por Julius Evola
Es posible
pensar que hoy en día el ejército sea la única institución en la cual aun se
conservan algunos de los valores superiores pertenecientes a un mundo ya
pasado, los cuales, luego del advenimiento de la sociedad burguesa y
democrática, se encuentran en vías de disolución. Así pues no resulta asombroso
que, simultáneamente con el “progreso”, desde varios sectores y de múltiples
maneras se traten de rechazar los principios fundamentales y el espíritu que
constituyen el fundamento del ejército.
Aquello que en la ética del honor y del deber del soldado hasta
ayer aparecía como algo claro y natural, hoy en día se tiende a ponerlo en
discusión influenciando en todas las maneras posibles a la opinión pública por
medio de escritos, películas y novelas. Así pues hoy en día vemos que mientras
por un lado se avanza en la pretensión y en la ideología de los denominados
“objetores de conciencia”, con un trasfondo humanitario-pacifista y derrotista,
por el otro se impugna abiertamente el principio de la disciplina y de la
obediencia militar. Se pretende que el soldado no tenga más que obedecer
simplemente y que cumplir impersonalmente con su deber, sino que tenga el
derecho de discutir, de juzgar al que manda, de sustentar un criterio propio
individual por encima de la autoridad a la cual se encuentra sometido.
Tal como se sabe, este último punto ha sido la bisagra con la que
se sustentó la famosa ideología de Nüremberg, de esta macabra farsa
jurídica sin precedentes, mezcla de hipocresía, de prepotencia y de fanatismo.
El vencedor, en vez de respetar al adversario al cual no lo había favorecido la
suerte de las armas, tal como siempre había sido el código de honor de las
mejores tradiciones militares, se ha transformado en un juez, arrogándose una
autoridad que trasciende a la de cualquier Estado, pretendiendo así de hacer
valer incluso retrospectivamente y para toda la humanidad sus propios
dictámenes. Así es como se ha fabricado e impuesto un código de los denominados
deberes humanos que todo soldado estaría obligado a seguir ante todo, teniendo
no el derecho sino el deber de no obedecer y de rebelarse cuando él reputara,
de acuerdo a su criterio personal, de tener que hacerlo.
Naturalmente que esto significa hacer saltar por el aire el mismo
principio de toda autoridad y de cualquier disciplina y quitarle al ejército su
espina dorsal. Con mucha razón se ha resaltado la relación que existe entre una
tal ideología y el protestantismo anglosajón, dado que la primera refleja todo
lo que ha sido propio, en el campo religioso, de la Reforma: con el
protestantismo el sujeto ha rechazado la autoridad positiva de la Iglesia, ha
constituido la propia conciencia de individuo como juez supremo en materia de
fe, presumiendo poder estar inspirado directamente desde lo alto. Naturalmente
que la anarquía de las diferentes sectas y confesiones contrastantes y rivales
ha sido, en el área protestante, la consecuencia de todo ello. En el caso del
soldado, de acuerdo a la ideología de Nüremberg se tiene algo análogo.
Más propiamente retorna también el denominado iusnaturalismo, la
oposición entre el “derecho natural” y el “derecho positivo”, imaginando para
el primero un conjunto de valores que serían evidentes en sí mismos,
reconocidos por parte de todo el género humano, y que tendrían un carácter
verdaderamente moral y hasta divino: mientras que el derecho positivo sería tan
sólo el creado ocasionalmente por el hombre y los Estados, quedando privado de
cualquier validez moral intrínseca.
No es necesario decir que ésta es una mera ficción, puesto que el
presunto derecho natural no ha sido nunca demostrado por nadie y precisado en
términos unívocos: sus principios aparecen como mutables, varían de acuerdo a
los pueblos y las épocas. Baste hacer mención que en el mundo antiguo el
“derecho natural” aceptaba la esclavitud, la cual naturalmente el “derecho
natural” de los tiempos sucesivos ha rechazado con horror.
