(Introducción a La Magia como ciencia del espíritu, Tomo
VII)
por Marcos Ghio
Hemos llegado al final de esta densa y larga obra que ha abarcado
una extensión definitiva de siete tomos.
A lo largo de la
misma recopilamos aquellas que, a nuestro entender, hemos considerado como las
más importantes monografías del Grupo de Ur, descartando apenas unas
pocas, en tanto ello no confabulaba en nada con la armonía del conjunto por
tratarse de temas independientes entre sí y de un valor tan sólo comprensible
dentro del contexto en el cual fueron escritas. Además en los tres primeros
tomos hemos incluido sendos artículos del Grupo de los Dióscuros, el
que, tal como dijéramos en su oportunidad, puede considerarse, en cuanto a sus
finalidades, como el heredero legítimo del primero, no constándonos, hasta el
momento en que escribimos estas notas, la existencia de algún otro grupo
orgánico que siga desarrollando tales perspectivas iniciáticas.
Habiendo pues
arribado al final de un itinerario, queremos aprovechar la circunstancia para
formular alguna conclusión luego de nuestra larga tarea de traducción y
análisis de esta obra, la que fuera acompañada por diferentes conferencias de
presentación aclaratorias efectuadas a través del Centro de Estudios
Evolianos de Buenos Aires para el muy selecto público lector de la misma.
Podemos decir que el objetivo principal de toda esta colección ha sido el de
formular, desde el punto de vista del saber milenario de la Tradición, los
principios válidos para un camino alternativo al de la modernidad en la esfera
de una forma de conocer que fuese capaz al mismo tiempo de sustentar un
carácter científico, así como, también y consecuentemente, con connotaciones
prácticas (y tal sería específicamente el significado de la Magia) y formulable
en un lenguaje adecuado a nuestra época. Ello ha sido planteado pues desde el
punto de partida principal del mundo de la Tradición para el cual el eje
central de toda realidad es la dimensión del espíritu, siendo la materia apenas
un grado inferior de manifestación . Por lo tanto, para los hombres del Grupo
de Ur, las ciencias y las técnicas de las que aquí se ha tratado han sido
pues referidas a aquella esfera con prioridad, oficiando el plano material
eventualmente como un símbolo, como un mero punto de apoyo utilizado con el fin
de elevarse a dicha dimensión superior. Tenemos pues así que las diferentes
disciplinas que se han expuesto a lo largo de estas monografías han tenido como
base principal a la Metafísica a nivel teórico y a la Magia a
nivel práctico y experiencial.
Dentro de esta
muy ambiciosa perspectiva es que se ha intentado tomar distancia de aquellos
dos caminos, tan sólo en apariencias antitéticos, que se han ido desarrollando
a lo largo de la historia occidental, tomando un especial impulso a partir de
los orígenes de la era moderna: sea éste el cientificista, propio de la
vertiente laica y profana, hoy en boga y victorioso por doquier, así como el
fideísta, es decir, la vertiente perteneciente al plano de la religión que ha
venido a imponerse en el Occidente. Podría decirse que la actitud asumida ante
los mismos ha consistido en rescatar lo mejor y más positivo que éstos pueden
haber tenido y de superar simultáneamente sus graves limitaciones, limitaciones
éstas que a su vez explican la severa decadencia que vive nuestra civilización.
De la ciencia moderna se ha intentado reivindicar su rigor metodológico y su
afán incluso exacerbado por alcanzar un conocimiento liberado de prejuicios y
de verdades aceptadas apodícticamente. Pero se ha descreído en cambio de ésta
en tanto ha reducido lo real al plano de las meras apariencias, es decir, se ha
recelado y combatido su materialismo, consistente en la asunción como dogma
sagrado de la excluyente existencia del grado más bajo de la manifestación; y
se han rechazado así las proyecciones asumidas por dicha forma de saber
consistentes en la sustentación de una mera razón discursiva que, cuando no
opera con formas vacías y abstractas, se aboca simplemente al ordenamiento de
los datos provenientes del mundo de la experiencia sensible. En todos los casos
la razón del hombre moderno, a lo largo de la pluralidad de planos en que se ha
desenvuelto, se ha hecho siempre ciega con respecto a aquella realidad superior
que trasciende la esfera de las meras apariencias.
