INTRODUCCIÓN
A IMPERIALISMO PAGANO
por Marcos
Ghio
La
obra que a continuación presentamos es uno de los primeros escritos de Julius
Evola, correspondiente a su etapa juvenil, cuando apenas contaba con 30 años de
edad, en 1928, y en el momento en el cual se hallaba transitando por el último
tramo de su experiencia mágica e iniciática a través del Grupo de Ur 1.
Pero
además Imperialismo Pagano tiene una significativa importancia en la
trayectoria del pensamiento de nuestro autor pues representa su primer intento
serio por acceder a un público más vasto que el que en cambio leía las muy
especializadas monografías elaboradas por dicho grupo. Y ello estará motivado
por un acontecimiento significativo en la sociedad de su tiempo, el que
trataremos brevemente de exponer. En aquel entonces Italia se hallaba
transitando desde hacía nueve años por la experiencia fascista, movimiento que
pretendía representar un cambio radical con respecto al sistema político propio
de la modernidad, es decir, el régimen partidocrático hasta ese entonces
vigente y heredero de los ideales del Risorgimento y de su antecedente,
la Revolución Francesa, el cual, en líneas generales, presentaba en ese
entonces caracteres muy semejantes a los que con tanto dramatismo vivimos en
nuestros días. Frente a la ineptitud y corrupción reinante entre la clase
política que llevaba al país hacia una incesante decadencia y disgregación, el
fascismo representaba un movimiento de reacción que apelaba a las reservas morales y espirituales existentes en
la nación italiana intentando, en el plano político y cultural, asumir una
actitud de neta oposición a las dos principales ideologías en las que se
dividía la modernidad: el capitalismo liberal y el socialismo marxista. Pero el
fascismo, según Evola, si es que quería tener realmente éxito, debía
profundizar aun más en su rechazo del sistema vigente, llegando hasta las
últimas consecuencias de la modernidad al atacar su fundamento cuasi-religioso
acerca de cuya pureza justamente ambas ideologías gemelas disputaban entre sí
su representación: el dogma de la democracia. Y ante ello no era suficiente con
negar algunas de las consecuencias de ésta, tales como el parlamentarismo o el
clientelismo, sino que había que ir hasta la raíz última de dicha creencia,
sosteniendo principios que fueran realmente alternativos y que incursionaran en
la instancia decisiva que la determinaba, pues de lo contrario, si la crítica
no llegaba hasta el final, se terminaba favoreciendo la continuidad del sistema
y con el tiempo iba a significar el fracaso de dicho movimiento, lo cual fue
lamentablemente lo que habría de suceder más tarde.
En
su crítica al régimen democrático, un gran mérito de Mussolini había sido el de
haber reivindicado un principio esencial inserto en la tradición itálica, cual
era la idea de Imperio y de Roma como centro espiritual del mismo, dador de
sentido y orden a todo el Occidente durante una vasta etapa de su historia.
Pero aun dicha idea, si no era llevada hasta el final de su significado, es
decir, hasta el concepto que de la misma primara en la antigüedad, se corría el
peligro de convertirla en una mera consecuencia última de un valor también moderno
cual es un nacionalismo irredentista y extremo, el que, si bien buscaba fundar
un imperio, lo hacía tan sólo en función de satisfacer necesidades económicas
basadas en un mero acrecentamiento del poder material. Nos hallaríamos entonces
con la idea moderna de imperialismo, el que no representa otra cosa que
una extensión de la economía, queriendo significarse con ello además el otro
irrebatible dogma moderno de que los hombres en última instancia sólo se
movilizan en la vida en función de satisfacer apetitos materiales y que por lo
tanto la política y el imperio no serían sino la consecuencia o
“superestructura” de dicha disciplina. Sin embargo, así como no es cierto que
lo económico es lo esencial en el hombre y lo que en última instancia determina
todas sus actividades, y aun reconociendo que actualmente la economía se ha
convertido en el destino de las personas, no lo es consecuentemente la idea de
que siempre haya sido así en todos los tiempos, en especial en aquellos en que
no fue la clase burguesa la gestora de la historia. Justamente la idea romana
de imperio representa una corroboración de lo aquí manifestado, ella era la
expresión de un principio espiritual y sacro, de carácter metafísico, volcado a
la esfera política, siendo la economía en cambio para la misma una disciplina
auxiliar y meramente subsidiaria. El romano buscaba el imperio, más que para
poder vender sus productos y comerciar mejor, más que para enriquecerse, tal
como acontece con los actuales “imperialismos”, para plasmar en la existencia
una idea de justicia y de sacralidad; y era dentro de tal contexto místico como
Roma se erguía a sí misma como el centro espiritual del universo, en el cual
los distintos pueblos de la tierra hallaban un orden superior a su mera
inmediatez y a sus apetitos materiales, consistente en un equilibrio dador de
sentido último a sus acciones. Así como el alma es el centro ordenador de un
cuerpo evitando por su acción que sus
partes se desintegren en una lucha incesante entre sí y en un flujo espontáneo
hacia la nada, el Imperio es ese mismo orden superior en el seno de los pueblos
y partes diferentes en que se compone una civilización, o aun la humanidad en
su conjunto, de arribarse a la idea última de Imperio universal.
