Julius
Evola
Resulta sumamente sintomático y humorístico el hecho de que hoy
en día se repute al liberalismo como una formación de Derecha cuando en épocas
anteriores los hombres de la Derecha vieron a éste como a un cuco, como a una
fuerza subversiva y disgregadora de la misma manera que en la actualidad son
considerados (también de parte de los mismos liberales) el marxismo y el
comunismo. En efecto, a partir de 1848 el liberalismo, el nacionalismo
revolucionario y la ideología masónica antitradicional aparecen en Europa como
fenómenos estrechamente vinculados entre sí y es siempre interesante revisar
los antiguos ejemplares de la publicación Civiltá Catolica para ver cómo
ésta se expresaba en lo relativo al liberalismo de aquella época.
Pero nosotros dejaremos a un lado tal circunstancia para hacer
una breve mención, necesaria para nuestros fines, con relación a los orígenes
del liberalismo. Es sabido que tales orígenes hay que buscarlos en Inglaterra,
y puede decirse que los antecedentes del liberalismo fueron feudales y
aristocráticos: hay que hacer referencia a una nobleza local celosa de sus
privilegios y de sus libertades, la cual, desde el Parlamento, trató de
defenderse de cualquier abuso de la Corona. Luego de ello, simultáneamente con
el avance de la burguesía, el liberalismo se reflejó en el ala whig del
parlamento oponiéndose a los conservadores, los Tories. Pero hay que
resaltar que hasta ayer el partido desarrolló la función de una “oposición
orgánica”, manteniéndose firme la lealtad hacia el Estado, en modo tal que pudo
hablarse de la His Majesty’s most loyal opposition (la lealísima
oposición de Su Majestad). La oposición ejercía en el sistema bipartidista una
simple función de freno y de control.
El factor ideológico de izquierda no penetró en el liberalismo
sino en un período relativamente reciente, y no sin relación con la primera
revolución española, en modo tal que la designación originaria de los liberales
fue la española, es decir liberales (y no liberals, como en el
inglés). Y es aquí donde empieza el declive. Debe resaltarse pues que el primer
liberalismo inglés tuvo un carácter aristocrático: fue un liberalismo de gentleman,
esto es un liberalismo de clase. No se pensó en libertades que cualquiera
pudiese reivindicar indistintamente. Subsiste aun hoy en día en Inglaterra este
aspecto sano y en el fondo apolítico del liberalismo: el liberalismo no como
una ideología político-social, sino como la exigencia de que, prescindiendo de
la particular forma del régimen político, el sujeto pueda gozar de un máximo de
libertad, que la esfera de su privacy, de su vida personal privada, sea
respetada y sea evitada la intromisión de un poder extraño y colectivo. Desde
el punto de vista de los principios éste es un aspecto aceptable y positivo del
liberalismo que debería diferenciarlo de la democracia, puesto que en la
democracia el momento social y colectivista predomina sobre el de la libertad
individual.
Pero aquí nos hallamos también con un cambio de dirección, puesto
que un liberalismo generalizado e indiscriminado, al asumir vestimentas
ideológicas, se fusionó en el continente europeo con el movimiento iluminista y
racionalista. Aquí alcanzó el primer plano el mito del hombre que, para ser
libre y verdaderamente sí mismo, debe desconocer y rechazar toda forma de
autoridad, debe seguir tan sólo a su razón, no debe admitir otros vínculos más
allá que los extrínsecos, los que deben ser reducidos al mínimo, pues sin los
cuales ninguna vida social sería posible. En tales términos el liberalismo se
convirtió en sinónimo de revolución y de individualismo (un paso más y se
arriba a la idea de anarquía). El elemento primario es visto en el individuo,
en el sujeto. Y aquí son introducidas dos pesadas hipotecas bajo la dirección
de lo que Croce denominó como la “religión de la libertad”, pero que nosotros
denominaríamos más bien como fetichismo de la libertad.
La primera hipoteca es que el individuo ya se encuentra
“evolucionado y conciente”, por lo tanto capaz de reconocer por sí mismo o de
crear cualquier valor. La segunda es que del conjunto de los sujetos humanos
dejados en el estado de total libertad (laissez faire, laissez aller) pueda
surgir en manera milagrosa un orden sólido y estable: por lo cual, habría que
recurrir a la concepción teológica de Leibniz de la denominada “armonía
preestablecida” (por la Providencia), en modo tal que, para usar una
comparación, aunque los engranajes del reloj funcionen cada uno por su cuenta,
el reloj en su conjunto marcará siempre la hora exacta. A nivel económico, del
liberalismo deriva el “liberismo” o “economía de mercado” que puede denominarse
como la aplicación del individualismo al campo económico-productivo, afectado
por una idéntica utopía optimista respecto de un orden que nace por sí mismo y
que es capaz de tutelar verdaderamente la proclamada libertad (bien sabemos
adónde va a parar la libertad del más débil en un régimen de pirateril y
desenfrenada competencia, tal como acontece en nuestros días no sólo entre
individuos, sino entre naciones ricas y pobres). El espectáculo que hoy nos
muestra el mundo moderno es un crudo testimonio de lo arbitrarias que sean
tales posiciones.