Del saber
religioso se ha rescatado a la inversa su reconocimiento de la existencia de
esa misma realidad trascendente a la dimensión material, negada o ignorada por
la ciencia moderna, pero se ha resaltado aquí que ello ha sido hecho asumiendo
una postura que tan sólo en apariencias ha enfrentado al saber profano. La
misma ha consistido en el devocionalismo y el dogmatismo consistentes en una
actitud sectaria y cerrada por querer limitar la inteligencia humana a una mera
reflexión sobre los datos de la “verdad revelada” (“la filosofía sierva de la
fe”), y el consecuente sometimiento del sujeto a la condición de ser
dependiente, pecador y subordinado a “autoridades” dadoras de verdad y exigentes
siempre de una obediencia ciega y sumisa; lo cual terminaría convirtiendo a
todo aquel que asumiese firmemente tal postura en un sujeto fácilmente
criticable por la ciencia profana y, consecuentemente con ello, habría de traer
el desprestigio por toda postura metafísica, a la que el saber moderno
calificaría luego como simple mito y producto de una imaginación fantasiosa e
impotente, cuando no puesta en juego por las fuerzas oscuras de la
inconciencia.
Podría decirse
que, a diferencia de las dos posiciones antes mencionadas, lo que distingue la
postura de los hombres de los grupos de Ur y de los Dióscuros, en
consonancia en un todo con un saber tradicional milenario que se pierde en los
orígenes del tiempo, es que se considera aquí que la inteligencia humana, lejos
de quedar recluida en una actitud pasiva de aceptación de verdades reveladas o
de clasificación y ordenamiento de “hechos objetivos", es en cambio intuitiva
y como tal no tan sólo reducida a la realidad empírica y sensible, sino capaz
de captar, mediante un cierto entrenamiento y preparación adecuados, una
realidad superior a la meramente natural, es decir, aquello que ha dado en
llamarse como la realidad metafísica, entendida ésta en el estricto
sentido de su término, esto es, lo que se halla más allá de lo físico.
Y en este punto específico es donde se encuentra la objeción
principal lanzada por los hombres del Grupo de Ur a quienes han
ilegítimamente pretendido acceder a la misma. El saber religioso que ha venido
a predominar en Occidente, al haber rechazado la posibilidad de la intuición
metafísica, a través de la calificación de luciférico dispensada a todos
aquellos que se esfuerzan por alcanzarla, ha sido el que en verdad ha terminado
reduciendo el conocimiento humano a la esfera puramente sensible, siendo en
ello coincidente y un verdadero antecedente de la modernidad y de su ciencia.
Según la escolástica tomista (hasta el día de la fecha reconocida aun como la
filosofía oficial del cristianismo vaticano1), sólo se conoce a Dios y a las cosas puramente espirituales
(esto es, lo que en dicho léxico se entiende como la realidad metafísica) de
manera indirecta, es decir, a partir de los efectos sensibles de las mismas que
están presentes en las cosas; por lo tanto, el conocimiento del hombre queda
reducido en su forma directa y experiencial solamente a la esfera natural y en
ello, a pesar de sus grandes debates en contrario y de las diferentes
conclusiones que se extraigan, coincide con la ciencia moderna. Cualquier
pretensión distinta significaría para éste la asunción de la actitud soberbia
de querer imitar el conocimiento del ángel, y por lo tanto nuevamente la
intencionalidad y desvío luciferino, propio de la tendencia hacia el pecado
original ínsita en la especie humana, como un impulso natural que debería ser
siempre reprimido y corregido por esta religión.