Lo
originario de Roma es que en la misma la idea de sacralidad nunca estuvo
separada del destino político de tal ciudad. Dios no era una entidad abstracta
del “otro mundo”, al que había que buscar escapándose de éste, sino que estaba
presente en forma viva, aquí y ahora, a través de personas que lo expresaban
con sus acciones y ritos y entre éstas se destacaba por encima de todas y de
manera eminente el Emperador Romano, el cual era la manifestación viviente más
plena de la divinidad sobre la Tierra.
Pero
sin embargo la idea de Roma a través de su historia incluía también a otro
movimiento religioso que se afincó más tarde en su seno y que, desde su misma
sede y apartándose en sus orígenes de su espíritu esencial, se irguió también
como un centro espiritual durante un largo período que abarcara dos mil años
hasta nuestros días. El mismo trastocó el concepto de espíritu y de sacralidad,
generó un hiato entre este mundo y el otro mundo y al hombre de ser divino que
era eminentemente, representado como tal por el emperador y por los dioses, lo
convirtió en criatura pecadora y miserable a merced de una gracia impartida por
un Dios omnipotente y caprichoso.
Ante
tal dicotomía, el fascismo, si quería volver realmente al espíritu de Roma,
debía efectuar en primer término la necesaria discriminación entre estas dos
tendencias antagónicas coexistentes en sí misma y luego, en forma decidida,
enarbolar en todos sus principios el
primer espíritu originario, que era de carácter pagano y no cristiano. Porque
el gran enigma y significado último de Roma es que desde su mismo seno y de
manera tangible se gestaron los dos grandes procesos antagónicos de la historia
universal: el que asienta sus valores
en el mundo de la tradición, siendo el paganismo una representación del mismo y
el que en cambio, a través del cristianismo, precipitará el rumbo moderno en el
que nos hallamos y que vivimos en forma multiplicada hoy en día. Y ésta es pues
la idea central que aparece en la obra que aquí presentamos: el cristianismo
no es lo opuesto a la modernidad, sino la causa lejana y el origen de esta
última. El cristianismo representa en sus comienzos la fase acelerativa del
movimiento de desvío de la tradición de Occidente y no su coronación como en
cambio pretende el güelfismo, el que falsamente intenta considerarlo como la consecuencia
natural del espíritu romano.
