JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA Y JULIUS EVOLA
Los innumerables trabajos que, a lo
largo de tantas décadas, se han realizado alrededor del pensamiento de José Antonio
Primo de Rivera, primer Jefe Nacional de la F.E. de las J.O.N.S., han solido
analizar los planteamientos que, el que fuera uno de los fundadores de Falange
Española, defendía a propósito de cuestiones relacionadas con las esferas de lo
político (así, en minúsculas), de lo social y de lo económico. No han faltado
tampoco ensayos –eso sí, en menor número- sobre sus posicionamientos en
materias cuyo abanico podría oscilar entre lo, digámoslo así,
filosóficocultural y lo religioso.
A nuestro entender prácticamente todos estos trabajos adolecen de algo
esencial, pues no han sabido, o no han podido, atisbar que todo el pensamiento
de José Antonio tiene como base unos fundamentos y unas raíces que van mucho
más allá del
momento histórico y político en el que
fue formulado e incluso mucho más allá de las etapas históricas en las que
empiezan a aparecer los primeros conatos serios de lo que acabarían siendo los
pilares de nuestro actual mundo moderno; pilares en forma de contravalores y de
instituciones y corrientes ideológicoculturales antitradicionales. Sí,
contrarios a la Tradición, así, con mayúsculas. Esto es, contrarios a una
manera de vivir y percibir el mundo y la existencia que entiende de Realidades
que superan el plano meramente material (1).
No sólo constatamos el hecho de que “el pensamiento de José Antonio
tiene como base unos fundamentos y unas raíces que van mucho más allá del
momento histórico y político en el que fue formulado…” sino que incluso
afirmamos que no tan sólo “van mucho más allá” retrocediendo en el tiempo, sino
que se encuentran por encima del tiempo, por encima del devenir, por encima del
fluir continuo de lo perecedero, del mundo manifestado y condicionado, por
encima –según el decir de los textos sagrados del hinduismo- del samsara. Y esto ocurre porque al estar
en sintonía con la esencia de la Tradición atesoran una naturaleza intemporal,
eterna e imperecedera.
Como hemos encontrado una ingente y, quizás para algunos, sorprendente
similitud entre el pensamiento de José Antonio y la manera en que el italiano
Julius Evola entiende y nos transmite cuál es el núcleo y cuáles son los
entresijos de la Tradición, no estará de más que sea el propio autor
transalpino el que nos aclare qué es lo que debemos de entender por Tradición.
Así en “Los hombres y las ruinas” -1.954- (2) escribe que:
"En su significado
verdadero y vivo, tradición no es un supino conformismo a todo lo que ha sido,
o una inerte persistencia del pasado en el presente. La Tradición es, en su
esencia, algo metahistórico y, al mismo tiempo, dinámico: es una fuerza general
ordenadora en función de principios poseedores del carisma de una legitimidad
superior -si se quiere, puede decirse también: de principios de lo alto- fuerza
que actúa a lo largo de generaciones, en continuidad de espíritu y de
inspiración, a través de instituciones, leyes, ordenamientos que pueden también
presentar una notable variedad y diversidad".
La adhesión de Evola a la cosmovisión inherente a la Tradición responde
a un impulso hacia lo Trascendente que ya desde temprana edad sintió en su
interior. Este impulso le corrió paralelo a otro que le adhería a una manera activa de entender la existencia. Él
habla en “El camino del cinabrio” -1.974- (3) de esta doble ecuación personal que desde buen
principio le marcó las pautas de lo que acabaría siendo su manera de percibir y
de vivir el mundo. Ecuación personal que le haría defender ´la vía de la
acción´ como el más óptimo camino a elegir para transitar por el sendero del
descondicionamiento y del desapego del yo previo para aspirar a su
transfiguración o palingénesis interior y a su identificación con el Principio
Supremo, con lo Absoluto incondicionado.
´Vía de la acción´, ´vía del guerrero´ o (volviendo a echar mano de la
terminología del hinduismo) ´vía del shatriya´ que más que entenderla desde la
óptica de la acción exterior hay que entenderla bajo el prisma de la acción
interior. Hay que entenderla como ascesis, como trabajo interno metódico,
riguroso, como ejercicios constantes tendentes a conseguir la autarquía del
practicante con respecto al mundo de las pasiones, de las aprensiones, de los
sentimientos, de los impulsos, de los instintos y de los sentidos. Trabajo
interno que, tras este disciplinado proceso de –permítasenos la expresión-
profilaxis del alma y, por tanto, de autodominio y autocontrol tendrá como
siguiente objetivo el conocimiento de realidades cada vez más sutiles y
alejadas de la realidad física que perciben nuestros sentidos y como fin último
la Gnosis de la Realidad Suprema, incondicionada y eterna que se halla en el
origen de todo el mundo manifestado, a la par que también tendrá como fin
último la identificación total de la Persona con dicha Realidad Suprema; esto
es, la Iluminación o Despertar de la que nos habla el budismo.
Todos los valores y atributos consustanciales al tipo humano del
guerrero lo hace más propicio que cualquier otro para transitar por este arduo
camino, por el cual pocos pasos (o ninguno) se podrán dar sin esas buenas dosis
(tan indisociables al shatriya) de espíritu de sacrificio, de voluntad, de
marginación del yo en aras de la consecución de un objetivo no particular, de
heroísmo y de una valentía que comporta la superación de miedos, pavores y
complejos; miedos que irán apareciendo en algunos estadios de este proceso
iniciático de descondicionamiento y desapego por cuanto dicho proceso implica
el ir desligándose de los soportes existenciales en los que el hombre vulgar
suele apoyar su condicionado discurrir por la vida.