Agreguemos al respecto que, en relación a la realidad metafísica,
el único conato hacia un tipo de saber superior al meramente común, fundado en
la simple fe o en la razón discursiva iluminada por ésta, el judeo-cristianismo
lo ha tenido a través de lo que ha dado en denominarse como la experiencia
mística, la cual, salvo algunas dignas excepciones, en su momento combatidas con vigor inquisitorial por
la autoridad eclesiástica, sólo han sido aceptadas institucionalmente en la
medida en que no han superado la esfera psicológica propia de una experiencia
religiosa fundada en la fe.
Es que en verdad el desvío principal de dicha vertiente, desde
épocas que se pierden en los primeros siglos del cristianismo, ha consistido en
la negación de la instancia divina en el hombre, reduciéndolo meramente a la
dualidad bio-psíquica (cuerpo y alma, dimensión espacio-temporal de la cual en
última instancia participa también todo lo que es viviente) negando así la
existencia de una dimensión más profunda, eterna y verdaderamente inmortal que
es el espíritu, instancia en la cual se produce la identidad metafísica entre
hombre y Dios, Creador y criatura. De este modo, al negarse la dimensión propia
del espíritu o, al asimilárselo ilícitamente con el alma humana, la unión con
lo trascendente ha quedado reducida a un plano puramente psíquico, y al ser el
mismo una realidad inferior y dependiente, ella se ha realizado a través de la
asunción de una actitud pasiva por parte
del hombre y de su subordinación respecto de una realidad metafísica (Dios) que
le resulta ontológicamente ajena, quedando expresamente reducida así el alma a
la cualidad femenina de una esposa que todo debe recibirlo de afuera como un
premio o una gracia especial
otorgada por una Divinidad que en el fondo le resulta ajena. Es decir que, de acuerdo a tal concepción, sólo
Dios es propiamente espíritu y trascendencia mientras que en cambio el hombre es tan sólo alma y naturaleza.
Dicha negación de la existencia de una dimensión divina en el ser
humano y la consiguiente confusión que se ha hecho en manera ilícita entre el
alma y el espíritu considerándoselas como si se trataran de una misma cosa, no
solamente ha coartado la posibilidad de un saber superior intuitivo y por lo
tanto de la apropiación de una ciencia metafísica por parte del hombre, sino
que ha tenido también consecuencias prácticas en el seno de tal religión al
haber reducido el valor de aquello que debería ser propio de una técnica
espiritual y comprensible dentro de la disciplina superior de la Magia,
nuevamente a una función simplemente psíquica y subordinada. Así pues, si bien
la religión convencional ha rescatado la figura del rito, comprendido como
praxis propia de una dimensión trascendente, y si bien ha aceptado en el mismo
un carácter sacramental e indeleble, categorías éstas pertenecientes al plano
de lo metafísico, sin embargo, en razón de la antes mencionada carencia, ha
terminado reduciéndolo a un valor puramente formal insertándolo en un mero
legalismo propio de religiones puramente formalistas, tales como el judaísmo
farisaico y saduceo, ya vivido y combatido en las épocas evangélicas durante la
predicación de Jesús. Para el legalismo ritualista, el rito es simplemente un
conjunto de prácticas dirigidas a obtener un saneamiento principalmente moral
por parte del hombre que se encuentra en una situación de caída; por ende no
supera en éste su dimensión psíquica. Ante el mismo por parte de su receptor,
de la misma manera que en la experiencia mística, sólo es válida la
actitud pasiva consistente en la humillación y el mea culpa de un hombre
concebido y justificado tan sólo en su aceptación de una situación interior de
carencia e indignidad. Distinto totalmente es el valor del rito en el
esoterismo. Como la relación con lo trascendente no es comprendida aquí en una
manera jurídica, psíquica y moral por la cual el hombre, en tanto concebido
como un ser pecador y dependiente, deba a través del rito recibir su perdón por
las faltas cometidas por él y por sus antepasados, se trata en cambio de
comprenderlo en relación a la dimensión metafísica que se le reconoce a éste.