Fue
justamente, dentro del contexto de ordenamiento de las instituciones sociales
que se había planteado en ese entonces el régimen, que Mussolini decidió zanjar
un viejo conflicto existente desde hacía varias décadas en el seno de la
sociedad entre el Estado y la Iglesia. En efecto, desde 1870, culminando, tras
la conquista de Roma, el proceso unificador de la nación italiana, el papa
derrotado se había recluido en el palacio del Vaticano considerándose desde ese
entonces en condición de prisionero y desconociendo así los derechos del
gobierno peninsular a la soberanía sobre la ciudad eterna. Mussolini, con la
intención de sanear esa vieja herida y poder así pacificar su país, pergeñó
entonces un acuerdo con la Iglesia. A cambio del reconocimiento por parte de
ésta del Estado italiano y de Roma como capital del mismo, le otorgaba una
serie de concesiones históricas, tales como la enseñanza religiosa, la
prohibición del divorcio y principalmente la asunción del catolicismo como la
religión del Estado. Ante esta eventualidad, Evola y el grupo tradicionalista
romano que se nucleaba a su alrededor, percibió el peligro de una acentuación
de la tendencia hacia el aburguesamiento por parte del fascismo y
consecuentemente una acentuación de las influencias deletéreas que se anidaban
en su seno. Justamente al ser el cristianismo el origen de la modernidad y de
la democracia, retornar a él y aceptarlo como fundamento espiritual del Estado
iba a significar un paso hacia atrás y una traición a los ideales de la
revolución que el fascismo pretendía efectuar. Fue así como surgió la idea de
esta obra, primero en la forma de un folleto adjunto como una separata de una
publicación adicta al régimen, Crítica Fascista, dirigida por un notorio
jerarca del mismo, Giuseppe Bottai 2,
con la intencionalidad de impedir la firma del Concordato con el
Vaticano y lograr con su difusión el impulso hacia la constitución de un
fascismo pagano y gibelino, es decir, opuesto al güelfismo y consecuentemente
al ingreso de la Iglesia dentro del Estado.
La
intencionalidad principal de dicho trabajo será entonces la de mostrar que del
cristianismo habían emanado todas las herejías modernas, las mismas que en sus
consecuencias el fascismo pretendía combatir. Al sostener la igualdad de todas
las almas ante Dios y por ende la inmortalidad universal de todo ser con forma
humana, el cristianismo había sentado las bases para que se instaurara con el
tiempo el principio de la igualdad a nivel político y social y su consecuencia
será posteriormente la democracia. En segundo lugar, como una expresión plebeya
de rechazo por todo aquello que de divino había en la existencia, fue la
religión que con más vigor había instalado el dualismo y el espíritu de la
escisión entre todo lo viviente, el que fue extendiéndose paulatinamente a
todos los planos. Primero comenzó con un dualismo entre el hombre y Dios
(vinculados ambos entre sí en una relación entre criatura y Creador), por lo
que lo divino fue así recluido en otra
esfera y dimensión diferente de este mundo, depreciándolo así a éste,
reduciendo lo humano a una dimensión pecaminosa y corrupta, de la cual sólo
sería posible salir mediante la gracia omnímoda de un Dios, el que, a través de
la figura del sacerdote, solicita y exige la sumisión y la obediencia absoluta
y ciega por parte del hombre para otorgar la “salvación”. Desvalorizadas todas
las obras humanas, como consecuencia de ello, a nivel social se producirá la
desacralización del Estado, el que, cuando no es asimilado a la imagen del
Anticristo en la figura del Emperador, en el mejor de los casos se convertirá
tan sólo en el dispensador del bien común o en el auxiliar de la Iglesia en su
labor de salvación de las almas y luego, en un vasto proceso de descenso que
llega hasta nuestros días, llegaremos a la figura del Estado meramente
económico y administrador, gobernado por el ministro de economía o por los
grandes amos de las finanzas del planeta.
En
segundo lugar tendremos un dualismo entre el hombre y la naturaleza. Depreciada
la naturaleza a la mera condición de materia, expulsados de la misma sus
dioses, y al ser convertido el mundo en un “valle de lágrimas” originariamente,
en un tránsito provisorio para la “otra vida”, la eternidad, dejando de ser así
el lugar de las teofanías, el ámbito en el que se manifiesta el espíritu,
terminará, del mismo modo que el Emperador suplantado por el ministro de
economía, convirtiéndose en un territorio expoliable a voluntad, mensurable y
cotizable a valores mercantiles, profundamente ajeno a nosotros mismos, y sobre
el cual se podrán producir las mil y una depredaciones tecnológicas de nuestra
era.
En
consecuencia, si el fascismo quería verdaderamente ser una revolución en serio
y adecuarse al espíritu romano, tenía una única solución posible cual era la de
apartarse de la subversión cristiana, mantenerse ajeno a tal religión y
tolerarla simplemente como podría hacerlo con las otras, aunque sin caer por
ello en el laicismo, sino constituir un principio de sacralidad íntimamente asociado
al Estado y a la figura arquetípica del Emperador, tal como se trasuntara de
los principios de la paganidad romana y que fuera luego la esencia del
gibelinismo en la Edad Media.