Arribados a este punto podemos recabar algunas conclusiones. El
liberalismo ideológico en los términos recién mentados es evidentemente
incompatible con el ideal de un verdadero Estado de Derecha. No puede aceptarse
la premisa individualista, ni el fundamental rechazo por todo tipo de autoridad
superior. La concepción individualista tiene un carácter inorgánico; la
presunta reivindicación de la dignidad del sujeto se resuelve, en el fondo, en
un menoscabo de la misma a través de una premisa igualitaria y niveladora. Así
pues en los tiempos más recientes el liberalismo no tuvo nada que objetar al
régimen del sufragio universal de la democracia absoluta, en donde la paridad
de cualquier voto, que reduce a la persona a un simple número, es una grave
ofensa al individuo en su aspecto personal y diferenciado. Luego, en materia de
libertad, se descuida la esencial distinción entre la libertad respecto de
algo y la libertad para algo (es decir, para hacer algo). Tiene muy poco
sentido manifestarse celosos respecto de la primera libertad, de la libertad
externa, cuando no se saben indicar ideales y fines políticos superiores en
función de los cuales el uso de la misma adquiera un verdadero significado. La
concepción básica de un verdadero Estado, de un Estado de Derecha, es “orgánica”
y no individualista.
Pero si el liberalismo, remitiéndose a su tradición
pre-ideológica y pre-iluminista, se limitara a pregonar la mayor libertad
posible de la esfera individual privada, a combatir toda abusiva o no necesaria
intromisión en la misma de poderes públicos y sociales, si el mismo sirviese de
rémora a las tendencias “totalitarias” en sentido negativo y opresivo, si
defendiese el principio de libertades parciales (si bien el mismo debería
defender también la idea de cuerpos
intermedios, dotados justamente de parciales autonomías, entre el vértice y la
base del Estado, lo cual llevaría de lleno al corporativismo) si estuviese
dispuesto a reconocer un Estado omnia potens, pero no omnia facens
(W. Heinrich), es decir que ejerce una superior autoridad sin entrometerse por
doquier, la contribución “liberal” sería sin más positiva. En especial si
tenemos en cuenta la actual situación italiana, podría ser también positiva la
separación, propugnada por el liberalismo ideológico, de la esfera política
respecto de la eclesiástica, siempre que ello no signifique la laicización
materialista de la primera. Sin embargo aquí se encontraría un obstáculo
insuperable, puesto que el liberalismo tiene una fobia hacia todo lo que puede
asegurar a la autoridad estatal un fundamento superior y espiritual y profesa
un fetichismo por el denominado “Estado de derecho”: es decir, un Estado de la
legalidad abstracta, como si la legalidad existiese por afuera de la historia,
y como si el derecho y la constitución cayesen del cielo hechos y derechos y
con un carácter de irrevocabilidad.
El espectáculo de la situación a la que ha conducido la partidocracia en este régimen de masas y de demagogia debería hacernos reflexionar respecto de la antigua tesis liberal (y democrática) de que el pluralismo desordenado de los partidos sea garantía verdadera de libertad. Y con respecto a la libertad reivindicada a cualquier precio y en cualquier plano, por ejemplo en el de la cultura, sería necesario hacer hoy en día una serie de precisiones oportunas, si es que no se quiere que todo vaya a la deriva en forma acelerada. Hoy en día puede verse muy bien de qué cosas el hombre moderno, convertido finalmente en “adulto y conciente” (de acuerdo al liberalismo y a la democracia progresista) se ha hecho capaz en los tiempos últimos con su “libertad”, la que muchas veces ha sido la de producir sistemáticamente bacilos ideológicos y culturales que están llevando a la disolución a toda una civilización.
Pero a tal respecto el discurso sería demasiado largo y nos
sacaría del marco de nuestro análisis. Suponemos que con estas notas, aun de
una manera extremadamente sumaria, ha sido puesto en evidencia desde el punto
de vista de la Derecha todo aquello que de positivo y negativo pueda
presentarnos el liberalismo.
(Il Borghese, 10-10-1968)