Puesto que el hombre es también en su intimidad más profunda espíritu o imagen
de Dios, estando presente en él una chispa divina, el rito no implica la
humillación y negación de sí para obtener la venia y el premio de un paraíso lo cual no es en última instancia sino
una reducción o sublimación de lo humano en su condición más baja sino, a la inversa, es un procedimiento por
el cual se convoca a las fuerzas de lo alto a fin de que nos sean afines en
nuestras acciones y permitan así despertar el espíritu que está en nosotros
latente. El rito, al ser por lo tanto independiente de la moralidad, no es ni
más ni menos que lo que a nivel profano podría ser una técnica, pero de
carácter espiritual; es el acto por el cual, a través de su reiteración y la
corrección y rigor en su ejecución, se restituye al hombre su divinidad perdida
y oculta desde el momento en el cual se ha sumergido en esta existencia espacio
temporal. De allí que sea en el seno de tal contexto que pueda comprenderse la
sabia aseveración de Plotino, citada en diferentes
oportunidades en esta obra: “No
se trata de ser simplemente un buen hombre, sino la meta es la de llegar a ser
un dios”.
Por ello el
rito, en vez de ser una sublimación de la moral, más que ser un medio por el
que se alcanzan premios y se evitan castigos, es una praxis propia de la
metafísica, un instrumento para obtener la verdadera inmortalidad, formando así
parte de la actividad principal de la disciplina mágica que es la esencia de
toda esta obra.
Por lo tanto
podemos decir que la meta casi excluyente de todos estos escritos ha sido la de proveer los medios e
instrumentos propios y adecuados para
lo que se considera el fin principal del hombre, que consiste en la
búsqueda y conquista de la inmortalidad, comprendiendo así a la Magia como aquella disciplina ritual que permite otorgarla a
través de su procedimiento que es la iniciación.
Podemos afirmar también que detrás de esta meta subyace la intuición principal del
saber tradicional. La inmortalidad no es un bien democráticamente compartido
por todos, sino un don que se conquista y se adquiere y al cual sólo
algunos acceden luego de una larga lucha.
Nada más opuesto pues a la idea de una inmortalidad universal del alma
de la cual todos por igual participarían, buenos y malos, tontos y sabios,
iniciados o profanos; idea antitradicional impuesta en Occidente por el
judeo-cristianismo, sabiamente calificado en tal aspecto por Nietszche como una rebelión de esclavos.
La ciencia
moderna, a su vez, al pretender constituir un conocimiento universal, válido e
igual para todo el mundo, y al descartar aquella forma de saber no objetivable
y no constatable por cualquiera, negando categoría de conocimiento científico a
aquello que sólo puede ser percibido e inteligido por algunos, a pesar de sus
rechazos por los dogmatismos propios de la religión convencional que
prevaleciera en el Occidente, no discrepa con ésta en su fondo esencial: es
decir en su democratismo, el cual ha debido ser en primer término
espiritual, a través de la identificación del alma con el espíritu, de la
confusión de lo que es mera supervivencia con lo que significa propiamente
inmortalidad, para luego hacerse "científico" y formular un saber
que, en tanto asimilable sin diferencias para todo el mundo, representa el grado más bajo del mismo. Los tiempos más
modernos lo han convertido luego en político a través del sufragio universal e
indiscriminado, de la universalización
del derecho igual para todos y del fenómeno que vivimos en nuestros días
finales que es el de la socialización de la democracia, la cual se ha convertido ya en una forma de vida de carácter
incluso religioso, fanático y omnicomprensivo, asumiendo caracteres similares a lo que en la Edad Media fuera
la Inquisición.
Que la
democracia haya pasado a ser la religión obligatoria de nuestros días, en un
altar compartido por el Cardenal Wojtyla, Clinton, Putin y
el poder financiero que gobierna al planeta, ello no es sino la secuela de un
desvío acontecido primero en el campo propio del espíritu. Fue necesario que se
negara en primer lugar que en el hombre existe una dimensión superior a la
meramente psicofísica, tal como se sostiene hoy en día con fervor fanáticamente
religioso, y se negara por lo tanto la existencia en éste de una instancia
eterna y espiritual, para que nos hundiéramos finalmente en la ciénaga de la
democracia universal, es decir, en el universo del animal humano
indiferenciado, del hombre-masa de nuestros días.