Dicho
folleto, como era de esperarse, causó un profundo impacto en el ambiente
cultural de la Italia fascista, generando duras réplicas de parte del Vaticano,
tomando en ese entonces la pluma de contestación entre otros el sacerdote
Giuseppe Montini, más tarde papa con el nombre de Paulo VI, quien fuera el
principal gestor del Concilio Vaticano II, el que revolucionaría la historia de
la misma Iglesia acentuando, en consonancia con los tiempos últimos de
socialismo y democracia, un retorno pleno a los orígenes judeocristianos más
autóctonos que la constituyeron. Se recuerda entre estos escritos condenatorios
a uno de ellos que se titulaba “Respuesta a Satanás”, lo cual nos da una
muestra del vigor en el que se llegara en dicho embate.
El
escándalo que produjo esta sucesión de ataques, y debido a la influencia que la
Iglesia y el güelfismo tenían en la sociedad de ese entonces, hizo que Evola
fuera desautorizado por la revista que publicara su artículo, lo cual lo obligó
entonces a elaborar una respuesta a
partir de un libro que se tituló justamente Imperialismo Pagano, el que
incluía la separata aparecida originariamente en tal publicación, acompañada de
las réplicas elaboradas por Evola a los sectores güelfo-católicos. La aparición
de dicha obra fue ahogada con un manto de silencio en la sociedad italiana de
ese tiempo y no produjo en modo alguno los cambios de orientación que Evola
deseaba. Sin embargo es de resaltarse aquí que, tras la firma del Concordato,
la influencia de la Iglesia en la sociedad italiana iría, tal como Evola
formulara en su obra, incrementándose
notoriamente y fomentando a su vez la tendencia al aburguesamiento que él
denunciara, tal como se revelará plenamente luego con la llegada de la
“Liberación” en 1945 en donde ésta participaría activamente del poder
influyendo decisivamente en la política de dicho país, inspirando en modo
abierto y manifiesto al partido que lo gobernara durante las primeras décadas
de la posguerra hasta llegar a su decadencia final tras los escándalos mafiosos
de Tangentópolis y del Banco Ambrosiano.
Sin
embargo, un destino muy diferente habría de tener dicha obra cinco años más
tarde, en 1933, en vísperas del acceso al poder en Alemania del Partido
Nacional Socialista de Adolfo Hitler. Siempre acorde con sus principios
tradicionalistas y gibelinos, Evola, en un intento por poder influir en el seno
de la nueva reacción antidemocrática que se gestaba en tal país, resolvió
intentar suerte nuevamente con otra edición de Imperialismo Pagano. Para
tal efecto, y a fin de hacerla accesible al nuevo público lector, dicha obra
fue totalmente revisada y traducida al alemán. Esta vez el éxito fue muy grande
llegando hasta a agotarse. Se pensó, debido al impacto causado en el ambiente
germánico, de manera equivocada que se trataba de un trabajo escrito por el
principal exponente de una tendencia existente en el seno del régimen fascista,
lo cual no era así en modo alguno, porque el tradicionalismo evoliano carecía
de influencia efectiva en el régimen y la obra, tal como dijéramos, había sido
profundamente ignorada por los medios locales.
