por Julius Evola
En el campo de las reacciones interiores y de
aquella disciplina que, con un neologismo, ha sido denominada la etología, se
pueden distinguir dos formas fundamentales, marcadas respectivamente con las
fórmulas de “amor por lo cercano” y “amor por lo lejano” (que no es otra que la
nietzscheana Liebe der Ferne). En el primer caso uno se siente atraído
por aquello que se le encuentra cerca, en el segundo en cambio por lo que le
resulta lejano. Lo primero tiene que ver con la “democracia”, en el sentido más
amplio y sobre todo existencial del término; lo segundo en cambio tiene
relación con un tipo humano más alto, rastreable en el mundo de la Tradición.
En el primer caso, a fin de que una persona, un
jefe, sea seguido, es necesario que se lo sienta como “uno de los nuestros”.
Así pues alguien ha acuñado a tal respecto la feliz expresión de “nuestrismo”.
Las relaciones de éste con la “popularidad”, con el “ir hacia el pueblo” o
“entre el pueblo”, así como también, consecuentemente, con su insufribilidad
hacia todo lo que signifique diferencias cualitativas, resultan sumamente
evidentes. Casos recientes y significativos de tal orientación son conocidos
por todos nosotros, pudiéndose incluir entre los mismos también a la insípida
vocación “viajera” de los mismos Pontífices, allí donde lo normal hubiera sido
en cambio alimentar una casi-inaccesibilidad, esa misma por la cual ciertos
soberanos aparecieron ante el pueblo como “alturas solitarias”. Hay que
subrayar aquí el pathos de las situación, puesto que puede existir una
cercanía física que no excluye sino que mantiene la distancia interior.
Se sabe del papel relevante que el “nuestrismo” ha
tenido aun en los regímenes totalitarios de ayer y de hoy en día. Son patéticas
las escenas, que no se han dejado de resaltar por doquier, de dictadores que se
complacen por figurar entre el “pueblo”. Allí donde la base del poder es en
gran medida demagógica, ello resulta por lo demás casi una necesidad. El “Gran
Compañero” (Stalin) no ha cesado de ser el compañero. Todo esto pertenece a un
preciso clima colectivo. Hace ya más de un siglo y medio que Donoso Cortés,
filósofo y hombre de Estado español, tuvo ocasión de escribir con amargura que
ya no existen soberanos que pretendan presentarse verdaderamente como tales; y
que si ellos lo hicieran, quizás casi nadie los seguiría. De modo tal que
parece como si se impusiera hoy en día una especie de prostitución, ya puesta
en relieve por Weiniger en el mundo de la política. No es azaroso afirmar que
si hoy existiesen jefes en un auténtico sentido aristocrático, éstos muchas
veces estarían obligados a esconder su naturaleza y a presentarse bajo la
vestimenta de agitadores democráticos de masas, si es que pretendiesen ejercer
una influencia. El único sector que en parte ha permanecido aun inmune de tal
contaminación es el del ejército, aun si ya no es fácil hallar allí el estilo
severo e impersonal que caracterizó por ejemplo al prusianismo.
Al “nuestrismo” le corresponde un tipo humano
esencialmente plebeyo. El tipo opuesto es aquel al cual se le puede referir la
fórmula del “amor por lo lejano”. No la cercanía “humana”, sino la distancia
suscita en él un sentimiento que en el fondo lo eleva y, al mismo tiempo, lo
impulsa a seguir y a obedecer, en términos sumamente diferentes del otro tipo.
Antiguamente se pudo hablar de la magia o de la fascinación de la “superioridad
olímpica”. Vibran aquí otras cuerdas del alma. En un dominio diferente,
nosotros no podemos por cierto ver un progreso en el pasaje del hombre-dios del
mundo clásico (por más símbolo o ideal que fuese) al dios-hombre del
judeo-cristianismo, a aquel dios que se hace hombre y funda una religión de
fondo humano, con un amor que debería mancomunar a todos los hombres así como
hacerlos cercanos el uno con el otro. No equivocadamente Nietzsche denunció en
esto a lo opuesto de lo que designó con la palabra vornehm, que se
traduce por “distinto” o “aristocrático”.
El cielo nocturno estrellado por encima de sí era
exaltado por Kant por su indecible lejanía, y tal sentimiento es probado por
muchos seres no vulgares, en manera totalmente natural. Nos encontramos aquí en
el límite. Sin embargo un reflejo puede ser resaltado también en planos
infinitamente más condicionados. A la distancia “anagógica” (es decir, a la
distancia que eleva), se le puede oponer en cambio aquello que se esconde bajo
la vestimenta de una cierta humildad. Es de Séneca el dicho de que no existe un
orgullo más detestable que el de los humildes. Este dicho deriva de un agudo
análisis del fondo de la humildad ostentada por personas que, en el fondo, se
complacen consigo mismas, sintiéndose en cambio sumamente insufribles hacia
todo lo que es superior a ellas. El sentirse juntas en éstas es natural y
remite a lo que hemos dicho más arriba.
Como en muchos otros casos, las consideraciones aquí
expuestas son comprendidas con la finalidad de establecer criterios de
discriminación, de medida, y se encuentran en verdad en una posición de
contracorriente con lo actual.
Respecto de
la manía de popularidad de los grandes, no resistimos a la tentación de referir
un episodio personal. Años atrás hicimos llegar uno de nuestros libros a un
soberano respetando las normales reglas de etiqueta, es decir, no de manera
directa, sino a través de un intermediario. Y bien, nosotros decimos la pura
verdad cuando afirmamos haber probado casi un shock al recibir una carta
de agradecimiento que comenzaba con las palabra “Querido (!) Evola”, sin que yo
hubiese conocido nunca personalmente a tal personaje o le hubiese ni siquiera
escrito. Esta “democraticidad” parece estar muy en boga. En cambio hoy en día
disgusta aquella persona que aun tiene una sensibilidad por los antiguos
valores.
En un dominio sumamente banal se podría recordar
como índice de una línea similar, un uso muy difundido en los Estados Unidos,
el país más plebeyo de la Tierra. En especial en la nueva generación no se
puede intercambiar un par de palabras con alguien sin que éste nos invite a
tutearlo y a llamarlo con su nombre de pila, Al, Joe, etc. En contraste con
esto podemos recordar a aquellos hijos que trataban de Usted a sus mismos
padres y de una cierta persona, a nosotros sumamente cercana, la cual
continuaba tratando de Usted a chicas (chicas bien) aun luego de haberse
acostado con ellas, mientras que películas, que seguramente reflejan las
costumbres del más allá del océano, nos presentan al estereotipo de aquel que,
luego de un simple e insípido beso enseguida tutea a la mujer.
(De Il Conciliatore, septiembre de 1972)