Y sin embargo,
así como existen grados diferentes de ser, los hay también de saber. No todo
saber es universalmente objetivable ni todos poseen por igual la misma facultad
de entender y de ver. Es verdad lo que dijera Kant
que existe un yo trascendental válido e idéntico para la especie hombre, pero
él tan sólo se ha referido al hombre psíquico sumergido en la dimensión
espacio-temporal, el hombre espiritual en cambio ve y percibe en una manera diferente, para éste por lo tanto
no cabe la misma ciencia que en cambio es válida para el psíquico.
Porque si hay hombres que ven las causas a partir de los efectos, también están
los otros, los menos, que pueden percibir en cambio los efectos a partir de las
causas. La ciencia moderna y la religión devocional, al negar la existencia del
espíritu en el hombre, ha masificado al ser humano, aceptando así una sola
forma de entender y comprender, la propia del hombre psíquico, es decir, el que
se encuentra hundido y recluido en la dimensión espacio-temporal. El espíritu
también tiene un ojo con el que ve, pero para que éste se active es necesaria
una intensa praxis que despierte en el hombre tal dimensión que se encuentra
aletargada y oscurecida luego de la caída en este mundo de lo espacio temporal.
Es nuevamente la función de la Magia despertar lo eterno en él, llevar al acto
su dimensión espiritual.
Dejamos como
punto final de estas reflexiones el problema referente a quienes hoy en día,
como nosotros, a pesar de todas las críticas que asumen y dirigen hacia el
cristianismo oficial, hacia la casi totalidad de su historia, aun a pesar de
ello insisten en considerarse cristianos.
Queremos
recordar aquí al respecto una crítica que, en el cibernético mundo de Internet,
nos dirigiera J. V. Lastarria en ocasión de una réplica por
él elaborada a un escrito nuestro sobre Julius
Evola 2. Más allá de una serie de detalles discutibles de la misma
y que no viene al caso relatar aquí, hay que reconocer que ésta tenía sin
embargo una objeción válida que queremos aprovechar para analizar en este
escrito en tanto la consideramos oportuna dentro del contexto de lo que
queremos manifestar. ¿Cómo pueden,
decía esta persona, considerarse Uds. cristianos luego de haber descartado al
Concilio Vaticano II, al tomismo, al jesuitismo, a la experiencia mística,
etc.? ¿Qué es lo que queda pues del cristianismo luego de tantos descartes? Y
comparaba nuestra postura con la de un personaje de Ibsen, Peer Gynt, quien quería llegar a conocer la
esencia de la cebolla pelándola sucesivamente hasta que, luego de su estéril y
vano trabajo, se encontraba finalmente con nada. Nos preguntamos al respecto:
¿Una vez que hemos descartado tantos fenómenos y procesos de dicha religión,
una vez que hemos aceptado con Evola
que se ha convertido en una religión psíquica que, en tanto ha negado el
esoterismo, se encontraría en inferioridad de condiciones respecto de las
restantes, podemos terminar finalmente asimilándola a la cebolla del aludido
personaje? Agreguemos que Lastarria finalizaba su objeción
estimulándonos a convertirnos a su religión, una especie de paganismo nazi y
ateo que parte en sus críticas desde el positivismo lógico, por el que se
rechaza la existencia de toda realidad metafísica y que por lo tanto no se
aceptaría desde su perspectiva que en el hombre tengamos una instancia que
trascienda su dimensión espacio temporal. Pero al respecto consideramos que
justamente es el Grupo de Ur, a lo largo de estas obras aquí analizadas,
quien nos da la respuesta adecuada, formulando aquí implícitamente lo que hace
en última instancia recuperable al
cristianismo, no obstante todos los desvíos que se le puedan achacar. A
pesar de todo, la religión católica ha sostenido la existencia del rito
comprendido como un vínculo
trascendente que en un determinado momento penetra en nuestra existencia,
