Ahora que la misión
norteamericana en Irak ha fracasado, ahora que su guerra civil arrecia y su
democracia ha resultado ya imposible, repasemos las razones por las que se hizo
la invasión.
Antes de la misma existía en tal
país un dictador, Saddam Hussein, quien cumplía con la importante función de
mantener unido, en gran parte por el miedo, a un territorio habitado por tres
etnías principales, los kurdos en el norte, los sunnitas en el centro y los
chiítas en el sur, aunque compartiendo especialmente estos últimos varias zonas
comunes como la ciudad de Bagdad. Pero
Saddam se consideraba además una especie Napoleón del Medio Oriente con
acentuada sed de conquistas. Norteamérica quiso utilizarla alentándolo a una
guerra en contra de un naciente peligro para la misma, el Irán del Ayatollah
Khomeini, el cual sustentaba una concepción del mundo antagónica y agresiva
para la Modernidad sea capitalista como comunista de ese entonces. Sin embargo
Saddam fracasó luego de ocho años de una guerra sangrienta, cruel e
interminable; entonces, al no haber, a pesar de esto, puesto punto final a sus
afanes de grandeza, quiso invadir el vecino estado petrolero de Kuwait alegando
que se trataba de una provincia irakí. Allí Norteamérica tuvo que intervenir
militarmente pues esta vez el enemigo elegido era el “equivocado” al tratarse
éste, junto a los restantes emiratos petroleros y pro-occidentales, de uno de
sus aliados últimos y protegidos. Luego de una instantánea y fulminante
invasión en la que se lo expulsó hacia sus fronteras originarias, Norteamérica,
en ese entonces gobernada por el papá del actual presidente, renunció a
desplazar a Saddam del poder, a pesar de saber que éste violaba los derechos
humanos en su país y que era un dictador sanguinario. Su misión esencial, la de
mantener unidas esas etnías rivales antes mencionadas, él la cumplía a la
perfección. Su enemigo principal era siempre el fundamentalismo islámico, el
que se apartaba abiertamente de su concepción del mundo y se expandía como una
plaga por vastísimas extensiones geográficas, siendo el Islam la religión más
importante del planeta. Dicha cosmovisión era abiertamente anti-occidental,
antidemocrática, anti-consumista, es decir anti-moderna.
Fracasada la primera ofensiva
nacionalista intentada a través de Saddam en contra de Irán, trató de acudir a
una nueva estrategia consistente en la estereotipación de la antigua rivalidad
que existe en el seno del Islam entre las dos etnias antes mencionadas, la
chiíta y la sunnita, tratando de alentar en el seno de esta última también el
surgimiento de una experiencia fundamentalista. En el vecino Afganistán, se
había logrado en forma exitosa derrocar un régimen ligado estrechamente al
poder soviético de Moscú y en su seno se desarrollaba una guerra entre clanes
rivales en la cual un movimiento sunnita de gran fanatismo y ortodoxia, el
Talibán, se perfilaba como un candidato seguro para competir en un mismo
terreno con su vecino rival chiíta, el que además se encontraba debilitado en
razón de la muerte de su líder, el Ayatollah Khomeini. La táctica de Washington
era tratar de desgastar al fundamentalismo en una lucha por rivalidades y
liderazgos internos. Sin embargo se descuidó un hecho esencial: el estrecho
contacto existente entre el movimiento Talibán y una organización también
fundamentalista pero de carácter internacional, Al Qaeda, furiosamente
anti-norteamericana y que ya había operado exitosamente en contra de EEUU en
Somalia obligándolo a abandonar tal país luego de dar cuenta con la vida de
varios soldados norteamericanos cuyos cadáveres fueron arrastrados como trofeo
entre multitudes. El rechazo hacia el Occidente era en este caso mucho más
fuerte que la rivalidad hacia la organización chiíta.
Fue así como llegamos al 11 de septiembre de 2001, fecha ésta
que, sin lugar a dudas, representa el verdadero inicio de una nueva etapa en la
historia y con mucha seguridad el comienzo del final del imperio
norteamericano. Luego de que por primera vez este país fuera bombardeado en su
propio territorio y que en un sólo día perdiera más compatriotas que en 1941,
año de su ingreso a la Segunda Guerra Mundial, fiel a su costumbre y con mayor
razón que antes, emprendió su acción de represalia. Primeramente intentó
dividir al Talibán de Al Qaeda, dándole al primero la posibilidad de entregar
al líder de tal movimiento a cambio de la no invasión a su país. La respuesta
por la negativa fue asombrosa para Bush y contraria a su sentido común de
político “pragmático”: los principios eran más importantes que los intereses.
