Los
atentados acontecidos en la ciudad de Londres han tenido como propios una serie
de elementos significativos que los distinguen en manera notoria de los otros dos
acontecimientos similares del 11S y 11M. En primer lugar porque, a diferencia
de lo que sucedió con los anteriores, este magnicidio era “esperado” desde
hacía tiempo por parte de las autoridades británicas, las cuales, a pesar de
ello, no pudieron hacer nada para evitarlo. En efecto, si los atentados de las
Torres Gemelas fueron imprevistos sea por los medios sorpresivos empleados por
primera vez como por el lugar elegido, al que se consideraba prácticamente
invulnerable, el de Atocha también fue novedoso en cuanto a que no se había
atentado nunca en forma masiva en contra de servicios públicos en el continente
europeo. En cambio el de Londres no sólo fue una reiteración casi calcada del
procedimiento anterior, sino que también había sido una y otra vez anunciado
por Al Qaeda. Y además, por si ello fuera poco, aconteció justo en un momento
en el que la seguridad en el territorio británico estaba en su alerta máxima en
razón de estar realizándose el conflictivo encuentro del G8.
Todo este análisis nos permite afirmar
una vez más lo que venimos sosteniendo casi en total soledad respecto del
carácter que posee el poder que hoy rige en el planeta. Desde hace
aproximadamente unos quince años, más precisamente tras la caída del muro de
Berlín y el consecuente final del comunismo, el mundo viene presenciando un
fenómeno de carácter uniforme. El hecho unánimemente constatable es que los
diferentes “imperios” de esta época, a pesar del impresionante despliegue de
fuerzas materiales del que hacen permanente ostentación, en el fondo son
figuras efímeras y sumamente vulnerables, por lo tanto se encuentran muy
lejos de representar lo que fuera tal figura en todos los tiempos de la
historia. Tal ha sido en primer término el caso de la ex Unión Soviética, de la
que muchos antiguos “occidentales” y anticomunistas empedernidos se olvidan de
que se consideró por mucho tiempo que, debido a su impresionante concentración
de poderío militar que superaba en varios terrenos a los Estados Unidos, iba a
terminar ocupando la totalidad de Europa y que su destino obligado era el de
vencer a la otra superpotencia en una Tercera Guerra Mundial. La realidad fue
en cambio que, luego de un par de pequeñas frustraciones, entre ellas la
estrepitosa derrota padecida en Afganistán de manos de pequeñas pandillas y
tribus aborígenes nativas, se derrumbó en manera estrepitosa prácticamente sin
haberse disparado un solo tiro. Podemos decir sin lugar a duda alguna que tal
ejemplo, a pesar de ser único en la historia, es celosamente pasado por alto en
sus consecuencias últimas en todo análisis geopolítico que hoy se realiza.
Sin embargo al parecer del otro
“imperio”, que incluye en un muy variado bloque junto a los Estados Unidos a
otros aliados especialmente europeos, partícipes todos de una misma concepción
del mundo, podemos decir que no se distingue en lo esencial de lo acontecido
anteriormente en la ex Unión Soviética. Sus incesantes fracasos militares, su
incapacidad por disolver una simple organización terrorista transnacional,
carente del apoyo de ninguno de los gobiernos del planeta y, a pesar de todo lo
que se intenta demostrar en contrario, poseedora de medios bélicos de baja
intensidad, pues hasta ahora sus éxitos se han basado en el empleo de simples
bombas caseras, conseguidas en el mercado de los mismos países atacados, no
hace sino poner en evidencia su debilidad esencial, la misma que hizo concluir
tan estrepitosamente al otro “imperio” competidor. Es de destacar a su vez cómo
curiosamente, a pesar de todas las invasiones implementadas para “derrotar al
terrorismo” acompañadas de despliegues desaforados de fuerza militar, con
sofisticadísimas armas y “misiles inteligentes” que “matan solamente a los
terroristas y ahorran en cambio la vida de los inocentes”, ha sido incapaz
hasta ahora de dar con uno solo de los principales lideres de Al Qaeda o del
movimiento talibán.
