por Julius Evola
Puede no hallarse privado de interés volver a evocar
algunos ideales éticos que tuvieron una particular fuerza y un prestigio en las
anteriores civilizaciones de nuestras mismas razas y que fueron un factor de su
grandeza, mientras que por otra parte se encuentran prácticamente desvanecidos
en las bajuras del mundo actual. Uno de tales casos es el relativo a la fides.
En latín el sentido de tal término no es la “fe”,
sino sobre todo la fidelidad: a un compromiso, a un juramento, a un pacto, a la
palabra empeñada, a un vínculo libremente aceptado. Más allá del mundo
meramente humano, la fides se convierte en “fe”, se extiende a las
relaciones con potencias superiores, y entonces ella funda la religio,
término que en su origen significaba “vinculación”: vinculación entre el
individuo y lo divino. El presupuesto existencial de la fides en el
primer sentido y, simultáneamente, aquello de lo cual la misma es su
manifestación, es la virtus, no en su acepción moralista o incluso
sexual, sino en el de una firmeza interior, de una derechura.
Por lo tanto es a la romanidad antigua que nos
podemos referir en primer lugar con relación al ideal en cuestión. En tanto se
le diera a la fides la figura de una diosa, en Roma la misma fue objeto
de un culto entre los más antiguos y sentidos. Fides romana, se decía ya
en tiempos prehistóricos; alma fides, fides, sancta, casta, incorrupta,
se dirá más tarde. La misma es una característica de los romanos, afirma Livio,
ella define al romano ante el “bárbaro”, en la antítesis de una norma de una
adhesión incondicionada a un pacto jurado y la conducta de quien en cambio
sigue a las contingencias y la oportunidad, bajo el signo de aquella entidad
que era denominada “Fortuna”. Máxima era la adhesión a aquella norma entre los
antiguos, nos refiere Servio, máxima erat apud majores cura fidei. Con
su decadencia, advierte proféticamente Cicerón, también la virtus decae,
así como la costumbre, la interior dignidad y la fuerza de los pueblos.
Es así como la fides en Roma pudo tener un
templo simbólico, aedes Fidei populi romani, en el centro de la ciudad,
en el Capitolio, cerca del tempo del máximo Dios, de Júpiter. Esta contigüidad
posee un significado particular. De la misma manera que Zeus entre los Griegos,
Mitra entre los Iranios, Indra entre los Hindúes, Júpiter, representación
romana de un no diferente principio metafísico, era en Roma el dios del
juramento y de la lealtad. Cual dios del cielo luminoso, Lucetius, él
era también el de los pactos jurados, del compromiso claro y privado de
reticencias. Se decía: Jovis fiducia: con lo cual la fides
recibía un crisma religioso y una sanción sobrenatural.
Y este valor se insertó también en la realidad
política. Así pues el mismo Senado pudo aparecer como un “templo viviente de la
fidelidad”, fides templum vivum, y a veces el mismo se reunía alrededor
del altar capitolino de la diosa. Por otro lado, el emblema más corriente para
la fides fue el estandarte del águila de las legiones, y la fidelidad
asumió la forma esencial de fidelidad guerrera ante el jefe y el soberano, fides
equitum, fides militum. La mencionada interferencia con la esfera sagrada
encuentra una nueva confirmación en el hecho de que en Roma existió una
enigmática relación entre los conceptos de fidelidad, de victoria y de vida
inmortal. A la Victoria, concebida y personificada como una entidad
mística, el Senado romano le prestaba en efecto su juramento de fidelidad con
un rito tradicional que fue el último en resistir ante el advenimiento de los
nuevos cultos cristianos: fides Victoriae. La síntesis más sugestiva
fue, a tal respecto, una representación de la época imperial en la cual la Fides
personificada y divinificada lleva entre otras cosa la imagen de la Victoria y
un globo sobrevolado por el fénix, es decir por el simbólico animal de las
resurrecciones, mientras que en lo alto se ve a un emperador en el acto de
sacrificar a Júpiter, mientras que es coronado por la Victoria.
