Hemos recibido
una inesperada réplica ante la incesante prédica, sostenida entre otros por
este medio, denunciando la incongruencia existente en la Europa actual la que,
mientras por un lado manifiesta suma indulgencia en befarse de Mahoma, por el
otro actúa con gran severidad cuando se trata lo relativo al “Holocausto”
judío. Recordábamos al respecto cómo acontece allí que la mera objeción
respecto de las cifras y datos oficiales sobre dicho tema puede implicar
castigos severos, como el padecido por el historiador David Irving, condenado a
tres años de cárcel por haber manifestado verbalmente y por escrito sus dudas
al respecto.
Así pues el
filósofo judeo-francés André Glucksmann acaba de publicar una nota en
diferentes medios de prensa titulada Las caricaturas danesas y Auschwitz.
Su principal argumento es el de que no pueden equipararse nunca la Shoá con
Mahoma o con otra creencia religiosa, como la de la divinidad de Jesús o de la
inmaculada concepción de la Virgen María. Ello acontecería por la circunstancia
de que, mientras que de esto último de lo que se trata son de meras creencias
subjetivas, no corroborables a través de la experiencia, es decir de cosas
sobre las cuales no hay “pruebas”, de lo segundo en cambio se trata de verdades
irrebatibles pues “la realidad de los campos de concentración ha sido verificada”.
Por lo cual la “realidad de hecho” resultaría siempre superior a la mera
“creencia religiosa” que se basa no en verificaciones, sino meramente en
plegarias y en el “empeño de los fieles” en sostener su verdad.
Ante ello
habría primeramente que decir que Glucksmann confunde la situación en su
intento por señalar diferencias. La verdadera distinción que habría que hacer
no es entre determinados acontecimientos en donde sólo algunos tendrían la
categoría de “hechos”, sino en cambio entre los que él relata y la
interpretación que pueda hacerse de los mismos. Los primeros son siempre
irrebatibles, no así en cambio lo que pueda afirmarse de ellos. Y al respecto
digamos que en la comparación que realiza no es verdad que solamente los campos
de concentración sean “hechos objetivos”, sino que también la persona de Mahoma
lo es, pues nadie duda de que haya existido. Sin embargo, si bien es cierto que
no es una verdad absoluta que el aludido haya sido el profeta de Allah, tampoco
lo es que en tales campos haya existido un holocausto, ni que hayan muerto allí
realmente seis millones de judíos. Ninguna de las dos cosas está probada en
forma absoluta y sostener lo contrario de manera categórica como él hace con el
segundo hecho es también una creencia como lo es la de que Mahoma haya recibido
su revelación del arcángel Gabriel. Por otro lado llama la atención que alguien
que pertenece al mismo país de Descartes y que se proclame filósofo ignore que
en el campo de la realidades fácticas no existen las evidencias absolutas y que
la interpretación que se hace de un hecho puede ser contrastada una y otra vez
por nuevas revelaciones, admitiéndose así explicaciones diferentes. Por
ejemplo, durante muchos años se manifestó categóricamente que la famosa matanza
de Katyn, en la cual fueron asesinados 10.000 oficiales polacos, había sido
efectuada por los nazis. Luego de la caída del comunismo y tras haberse
realizado excavaciones en tal región, se pudo sostener en cambio que había sido
el régimen soviético el que lo había hecho.
Nuestro
contradictor, al no realizar tales necesarias distinciones, termina cayendo él
también en el mismo dogmatismo que critica. Y le sucede entonces, del mismo
modo que a los integristas por él señalados, que tampoco puede ver la realidad
objetivamente, siendo llevado conciente o inconscientemente a la distorsión de
la misma. Así pues, cuando manifiesta que tras la apertura de Auschwitz “el
hombre europeo se convirtió a la democracia luego de 1945”, soslaya el hecho
notorio de que tal campo fue abierto al público apenas en 1958 y que además,
por si fuera poco, el mismo se encontraba ubicado en un territorio ocupado por
los soviéticos, respecto de los cuales sabemos, especialmente en razón de lo
revelado en Katyn, que al menos han mentido una vez.
Reconozcamos
que, pese a todo lo dicho, es verdad lo que afirma Glucksmann respecto de que,
no obstante su unilateralismo, las religiones, en tanto que son humanas, como
tales también “evolucionan” con el tiempo. Es interesante constatar la
“evolución” que ha tenido la religión del Holocausto, tras haber recibido su
“revelación” con la apertura de su santuario de Auschwitz. Primero se dijo que
en tal campo habían sido gaseados 4.000.000 de judíos, luego la cifra se redujo
abruptamente a dos. Una vez más, tras la caída del comunismo y tras haberse
hecho públicos sus archivos, se pudo saber que por todo concepto los muertos en
el mismo habían sido unos 50.000; sin embargo lo curioso a constatar es que
tales modificaciones no han hecho en nada variar la aludida cifra global de
seis millones.
Todo esto,
insistimos, lo decimos no sin manifestar nuestro rechazo hacia el nazismo,
ideología que no compartimos, tal como lo expresáramos en diferentes
oportunidades, pero lo que no podemos nunca aceptar es la utilización espuria
que quiera hacerse del mismo en provecho de una nueva opresión. Digamos además
que Glucksmann ha evitado puntualmente referirse a la reciente condena al
historiador Irving. Hubiera sido interesante que, así como nos indicó la
diferencia que según él existe entre Mahoma y la Shoá, nos explicara también su
punto de vista respecto de la que hay entre tal condena carcelaria y la quema
de embajadas en los países árabes.
Por último nos
dice también, en alusión a un pretendido privilegio que poseería su colectividad
respecto de las restantes, que los judíos, como una muestra de su inmensa
tolerancia, “tienen la especialidad en burlarse de su Dios, Jehová”, por lo que
pretendería con ello que los demás hicieran lo mismo con el propio. Digamos
respecto de lo primero que ello es verdad: la misma Biblia nos recuerda en el
Éxodo que, cuando Moisés se retiró al monte Sinaí por unos días, al regresar
encontró que su pueblo había erigido un altar al Gran Becerro de Oro, por lo
que suscitó de su befado Dios múltiples iras que han durado hasta nuestros
mismos días. Pero él no debería considerar a esto como un privilegio, sino en
todo caso como un hecho desgraciado, el que además no es afortunadamente
compartido por todos los hebreos, pues los hay también que no son profanos y no
se burlan de su deidad como hicieron sus antepasados y lo siguen haciendo aun
hoy muchos de sus coetáneos actuales, entre los cuales el aludido filósofo,
quienes han agregado a su panteón de ídolos, junto al aludido Becerro, a uno
nuevo: el Holocausto. Aunque reconozcamos que, si bien nadie lo obliga a hacer
lo contrario con su deidad, lo que sin embargo no puede pretender de ninguna
manera es que, porque algunos de su colectividad son como él profanos, todos
los demás debamos serlo también de manera obligatoria.
Finalicemos
estas líneas agradeciendo a todos aquellos que han difundido nuestras notas
generando así una vasta cadena que ha obligado a nuestro adversario a responder
y suscitar de esta manera un importante debate tan necesario para los tiempos
actuales.
Buenos Aires,
2-03-06