Es por todo esto por lo que la ´vía de la acción´ ha sido asociada al
arquetipo del guerrero y por todo esto por lo que la consideramos como la única
viable para emprender la empresa consistente en lograr la autonomía del alma -o
mente- con respecto a todo lo que la puede mediatizar; autonomía que convertirá
al iniciado en estas lides en Autarca o Señor de sí mismo.
El camino opuesto a éste no puede, por oposición, ser otro que el de la
´vía pasiva´ (quizás confusamente muchos han llamado a este camino opuesto como
´vía contemplativa´) y que no puede nunca aspirar a nada más que no sea la
simple fe, creencia o devoción en la divinidad o, a lo sumo, a estados de
arrebato y arrobamiento extático-místico en los que el alma, lejos de ser Señora
de sí misma, es objeto de perturbador enceguecimiento.
La preeminencia de la dimensión interior de la ´vía del guerrero´
comentada algunos párrafos más arriba no nos debe hacer ignorar su dimensión
exterior y no nos debe, por tanto, hacer olvidar aquellas sagas en las que el
guerrero y/o el caballero iban pasando por todo tipo de aventuras y superando
una serie de pruebas que no eran ni más ni menos que el reflejo externo de
aquellos cambios descondicionadores y transmutadotes que en su interior iba experimentando;
a la vez que estas pruebas externas le servían de apoyo para facilitarle dichos
cambios internos. No podemos, en consecuencia, olvidarnos, por ejemplo, del
ciclo artúrico y del Grial y no podemos, tampoco, olvidarnos de aquellos
caballeros monjes que en órdenes religiosomilitares del Medievo, como lo fueron
la del Temple, optaron por la ´vía de la acción´ como camino a seguir en aras a
la consecución de la transustanciación del yo condicionado en Ser
descondicionado.
Y en consonancia con este modelo humano del caballero a la búsqueda del
Espíritu que podemos ver profundamente tratado por Evola en su obra “La leyenda
del Grial y la tradición gibelina del Imperio” -1.937- (4) podemos tener bien
presente aquella definición hecha por José Antonio a propósito del hombre nuevo
que se pretendía forjar como “mitad
monje, mitad soldado” o reproducir otras sentencias suyas como la efectuada
el 6 de noviembre en el Parlamento español en la que afirmaba que “Es cierto; no hay más que dos maneras serias
de vivir: la manera religiosa y la manera militar –o, si queréis, una sola,
porque no hay religión que no sea una milicia ni milicia que no esté caldeada
por un sentimiento religioso-“ (5).
José Antonio, al igual que Evola, pareció haber sentido en su interior
la misma doble fuerza formativa: la de la acción y la de la espiritualidad.
Así, por lo que respecta a la acción y en relación directa con el arquetipo del
guerrero, reza el punto 26 de la Norma Programática de la Falange que “Su estilo (el de la Falange) preferirá lo directo, ardiente y combativo.
La vida es milicia y ha de vivirse con espíritu acendrado de servicio y
sacrificio.” (Norma programática firmada por José Antonio y que transpira
su personal estilo.) Y por lo que hace referencia a la espiritualidad ya en el
discurso de fundación (29 de octubre de 1.933) del movimiento político que
acabaría liderando decía que “…sólo se
respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros les
estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal
de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse” (6). Y, en la misma
tónica, se puede leer en los llamados “Puntos Iniciales” de la Falange,
publicados el 7 de diciembre de 1.933 y que también rezuman del estilo y del
pensamiento de José Antonio, se puede leer, decíamos, que “Falange Española considera al hombre como conjunto de un cuerpo y un
alma; es decir, como capaz de un destino eterno, como portador de valores
eternos.”
Bien es sabido que el tipo de espiritualidad que reivindica Julius Evola
se halla reñido con aquél que comportó el cristianismo de los orígenes y, en
buena medida, con el que esta religión ha defendido en las últimas centurias.
Al cristianismo primigenio lo llegó a definir como “anarquismo de los orígenes” y denostó sin paliativos su carácter de
pacifismo pusilánime, de igualitarismo antijerárquico y su moral de esclavos.
No obstante lo cual Evola pudo ver en el catolicismo de la Edad Media apuntes
de compenetración con la esencia y con los valores de la Tradición: con la idea
de jerarquía, con la ética caballeresca y con el elemento esotérico; si bien,
sobre todo este último asunto, al margen y a pesar de la Iglesia oficial. La
actitud no cerril de nuestro autor italiano hacia el cristianismo se puede
cotejar en reflexiones suyas como las efectuadas durante su estancia en la
cartuja de Hain (Alemania, febrero de 1.943), donde escribía que “…no buscando compromisos con el pensamiento ´moderno´ e
incluso con las ciencias profanas de hoy en día, sino desapegándose
decididamente, insistiendo tan sólo en el punto de vista de la ascesis, de la
pura contemplación y de la trascendencia, que la Iglesia podría quizás, dentro
de determinados límites, volver a convertirse verdaderamente en una fuerza y
asegurarse así una inviolable autoridad.” (7)
Posiciones semejantes se pueden observar también en José Antonio cuando,
por un lado, se puede leer en el punto 25 de la ya aludida Norma Programática
que “Nuestro movimiento incorpora el sentido católico –de gloriosa tradición y
predominante en España- a la reconstrucción nacional”, pero por otro lado
afirmaba, en el curso de una conferencia pronunciada el 3 de marzo de 1.935 en
Valladolid, que “…el cristianismo era la
negación de los principios romanos; la religión de los humildes y de los
perseguidos, capaz de negar al César su divinidad y aun su dignidad sacerdotal.
