LA IZQUIERDA Y
LA CRISIS GLOBAL
Es bueno hoy día, ante el
peculiar panorama que presenta el mundo con su crisis cada vez más aguda y
galopante, analizar cuál es la conducta que asume la izquierda en sus
diferentes vertientes sea marxistas como liberales. Aunque previamente, y
debido al caos semántico en el cual vivimos, digamos que no es cierto que
solamente el marxismo y el socialismo representen la izquierda y que el
liberalismo y el capitalismo en cambio no lo sean. Por izquierda entendemos, a
diferencia de lo que en cambio debería ser la derecha, la cual es hoy
prácticamente inexistente como corriente de pensamiento, a aquella vertiente
que, en tanto da primacía a los fenómenos pertenecientes al mundo material,
físico e "histórico", cree consecuentemente como dogmas irrebatibles
en el Progreso, la Igualdad y la Democracia entre sus principios fundamentales,
los que fueran a su vez sustentados paradigmáticamente por la Revolución
Francesa; y en tal contexto ingresa la totalidad de nuestros partidos políticos
y la inmensa mayoría de nuestra inteligencia rentada y universitaria. Por
derecha en cambio, y por contraste con lo que hoy se utiliza para calificar a
tal espectro, habría que entender una corriente de pensamiento que en cambio
considera a la realidad que perciben nuestros sentidos externos apenas como un
grado determinado de ser; que sostiene que por encima de la misma existe una
dimensión superior de carácter metafísico y que los hombres, lejos de ser todos
iguales entre sí, se diferencian de acuerdo al grado de percepción que posean
de tal esfera. Que por lo tanto, en la medida que existen jerarquías, de
carácter espiritual y no material, el régimen normal es la aristocracia o la
monarquía, en donde son los mejores y superiores los que gobiernan y no la mera
mayoría numérica y circunstancial; y que la humanidad en la medida que ha
perdido tales percepciones superiores de lo real, siendo incapaz ya de
comprender tales cosas, se encuentra en un profundo estado de decadencia.
Recordadas estas cosas
elementalísimas, a lo que estamos obligados a hacer debido a la lamentable
situación de ignorancia en que se encuentra hoy en día sumido nuestro mundo,
prosigamos ahora con nuestro propósito inicial, señalando el estado de verdadera
conmoción interna y debate que se ha suscitado en el seno de nuestra izquierda
debido a los acontecimientos por todos conocidos. Días pasados, en ayuda de tal
tarea no siempre interesante, ha salido una publicación titulada Contraeditorial que nos edita a la manera de
contraste los diferentes puntos de vista en que hoy se encuentran confrontados
los exponentes más significativos de tal corriente.
Así pues, mientras que el trostskysta Altamira nos señala que la crisis actual del
sistema económico capitalista es irreversible y sin vuelta atrás y que no hace
más que cumplir con las profecías de Marx de que el mismo habría de sucumbir
tarde o temprano víctima de sus contradicciones internas dando paso al
socialismo, es decir al gobierno de la clase proletaria, y se lamenta de que,
luego de la caída del Muro de Berlín, ya casi no quedan socialistas ortodoxos,
pues en su mayoría, a la manera gramsciana, trataron
de marxistizar el sistema haciéndolo más digerible
para sus ideas; el postmarxista Muracciole,
es decir uno de aquellos a los que alude el jefe del Partido Obrero, no cree
que esto suceda necesariamente y recuerda cómo ésta era también la convicción
que tuvieran los espartaquistas y tantos otros grupos
extremos desde comienzos del siglo pasado en donde el capitalismo, cuando
parecía haber estado al borde de su disolución, demostró en cambio tener
energías suficientes como para reinventarse y volver a nacer. Una postura
similar a la de Altamira es la del marxista yanqui Jaime Petras quien cuestiona
que los regímenes populistas de América Latina como los de Chávez, Morales y
Correa sean verdaderamente socialistas en tanto que hace notar cómo han
realizado negocios con el mismo capital especulativo; a lo cual distintos 'postmarxistas' como Laclau, quien
desde su cátedra en Inglaterra se ha convertido en el ideólogo principal del kirchnerismo, manifiestan lo que siempre los populistas o espontaneistas le han contestado a los ideologistas,
utilizando los léxicos propios de la izquierda: que en verdad la realidad es
"dialéctica" y problemática y no se ajusta necesariamente a la idea
que uno tiene, que hay que ser gradualista y saber aprovechar y adaptarse a los
acontecimientos, por lo que el populismo en los regímenes del Tercer Mundo
explotado puede presentarnos vetas revolucionarias aprovechables para el
socialismo, tal como sucediera con el peronismo.
