EL
DINERO ESTIERCOL DEL DEMONIO
Cuando en 1998 publiqué para Marsilio
Editori “El dinero –Estiércol del demonio-”, que Mondadori, para quien entonces trabajaba como autor, había rechazado
considerando que era excesivamente pesimista, el mundo occidental, a pesar de
algunos ruidillos sordos, bien perceptibles para esas personas que tienen oídos
para entender, tenía todavía plena fe en si mismo, en el modelo de desarrollo
que había impetuosamente abrazado a partir de mediados del siglo XVIII, con la
Revolución industrial, basado en la Economía, la Tecnología y el Dinero que,
como escribe Simmel, “es la técnica que une todas las
técnicas” y hace que se puedan realizar.
Han pasado solo diez años y el panorama ha mutado completamente. Todo el mundo
industrializado, desde los Estados Unidos hasta Europa, está atravesando una
muy profunda crisis económica que, a despecho de los optimismos de fachada y de
conveniencia de los jefes de estado y demás, no tiene salida. Este hecho es
particularmente inquietante y grave para un sistema como el nuestro que ha
apuntado todo en la economía y ha hecho del dinero el único valor realmente
compartido: el “Dios Dinero”. Si efectivamente este Dios fracasa no queda más
que el desierto .
La globalización, que empezó en silencio al amanecer de la Revolución
industrial, que se ha acelerado vertiginosamente en los dos siglos sucesivos ha
alcanzado su completa madurez con la adhesión a nuestro modelo económico de
países como Rusia, India y China, enfatiza y dilata de hecho enormemente las
devastadoras potencialidades del dinero que, siendo inmaterial, abstracto,
conceptual, no conoce fronteras, barreras, obstáculos y allí donde logra
imperar sin molestias devora al hombre así como sucedía en los circos de un
tiempo donde la boa devoraba al conejo tembloroso y acorralado en el rincón y
del cual, por un poco de tiempo y por detrás del cristal, se entreveía la
silueta completa en la garganta monstruosamente dilatada del reptil. Nosotros
ya estamos en las mismas condiciones que el conejo, ya no somos hombres, sino
siluetas de hombres, estilizaciones, trágicas parodias, degradados a
consumidores, a tubos de digerir, a lavabos, a inodoros por donde tiene que
pasar en el tiempo más breve posible todo lo que con la misma rapidez
producimos para complacer al omnipotente Moloch que domina sobre nosotros. Ya
no somos patrones del mecanismo, que sin embargo hemos creado nosotros mismos,
sino sus servidores cada vez más dóciles. Porque el dinero no destruye solo
nuestras economías además de las del así llamado Tercer Mundo, lo que es solo
una paradoja en apariencia, sino que disgrega al hombre desde su interior, en
sus núcleos constitutivos, antropológicamente existenciales, éticos,
volviéndole cada vez más débil.
El hecho es que el dinero, en su esencia extrema, es futuro, proyección del
futuro, representación del futuro, imaginación del futuro, expectativa en el
futuro. Y nosotros hemos introducido en el sistema una cantidad tan colosal,
imaginaria (la moneda, que a su vez es también una abstracción pero que tiene
por lo menos una consistencia física, ya casi no existe), como para hipotecar
este futuro hasta épocas tan lejanas sideralmente que hacen que en realidad sea
casi inexistente. Este futuro orgiástico que nos hace destellar como la Tierra
Prometida, retrocede constantemente ante nuestros ojos con la misma
inexorabilidad que el horizonte cuando alguien corre como loco intentando
llegar hasta él.
Esta broma atroz dura desde hace demasiado tiempo como para que pueda durar
mucho más. Hace diez años yo concluía así mi libro: en cualquier caso, este
futuro inexistente “que nuestra fantasía y nuestra locura ha dilatado a
dimensiones monstruosas, un día se nos caerá encima como un presente dramático.
Ese día ya no habrá dinero. Porque ya no tendremos futuro, ni siquiera para
poderlo imaginar. Nos lo habremos devorado”.
Ese día ya está aquí.
Massimo Fini
(de Ex Roma Lux)