produciendo en ella una modificación esencial de carácter indeleble. Tenemos
así que:
1º Recibir un rito
es ser sellado de por vida. El rito origina un destino en la persona, del cual
ésta sólo puede evadirse a costa de una caída y de un consecuente desvío. El
rito establece un vínculo de tipo carismático, ajeno a la voluntad del que lo
recibe. Es esta independencia de la misma lo que propiamente lo convierte en
una realidad metafísica. Ésta es una dimensión con leyes propias que por lo
tanto poseen el mismo carácter necesario que hallamos también en el mundo
físico. Así como en la naturaleza un conjunto de hechos determina fatalmente
una reacción, de la misma manera sucede en la esfera metafísica. Del mismo modo
como cuando un alma se separa de un cuerpo sobreviene necesariamente un
fenómeno que se denomina la muerte, la ruptura con el vínculo establecido por
el rito determina en quien lo ha hecho una serie de consecuencias fatales y
necesarias que aun descienden hacia generaciones futuras. El rito fija en el
sujeto un vínculo indeleble, a través del cual, si bien puede ser vivido de
manera diferente, el lazo de éste con una determinada comunidad religiosa ha
sido establecido y su pertenencia a la misma es en última instancia
independiente de la voluntad de quien lo ha recibido, sucediendo entonces que,
al apartarse de ésta, sobrevenga un estado de caída y de consecuencias para el
que así lo ha hecho, e incluso para su posteridad. Ello acontece de acuerdo a
la máxima metafísica, también presente en el plano físico, de que a tales
causas, tales efectos.
Claro que,
volviendo al cuestionamiento antes apuntado, podemos decir que un materialista
rechaza todo valor que posea el rito, en tanto que para él la única realidad
que se acepta es la sensible y corpórea física. Entonces en éste el problema de
un vínculo carismático de carácter metafísico carece totalmente de
significación, pero ello, digámoslo una vez más, es nada más que el producto
del prejuicio unidimensional del moderno por el cual sólo existe la realidad
física.
Podemos decir
por lo tanto que es en razón de un vínculo de carácter metafísico que
nosotros somos cristianos. El cristianismo se nos presenta como la manera,
como el modo a través del cual nosotros, desde nuestra perspectiva histórica
concreta, vivenciamos un orden de carácter absoluto. El cristianismo es nuestro
lenguaje propio, y despojarnos de éste, convirtiéndonos a otra religión, como
nos sugiere Lastarria, significaría
un retroceso, un estancamiento, una pérdida en la identidad, parecida
análogamente a aquellas operaciones físicas por las cuales se pretende cambiar
de sexo. Por supuesto que no todos son cristianos de la misma manera y que el
rito puede ser vivido en modo diferente, tal como dijéramos al referirnos al
legalismo ritualista. Pero, insistimos, el mismo representa apenas un punto de
partida, éste condiciona pero no determina la continuidad de nuestra
existencia.
Digamos
finalmente que en el cristianismo hay dos maneras distintas de comprender al
rito. Para el esoterismo, postura en la que se encuadra el Grupo de Ur,
aunque no necesariamente en manera cristiana en todos sus miembros, el rito que
proporciona la religión representa un instrumento para la superación de toda
realidad de carácter sentimental y sensible a fin de remontarse hasta una
esfera superior de orden metafísico. La manera opuesta es la representada por
la Iglesia oficial la cual, a lo largo de su historia, ha utilizado en cambio a
la religión como un instrumento de dominio afín con sus intereses políticos de
institución a la conquista de espacios de poder en el mundo. En ello consiste
justamente la esencia del güelfismo. Pero que esto haya sido históricamente así
de ninguna manera disminuye la dimensión del rito cristiano e incluso puede
hasta representar un verdadero desafío la restauración de su significado
originario.