Pero
esta nueva versión, que es la que nosotros hemos tomado para la traducción al
castellano, más allá del detalle anecdótico planteado, tendrá a nuestro
entender una gran ventaja sobre la italiana inicial. Aquí, al no ser más el
tema del Concordato el que determina el escrito, se permite evitar una
serie de puntos polémicos y urticantes, producto de un debate fogoso y
exasperado, no siempre ajustado a un clima de imparcialidad objetiva. Resulta
indudable a nuestro entender que Imperialismo en la primera edición no
hace una justicia adecuada respecto de todas las tendencias que habitaron en el
cristianismo a lo largo de su historia milenaria. No está marcada la diferencia
existente desde sus mismos orígenes entre el influjo judaico y el helénico o
clásico, el que aparecerá incluso en los mismos evangelistas. Esta distinción
en cambio sí aparece en la nueva versión alemana, a través de la dicotomía que
se establece entre catolicismo y cristianismo, la cual luego en su obra más
madura, Rebelión contra el mundo moderno 3,
se instalará de manera más neta y marcada. De acuerdo a esta dicotomía que es,
según lo reconoce nuestro autor, la misma que asumiera años antes el autor
tradicionalista francés Charles Maurras, el cristianismo representa el lado
negativo al haber sido una rebelión de esclavos, convirtiéndose en factor
permanente de subversión y caos respecto de los valores tradicionales clásicos
que se manifestaran a través de la paganidad. Ese primer cristianismo
apocalíptico consideraba la inminencia del fin de los tiempos y el juicio final
y concebía toda la realidad de este mundo como perversión y por lo tanto a la
Roma pagana, en tanto personificación del Imperio tradicional, es decir la obra
humana más elevada, como a la gran ramera de Babilonia. Dicho cristianismo tenía
en común con el judaísmo la actitud mesiánica de sentirse el elegido en tanto
depositario de tal profecía en exclusividad. Pero con el tiempo, al comprobarse
el no cumplimiento de la misma, se fueron desarrollando con vigor dos
tendencias antitéticas en su seno. Por un lado la de aquellos que continuaron
depreciando a este mundo y fomentando en él todos los procesos subversivos en
una inveterada lucha en contra del Estado y éste fue el judeo-cristianismo o
simple cristianismo, del cual la imagen más plena ayer la tuviéramos con el
Protestantismo y hoy en día con el Concilio Vaticano II; y por otro aquellos
que, por el contrario, trataron de reinsertarse en el mundo buscando una
síntesis o sincretismo con el saber pagano, y ello será propiamente el catolicismo.
Dicha postura se manifestará en dos niveles. Por un lado con la asunción de
doctrinas de filósofos paganos tales como Platón, Aristóteles o Plotino, como
parte del patrimonio cultural de la Iglesia y por otro cuando el catolicismo
acepta la figura del Emperador y la institución imperial incluso en una
relación de subordinación y ello acontece en la fase del Sacro Imperio Romano
Germánico el que, de acuerdo a Evola, representa el último intento no consumado
en Occidente por constituir un orden universal basado en la Tradición. Sin
embargo la Iglesia a lo largo de su historia nunca logró liberarse totalmente
del espíritu judaico que se anidó en su seno. Y ello se manifestaría en la
misma Edad Media en el conflicto por las investiduras, en la lucha entre
güelfos y gibelinos. El güelfismo, en tanto continuidad histórica del
judeo-cristianismo, fue la tendencia hacia la depreciación del Estado, al que
le desconoció funciones espirituales, exigiéndole su subordinación al clero, de
acuerdo al esquema judaico de dependencia del hombre respecto del Creador, del
cual en la tierra el sacerdocio pretendía ser su representación.
Ahora
bien, una vez que se ha formulado en tal modo el problema y se considera que el
desvío de la Iglesia respecto del catolicismo se habría producido inicialmente
no con el Concilio Vaticano II, tal como sostienen en la actualidad los grupos
integristas, sino a través del güelfismo ¿cuál es la postura que debe
sostenerse con respecto a ésta en relación a los principios tradicionales e iniciáticos?