Por lo tanto tal país fue invadido y con la ayuda de muchos vecinos, como las
ex repúblicas soviéticas linderas que proporcionaron bases de operaciones, el
mismo Irán que vio así la posibilidad de liberarse de un rival y Pakistán, cuyo
régimen militar vio la de debilitar así a un riesgoso enemigo interno, el
creciente movimiento fundamentalista, logró hacer una verdadera razzia de
“terroristas” vinculados a Al Qaeda, a la mayoría de los cuáles se llevó prisionero
a Guantánamo. Sin embargo lamentablemente para Bush no se pudo detener ni al
líder talibán, el Mullah Omar, ni a los principales jefes de aquella
organización. Quedaba en pié pues el gran peligro de que nuevos atentados
pudieran llegar a pergeñarse y además corría la versión persistente de que tal
movimiento contaba con armas atómicas para efectuar acciones más letales que
las de las Torres en ciudades norteamericanas.
Es aquí en donde llegamos al tema de la invasión a Irak,
efectuada poco tiempo después de la de Afganistán y cuyas razones últimas
trataremos de develar. Fueron muchas las versiones que se han ido hilvanando
respecto de las causas últimas por las cuáles EEUU tuviera que invadir Irak, un
régimen laico, no ligado a ninguna de las dos variantes del fundamentalismo
islámico y que además cumplía con el rol principal para tal país de mantener
pacificada una importante franja del conflictivo Medio Oriente. Los
simplificadores de siempre, funcionales conciente o inconscientemente a la
visión materialista de la historia para la cual las guerras se hacen en última
instancia por la economía, que sería la gran divinidad que motiva y moviliza al
ser humano, no se han cansado de decirnos que dicha contienda se hizo por el
petróleo irakí y que la excusa que se levantó, la existencia de pretendidas
armas de destrucción masiva, fue un verdadero engaño para las multitudes. Luego
de lo cual, cuando éstas no se encontraron, se consideraron sumamente
satisfechos pues esto los habría confirmado en sus predicciones. Sin embargo
soslayan decirnos dos cosas. Si bien es verdad que las armas de destrucción
masiva no existían, también lo es que Norteamérica no logró hacerse del
petróleo iraki en tanto que, a raíz de su
invasión, la producción del mismo en tal país, por la guerra y los
sabotajes, terminó descendiendo a límites bajísimos. Por otra parte, tal como
hemos dicho en otra oportunidad, no se entiende tampoco por qué, si lo que se
quería era engañarnos en algún momento, no lo siguieron haciendo más tarde, en la
medida que tales armas no fueron inventadas una vez que el país fuera ocupado.
La realidad es en cambio muy otra. Norteamérica no precisaba
especialmente del petróleo irakí en tanto que la izquierda bolivariana se lo
proveía aluvionalmente a cambio del papel verde que tal país suele imprimir en
abundancia y a discreción. No se explica entonces por cuáles razones iba a
poner en riesgo tantas cosas, incluyendo su tan debilitado prestigio, por
conseguir un mineral que en cambio podía obtenerlo fácilmente y por muy poco.
No cabe la menor duda de que a EEUU para conseguir tan preciosa materia prima
siempre le convendrá mucho más padecer las inofensivas verborragias de Chávez
que las bombas y matanzas de Al Qaeda y el fracaso estrepitoso de una guerra
como la de Irak.
¿Entonces cuál fue la razón última de la invasión? Estamos en
condiciones de decir que fue porque Bush, a través de su principal colaborador
y hoy renunciado en razón de su estrepitoso fracaso, Donald Runsfeld, estaba
convencido realmente de que Saddam tenía las famosas armas de destrucción
masiva. La obsesión que él tenía en ese momento era que con el tiempo se
produjese un terrible atentado de carácter nuclear en su país. Para ello debía
dar con el lugar en donde se podía producir una eventual bomba. Y aquí es donde
entra en escena una habilísima maniobra urdida por Bin Laden. Entre los
detenidos de Al Qaeda en Afganistán hubo un alto jefe de la organización que,
en un interrogatorio, “confesó” que Saddam Hussein, estaba secretamente aliado
con Bin Laden y que su odio a Norteamérica, país al que consideraba que lo
había traicionado en Kuwait, lo llevaba a organizar con éste un mega-atentado
proporcionando para ello sus instalaciones militares. Bin Laden, que es un gran
estratega muy superior a Bush, estaba convencido de que él iba a ser el mayor
beneficiario en caso de una invasión a Irak. Efectivamente es lo que sucedió.
