el resto del cosmos. Evola en Rebelión
contra el mundo moderno nos señalaba al respecto, al hablar de la raza
hiperbórea, la raza roja, inmortal y originaria, remoto antecedente de nuestra
humanidad cuya sede se hallaba en el polo norte de la tierra, que, tras una
caída, tras una inconsecuencia en el mantenimiento del vínculo con lo sagrado,
decae y la resultante de ello será el movimiento del eje de la tierra y el
posterior congelamiento de los polos, hasta finalizar con la desaparición de
tal raza. Es lo que también manifestara el propio San Agustín como un
eco de tal verdad superior: “Una vez que se descuida lo sobrenatural, no nos
queda lo natural, sino lo infranatural, es decir, el desorden, el caos”.
Se decía en tales obras que el
pensamiento moderno, en tanto que todo pretende explicarlo naturalmente, sólo
se aplica a las causas eficientes de las cosas, ante la constatación de hechos
trascendentales, pertenecientes al plano natural pero de consecuencias
históricas indubitables, ignora o rehuye de una explicación por las causas
finales que se encuentran por detrás de esos mismos hechos, siendo su visión de
la realidad de carácter unidimensional. Por ejemplo, ante un acontecimiento de
trascendencia histórica como fuera la destrucción de la Armada Invencible
de Felipe II, la que estaba destinada a invadir Inglaterra, y que con tal
acción habría podido cambiar todo el curso de la historia, la explicación es
simplemente a través de causas naturales, tales como un inconveniente meteorológico,
una tempestad, etc.; para el moderno ha sido el mero azar por lo tanto lo que
habría hecho que la Armada se hundiera y que Inglaterra no fuera invadida. Lo
que no nos explica es por qué justamente tuvo que ser en ese instante en que se
desarrolló esa tormenta, por qué justo tenía que pasar por allí la Armada que
iba a invadir Inglaterra. ¿Por qué a ésta y no a otra Armada tuvo que
pasarle tal cosa? ¿Por qué tuvo que ser el corsario Drake el que vino
después de la tormenta y no antes? Ésta es la reflexión del pensamiento
tradicional, el que no queda satisfecho con explicaciones meramente naturales.
Las desinteligencias entre el poder espiritual y el político, el conflicto
por las investiduras es para el pensamiento tradicional la causa última del
acontecimiento. Han sido las fuerzas de lo alto las que, a través de un
fenómeno perteneciente al plano de la meteorología, han castigado con la
derrota a la civilización que había roto el equilibrio espiritual y la
consecuencia es el desorden en el plano de la materia.
Esta idea siempre estuvo latente en la
tradición. La obra antes mencionada representa una exaltación de Roma, cuyo
gran poderío no se habría debido a su fuerza material, sino al carácter
religioso y ritual de cada una de sus acciones. Cuando los romanos por ejemplo
fueron derrotados por los cartaginenses en la batalla del Lago Trasimeno,
el general que conducía los ejércitos manifestó que la derrota se debió, más
que a la falta de valor en el combate expuesto por la tropa, a la falta de
rigor en el cumplimiento de los ritos. Es decir, que para el hombre tradicional
las causas espirituales tienen primacía sobre las meramente materiales.
Y aun hoy cuando ese rabino de
Jerusalén manifiesta, ante el horror y agravio de la inmensa mayoría de los
judíos y de todos los demócratas del mundo coaligados, que el holocausto de
seis millones de sus compatriotas en los campos de exterminio nazi representa
el castigo al que ha sido sometido este pueblo por haber pecado, es decir por
haberse apartado de lo sagrado, de sus ritos, para entregarse a lo mundano, no
hace sino manifestar, desde la perspectiva de la civilización a la que
pertenece, un principio metafísico cierto, que aun es rastreable en la misma
Biblia hebrea. Quien se aparta de lo sagrado es como si se amputara la arteria
esencial que da vida a toda su existencia y la consecuencia es que tarde o
temprano hay que descontar por el desvío en que se ha incurrido.