Ahora bien, ante esta sucesión de
fracasos, ha llegado la hora de preguntarse ¿en qué consiste la fragilidad de
todos los grandes “imperios” que nos ha provisto la modernidad? ¿Cómo es
posible que, a pesar del poderío material del que hacen alarde y que no tiene
parangón alguno en la historia universal, sean en el fondo paradojalmente tan
vulnerables, así como soberanamente ineficaces? La respuesta se encuentra en el
hecho esencial de que en el fondo dichos “imperios” no son tales, sino
simplemente una caricatura de lo que fueran estas formas políticas a lo largo
de toda la historia. Lo que es propio de dichos organismos modernos, sea los
actuales Estados Unidos, como la otrora Unión Soviética, se encuentra en el
hecho de que han sustituido los valores espirituales que caracterizaran
históricamente a tales formas políticas, por la mera ostentación y uso
estereotipado de fuerza material. Y en ello han sido consecuentes con la
característica esencial que posee el Estado moderno -pues los “imperios” de hoy
en día son apenas Estados más poderosos que los demás- en tanto mero organismo
que detenta y monopoliza el uso de la fuerza física y material. En tales
“imperios” por lo tanto los gobernantes carecen del carisma que poseían en
cambio los grandes emperadores o reyes de otras épocas por el cual los
gobernados, además de sentirse protegidos por la fuerza pública, experimentaban
también una necesidad imperiosa de obedecer y de servir hasta la entrega de sus
propias existencias. La vida material era concebida nada más que como un
tránsito, siendo el gobernante el encargado de otorgarle a la misma un sentido
superior y trascendente, una razón por la cual valiese la pena estar aquí. Nada
de esto es lo que sucede en los conglomerados actuales a los cuales por una
especie de fuerza de inercia se les asigna aun el nombre de “gobiernos” o de
“imperios”, si es que se trata de formas de tal tipo caracterizadas por la
posesión de un mayor poderío material, a pesar de carecer de aquel carisma
esencial. Nadie en los mismos entrega su vida por los gobernantes y por las
causas que éstos representan. No pueden existir allí “suicidas” (1) por la
“democracia”, como en cambio acontece en manera sumamente abundante en el caso
del fundamentalismo islámico. En tanto que en tales regímenes burgueses la vida
es considerada como el valor supremo, se reputa como una verdadera locura
renunciar a la misma a la que se considera como la única realidad. Y si bien en
tales conglomerados puede existir aun la religión, la misma ha quedado reducida
a meras categorías morales, consistentes en premios y castigos, en caprichosas
discriminaciones entre malos y buenos, en las que en el fondo nadie cree, pero
que igualmente sirven para dar un pintoresco colorido a la realidad política
cotidiana, tal como tan arquetípicamente nos lo muestra el presidente Bush en
todas sus grotescas alocuciones.
Es de entender también que, ante tales
carencias esenciales de heroísmo en el que son obligadas a vivir estas
caricaturas (pues insistimos: si la vida lo es todo es simplemente una locura
renunciar a ella y por ende ser héroe), tal poder haya acudido a una serie de
sustitutos semánticos y propagandísticos a fin de eliminar a su fastidioso enemigo
mediante la utilización de sutiles medios de acción psicológica. Digamos sin
embargo que todos estos operativos son en el fondo de carácter efímero, pues
consisten tan sólo en el retraso de una agonía, pues tarde o temprano la verdad
será siempre más poderosa que el discurso retórico emitido, aunque pueda
igualmente servir para demorar el accionar vertiginoso y victorioso de su
enemigo. Al respecto digamos que Al Qaeda, a diferencia de otros rivales que ha
tenido el poder moderno, ha aprendido a cabalgar el tigre. Lejos de
hacer frente al despliegue tecnológico estrepitoso expresado en sus
ultrasofisticadas armas, ha atacado a su enemigo en sus puntos verdaderamente
vulnerables, su sociedad civil, la que es en última instancia el sustento
verdadero y burgués de la sociedad militar propia de tal “imperialismo”. Atacar
la esencia de la vida burguesa basada en la comodidad y la seguridad ha sido el
logro principal del fundamentalismo el que no ha sabido ser hasta ahora imitado
por ninguno. Ante ello entonces es que son explicables todos los montajes
periodísticos elaborados principalmente para disminuir la importancia del
enemigo absoluto al que tal frágil y antinatural poder se ve obligado a
combatir en aras de prolongar la propia agonía. Tal táctica ha empezado a
implementarse al día siguiente del 11S, luego de la sorpresa recibida. Resulta
que, según las explicaciones formuladas en su defensa desesperada, el montaje
consiste en hacer creer que habrían sido los mismos norteamericanos los que se
habrían hecho estallar las Torres para encontrar “excusas” a fin de perpetuar
su dominio del mundo. En pocas palabras que Bin Laden y el fundamentalismo
serían por lo tanto su propia invención. Por supuesto que sustentar tal
hipótesis obliga también a una serie de siempre nuevas explicaciones en la
medida en que el enemigo persevere en sus acciones victoriosas. Así pues se
verán obligados a decir también que son los responsables últimos del atentado
del 11 M y aun del reciente de Londres. Sin soslayar por supuesto que las
acciones de Al Qaeda en Irak y en Afganistán serían incluso implementadas por
los norteamericanos para hacer una limpieza étnica en tal territorio y quedarse
con el petróleo. Con respecto al reciente de Londres ya han comenzado a
adelantar anticipos los diferentes corifeos del sistema haciéndonos saber que
“ya lo sabían y estaban informados por otros servicios de inteligencia” pero
que igualmente “dejaron hacer”. Aunque a esta altura del partido parezca
sumamente inverosímil pensar que tales países estén interesados en aterrorizar
a las propias poblaciones justamente en el mismo momento en que se demuestra
que el efecto obtenido es en realidad el contrario, esto es que, a medida que
el conflicto avanza en intensidad, en tanto el interés y la economía resultan
ser los valores supremos que le dan sustento a esta “única vida”,
simultáneamente a ello disminuye también la popularidad de los gobernantes que
desean hacer la guerra y por lo tanto se hace cada vez más factible una
retirada estrepitosa. Tal de hacernos recordar el dilema de hace unos años en
que el comunismo parecía ser el victorioso, cuando se acuñara la famosa
consigna: “Mejor rojos antes que muertos”. Hoy en día la misma podría ser
también y con más razón: “Mejor fundamentalistas antes que muertos”, aunque el
gran dilema se encontraría en que el triunfo de tal concepción les impediría
seguir viviendo plenamente esa existencia bovina y democrática que tanto los
entusiasma. Habría que pensar entonces que tales montajes estrepitosamente
inverosímiles se hacen con la expresa intención de ocultar la fragilidad
esencial del sistema especialmente entre aquellos que no lo comparten pero a
los cuales se les trataría de no hacerles ver la existencia de una vía exitosa
respecto de su disolución. Entre las filas enemigas siempre será preferible
sembrar la idea de que se es cínico e inescrupuloso antes que ineficiente.
