EL QUINTO ESTADO:
UNA RÉPLICA A ALEXANDER DUGIN
1) Del nazi-maoísmo al nacional comunismo
La figura de Alexander Dugin ha estado vinculada a una corriente de pensamiento, con grandes espacios y medios en Europa y en Rusia en particular, que ha dado en denominarse el nacional comunismo. Digamos primeramente que este término no es nuevo en la Argentina y en el mundo. Recordamos que en el año 1939, cuando Hitler y Stalin pactaron la partición de Polonia, sectores simpatizantes con el fascismo hablaban por primera vez de la conjunción entre el nacional-socialismo alemán y el nacional-comunismo ruso. Se enfatizaba en ese entonces en que Stalin, debido a su excluyente interés por los intereses de Rusia, era en realidad un nacionalista en el seno del comunismo, opuesto a Trotsky que en cambio era internacionalista y judío. Aunque digamos que más tarde también se diría lo mismo de Stalin una vez que se enfrentara a Hitler, no volviéndose desde ese entonces a usar más tal categoría. Ahora la misma ha empezado a circular nuevamente a partir de la última rebelión del Palacio de invierno en contra de Yeltsin cuando se constituyó un Frente de Salvación Nacional en donde, de acuerdo a Dugin, estuvieron en una misma trinchera "antiguos" comunistas y fascistas del Pamiat y otros grupos afines; manifestando ambos por igual un sentimiento antiburgués y contrario al capitalismo liberal.
Este intento de acercar el comunismo con el fascismo que, tal como vemos, no es para nada nuevo, hoy en día adquiere un renovado vigor ante la caída del muro de Berlín. Y aquí ha surgido un doble un error. Por un lado para algunos el comunismo habría desaparecido y para otros ese caudal humano se habría convertido en un potencial aliado. Así es como aparecen reivindicaciones de pasadas alianzas y de trasfondos izquierdistas en el fascismo. Se ha arribado a recordar así el pasado socialista de Mussolini, el programa de Verona durante la Rep. Social Italiana y la presencia de sectores de izquierda que existieron en el nacional socialismo, sosteniéndose que el error de Hitler fue atacar a Rusia y no de haberse aliado con ésta en contra del Occidente anglosajón que es y ha resultado ser en última instancia el verdadero y principal enemigo.
Decimos entonces que este fenómeno que actualmente representa Dugin y que, como veremos, adquiere unos nuevos matices de lo más sugestivos con él, no es para nada nuevo y que ya en vida de Evola aparecieron en manera desafiante e incluso belicosa a través de una muy curiosa corriente que en la década del sesenta le tocó rebatir a éste y que tenía el sugestivo nombre de nazimaoísmo, cuyo principal exponente era un ex seguidor suyo, Francisco Freda. Es de recordarse que en la década del sesenta había surgido un conflicto abierto entre el comunismo de China y el de la URSS. Mientras que este último era revisionista con respecto a ciertas categorías del marxismo leninismo ortodoxo, sustituía la antigua consigna de dictadura del proletariado por la de "gobierno de todo el pueblo" y hablaba de una coexistencia pacífica con el capitalismo en razón del peligro de guerra nuclear, los chinos en cambio se aferraban a la más dura ortodoxia, valorizaban la figura de Stalin y sostenían que Estados Unidos era "un tigre de papel". Sucedió entonces que ciertos sectores de orientación preeminentemente nazi, entre los cuales se podría también incluir a la figura del belga León Degrelle, consideraron positiva la postura de China y algunos de ellos, hallándose entre éstos el mencionado Freda, llegarán incluso a decir que en realidad Mao tse tung, sin saberlo, se alejaba del marxismo y se aproximaba, siempre sin darse cuenta de ello, a posturas afines a las del nacional socialismo. Acotemos de paso que este no darse cuenta de parte de sectores comunistas también aparece mencionado hoy en día en la figura de famosos guerrilleros, como el Che Guevara, el cual, en razón de su visión heroica de la vida, habría también sido un fascista que ignoraba serlo.