El cristianismo minó los cimientos de la Roma agitada…”.
Coinciden igualmente Evola y José Antonio en su admiración por la Roma
antigua. Para el primero en su fundación y en buena parte de su discurrir
histórico concurren la fuerza y los valores formativos de la Tradición e
instituciones adaptadas a esta última y servidoras de la misma. Mientras que
para el segundo Roma representa medida y geometría. José Antonio es un
clasicista y Roma es la encarnación de ese clasicismo en oposición a un
romanticismo con respecto al cual su talante personal se encuentra en las
antípodas.
Como detalle ilustrativo de esta adhesión a la romanidad, en el seno de
la Falange a éste su primer Jefe Nacional se le refiere siempre con su nombre
de pila, no con su apellido. Se hace así tal cual se hacía con los césares de
Roma: con Julio César, con Octavio,…
Acabamos de hacer alusión al distanciamiento de José Antonio con
respecto al romanticismo y aquí estriban algunas discrepancias que mantuvo con
relación a los fundamentos del nacionalsocialismo, afirmando que “El
movimiento alemán es de tipo romántico; su rumbo, el de siempre; de allí partió
la Reforma e incluso la Revolución Francesa, pues la declaración de los
derechos del hombre es copia calcada de las Constituciones norteamericanas,
hijas del pensamiento protestante alemán.” (Conferencia, ya citada, del 3
de marzo de 1.935.)
Evola, asimismo, contempla al romanticismo como un producto más del
deletéreo y disolvente mundo moderno. Esas pasiones y sentimientos que el
Hombre Diferenciado de la Tradición ha conseguido dominar son exacerbados y
encumbrados por el romanticismo. Como botón de muestra significativo de la
oposición de Evola hacia esta corriente cultural podemos recordar la expeditiva
crítica que en su libro de 1.961 “Cabalgar el tigre” (8) realiza a la música de
Wagner, por, entre otras cosas, melodramática
y a la de Beethoven por trágico-patética.
Sacado, como hemos hecho, el tema del nacionalsocialismo deberíamos de
indicar que Evola interpreta que la gran importancia que durante el III Reich
se le dio, por parte de ciertos ideólogos, al tema de la raza biológica
conlleva un elemento igualitarista, por cuanto la pertenencia a determinado
tipo racial es la que otorga la principal legitimidad como ciudadanos del
Reich. Para Evola se debería, por el contrario, superponer a la ´raza del
cuerpo´ la ´raza del alma´ y a ésta ´la raza del espíritu´. Así pues, se
crearían, de este modo, otros criterios diferenciadores en el seno de la
comunidad. Se crearían criterios que acabarían conformando una clara jerarquía
en la que por encima de los individuos que únicamente cumplieran con los
atributos y requisitos establecidos para ´la raza del cuerpo´, se encontrarían
escalonadamente situados aquellos miembros de la comunidad que, en mayor o
menor grado, cumplieran con los valores propios de ´la raza del alma´; como
pueden serlo el heroísmo, el valor, el espíritu de servicio y de sacrificio, la
abnegación, la sinceridad, la voluntad, la fortaleza de ánimo, la constancia,…
Y aun por encima de aquéllos que hubieran desarrollado convenientemente los valores
propios de ´la raza del alma´ se hallarían las personas que hubieran sido
capaces de actualizar las potencialidades de ´la raza del espíritu´ o, dicho en
otros términos, de conseguir recorrer el trayecto entero que lleva (tras el
descondicionamiento con respecto a lo externo y al subconsciente y el
inconsciente) al Conocimiento y a la identidad total con el Principio Supremo y
eterno. Los pocos que consiguieran llegar a esta meta ocuparían la cúspide de
la pirámide social en que se debería de vertebrar el Estado, tal como siempre
ocurrió en el mundo Tradicional (9).
Se tienen, pues, así, criterios antiigualitarios y diferenciadores en
oposición al nivelador e igualitario que supone el de la fijación en la raza
biológica o ´raza del cuerpo´. Criterio igualitario que hace que la totalidad
de la comunidad se halle, repetimos, legitimada en el seno del Estado y, en
consecuencia, en igual medida representada. Y criterio que, en el mismo
discurso varias veces citado (y pronunciado en Valladolid), le hizo decir, en
sentido crítico, a José Antonio que “Alemania
vive una superdemocracia” y que
a Evola hacía hablar de la prevalencia y la exaltación del demos; o lo que es lo
mismo, de la masa indiferenciada.
En armonía con esta posición, digámoslo así, antidemocrática mantenida por José Antonio y en consonancia con las
pretensiones de querer articular el tejido social de manera jerárquica, desde
lo alto de la pirámide y teniendo como punto de referencia los más altos
valores, al igual que de acuerdo con la mentalidad clasicista de la que ya
hemos hablado, éste que fue uno de los fundadores de la Falange asevera, en
dicha misma conferencia, refiriéndose a la Italia del período fascista que “Roma pasa por la experiencia de poseer un
genio de mente clásica, que quiere configurar un pueblo desde arriba”.