Justamente es dentro del contexto del vaciamiento ritual de la
religión cristiana cómo hoy en día podemos comprender este pedido de perdón
colectivo por todo el pasado de 2.000 años de historia efectuado por la
Iglesia. Hoy en día se pide perdón a todos: a los protestantes, a los
ortodoxos, a los judíos. La primera reacción ante ello es la de preguntarnos
qué es lo que queda de la Iglesia luego de este perdón. A tal efecto es
fundamental tratar de entender el sentido del mismo alejados de una
interpretación psíquica que en una primera reacción tendería a calificar tal
proceso como un acto de masoquismo y de autodemolición. Aquí son rechazados
prácticamente 2.000 años de historia y lo único que en cambio terminaría
quedando en pié es simplemente el cristianismo primitivo, la etapa evangélica
de la predicación de Jesús, todo ello teñido a su vez de un pacifismo de estilo
gandhiano. Se rechazan así las dos grandes epopeyas del Occidente cristiano que
fueron las Cruzadas y la Conquista de América. Y la finalidad de tales rechazos
se enmarca en el contexto de la búsqueda de una unión con las restantes
religiones. Sin embargo tal autocrítica es realizada exclusivamente a partir de
hechos morales y mundanos, ya que en tal negación y rechazo no hay en ninguna
manera atisbo alguno de modificar la postura güelfa política asumida
históricamente por la Iglesia, sino al contrario, en función de la misma,
tratar de limar asperezas a fin de constituir una cierta confederación de
religiones, acorde con la etapa de globalización de la cultura que hoy se vive.
Y es por ello que no es casual que en todo esto se ignore aquí que justamente
lo que hace que una religión tenga un sentido es la imposición por parte de la
misma de los ritos, y el hecho de que éstos sean diferentes de acuerdo a las
distintas confesiones se debe principalmente a la diversidad que existe en la
naturaleza humana. Pero con tal ecumenismo dejan de tener importancia tales
distinciones esenciales quedando así el mismo reducido a una dimensión de
carácter meramente exotérica, que es en cambio el lugar en donde por el
contrario deberían existir grandes distancias. Esta profunda distorsión la percibimos por ejemplo hoy en
día en aquello que ha dado en conocerse
como el fenómeno de la concelebración, es decir, en la posibilidad de
poder efectuar ceremonias religiosas indistintamente entre rabinos, curas,
pastores, etc, aplicando cada uno incluso el culto de la otra confesión. Ello
no hace más que explicitarnos un significado claro y profundo: en realidad el
rito ha perdido aquí todo valor trascendente; se trata simplemente de una
ceremonia simbólica por la cual se pretende ratificar en los fieles la
presencia de un sentimiento religioso, el cual no es sino la prolongación, lo que otorga fuerza y
sublima una moral social, comunitaria e
indiferenciada. De este modo en el rito interviene cada vez más el sentimiento,
esto es, lo que lo hace puramente humano, discursivo y lo aparta así de su
significado trascendente. Reiteramos: en donde cada religión debe ser específica es propiamente en el
carácter originario y excluyente de su rito, el cual no debe ser sustituido en
manera alguna bajo el riesgo de convertirselo en un mero acto recordatorio,
puramente alegórico, carente de valor en sí mismo.
Pero notemos
además lo que resulta aun más curioso y significativo en todo este pedido de
perdón de carácter universal. En el mismo se especifican cada una de los
presuntas persecuciones, muchas de ellas sin lugar a dudas arbitrarias, pero
sin embargo la Iglesia se cuida bien de pedir perdón por uno de los más grandes
atropellos cometido en su historia cual fue la disolución y exterminio de la Orden
de los Templarios, orden de carácter esotérico que ecuménicamente buscaba
la unión trascendente entre las dos grandes religiones en ese entonces en
pugna: el Islam y el Cristianismo. La cual consistía en una unión no
renunciataria, pues en ella se mantenían estrictamente las diferencias
exotéricas entre las mismas, reconociéndoselas como caminos idóneos y acordes
según las diferentes expresiones que presenta la humanidad (raza, cultura,
lengua, tradición), pero en modo alguno se consideraba a la otra como diabólica
y camino irreversible hacia la condena. Esta unión en lo profundo era la que
podía matizar y evitar que los conflictos entre las razas y las religiones
arribaran a límites virulentos, específicamente a través de guerras de religión
o limpiezas étnicas, tal como sucede en cambio en nuestros muy ecuménicos y
pacifistas días. Suscitaban así la posibilidad de ver en el otro a alguien
diferente en cuanto al camino emprendido, pero no necesariamente un enemigo. La
unión entre las grandes religiones debía efectuarse a través de las élites, es
decir, a través de aquellos que se encontraban en las grandes alturas del
espíritu pues eran los que no se conformaban con creer, sino que además
querían ver. Digamos también, como una señal significativa, que el diálogo
secreto entre Templarios del lado cristiano y Assassins del lado
musulmán, será repudiado tan sólo por la parte católica güelfa y ello ha significado sin lugar a dudas un menoscabo
para nuestra religión, la cual se ha amputado de este modo de su faz
estrictamente esotérica, originándose a partir de ello, tal como dijera Evola, el inicio de la gran decadencia
y la consecuente imposibilidad de alcanzar una unión trascendente.