Ahora bien ¿cuál será la postura de Evola al respecto? Evola, como bien se sabe, no fue nunca ni nacional socialista ni fascista, ni miembro de partido alguno, sin embargo supo ver en tales movimientos la presencia de valores tradicionales actuantes en los mismos muchas veces a pesar de los principios y posturas sostenidos por sus jerarquías. Por otra parte, muchos de los que en ese entonces se declaraban nazimaoístas, habían sido o se remitían a sus enseñanzas. Justamente, para establecer ciertas distancias esenciales, nuestro autor sentará posición al respecto en un artículo que será publicado en la revista Il Borghese y que se titulará La infatuación maoísta, hoy reproducido como apéndice en su obra Los hombres y las ruinas, a lo cual Freda más tarde le contestará con otro titulado La infatuación atlantista. Ambos artículos han sido reproducidos como un suplemento de la revista Orion, que es en Italia el principal exponente de esta vertiente nacional comunista hoy dirigida por Dugin. En la misma se expresa, a la manera de presentación de ambos trabajos, que dicho artículo de Evola, en tanto estaría marcado por una cerrada crítica del comunismo de Mao, representa una de sus fases "más oscuras y negativas", contrarias a otras que en cambio serían "revolucionarias". Sin embargo hay que resaltar, releyendo tales artículos, la lucidez que tuviera Evola en refutar aquella corriente que, dicho sea de paso, terminó sumamente mal, envuelta en cuestiones de terrorismo, incluso con Freda en la cárcel.
Evola sostiene allí como algo absurdo querer hallar en el maoísmo algo que supere al marxismo-leninismo. Se trata según él de una mera riña entre hermanos rivales (URSS y China) en donde en realidad están en juego apetencias territoriales. Además, sostener que el maoísmo representa una superación de la visión economicista del marxismo porque sostiene la intervención de la voluntad humana, el nacionalismo y el sentido heroico de la vida, al reivindicar el valor de la guerra, representa una vez más una forzada interpretación de ciertos hechos. En primer lugar Evola nos hace ver que tal nacionalismo no se basa en un sentido aristocrático de la nación ni en el concepto de persona humana, sino que es más bien un colectivismo de masas "de carácter jacobino". Por lo tanto pone de relieve una vez más que no todo nacionalismo es bueno. Sólo es válido aquel que rescata de una nación los valores espirituales y sagrados que se han plasmado en su historia. A su vez resalta que el heroísmo carece totalmente de valor en sí mismo, si no está fundado en una dimensión metafísica y trascendente. Es decir que, si el heroísmo representa una entrega, una salida de sí de parte del sujeto, ésta puede efectuarse de dos maneras: o hacia arriba, o hacia abajo. En el caso del maoísmo, como por lo demás en todo el marxismo, la disyuntiva es clara, aquí se vive y se muere por la economía y por el bienestar de las masas. Si no se tienen en cuenta los fines de la acción también un gángster que lucha hasta la muerte por su libertad podría ser un héroe. El heroísmo sólo adquiere sentido en función del valor al que se refiere. Y en este caso el ideal del comunista es el mismo que posee el burgués como meta, aunque varíe en los medios a aplicar. El comunista quiere alcanzar la misma "felicidad" material de la que goza actualmente la burguesía. "Comunismo + Nacionalismo es pues lo opuesto exacto de la concepción superior y aristocrática de la nación".
En cuanto al valor de la voluntad y del hombre como hacedor de la historia, él resalta que en realidad no es al hombre como persona al que Mao se dirige, sino al hombre-pueblo, el hombre-masa que es para él el hacedor de la historia, ante cuya voluntad el sujeto debe estar irreversiblemente subordinado. Por lo tanto en Mao "el desprecio por la persona no es menor que en la primera ideología soviética". Por otra parte, decir que se asigna una importancia a la voluntad humana como realizadora o correctora del rumbo fatal de los acontecimientos de la historia no es para nada una novedad de Mao, sino que ya estaba presente en bolcheviques como Lenin y Trotsky los cuales discrepaban con los reformistas (mencheviques) acerca de si la revolución socialista debía darse, tal como decía Marx, en los países capitalistas más desarrollados o si en cambio podía hacerlo antes en los más atrasados económica y culturalmente, como era el caso de Rusia, la que aun no había pasado del feudalismo al capitalismo como en cambio la mayoría de Europa. No es que el leninismo sostuviera que la voluntad humana podía corregir el rumbo fatal de la historia, el cual era forzosamente el socialismo, lo que él afirmaba es que ésta podía acelerar las etapas, ser capaz de hacer saltear de la faz feudal directamente a la socialista, sin pasar por la capitalista. Que en última instancia el capitalismo iba a ser desarrollado en cambio por el Estado comunista, de allí la famosa fórmula de capitalismo de Estado, es decir, un capitalismo instaurado a través de una férrea dictadura que obligaría a efectuar la acumulación primitiva del capital. Y hasta podríamos remontarnos más lejos a la polémica sostenida por Bakunin en contra del mismo Marx. De la misma manera que Mao, Bakunin, uno de los padres del anarco-comunismo del siglo pasado, sostenía que el motor de la revolución era la pobreza más que el desarrollo de las fuerzas productivas como sostenía Marx. Y tal era en el fondo la misma polémica entre rusos y chinos. Los rusos eran ahora un poco como los mencheviques de la época de Lenin; sostenían la evolución gradual de la humanidad hacia el socialismo, Mao en cambio decía que la guerra era el factor acelerativo de ese proceso irreversible de la humanidad.