Puesto que con el Sacro Imperio Romano en el
Medioevo retornó la idea romana, en el mismo se tuvo un retorno de la ética de
la fidelidad, que, como una común herencia indoeuropea, era propia en modo
eminente de las estirpes germánicas. De este modo trust, Treue, fides, o
como se pudiese haber denominado un mismo principio, tuvo un papel
esencialísimo en el mundo medieval, en especial en el feudal, del cual se
constituyó en la premisa fundamental, Se puedo hablar de un sacramentum
fidelitatis y un dicho del Código Sajón, del Sachenspiegel fue: “Nuestro
honor se llama fidelidad”, mientras que en la epopeya de los Nibelungos, en
el Niebelungenlied, se encuentra el dicho de que “la fidelidad es más
fuerte que el fuego”.
La tradición se perpetuó más allá del Medioevo sobre
todo en el área germánica, en modo tal que en Alemania se buscó casi, con un
monopolio unilateral, de convertirla en una característica nacional o de raza
acuñando la fórmula Deutsche Treue, es decir: “fidelidad germánica”. No
hay duda sin embargo de que el concepto de fidelidad tuvo un particular relieve
en el prusianismo, en especial en el ejército, en el cuerpo de los oficiales y
en la nobleza, y se sabe que la imposibilidad que se sintió de violar la
fidelidad al juramento prestado fue aquello que bloqueó acciones intentadas en
contra de Hitler, a pesar de todo aquello que podría haber justificado, desde
un cierto punto de vista, tal infracción. Por otro lado, uno de los aspectos
positivos del nacional socialismo fue su intento de poner justamente en la fidelidad, asociada al honor, como
fundamento de una reconstrucción orgánica y antimarxista de la economía. En la
correspondiente legislación, en contra del clasismo, de la lucha de clases y
del sindicalismo, se postulaba la solidaridad ética. El empresario habría
tenido que corresponder a la figura de un jefe (Führer), con una
correspondiente autoridad y correspondientes responsabilidades, las maestranzas
a la de un “séquito” propio (Gefolgshaft) asociado a él y fiel en la
actividad productiva. Un denominado “tribunal de honor” era llamado a dirimir
los eventuales conflictos.
Lamentablemente en la moderna área latina los mencionados principios no han tenido la misma fuerza, ello en gran medida también por el predominio de la tendencia individualista. En el plano político militar se recuerde el caso, en la última guerra, del comportamiento del Soberano italiano cuando le dio al embajador alemán la seguridad formal de que Italia seguía combatiendo del lado del aliado, mientras que simultáneamente a ello había establecido acuerdos con el enemigo; agréguese a ello su actitud respecto de Mussolini. Las distintas circunstancias contingentes que pueden haber justificado una tal conducta desde el punto de vista pragmático, no reflejan de ninguna manera la ética de la cual la Roma antigua, tal como se ha visto, se sentía tan orgullosa. Quizás en Italia la última manifestación de tal orientación se la tuvo al final de la segunda guerra mundial, cuando un número no indiferente de Italianos no hesitó en batirse aun en posiciones perdidas justamente en el nombre del principio de la fidelidad y del honor.
Hoy en día todo esto aparece como anacrónico o vale
tan sólo como una mera retórica, tan grande es la prevalencia de un tipo de
hombre fugaz y sin carácter, siempre listo a cambiar de bando de acuerdo a la
dirección hacia la que sople el viento y movilizado tan sólo por un bajo
interés. La democracia es el suelo más apto para la “cultura” de un tipo
semejante. En realidad, existe una relación estrecha entre fides y
personalidad. La fidelidad es algo que no se puede ni vender ni comprar. A una
ley se la obedece, a una necesidad uno se pliega, la conveniencia puede ser
sopesada, pero la fides, la fidelidad, tan sólo el acto libre de una
interior nobleza puede establecerla. Fides significa pues personalidad.
(De Il Conciliatore, Febrero de 1972)