Vemos también aquí un cambio sustancial en relación a la primera edición de la
obra. Mientras que allí se hablaba de una simple tolerancia del cristianismo
como una religión más, acá encontramos una aceptación de la Iglesia como una
institución necesaria para la sociedad, en tanto tiene que ser la encargada de
agrupar a “los que creen”. Así pues su punto de vista es al respecto el
siguiente. En primer lugar, en un mundo en el cual los valores del espíritu han
sido expulsados por doquier, “el catolicismo es al menos algo”, algo preferible
antes que el laicismo y el cientificismo de la era actual. En segundo lugar, de
acuerdo a lo que decía el filósofo Averroes y la Tradición en general, en tanto
los hombres no son iguales, existen por lo tanto maneras diferentes de
relacionarse con la divinidad. Están primeramente la de los que saben y luego
aquella de los que creen. Los primeros son aquellos que tienen una visión
directa de lo divino, porque, a través de un proceso ascético de elevación y
vencimiento de sí mismos, han llegado a ser casi como de su misma naturaleza, y
a ellos pues les corresponde ser los guías del resto de la comunidad. Éste es
el sentido último que daba Platón cuando decía que los sabios debían gobernar,
no entendiendo por tales a los meros “intelectuales” de hoy en día, sino a
seres superiores en cuanto han sido capaces de modificar su naturaleza
meramente humana. Por debajo de ellos se encuentran aquellos que no pueden ver,
pero que sin embargo son capaces de creer en lo que los que son más les indican
y por lo tanto los siguen, en tanto fieles. La Iglesia sólo puede ser aceptada
en la medida en que se convierta en aquella institución que agrupe a estos
últimos y por lo tanto renuncie a su exclusivismo, a considerarse como la
depositaria excluyente de la espiritualidad y reconozca pues su función
exotérica y la superioridad del Emperador, como representante máximo de los que
saben. De este modo cumpliría con una función necesaria y útil para el
ordenamiento de una sociedad normal.
Ante
ello el güelfismo representa justamente la actitud contraria. Desdeñando la
capacidad del hombre de relacionarse con Dios de manera directa, se yergue a sí
mismo, en tanto Iglesia, como el intermediario obligado y necesario que permite
alcanzarlo y “salvarse”, condenando como luciférica y pecaminosa a la
pretensión de querer conocer a Dios de frente en esta vida, y exigiendo en
cambio que todos sean iguales en tanto que creyentes, es decir, como en la
actual democracia, nivela por lo bajo, y por lo tanto exige que los que son
realmente superiores se resignen a ser subordinados como cualquier otro
respecto de quien sería el depositario de la fe, de la misma manera que en el
actual sufragio universal todos valen por igual un voto.
Digamos
además que otra diferencia entre las dos versiones es la perspectiva desde la
cual se formulan los principios imperiales de la paganidad. Si en la italiana
el punto a atacar era el del güelfismo que confundía Roma con el accionar
histórico de la Iglesia, es decir, había aquí un conflicto entre dos formas de
espiritualidad, solar una y lunar la otra, aquí, con el nacional socialismo, la
problemática es muy diferente. El choque es contra las tendencias modernas que
en el seno de dicho movimiento y con un carácter de notoria influencia,
contrariamente al güelfismo, pecan en cambio por cientificistas, laicistas y,
si bien se reivindican paganas lo hacen el sentido negativo de dicho término,
es decir, el que la apologética cristiana le asignaba cuando hablaba de
paganismo, por el que era reducido a un fenómeno meramente vitalista, y carente
de cualquier espiritualidad. El carácter cientificista del nazismo se
manifestará principalmente en su racismo biológico, por el cual reducirá lo
humano a lo animal concibiendo la restauración de la raza aria germánica como
el producto de una serie de cruzas, similares a las que se operarían en el
mundo animal. Dicho cientificismo, además de su connotación positivista, tiene
un trasfondo moderno también en su herencia romántica y nacionalista. De acuerdo
al aserto de Fichte de que no existen verdades universales, sino que lo
verdadero es lo relativo al propio pueblo, el que nos proporciona un patrón de
medida y guía para conducirse ante los hechos, la doctrina del principal
teórico del nacional socialismo, Alfred Rosenberg interpreta la historia en
clave puramente germánica. Así pues fenómenos regresivos desde el punto de
vista tradicional, tales como la Reforma Protestante, las rebeliones
campesinas, etc., en tanto fueron hechos por dicho pueblo, se convierten en
positivos y rescatables. Lutero es para tal autor el libertador respecto de
Roma, es decir, valiendo para él más el hecho de ser alemán que el de haber
retrotraído al cristianismo hasta su raíz última judaica y bíblica, repudiando
el “paganismo” y sincretismo católico. De la misma manera es también rechazado
el Imperio y la dinastía de los Hohenstaufen, concebida como una dinastía
traidora que impulsara en suelo germánico los intereses del imperialismo
romano. Dicho desvío se asocia a su vez con tendencias socialistas de tal
movimiento (de allí el sospechoso segundo nombre que llevaba adosado). No fue
casual que en el mismo ciertos sectores extremos sostuvieran que el nazismo
debía unirse con el comunismo soviético en una lucha atávica conjunta en contra
de Roma que representaba el Occidente contra el cual lucharan los pueblos
bárbaros. Y no era de extrañar esta apelación. Fue el mismo Lenin, nos hace
notar Evola, quien manifestara que el gran enemigo del comunismo era el
espíritu greco-romano. Tenemos así que desde puntos de vista opuestos, de la
misma manera que el güelfismo, se consideraba acá también al cristianismo como
una continuidad histórica de Roma. Agreguemos por último que no resulta para
nada casual hoy en día, aunque afortunadamente en escala menor y casi
insignificante, hallarnos nuevamente con esa misma confluencia nacional
comunista, la cual afortunadamente no prosperara durante el régimen de Hitler 4.