Desde tal óptica pues la victoria en un
combate tenía un sentido superior al de un mero despliegue de fuerzas y de
valor, la misma representaba un símbolo de una realidad suprema, ella tenía un
valor sagrado, significaba en la esfera de la exterioridad lo que en un plano
interno del sujeto era el doblegamiento de lo inferior. Era la manifestación de
que había logrado vencerse al yo inferior proveniente de la materia, el que
está presente en uno mismo. Tal como el esoterismo islámico expone a la
perfección cuando hace la analogía entre la grande y la pequeña guerra santa. Y
en cambio, cuando ésta no se había operado, las causas debían ser buscadas más
en circunstancias sobrehumanas que meramente humanas. No vencía aquel que
hubiese tenido los ejércitos más poderosos, sino que la victoria estaba del
lado de aquel que había sido capaz de lograr una mayor eficacia en la ejecución
del rito. Y cuando la lucha era entre un pueblo espiritual poseedor de ritos y
otro bárbaro, carente de éstos, la victoria de este último era el castigo que
recibía el primero por haberse apartado del orden metafísico. Tal el caso del
resultado de Malvinas.
La relación que se establece con el
dios es pues desde esta perspectiva de carácter activo y no pasivo. No puede
vencerse en lo externo si antes no se ha vencido en lo interno y vencerse a uno
mismo, doblegarse significa haber sido capaz de traer hacia sí al dios para que
nos sea afín. Se recuerda al respecto la imagen de Jacob que logra
vencer al ángel y lo doblega consiguiendo su bendición. Lo cual corresponde al
dicho de Plotino en las Enéadas: “Corresponde que los Dioses
vengan a mí y no yo hacia los dioses”.
Ante lo divino pues la actitud no es de
ninguna manera el pacifismo, la pasividad de un alma ansiosa y atormentada, que
todo lo espera de afuera, sino que se trata en cambio de una conquista, de un
doblegamiento, de una victoria. La actitud ante el dios no es así la espera
pasiva, la entrega a su voluntad omnímoda a fin de que todo lo disponga aun en
contra de nosotros mismos, siendo el alma así un mero títere que, al decir de Pascal,
un pensador afín a este estado decadente, es como una mera caña por donde sopla
el viento de la divinidad, sino una actitud de conquista, de doblegamiento, de
realización victoriosa; hay que hacer que el dios descienda hacia nosotros y no
permanecer quieto y pasivo esperando que éste venga y haga su voluntad. Hay que
hacer en modo tal que la voluntad del Dios llegue a convertirse en nuestra
propia voluntad y de tal forma se multiplique y convierta en invencible. Los
dioses para los clásicos no son al respecto ni buenos ni malos, son fuerzas cósmicas
superiores a las que debemos ser capaces de atraer hacia nosotros. Por ello el
que triunfa no es necesariamente ni el virtuoso, ni el sabio, sino aquel que ha
sido capaz de convocarlos. Y en esto consiste pues el sentido mágico del rito.
Para la concepción tradicional la
victoria lo es pues todo y cuando se carece de ésta la misma vida se encuentra
totalmente vacía. Ser vencido equivale pues a algo peor que estar muerto y la
existencia carece totalmente de sentido si no es pensada y ordenada en función
de una reivindicación, de una regeneración espiritual, sólo factible a través
de una guerra, de una guerra santa, y no de una paz de vencidos y humillados.
Por ello es que dijimos en El Fortín que las Malvinas no nos deben
ser devueltas, sino que deben ser reconquistadas.
Rendirse en un combate, entregarse al
enemigo, otorgar a un dios ajeno a nosotros la iniciativa de la victoria, como
hizo gran parte de nuestro ejército, siguiendo los insanos consejos de Wojtila,
representa justamente esa actitud pasiva y claudicante propia del virus güelfo
y burgués que ha corroído a nuestra civilización. Y hay que buscar sólo allí
y no en la superioridad tecnológica del enemigo la causa de nuestra derrota.