En este aspecto el atentado de Londres
debe haber ayudado sin duda a desmontar los argumentos de muchos montajistas
(aunque no nos ilusionamos que de todos pues bien sabemos que la imaginación es
una potencia infinita), los que curiosamente son numerosísimos entre las filas
de la extrema izquierda “antiimperialista” (2), así como de la derecha
“nacionalista” o alternativista (3). En ambos sectores rige un mismo complejo:
el de no haber sido exitosos en sus campañas “antiimperialistas”, en haber
siempre fracasado en sus empeños y que todas las veces que alguno de ellos ha
logrado alcanzar el poder ha tenido que ser tan sólo a costa de la propia prostitución
y renuncia a los principios (4). Tal trauma psicológico es muy bien utilizado
por el “imperio” el que les provee una suma de argumentos eficaces a fin de
fortalecerles el yo tan debilitado brindándoles una “compensación”
estereotipando el mecanismo de la negación respecto de aquellos que son en
cambio exitosos. ¿Pero hasta cuándo podrán seguir autoengañándose?
Notas:
(1) Sin duda no hay nada más odioso que
reputar como “suicidas” a los mártires que se han inmolado en una lucha por su
concepción del mundo y por la libertad de sus respectivos países. Resulta
comprensible que ello suceda entre modernos defensores del sistema de la “vida
única”, pero es canallesco y de mucha mala fe hallarlo entre católicos o
defensores de una existencia ultraterrena. Que el fundamentalismo llame a
luchar en contra de los “Cruzados” simultáneamente que en contra de los “judíos
sionistas” encuentra su explicación no solamente en el hecho de que la actual
Iglesia haya reputado a estos últimos como a sus “hermanos mayores”, sino
también en razón de tal miopía y mala fe.
(2) Es curioso constatar cómo
simultáneamente a sectores del sistema que nos hablan de un montaje acontecido
el 11S y el 11M, también nos encontremos con figuras como Fidel Castro quien
dice que Bin Laden no existe y es hechura de los norteamericanos. Para quienes
nos hablan de una intrínseca identidad entre marxismo y capitalismo he aquí
otro argumento.
(3) En la Argentina hay una derecha
católica, nacionalista y carapintada, pero que también encuentra su correlación
con sectores de Europa, muchos de los cuales para nada cristianos y hasta
racistas y “paganos”, que concibe la lucha entre el fundamentalismo islámico y
los Estados Unidos como una continuidad de la que aconteciera entre el
Occidente cristiano y el Islam oriental. En tal actitud simplificadora ponen a
todos en una misma bolsa, como si acaso Norteamérica fuera la manifestación
actual del Occidente tradicional y no una nueva civilización antitética del
mismo y a su vez como si el Islam fuese una cosa homogénea y no existiese en su
seno también un muy numeroso sector “pro-occidental” y como si en el mundo no
hubiese acontecido nunca una herejía tan universal y materialista como la
moderna que
exigiese, para hacerle frente, una unidad entre todos aquellos que, con
independencia de religión o cultura, creen en la existencia de una dimensión
trascendente en contraposición de los que en cambio la rechazan. Para estos
sectores en cambio el problema se resuelve tan sólo con la conversión de los
segundos a la “religión verdadera”, por supuesto que la propia, prefiriendo,
ante la alternativa de otra, aun la unión con los materialistas más
exacerbados.
(4) No ha existido nada más nauseabundo
en nuestra vida política como presenciar la muy numerosa participación de
sectores sea de la izquierda “antiimperialista” como nacionalistas católicos
carapintadas en los gobiernos de Menem e incluso en el actual de Kirchner y lo
que todavía ha sido peor fue escuchar las “explicaciones” proporcionadas por
tales personas.
Marcos Ghio