Como
alternativa al nacionalismo moderno presente en tal movimiento Evola proponía,
ya en 1933, la unión de las Dos Águilas, del Águila germánica y del Águila
romana, rescatando en los dos casos la tradición imperial tal como aconteciera
en la época de los Hohenstaufen, dinastía germánica, pero al mismo tiempo de
carácter universal y romana. Para ello sostenía la irreversible necesidad de
que ambas naciones y ambos movimientos fascistas, en el poder o a punto de estarlo, renunciaran por igual a sus
nacionalismos extremos y que asumieran la idea de nación en tanto que en ésta,
en su historia, se manifestara la idea
de Imperio, esto es, en tanto que en ambas historias se hallasen puntos que
permitiesen la adhesión política a un conjunto de ideales tradicionales y
antimodernos. Para ello era indispensable remover una serie de prejuicios. En
el caso italiano, había que superar la antigua idea, fundada en la lucha por la
independencia, de que lo austro-germánico era lo enemigo, y que en cambio se
estaba más cerca de los pueblos latinos, como Francia, por ejemplo. En verdad,
si la problemática es vista desde el punto de vista de la Roma imperial, que es
la verdadera y auténtica tradición que debe reconocer el movimiento fascista,
fueron las naciones germánicas durante la primera guerra, con el Imperio
Austro-Húngaro a la cabeza, las que estuvieron más cerca de dicho ideal, que
Francia, Inglaterra y Estados Unidos democráticos y liberales. De la misma
manera el nazismo debería liberarse del sentimiento antiromano, producto de una
nacionalismo sectario y miope, y remitirse a los ejemplos imperiales hallables
en su historia, aun en su remoto pasado de las tribus bárbaras, las que luego
de un primer rechazo se asimilarían al ideal romano superior y otorgarían
fuerza y vigor en la defensa del ideal imperial. Es de resaltar aquí que tal idea fue en gran medida profética en
tanto que con muchos años de distancia pronosticó la constitución del Eje
durante la Segunda Gran Guerra. Pero sin embargo hay que reconocer también que
en ningún modo fueron los principios tradicionales sustentados por Evola los
que estuvieron en la base de tal entendimiento.
También
puede agregarse un hecho significativo en relación con las simpatías que Evola
pudo haber despertado entre el público alemán y en especial en el régimen
vigente en ese entonces. Si bien Imperialismo
Pagano tuvo en su momento una muy buena acogida, no sucedió lo mismo con
sus obras posteriores como la que editara sobre el tema de la raza, tales como La
raza del espíritu 5. Allí es interesante
resaltar el rechazo que la misma produjo esta vez entre los sectores oficiales
(en la cual por otro lado se ampliaban ciertas posturas ya manifestadas en la
anterior) en tanto que era crítica con respecto al racismo biológico resaltando
en cambio la dimensión del espíritu como un ámbito superior al del mero cuerpo
y lugar en donde se operaba el ejercicio de la libertad por encima de los
determinismos biológicos. En varios informes separados se lo califica a Evola
como católico encubierto y figura determinada en su doctrina por su origen
romano 6. Tenemos así cómo
desde perspectivas diferentes, el güelfismo por un lado y el nazismo biológico,
en tanto exponente de un pensamiento antimetafísico, cientificista y moderno,
por el otro, se rechaza el pensamiento de Evola.