Lo que se ha venido comentando en los últimos párrafos no queremos que
se interprete como pinceladas que denotarían por parte de nuestros dos autores
una oposición integral al mundo cultural y político que dirigió y/o que se
desarrolló en el seno del III Reich y/o formó parte de su amplio entramado. Y
no pretendemos que se puedan extraer estas conclusiones de rechazo general
puesto que tanto Evola como José Antonio supieron encontrar elementos, intenciones,
objetivos e instituciones válidos en la Alemania nacionalsocialista. Pero si
hemos analizado deteminados factores que resultan conflictivos en la opinión de
los dos autores ha sido, básicamente, para resaltar nuevos puntos en común en
la cosmovisión que ambos compartían.(10)
Sin dejar el hilo del clasicismo afín a José Antonio y definido por lo
exacto, por lo severo, por la línea o por lo recto, bien debemos de hablar del
concepto de Patria que él defiende, pues se trata de un concepto alejado de lo
sensual y del apego a la tierra (alejado, por ende, de cualquier veleidad afín
al romanticismo) y cercano a la idea clásica del Imperium. Lo podemos comprobar en un artículo por él escrito bajo
el título de “La gaita y la lira” y publicado el 11 de enero de 1.934 en el que
podemos leer: “…¿no hay en esa succión de
la tierra una venenosa sensualidad? (…) Es la clase de amor que invita a
disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando plañe
la gaita. (…) Es elemental impregnación en lo telúrico. (…) (El patriotismo) tiene que ser lo más difícil; lo más
depurado de gangas terrenas; lo más agudo y limpio de contornos; lo más
invariable. Es decir, tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible, sino en
lo intelectual. (…) Veamos (en la patria) un destino, una empresa… Sin empresa
no hay patria. (…) Calla la lira y suena la gaita (…:) Enmudecen los números de
los imperios –geometría y arquitectura- para que silben su llamada los genios
de la disgregación, que se esconden bajo los hongos de cada aldea”.
Asimismo afirmaba José Antonio en un “Ensayo sobre el nacionalismo”
datado el 16 de abril de 1.934 que “(para el romanticismo) lo que determinaba una nación eran sus caracteres étnicos,
lingüísticos, topográficos, climatológicos.”
Evola escribía en el capítulo titulado “El espacio. El tiempo. La
tierra” de “Rebelión contra el mundo moderno” que “En tales seres (entiéndanse los hombres vulgares) predomina lo colectivo, sea como ley de la
sangre y de la estirpe, sea como ley del suelo. Aunque se despierte sin embargo
en ellos el sentido místico de la región a la cual pertenecen, tal sentido no
irá más allá del nivel del mero ´telurismo´.”
Hay otra cuestión que Evola nos presenta en “Los hombres y las ruinas” y
que él denomina como ´elección de las tradiciones´ de cuya tesis podemos ver un
buen ejemplo en uno de los considerados como ´papeles póstumos´ (escritos en
prisión) de José Antonio, cuya cabecera es la de “germanos contra bereberes”.
Habla el Tradicionalista italiano de que en la extensa historia de los países
se suelen hallar hechos, momentos y períodos históricos que vienen marcados por
el sello de una concepción del mundo y de la existencia determinada o bajo el
sello de otra de índole diametralmente opuesta. Habla de que, en ocasiones, es
lo que él denomina como ´luz del norte´ lo que impregna el tejido social, las
instituciones, los valores, los hechos y, en definitiva, la cosmovisión en una
comunidad dada y, por el contrario, en otros casos y períodos históricos es la
´luz del sur´ la que deja su impronta en el seno de dicha comunidad. Habla de
que la denominada como ´luz del norte´ vendría asociada a conceptos como el de
la jerarquía, la diferencia, lo vertical, lo solar, lo estable, lo inmutable,
lo eterno, lo imperecedero, lo patriarcal y a valores como el honor, el valor,
la disciplina, el heroísmo, la fidelidad,… Y de que la denominada como ´luz del
sur´ abanderaría conceptos como el del igualitarismo, lo uniforme y amorfo, lo
horizontal, lo lunar, lo inestable, lo mutable, lo caduco, lo perecedero, lo
matriarcal, lo sensual, lo instintivo, lo hedonista, lo concupiscente,… Y habla
de que una de las funciones de un verdadero Estado debe de ser la de efectuar
una acertada ´elección de las tradiciones´ que sirva de referente constructivo
y de fuerza formativa para los seres a los que dirige y vertebra. Es decir, que
el Estado debe saber discriminar qué períodos, hechos o personajes de su
historia deben de ser reivindicados y cuáles han de ser descartados; no cabe aclarar
que se debe optar por aquéllos marcados por la ´luz del norte´.
Evola reivindica para la historia de Italia buena parte de la antigua
Roma y, por ejemplo, descarta, por liberal y antitradicional, el período
decimonónico del Risorgimento que acabará
con la unificación de la Península Trasalpina. Además achaca a la hegemonía y
reaparición del espíritu consustancial al substrato preindoeuropeo existente en
tierras italianas antes de la aparición y triunfo de Roma, le achaca,
señalábamos, los momentos crepusculares de la misma Roma y el resto de etapas
históricas y episodios negativos -desde la óptica de la Tradición- para Italia.