Agreguemos
finalmente que también nosotros somos ecumenistas, pero aquí el problema
que se trata es acerca de qué tipo de universalidad es la que sostenemos. O una
centrada en lo trascendente, en lo que se encuentra por encima de la
diversidad, o la que en cambio asienta sus bases en lo que resulta secundario, en la mera moralidad o en los
"derechos humanos", es decir, una pseudounidad, ficticia, efímera.
Es cierto que
ante el desvío materialista en que se encuentra la modernidad, hay que buscar
la unión entre las grandes religiones, pero esta unión puede realizarse o por
arriba o por abajo; o a nivel político-moral,
tal como reza el ecumenismo vaticano, en connivencia explícita con los poderes
fácticos del planeta, o a nivel de la metafísica, como sostiene en cambio el
esoterismo. La gran tarea del cristiano de hoy es pues la de buscar el fondo esotérico en la
historia de su religión, entre las diferentes figuras heterodoxas, excluidas y
combatidas por el güelfismo durante casi dos mil años y curiosamente también
excluidas del pedido de perdón universal.
Somos concientes
de esta gran carencia que tiene nuestra religión y concordamos una vez más en
la gran desventaja que ello significa en la empresa de alcanzar una realización
metafísica. Pero a nuestro entender lo que por un lado representa un
inconveniente del cristianismo puede por el contrario, desde una diferente
óptica, ser concebido como una ventaja.
Así como el mismo Evola decía que
esta época por su gran decadencia era una prueba de excepción para los hombres
diferenciados, en la cual era posible efectuar experiencias especiales que no
podían desarrollarse en otras superiores y más espiritualizadas, sucede lo
mismo con respecto al cristianismo. No nos cabe duda de que es la religión en
la cual resulta más difícil hallar sesgos de carácter metafísico, debido al
terrible virus güelfo que la corroyó a lo largo de su historia, en la cual una
estructura eclesiástica anquilosada y politizada hasta consecuencias extremas
es el correlato de un moralismo sentimental de carácter meramente exotérico. La
experiencia cristiana es sin lugar a dudas la más difícil y, siguiendo con el
esquema dado por Lastarria, es
seguramente aquella en la cual más cáscaras de cebolla haya que pelar, pero sin
embargo lo que es indudable es que en el trasfondo de la misma existe una
estructura profunda de carácter metafísico y que ésta se encuentra
proporcionada por la recreación de estas dos dimensiones de lo real que son el
símbolo y el rito, como vínculo del hombre hacia lo trascendente, como medios
de elevación hacia lo superior, sobre todo lo cual los hombres del Grupo de
Ur y de los Dióscuros nos han dado múltiples elementos.
NOTAS:
1 Utilizamos esta terminología, junto a la de judeo-cristianismo, para referirnos indistintamente
a aquella vertiente institucionalizada, existente desde las épocas inmediatamente posteriores a la
predicación de Jesús, que tratara de asimilar la religión cristiana a la
condición de una mera derivación del judaísmo.
2 El aludido escrito, firmado por
el mencionado J. V. Lastarria (se
trataría de un pseudónimo), lleva por
título “Vino nuevo en odres viejos”. Me fue entregada una copia del
mismo personalmente, pero tengo entendido que circuló por internet.