Lo mismo puede decirse respecto de estros presuntos valores
“humanos” de la ideología de Nüremberg en nombre de los cuales el
soldado y el oficial tendrían eventualmente el deber de no obedecer, de
rebelarse, de traicionar. De todo esto la única consecuencia puede ser tan sólo
el arbitrio y la anarquía. En verdad, el tenue barniz jurídico y humanitario
nos deja fácilmente ver de qué es lo que en realidad se ha tratado, cual es que
por tal vía se pueda difundir un peligrosísimo fermento de desmoralización:
todo soldado y todo oficial que hayan aprendido la lección de Nüremberg (en un
mañana puede incluso suceder con los vencedores de ayer) deberían prestar mucha
atención, pues en caso de derrota deberían esperarse ser arrastrados como
criminales ante un farsesco tribunal extranjero que juzga en función de un
concepto de “humanidad” fijado por su cuenta por parte del vencedor. (1)
Pero prescindiendo de estas absurdidades, que además de la
hipocresía mantienen un cierto valor sintomático, se debe reconocer en general
la crisis a la cual la ética y las tradiciones militares son expuestas a través
del transformismo de los sistemas políticos. Puede decirse que la moral
principal del soldado se resume en la antigua máxima del Sachsenspiegel:
“Mi honor es mi fidelidad”. La expresión más típica de tal orientación quizás
se la ha tenido, hasta ayer, en la tradición prusiana, con su carácter casi
ascético de una disciplina severa e impersonal: tan firme que pudo decirse que
el oficial que había jurado sobre su bandera y sobre su soberano no se
pertenecía más a sí mismo, de la misma manera que el monje que ha hecho voto de
obediencia. No por nada en el mundo feudal la fidelidad tuvo el valor de un
sacramento: sacramentum fidelitatis. No sin una cierta relación con todo
ello más recientemente ha sido afirmado el principio de la apoliticidad o
neutralidad del ejército: el soldado en cuanto tal no debe tener ideas
políticas; debe simplemente servir al Estado en cuanto Estado (por supuesto que
aquí se prescinde de las coyunturas extraordinarias en las cuales se imponen
regímenes militares).
Pero obviamente todo esto presupone una firme base, algo estable
y superior, es decir el Estado según su concepto tradicional. Todos los valores
de honor, de lealtad y de disciplina de la profesión militar aparecen claros y
obvios en el clima de un Estado monárquico y dinástico, no sólo porque el soberano
como jefe supremo del mismo tenía una conexión directa, viva y personal con las
fuerzas armadas, era el primero entre los soldados, sino también porque la
soberanía estaba encarnada en algo estable, continuo, sustraído a las
ideologías y a los intereses de las partes. El ocaso del Estado tradicional
debido a la revolución burguesa del Tercer estado y al sistema parlamentario no
pudo pues no implicar también un principio latente de incertidumbre para la
misma ética militar.
En efecto, en los Estados “modernos”, en los nuevos sistemas
democráticos, en la cúspide del Estado se encuentra el elemento “civil”,
“burgués” o como se lo quiera llamar. Éste es el que gobierna. Y éste es el que
hace la “política” siguiendo la línea impuesta por las coyunturas parlamentarias
y por los partidos, por los humores de un electorado masificado y en mayor o
menor medida maniobrado por influencias oscuras. El jefe del Estado es uno u
otro Tipo sin un nombre y sin una tradición, sin un especial carisma, es
simplemente un “funcionario” que ocupa una oficina durante un tiempo limitado.
Así pues el vértice, o centro natural de gravitación, ya no existe más. Nos
hallamos en un clima de contingencia y de mutabilidad, esto es, lo opuesto
exacto a lo que es el Estado, el que significa por su mismo nombre algo
estable. Y el ejército se encuentra en un cierto modo desorientado; no ve más
reflejarse sobre el plano superior, político, aquellos principios de autoridad
y de jerarquía que le son intrínsecos; se convierte en un instrumento de
burgueses politiqueros, los cuales lo usan en los casos de una “triste
necesidad”, puesto que a la democratización del Estado le hace de contraparte
justamente la ideología humanitaria, la cual tiene muy poca simpatía por los
valores guerreros; a las virtudes heroicas y viriles ella tiende a sustituirle
las “cívicas” de la vida pacífica y hedonista, con “las artes y las ciencias”,
las conquistas sociales y materiales en primer plano cuales expresiones de la
“verdadera” civilización. Cuanto más se recurre a la retórica de la “defensa de
la Patria” y cosas similares, avergonzándose de hablar de la guerra de otra
manera que no sea como defensa de una agresión. En relación con esto debe
notarse el cambio significativo que en Italia tuvo la designación Ministerio de
Guerra por el de Ministerio de Defensa: quizás en la idea de la eficacia mágica
de esta designación puesto que, evidentemente, si todos “se defienden” y nadie
ataca, la guerra desaparecería en forma automática del mundo entero, lo cual
por otra parte ha significado una simple utopía pues no solamente la guerra no
ha desaparecido, sino que las mismas se han hecho cada vez más encarnizadas y
sanguinarias.