José Antonio, en el citado escrito “Germanos contra bereberes” coloca
detrás de las grandes gestas de la historia de España el espíritu germánico
(´luz del norte´) presente en ella y, en esta línea, a él atribuye la
Reconquista de una Península Ibérica que había caído bajo la égida musulmana y
a él atribuye, también, la conquista de América. Mientras que otros períodos
nefastos de la histórica hispánica (coincidentes con su decadencia como
potencia mundial) y ciertas decadentes tendencias políticoculturales las
atribuye al influjo preponderante de cierto substrato de mentalidad levantina;
impregnado, por tanto, por la ´luz del sur´.
En este orden de cosas, y como fiel reflejo de ´la luz del sur´, Evola,
en el capítulo XIV de “Los hombres y las ruinas”, habla de “la Italita de las mandolinas, (…), del ´sole mio´…” Con la misma intención
que cuando José Antonio critica la “España
zarzuelera” o la “ de charanga y pandereta”, al igual como “aquel provincialismo de tute y achicoria y
ese cante flamenco que se pronuncia en andaluz y ha sido inventado entre Madrid
y San Martín de Valdeiglesias ”, de lo cual, en forma de brindis, escribía
un 25 de febrero de 1.935 homenajeando al poeta Eugenio Montes.
Frente a esto se alza un tipo humano reivindicado por ambos y que reúne
los atributos afectos a la ´luz del norte´, siempre, como no podía ser de otro
modo, acordes con la filiación clásica de nuestros dos autores. Así, mientras
José Antonio en la “Carta a los militares de España” –de fecha 4 de mayo de
1.936- nos recuerda al “antiguo pueblo
español (severo, valeroso, generoso)”, o en un discurso pronunciado en
Sevilla, el 22 de diciembre de 1.935, nos alude a “esa vena inextinguible del heroísmo individual que conquistó América”,
así como en un escrito (“El sentido heroico de la milicia”) de 15 de julio de
1.935 habla “del corazón, ansioso de
lucha y de sacrificio”, al igual que en otras ocasiones ensalza “el laconismo militar de nuestro estilo” o
“el espíritu de servicio y de sacrificio”
(discurso fundacional del 29 de octubre de 1.933), o aclara que el estilo
de la Falange “preferirá lo directo,
ardiente y combativo” (“Norma Programática”, de noviembre de 1.934), así,
por otro lado, en la misma tónica y siempre como atributos de ´la raza del
alma´, podemos leer en Evola que el antiguo tipo romano de raza nórdico-aria se
caracterizaba por “la audacia constante,
el dominio de sí mismo, el gesto conciso y ordenado, la resolución tranquila y
meditada, el sentido del mando audaz”, cultivaba “la ´virtus´ como virilidad intrépida y fuerza, la constancia, la sabia
reflexión, la disciplina, la dignidad y serenidad interior, la fidelidad, el
gusto por la acción precisa y sin ostentación,…” (“Orientaciones para una
educación racial”, capítulo “El arquetipo de nuestra raza ´ideal´”). (11)
Muchas de las posturas angulares expuestas, de manera constante, en el corpus doctrinal presentado por Evola
como lo son el basamento metafísico del mismo o su rechazo a excrecencias del
mundo moderno como el positivismo, el dogma de la ´voluntad popular´ o la idea
de progreso, las podemos encontrar en José Antonio sin tener que dispersarnos
en la búsqueda de diferentes textos, pues en pocas líneas aserta que en el
siglo XIX “hasta menospreciaban, por obra
del positivismo, a la Metafísica. Así fueron elevados a absolutos los valores
relativos, instrumentales: la libertad –que antes sólo era respetada cuando se
encaminaba al bien-, la voluntad popular –a la que siempre se suponía dotada de
razón, quisiera lo que quisiera-, el progreso –entendido en su manifestación
material técnica.” (discurso celebrado el 21 de enero de 1.935 en
Valladolid.)
Y ya que acaba de aparecer la idea de
´libertad´ podríamos apuntar otra, que tal vez puede resultar curiosa,
coincidencia que, a propósito del liberalismo, vuelve a unir los pensamientos
expuestos por nuestros dos hombres. Y es que partiendo de la base del rechazo
frontal, por parte de los dos, del liberalismo como uno de los subproductos más
disolventes que ha generado el mundo moderno y que en las revoluciones
americana y francesa encuentra su consolidación y empuje definitivos,
partiendo, escribíamos, de ese rechazo puede llegar a llamar la atención el
hecho de que ambos autores considerasen la existencia de un primer liberalismo
que tuvo su justa razón de ser. Podemos comprobar este extremo cuando José
Antonio defiende que aquel inicial liberalismo aspiraba “no a otra cosa que a levantar una barrera contra la tiranía ” (conferencia pronunciada
en Madrid, el 9 de abril de 1.935) y cuando Evola explica que “Es sabido que
tales orígenes hay que buscarlos en Inglaterra, y puede decirse que los
antecedentes del liberalismo fueron feudales y aristocráticos: hay que hacer
referencia a una nobleza local celosa de sus privilegios y de sus libertades,
la cual, desde el Parlamento, trató de defenderse de cualquier abuso de la Corona.” (artículo aparecido en
la publicación Il Borghese, con fecha 10-10-1968
y titulado “Los dos rostros del liberalismo”; del cual existe una traducción al
castellano facilitada por el Centro de Estudios Evolianos).