Fuimos derrotados exteriormente tan sólo porque antes lo habíamos sido
interiormente. La debacle en el terreno físico sólo es explicada por la
claudicación acontecida previamente en el plano espiritual y metafísico. Tan
sólo cuando el dios del combate se había retirado de nosotros y cuando en los
templos se imploraba de rodillas por una paz de humillados, sólo allí fue que
la victoria se fue de nuestro lado.
Aun hasta hace pocos años, mucho después de la guerra de Malvinas,
ha podido escucharse un eco de este mismo espíritu de la claudicación en
algunas frases emitidas por un coronel experto en rendiciones cuando
manifestaba tras una de sus tantas rebeliones fallidas: “Fuimos derrotados,
pero en el fondo vencimos pues se hizo la voluntad de Dios”, ante lo cual
cabe sólo contestar con esta contundente máxima de Plotino extractada de
sus Enéadas: “Están los que no tienen armas. Pero el que tiene armas,
que combata, porque no existe un Dios que combate en lugar de los que no están
en armas”. Y ante este segundo despropósito emitido en 1989 en ocasión de
otra frustrada asonada cuando dijera: “Ellos querían que tomáramos el poder
para evitar que accediera al mismo Menem, ese argentino que piensa
patrióticamente, pero al rendirnos, frustramos sus proyectos y por lo tanto los
derrotamos”, también queremos contestar con esta otra contundente frase de Plotino,
presente como la otra en el Tomo VI de la obra sobre la Magia: “Es justo que
los viles sean dominados por los malvados”. Con tales conceptos no se hace
sino expresar en lenguaje estratégico militar ese mismo espíritu güelfo sumiso,
interesado meramente en mediatizar las fuerzas espirituales de una nación
poniéndolas al servicio de una institución espuria que ha falseado sus fines
metafísicos para entregarse promiscuamente al mundo y a sus repartijas de
poder.
La función de los ritos es por lo
tanto, de acuerdo a la obra del grupo de Ur, la de obtener que esas
fuerzas superiores nos sean afines. Lejos se encuentra pues el valor del
sacerdocio en el de tratar de pontificar acerca de la validez o no de la
guerra, dándonos sobre la misma lecciones de moralidad gandhiana, tal como hizo
el papa Wojtila; él en cambio debía hacer valer su investidura para
obtener que las fuerzas superiores estuvieran de nuestro lado y operaran la
derrota sobre el infiel. Esta Cruzada podía haber tenido incluso un significado
superior a la de tantas otras cruzadas, como no la tuvo propiamente la que se
desplegó contra el Islam, pues era una lucha entre concepciones diferentes de
Dios; aquí en cambio era contra el mundo moderno que se intentaba luchar y la
Iglesia debía ponerse a la cabeza de la misma haciendo valer el poder de sus
ritos otorgados por el Dios-Hombre Jesucristo. Pero en cambio a la inversa, tal
como presenciáramos en vivo, vino a doblegar nuestras energías de combate a
favor de una rendición.
No quiero terminar estas palabras sin
rendir un pequeño y muy personal homenaje. Hace pocos meses falleció ese tío
mío que cumpliera con la magnífica tarea de enviarme en manera por lo demás
generosa la totalidad de las obras de Evola y del Grupo de Ur.
Debemos estarle todos sumamente agradecidos. Sin ese gesto totalmente
desinteresado esta prolífica obra emprendida por Ediciones Heracles, con
sus ya 20 obras editadas sobre el pensamiento tradicional, no habría existido.
Esta figura anónima que no lo conocía a Evola y que incluso discrepaba
con su manera de pensar, repitiendo a coro lo que decían los medios para
descalificarlo, ha sido sin proponérselo siquiera tremendamente importante en
la divulgación de un pensamiento alternativo que nos cabe duda alguna será el
que asumirá en sus principios esenciales la nueva generación metafísica del
próximo milenio a punto de iniciarse. Sea pues en su honor que hoy presentamos
este tomo final de la obra sobre la Magia.