Aparte de las más recientes ideologías en contra del ejército,
hasta arribar a las objeciones de conciencia, el suelo permanece minado
justamente a causa de tal sistema, y se debe reconocer que lamentablemente
luego de tales modificaciones las cosas para el ejército, para el oficial y
para el soldado, dejan de resultar claras y evidentes como lo eran en otros tiempos.
Como consecuencia de la inexistencia de quien encarne el vértice estable del
Estado como soberano y alto exponente de una verdadera, superior e inobjetable
autoridad, vinculado orgánicamente con el ejército, antes que con cualquier
otra institución o cuerpo, y de crearse por lo tanto un vacío en lugar de aquel
vértice en los regímenes de tipo burgués y democrático, pueden producirse
fenómenos lamentables. Uno de éstos es la emancipación anárquica del mismo
ejército, como en los múltiples casos de “pronunciamientos” o “golpes”
recurrentes por parte de generales u otros jefes militares, que realizan
efímeras revoluciones sin lograr crear un orden nuevo, tal como sucede
generalmente en América Latina (2) (tal como se ha ya mencionado, resulta una
excepción cuando se impone un régimen militar en situaciones de emergencia).
Pero en la situación mencionada pueden también presentarse casos
en los cuales el principio de fidelidad jurada se convierte en problemático por
razones sumamente diferentes de las derrotistas y anárquicas antes mencionadas.
Uno de estos casos se lo tiene cuando, en lo alto, en la esfera puramente
política, se caiga en la traición. La fidelidad no puede pues no ser puesta en
discusión por parte del que obedece, cuando aquel que de la fidelidad y del
honor debería dar el ejemplo más algo viene a menos. Así ayer partes del
ejército francés se habían considerado libres del vínculo de fidelidad militar
ante De Gaulle cuando éste se apartó de los principios en el caso de la
sublevación de Argel. Algo análogo pudo acontecer ayer entre nosotros en las
muy notorias contingencias (3).
Sin embargo es claro que se trata aquí de casos-límite. Los
mismos no pueden ser sustentados por parte de quien trata de socavar las bases
sobre las que se apoyan la consistencia del ejército y su mejor tradición: o en
nombre de una deletérea ideología, o también, en muchos otros casos, actuando
en razón de fines subversivos precisos pero no declarados.
En efecto, si nos referimos a Italia, si bien la tradición
militar italiana no tenga raíces tan profundas como las tuvieron otras
naciones a raíz de una más larga
historia y de una más adecuada estructura política, el ejército es la única
fuerza sobre la cual quizás se puede contar, sobre el cual se pueda apoyar en
eventuales horas decisivas. La disolución democrática interna, la claudicación
ante las fuerzas de la Izquierda parece hoy tener en Italia un tal ritmo, que
aquellas horas bien podrían avecinarse. Y si las fuerzas políticas de una
verdadera Derecha que aun defienden un más alto ideal del Estado tuviesen, en
aquel momento, que buscar un aliado, probablemente podrán hallarlo tan sólo en
el ejército: en un ejército que resista contra las influencias disgregadoras de
las cuales hemos hablado, y restituya el antiguo prestigio a la profesión de
las armas.
(de Il Conciliatore, abril de 1973)
(1)
Lamentablemente
nuestros militares argentinos no leyeron en su momento tales premonitorias
indicaciones, sino que con una ingenuidad absoluta entregaron el poder a los
políticos democráticos, quienes serían más tarde los encargados de juzgarlos y
condenarlos como en Nüremberg.
(2)
Afirmación realmente
acertada en lo relativo a nuestro país en donde los pretendidos golpes de
estado, lejos de significar revoluciones que restauraran el perdido principio
antidemocrático de autoridad, significaron intentos de corrección de tal
sistema caduco, con las consecuencias nefastas vividas luego por los mismos
militares. Por lo tanto los mismos no fueron sino efectos de una subversión
previa acontecida.
(3)
Se refiere
aquí a lo acontecido con el gobierno italiano en 1943 cuando su monarca
traicionó los compromisos pactados por su aliado de ayer pasándose de manera
traicionera al bando de los enemigos. En tal caso muchos militares italianos se
sintieron liberados del vínculo de fidelidad.