Este primigenio liberalismo positivo habría de degenerar
en doctrina subversiva y destructora de cualquier resto de idea, valor o
institución Tradicional que, por entonces, pudieran subsistir. Por lo cual ante
los conceptos, las estructuras, el sistema político y los postulados corrosivos
que de dicha doctrina deletérea se derivaron José Antonio aboga por “un sistema de autoridad, de
jerarquía y de orden” (discurso fundacional datado el 29 de octubre de 1.933). Ideas,
estas tres, muy recurrentes en la obra evoliana, hasta tal punto que –como
botón de muestra de ello- aparecen en títulos de capítulos de libros como el de
“Los hombres y las ruinas”.
Y hablando de “un
Sistema de autoridad, de jerarquía y de
orden”, es
en este mismo libro, en su capítulo IV, donde se nos dice que “Orgánico es un Estado
cuando éste posee un centro, y este centro es una idea que informa a partir de
sí en modo eficaz a los diferentes dominios: es orgánico cuando el mismo ignora
la escisión y la autonomización de lo particular y, en virtud de un sistema de
participaciones jerárquicas, cada parte en su relativa autonomía tiene una
funcionalidad y una íntima conexión con el todo”. También en defensa del
Estado Orgánico José Antonio confía en que “se llegará a formas más maduras en que tampoco se resuelva la
disconformidad anulando al individuo, sino en que vuelva a hermanarse el
individuo en su contorno por la reconstrucción de esos valores orgánicos, libres y eternos.” (discurso pronunciado en
Madrid, el 17 de noviembre de 1.935).
En este mismo orden de cosas, en el que lo político se
encuentra tan íntimamente ligado a lo metapolítico, y sin dejar “Los hombres y
las ruinas” escribe Evola, en el capítulo II,
que “Las nociones de nación, patria y pueblo, no obstante el
halo romántico e idealista que puede
circundarlas, pertenecen en esencia al plano naturalista y biológico, no al
político, y remiten a la dimensión ´materna´ y física de una determinada
colectividad”.
También señala que
“en la romanidad antigua la idea del Estado y del ´imperium´ se vinculó estrechamente al culto simbólico de
divinidades viriles del cielo, de la luz y del supramundo. (…) Más adelante en
la historia tal línea conduce allí donde, si no de ´imperium´ , se habló de derecho divino de los Reyes.” José Antonio, por su lado, nos dice que “De aquí que sea superfluo poner en
claro si en una nación se dan los requisitos de unidad de geografía, de raza o
de lengua; lo importante es esclarecer si existe, en lo universal, la unidad de
destino histórico. Los tiempos clásicos vieron esto con su claridad
acostumbrada. Por eso no usaron nunca las palabras ´patria´ y nación en el sentido romántico,
ni clavaron las anclas del patriotismo en el oscuro amor a la tierra. Antes
bien, prefirieron las expresiones como ´Imperio´
o ´servicio del rey” (“Ensayo sobre el
nacionalismo”, datado el 16 de abril de 1.934). (12)
Podríamos continuar exponiendo, hasta
límites difíciles de otear, las precisas e incontestables semblanzas que
existen entre el llamado pensamiento joseantoniano y la doctrina que, a lo
largo de su extensa obra, Evola nos ha hecho llegar, pero pensamos que ya hemos
cumplido sobradamente -y modestamente- con el objetivo que nos habíamos trazado
a la hora de pensar en redactar el presente escrito. Es por ello por lo nos
queda el preguntarnos sobre el origen de tanta coincidencia. ¿Llegaron a
conocerse en el transcurso de la visita que José Antonio realizó, en mayo de
1.935, a Italia? José Antonio fue a Italia invitado por los C.A.U.R. (Comités
de Acción por la Universalidad de Roma), a los cuales se había afiliado en el
año 1.933 (año de la fundación de este organismo; el cual tenía una componente
cultural muy importante que, seguramente, no era ajena a la obra que Evola
había, por aquel entonces, publicado). El presidente de esta institución, el
general Coselschi ejerció de anfitrión y quién sabe si una de las personas con
quien le puso en contacto no pudo ser el mismo Evola; más teniendo en cuenta
que -aunque
no hemos podido confirmar este extremo- en algún lugar hemos podido leer (en un
artículo anónimo de desacertado título: “Julius Evola, el mago negro del
fascismo”) que nuestro autor italiano fue, a partir de 1.936, director de los
C.A.U.R., no así su presidente, que siempre lo fue el citado general Coselschi
desde el año de la fundación de este organismo, en 1.933, hasta el de su
disolución en 1.943. (13)
Si no se llegaron a conocer personalmente
no hay que descartar la posibilidad de que un hombre con las inquietudes
culturales que tenía José Antonio hubiera tenido acceso a algunas de las obras
que Evola había publicado antes de la trágica muerte –el 20 de noviembre de
1.936- del jefe de la Falange; obras como “Imperialismo pagano” (14), “La
tradición hermética” (15), “Máscara y rostro del espiritualismo contemporáneo”
(16) y, sobre todo, su fundamental “Rebelión contra el mundo moderno”.
¿Desconocía Evola, por aquel entonces, el
pensamiento de José Antonio? No se puede ni afirmar ni descartar esta posibilidad.
Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que en 1.937 no era ajeno a la ideología
falangista y a los fines que este movimiento perseguía, puesto que de 1.937
data un artículo suyo que lleva por título “¿Qué es lo que quiere el
falangismo?” (17) en el que demuestra conocer la esencia, el programa de dicho
movimiento.
De todos modos, y al margen de las
anteriores hipótesis, lo que sí se deduce de la sorprendente similitud que
presentan las cosmovisiones y las posturas políticas y/o metapolíticas de ambos
autores es que compartían una misma llama interior que tiene mucho de innata y
que dejó una huella indeleble en sus respectivos actos, comportamientos y
realizaciones externas.
… ………………………………………
NOTAS
(1)
Tal como en su día aclaramos al redactar el escrito “Los
fascismos y la Tradición Primordial” “no
pretendemos en absoluto hablar de esta corriente (el ´tradicionalismo´) que,
por ejemplo, en España como doctrina política, social y económica va, desde
hace cerca de dos centurias, indisociablemente ligada al carlismo.” De paso aprovechamos para recordar que en el
citado escrito se hacen referencias al falangismo -íntimamente relacionadas con
José Antonio- que se hallan en estrecha conexión con el contenido de nuestro
presente texto.
(2)
Publicado en castellano por Ediciones Alternativa (1.984) y por
Ediciones Heracles (1.994).
(3)
Existe traducción al castellano por Ediciones Heracles (1998).
(4)
Obra publicada en castellano por la editorial Plaza & Janés
en 1.977.
(5) Es de destacar cómo José Antonio aúna sus dos valencias personales
(la guerrera
y la espiritual) hasta en su misma concepción de la
ultratumba. Así expone en un
discurso celebrado en Madrid el 9 de mayo de 1.935 que
“…queremos que la
dificultad siga hasta el final y
después del final; que la vida nos sea difícil antes
del triunfo y después del triunfo”. Para
continuar más adelante diciendo que
“…el Paraíso no es
el descanso. El Paraíso está contra el descanso. En el
Paraíso no se puede estar tendido;
se está verticalmente, como los ángeles. Pues
bien: nosotros que ya hemos llevado
al camino del Paraíso las vidas de nuestros
mejores, queremos un Paraíso
difícil, erecto, implacable; un Paraíso donde no
se descanse nunca y que tenga,
junto a las jambas de las puertas, ángeles con
espadas.”
Se desprende
de estas líneas que al Paraíso del que nos habla José Antonio no
es fácil llegar: que sólo unos pocos, los mejores,
lograrán acceder a él. No se
parece en nada a esa eternidad que determinadas
religiones prometen para
prácticamente todos, con tal de que hayan practicando,
en vida, una serie de ritos
desprovistos de poder transmutador del interior del
practicante y con tal de que
hayan seguido con cierta fidelidad un cierto número de
dogmas y prescripciones
morales; una concepción, en suma, democrática de la
eternidad, por cuanto la
mayoría puede acceder a ella sin demasiados sacrificios,
méritos ni
cualificaciones innatas. Y sí se parece, en mucho, el
Paraíso al que se refiere José
Antonio a la idea que sobre la inmortalidad defiende
Evola cuando habla en el
capítulo titulado “Las dos vías de la ultratumba” de su
obra “Rebelión contra el
mundo moderno” *, de que tras la muerte física son dos
las vías que se le
presentan al fallecido: una sería la ´vía de los
antepasados´ o pitra-yana y la otra
sería la ´vía de los dioses´ o deva-yana (términos de la tradición hindú). La
primera de ellas sería el destino de la mayoría de los
individuos cuya existencia
no pasó nunca de ser la del hombre vulgar, esclavo del
devenir y que consistiría
en la disolución de las fuerzas y energías sutiles que
hicieron posible la vida de
dichos individuos (puesto que se hallan en el origen del
funcionamiento de su
entramado psíquico-físico), la disolución, apuntábamos,
en la descendencia de su
mismo clan, gens,
sippe o zadruga** pasando a formar
parte (dichas fuerzas o
energías) del genio,
manes, tótem, demon o dáimon que
confiere la peculiaridad
y el impulso particular que caracterizan al mencionado
clan. Esta vía, en realidad,
no supone la inmortalidad del individuo, pues éste (o,
mejor dicho, ´sus´ fuerzas
o energías sutiles) vuelve a reintegrarse en la
corriente del mundo manifestado,
del mundo del devenir y del continuo fluir. La segunda
de las vías, la de los
dioses, sí que supone la verdadera inmortalidad de la
persona que en su
existencia terrena supo desligarse de todo aquello que
condiciona al individuo y
experimentó una auténtica transubstanciación o
transfiguración que espiritualizó
su alma liberada de ataduras y la logró hacer compartir
la Esencia Suprema de
aquel Principio Superior, metafísico y suprasensorial
que se halla en el origen del
Cosmos manifestado. Por lo que, tras el óbito, si no
antes, el Yo Superior o el
Alma Espiritualizada de
la persona habrá conquistado la inmortalidad, la
eternidad y habrá escapado de la cadena de
transmutaciones y cambios que son
propios de la manifestación. Sólo unos pocos, sólo una
minoría conquistará el
´paraíso´; logro, pues, de carácter aristocrático y nada
democrático.
*Traducida al castellano bajo este título, en 1994, por Ediciones
Heracles. Escrita
originariamente, en 1.934, como “Rivolta contra il mondo moderno”.