Digamos al respecto que, a pesar
de que la realidad que hoy vivimos en el mundo es inédita, este debate entre
izquierdistas, aunque hoy haya recrudecido por tal circunstancia, es viejísimo
y está desde que la izquierda existe en la Argentina. Es el conflicto
permanente que siempre la ha dividido entre la primacía del programa o los
principios y la cruda realidad que no necesariamente los imita. Ya hace más de
150 años el primer socialista argentino, Esteban Echeverría, autor del Dogma
Socialista que influyera notoriamente en nuestra actual Constitución,
manifestaba que, si bien era cierto que en el pueblo se hallaba la fuente de la
soberanía y verdad de todas las cosas, es decir el socialismo, había sin
embargo que distinguir entre "pueblo racional" y educado en tales
ideales y "pueblo instintivo", es decir aquel que por no haber
recibido los conocimientos necesarios actuaba en contra de sí mismo y por lo
tanto precisaba de la tutela provisoria del "pueblo racional" para
enmendarse. Idea ésta no muy diferente de la sustentada más tarde por Lenin en
la Revolución Rusa cuando manifestara que una cosa era el partido que
representaba los "intereses históricos del proletariado" y otra muy
distinta era el proletariado "sin conciencia de clase", es decir la
mayoría, el pueblo irracional, que debía ser educado. Y yendo más hacia atrás
nos encontramos hasta con el mismo Marx quien manifestara que, si había que optar
entre la burguesía de un país capitalista y el proletariado de uno que aun no
lo era, de acuerdo a la escala dialéctica evolutiva que gobernaba a la
historia, era al primero al que había que elegir; lo cual suscitaba las iras de
su colega Bakunin en la Primera Internacional, el
primero de los populistas, quien en un acalorado debate lo acusara por tal cosa
de alemán, judío y reaccionario.
Aunque en verdad el origen del
problema habría que encontrarlo en el mismo apotegma de la filosofía de Hegel
en el que se inspiran todos nuestros marxistas. El filósofo alemán pretendía
haber resuelto para siempre los eternos conflictos entre el ser y el deber ser
en su famoso aserto de que en la Historia "todo lo real es racional y todo
lo racional es real". Es decir que el río de Heráclito, el mundo del
devenir, representaba el verdadero manantial del que nuestra razón abrevaba la
verdad y no las cerradas especulaciones abstractas de una mente aislada y
separada del mundo. Sin embargo dicha filosofía, a pesar de pretender resolver
antiguos problemas del pensamiento occidental, generaba una nueva contradicción
y ésta era respecto a de en cuál de estos dos conceptos de los que componía su
juicio había que poner el acento. Si una cosa era racional porque era real o si
a la inversa era real porque era racional. Así pues el hegelianismo, lejos de
haber resuelto el problema del antagonismo entre el ser y el deber ser como
pretendía, dio siempre lugar a dos vertientes contrastantes, la de aquellos que
consideraron que lo que hacía racional una cosa era el hecho de que fuera real
y existiera y la de los otros que en cambio consideraron a la inversa que lo
que la hacía verdaderamente real era que fuera racional. En el primer caso es
que podemos ubicar a todos los populismos que nos ha dado la historia y a sus
consecuentes ideólogos marxistas. En el segundo encontramos a personas que,
partiendo de Echeverría hasta Altamira, preeminencian
la doctrina sobre los hechos. Así pues si el marxista Sebreli
por ejemplo desde esta última perspectiva alaba la conducta de Marx quien en
relación a nuestra guerra de independencia americana apoyaba a la Santa Alianza
con la excusa de que la burguesía que en el propio país es reaccionaria en los
periféricos y atrasados es en cambio progresista pues les trae bienestar y con
esta misma idea fue que apoyó la dominación británica en Malvinas pues con su
victoria nos trajo la democracia, mientras que en cambio nuestro nacionalismo
era regresivo y reaccionario; el también marxista Feinman
asiduo publicista de Página 12, critica en cambio esta misma actitud de Carlos
Marx en nombre de un apoyo incondicional al populismo y a la lúcida expresión
de su líder argentino de que "la realidad es la única verdad", es
decir la manera empírica de aceptación de la primera interpretación de la
doctrina hegeliana de que lo que hacía una cosa racional y verdadera era que
fuera real, que triunfara y se impusiera históricamente. Feinman
y Laclau, populistas y por lo tanto kirchneristas provenientes del marxismo, sostienen que es
el pueblo a secas, sin el aditamento de racional que le daba Echeverría, el
poseedor de la verdad, aunque ésta pueda presentarse de manera fragmentaria e
incompleta, pero para ello se encuentran los ideólogos cuya función es darle
forma a la misma, interpretarlo y no educarlo como pretendiera Echeverría y hoy
Altamira y Sebreli quienes en cambio preeminencian los principios por sobre la "realidad
histórica" que puede ser "reaccionaria".
La crítica al marxismo debe
partir pues de la crítica a Hegel y a la modernidad en su conjunto. No es
verdad que la Historia sea la expresión de la Idea, sino, tal como dijera
Platón entre otros grandes, se trata de una distorsión de la misma. Lo
"real" al cual se refiere el moderno no es "racional", sino
"irracional", instintivo, "populista"* y por lo tanto debe
ser corregido y cambiado, aun bajo la acusación de a-histórico. No queremos
bañarnos en el río de Heráclito como hacen los liberales y marxistas.
* En un tedioso libro titulado
"La razón populista", que pareciera escrito para desmentirlo a
Echeverría, Ernesto Laclau, un ex trotsksta
seguidor de Abelardo Ramos, pero ahora radicado en Inglaterra en una cátedra
universitaria desde la que se califica como postmarxista,
es decir un marxista postmoderno, manifiesta que en el pueblo ineducado en el
marxismo hay una racionalidad que se acerca espontáneamente hacia dicha
ideología y por lo tanto que habría que apoyar, tal como hiciera en su momento
su maestro Ramos con el peronismo. Se trataría pues, utilizando un lenguaje
puesto en boga por Vattimo, de un "marxismo
débil".
Marcos Ghio
Buenos Aires
24/11/08