Gracias a que Saddam fue desplazado del poder, Al Qaeda ha encontrado un ámbito
en donde actuar en el Medio Oriente, poniéndose al frente de la resistencia
sunnita. Es así como en plena ocupación norteamericana ha podido constituir un
Estado Islámico en la ciudad de Ramadi. Gracias a la invasión de Irak, este
país ha pasado de ser un régimen laico y estabilizado en sus etnías a un territorio
desangrado en una guerra civil que se extenderá a países vecinos. Por ejemplo
si a raíz de la desintegración de Irak se constituye un régimen kurdo en el
Norte, Turquía, que posee una vasta región limítrofe que comprende a tal etnía
se verá afectada también por una guerra civil.
Pero a todo esto la intervención norteamericana ha traído además
otro problema complementario cual es el hecho de que Irán, aprovechando la
invasión de Irak, haya resuelto producir energía atómica y eventualmente armas
nucleares, por lo cual pasaría a competir con Israel en cuanto al poderío en la
región. Por supuesto que el Irán actual, que no es lo mismo que el del
Ayatollah Khomeini, no representa el mismo peligro que Al Qaeda en lo
inmediato, pues no existen posibilidades de que organice un mega-atentado, sin
embargo el peligro puede ser a largo plazo en la medida que no se sepa qué
otros sectores pueden acceder al poder en tal país.
Lo que sí es indubitable, salvo por supuesto que se cometa una
nueva locura, que EEUU no atacará a Irán * y deberá terminar aceptando
sus nuevos requerimientos en la medida que necesita de éste para salir del
atolladero en que se encuentra. La actual situación caótica de Irak lo lleva en
cambio a negociar con éste y con Siria primero a fin de estabilizar tal país y
aventar la posibilidad de que el mismo caiga en manos de Al Qaeda. Para ello
intenta consolidar al sector chiíta que se encuentra vinculado con tal régimen.
Los ataques terroristas, efectuados sin lugar a dudas por Al Qaeda, en contra
de tal etnia apuntan a evitar tal salida. La última y desesperada carta que
EEUU se juega en Irak, en caso de que tal posibilidad fracase, es hacerlo
regresar a Saddam al poder, lo cual ya es manifestado abiertamente por asesores
de Bush, pero a nuestro entender sería imposible a esta altura del partido en
razón del protagonismo asumido por los chiítas, acérrimos enemigos de aquel.
Será cuestión entonces de esperar lo que sucederá en estos días, que serán
cruciales, pero lo indubitable es que la guerra de Irak, lo mismo que la
fracasada invasión a Afganistán han servido para poner al descubierto una dura
verdad: Norteamérica no es el imperio invencible, no es pues la Roma del siglo
XXI.
* Resulta realmente increíble constatar, especialmente desde sectores
de la extrema izquierda, aunque motorizado por ciertos medios de prensa
“serios”, cómo se ha instalado la idea de que el reciente pedido de captura de
ex gobernantes iraníes hecho por nuestro país en relación al atentado de la
AMIA se inscriba en un proyecto para “dar excusas” a fin de invadirlo. Ello es
absurdo desde cualquier lugar que se lo mire. 1) Los gobernantes de ese
entonces no eran los de ahora. 2) Tal pedido de captura no fue hecho por un
organismo internacional, sino por un Estado que puede haberse dejado influir en
sus decisiones y además ha sido efectuado por un juez muy famoso por su
genuflexión permanente hacia la colectividad judía (véase especialmente el
caso Buela, informado ampliamente por El Fortín y del que hablaremos en
una próxima nota develando detalles insospechados que bien pueden ser
utilizados por Irán para impugnar la resolución del juez), con lo cual su
dictamen está teñido de parcialidad y es fácilmente objetable por quien lo
quisiera hacer. 3) Si Norteamérica quiere verdaderamente invadir Irán
obviamente que no necesitará de las razones que le aporte el servilletero juez
Canicoba Corral. Tiene argumentos legales de sobra alegando que su desarrollo
nuclear viola las disposiciones internacionales de no proliferación de tal tipo
de energía. Sería absurdo que para ello necesitara como excusa un atentado de
hace 12 años, pues en ningún caso el castigo estaría en proporción con la
culpa. La realidad es en cambio que a EEUU no le conviene actualmente invadir
Irán pues ello incrementaría hasta límites insospechados sus inconvenientes en
el Medio Oriente logrando incluso que con el tiempo sea este país el que le
termine proveyendo a Al Qaeda los elementos técnicos para atentar en su propio
territorio. En cambio lo que le resulta más favorable es en vez pactar con
aquel para obtener la desarticulación de esta organización.