**Clan, gens,
sippe o zadruga hacen referencia al mismo concepto pero
referido, respectivamente, a las tradiciones celta,
romana, germánica y eslava.
(6) Esta libertad total que José Antonio le supone al hombre para
decidir su propio
destino, para ´condenarse´
o ´salvarse´, encuentra su
paralelismo en la que
también le presupone Evola para optar por dejarse
arrastrar por las fuerzas y
energías que abocan al individuo hacia lo bajo (fuerzas
denominadas con el
vocablo tamas
por el tantrismo) o, al contrario, para conquistar la inmortalidad,
la eternidad. Libertad que se obtiene una vez el alma
se ha desligado de las
ataduras que lo
encadenan a los embrujos y a la existencia ciega del mundo
manifestado. Y libertad, en definitiva, que no se
encuentra irremisiblemente
sujeta a ningún tipo de determinismo fatalista; ya sea
éste de naturaleza física,
psíquica o relativo a ciclos cósmicos como los
descritos por las doctrinas
sagradas del hinduismo (los cuatro yugas) o del mundo grecorromano y del
nórdico (las cuatro edades: de oro, plata, bronce y
hierro o del lobo).
(7) Publicado en ´La Stampa´, en febrero de 1.943 y traducido al
castellano por el
Centro de Estudios Evolianos de Argentina.
(8) Publicado en castellano por Ediciones de Nuevo Arte Thor -1987- y
por
Ediciones Heracles.
(9) Evola desarrolló esta doctrina de ´las tres razas´ en el libro
“Síntesis de doctrina
de la raza” (1.941), que ha sido traducido al castellano
bajo el título “La raza de
espíritu” por Ediciones Heracles en 1.996 y reeditado por
esta misma editorial.
Asimismo hemos tratado este tema con más amplitud en
nuestro escrito “Evola y
la cuestión racial”.
(10) Julius Evola consideraba que el régimen fascista italiano no logró
terminar del
todo con la dinámica
de clases sociales que acabó imponiéndose con la
Revolución francesa, puesto que considera que el
Corporativismo que se aplicó
seguía considerando de manera separada a patrones y
obreros, aunque
existieran, con
el objetivo de resolver conflictos laborales, mecanismos de
enlace entre ambos. Evola sostenía que esta dinámica
de clases es propia del
mundo liberalcapitalista y sostenía, asimismo, que
ambas clases sociales en el
mundo Tradicional formaban parte de un mismo estamento
o de una misma
función social: la económicoproductiva y que la
verdadera jerarquía no es la
que pueda hallarse entre empresarios y obreros, sino
la que viene determinada
por la preeminencia de la función regiosacra sobre la
guerrera y, más todavía,
sobre la productora .(Se pueden consultar, al
respecto, nuestros “Debates
metafísicos (VII): jerarquía y trifuncionalidad”.) Por
el contrario el gran
intérprete de la Tradición italiano consideró que en
el seno del III Reich sí se
acabó con esta dinámica clasista; logro que se debió,
en parte, a la inclusión de
empresarios, técnicos y obreros, sin ningún tipo de
distinción organizativa, en
las filas del Frente del Trabajo Alemán. (Se puede
contrastar lo dicho
consultando el capitulo IX de “El fascismo visto desde
la derecha” y en el
capítulo III de
las “Notas sobre el II Reich”, trabajos que, en un único volumen,
fueron publicados en 1.964 y de los cuales existen un
par de traducciones al
castellano: la publicada en Barcelona por Ediciones Alternativa
y la que elaboró
Ediciones Heracles, en Buenos Aires, en l.995 bajo el
título “Más allá del
fascismo”.)
Pues bien, José Antonio también mantiene la misma
postura que Evola
acerca del corporativismo fascista al exponer,
hablando del mismo, que “Existe,
para procurar la armonía entre
patronos y obreros, algo así como nuestros
Jurados Mixtos, agigantados: una
Confederación de patronos y otra de obreros,
y encima una pieza de enlace. Hoy día el Estado corporativo ni
existe ni se sabe
si es bueno.” (Conferencia
pronunciada el 3 de marzo de 1.935 en Valladolid.)
(11) Obra publicada en 1.941 y de la cual existe alguna traducción al
castellano
como la efectuada por “S.O.S. libros”.
(12) Las numerosas citas textuales de escritos, actos, conferencias,...
de José Antonio
que en este ensayo se han efectuado han sido
extractadas de las “Obras de José
Antonio Primo de Rivera”, según recopilación hecha por
Agustín del Río
Cisneros y edición de 1971.
(13) Sobre el tema de José Antonio y los C.A.U.R. se puede consultar el
capítulo
“José Antonio, miembro fundador de los C.A.U.R.” del
libro de José Luis Jerez
Riesco “José Antonio, fascista”, publicado por
Ediciones Nueva República el
año 2.003.
(14) Publicado en 1.928 y traducido al castellano por Ediciones Heracles
(2.001).
(15) Publicado en 1.931 y traducido al castellano por la editorial
Martínez Roca en
1.975.
(16) Publicado en 1.932 y traducido al castellano por Ediciones
Alternativa y por
Ediciones Heracles.
(17) Publicado en la revista Lo
Stato y que ha sido editado en castellano, en 2.005,
por la asociación cultural Tierra y Pueblo dentro del
“Cuaderno Evoliano I”.
Eduard Alcántara