Expliquemos
finalmente un último punto. En su obra retrospectiva El camino del Cinabrio 7,
nuestro autor será singularmente crítico en relación al libro que aquí
presentamos, empezando por el título que en su momento le eligiera. Atribuye su
publicación a un exceso de fervor juvenil y a una carencia de medida producto
de la edad. Incluso en distintas ocasiones se negará a que el mismo fuera
reeditado en vida. Ello acontecerá tan sólo después de su muerte y en varios
casos, sea a favor como en contra, servirá para resaltar el paganismo de Julius
Evola, aunque obviándose a veces las especificaciones que el mismo merece y que
de alguna manera hemos intentado efectuar aquí.
En relación con el título del mismo él
manifestará lo poco feliz que habría sido elegir el nombre de Imperialismo
el cual es un término que con frecuencia se confunde con los modernos fenómenos
producto de los nacionalismos exasperados, justamente como una consecuencia
última de la modernidad. Y pagano a su vez sería otra palabra equívoca
pues es el término despectivo y descalificatorio que el cristianismo en su
apologética atribuyó a quienes, viviendo en el campo, en los pagos, continuaban
venerando a los dioses de una antigua religión, ya vaciada de todo significado
espiritual, y que por lo tanto fueron los últimos en convertirse por fuerza de
inercia a la nueva que triunfaba por doquier. Él sugiere más bien como términos
pertinentes los de “Tradicionalismo o tradicionalidad romana”.
Más
allá de que aun estos dos términos, a nuestro entender, podrían también
producir equívocos, quizás mucho más en nuestra época en donde la confusión
semántica ha arribado a extremos patológicos, hoy en día probablemente, luego
de la aparición de nuevos palabras sustitutos, tales como globalización, Mundo
Uno, Nuevo Orden Mundial, etc., haya quedado más liberada la palabra
imperialismo e imperio en tanto son menos usadas que antes en sentido equívoco.
Y con respecto a la palabra “pagano”, si bien es cierto que puede conducir
también a confusiones, en especial por el mote despectivo con que es utilizada,
puede sin embargo servir para reivindicar la existencia de otro tipo de
espiritualidad en la antigüedad que agrupe a todo aquello que no ha sido
cristiano. Y en cuanto al estilo, a veces violento asumido por el autor, lo
reputamos sin embargo eficaz para los tiempos actuales. Quizás las frases
cortas, categóricas y tajantes manifestadas a lo largo de toda la obra permitan
a algunos una más rápida cercanía con el mundo de la Tradición que la que
puedan producir en cambio obras más especializada y de mayor vuelo intelectual.
Reputamos no obstante todo que Imperialismo Pagano es una
calificación impactante, casi provocativa en tiempos como los actuales en los
que no cabe presentarse ya con atenuaciones, y que de la lectura atenta de esta
obra se evitará cualquier equívoco al respecto. Aunque la palabra final la
tendrá siempre el público lector.
NOTAS
1 Tales monografías han sido publicadas al
castellano por esta editorial en una colección de siete tomos bajo el título de
“La Magia como ciencia del espíritu”.
2 Es de destacar que Giuseppe Bottai fue uno
de los integrantes del Gran Consejo Fascista que votara en Julio del 43 la
destitución de Mussolini.
3 Véase
J. Evola, Rebelión contra el mundo moderno, Ed. Heracles, Buenos
Aires, 1994.
4 Respecto de una crítica del nacional
comunismo desde la perspectiva de un pensamiento afín al de Julius Evola puede
verse nuestro trabajo titulado “El Quinto estado: una réplica a Alexander
Dugin” en El Fortín, Nº 12, Buenos Aires, 1999.
5 J. Evola, La raza del espíritu, Ed.
Heracles, Buenos Aires, 1996.
6 En el primer apéndice de La raza del
espíritu se transcribe un informe crítico de dicha obra efectuado por el Dr.
Gross de la oficina política de las SS, totalmente crítica de la postura de Evola
y acusándolo de criptocatólico. En la actualidad dicha objeción “racista” sobre
Evola, el que por su origen romano estaría determinado en sus apreciaciones, es
sostenida por el autor chileno Miguel Serrano.
7 J. Evola, El camino del cinabrio, Ed. Heracles, Buenos
Aires, 1998.