Y con respecto a la pretendida afinidad involuntaria de Mao con los ideales y principios de la Tradición, ¿cómo explicar que ha sido justamente la China de Mao la que destruyó la última de las sociedad tradicionales existentes en el Tibet?
Hoy luego de más de treinta años de tal polémica, no podemos menos que sonreír por las infantiles respuestas dadas por Freda a Evola, y que son publicadas por la revista Orion reivindicándose increíblemente a la figura del primero. Entre las mismas queremos rescatar a una de ellas por lo significativo del error. "Con respecto a la posibilidad de que China, siguiendo el ejemplo de la Unión Soviética, termine aceptando un modelo de vida burguesa, disentimos totalmente con el juicio de Evola en tanto que tal posibilidad nos parece absolutamente remota". Los hechos actuales que nos presentan a una China capitalista y competitiva que ha inundado el mundo con sus productos, con su bolsa de comercio, han dado pues la respuesta. Ya casi nadie hoy en día habla de Mao. Han prácticamente desaparecido los maoístas y ya han dejado de existir, con más razón todavía, los nazimaoístas. Freda hoy está en libertad y no sabemos qué se dedica a escribir ahora. Pero sin embargo con él no ha desaparecido para nada la tentación de querer rescatar del comunismo algo bueno. Más aun, parece ahora multiplicarse dicha tendencia justamente en el momento en que se ha operado por vía paradojal la caída del comunismo en el mundo. Curiosamente justo cuando el comunismo fracasa y cuando China, a diferencia de lo mencionado por Freda, se hace burguesa, es cuando resucita multiplicado el antiguo intento por rescatar en el comunismo ciertos valores que lo aproximarían a los ideales propios de la Tradición.
Es dentro de este contexto que es posible hablar del Sr. Dugin. En la misma revista a la cual hicimos alusión al mencionar la polémica Evola-Freda es que, al intentarse hacer un homenaje a Evola en el centenario de su nacimiento, homenaje por lo demás sui generis, ha aparecido un artículo de esta persona con ciertas pretensiones intelectuales mayores que las del aludido nazimaoísmo, el que pasaremos a reseñar aquí.
2) Una siniestra vía de la mano izquierda
Dugin lo comienza realizando una serie de alabanzas de nuestro autor, las que, en una primera lectura y al tratarse de un ejemplar salido en ocasión de un homenaje a J. E., uno se vería tentado de pensar que nos encontraríamos ante un panegírico. Sin embargo, a medida que avanzamos en la lectura, tomamos enseguida conocimiento de que se trata de todo lo contrario, desde el comienzo hasta el final nos hallamos con una serie de críticas y objeciones de fondo de sus posturas, disfrazadas todas ellas con un cierto carácter de alabanza, aunque por lo demás superficial, como veremos, cuando no de aviesas deformaciones, las que trataremos de señalar en estas líneas y además queriendo abonarse también tal idea con el hecho de que D. se nos presenta como el traductor al ruso de las obras de Evola.
D. nos relata testimonialmente cómo Evola, junto a otros autores tradicionalistas, fue sumamente importante en la evolución de la oposición antisoviética en la época del comunismo. Habría sido Evola uno de aquellos autores que les habría permitido superar los marcos de un estrecho anticomunismo y comprender que el capitalismo no era el verdadero Occidente, sino también el producto de un fenómeno común con el comunismo cual era la modernidad. Nos narra también cómo Evola en razón de tales influencias ha adquirido una gran popularidad en Rusia y que se llegaron a traducir nada menos que 50.000 ejemplares de su obra Imperialismo Pagano. Sin embargo, luego de esta primera presentación pasa a expresarnos seguidamente lo que a su entender son las limitaciones de nuestro autor, las que a continuación enumeraremos.
a) Los puntos discrepantes.
b) Respuestas:
Antes de la caída del muro la circunstancia en el mundo se presentaba de la siguiente manera: respecto del capitalismo, el comunismo vivía en un situación de aislamiento. Un aislamiento que se manifestaba bajo la forma de una especie de lazareto en el cual por lo general ninguno de los miembros de los dos bloques podía entrar en un verdadero contacto con el otro y el muro representaba una barrera de contención que los separaba a ambos. La presencia del mismo generaba por reacción una tensión dialéctica. El comunismo permitía reproducir en el Occidente liberal valores que éste había sustentado en su momento de apogeo y que, gracias a la presencia de aquél, podían seguir vivos. En efecto, el principal ideal que enarbolara la ideología liberal en su antagonismo en contra del absolutismo monárquico fue el de la libertad, comprendida también como sinónimo de tolerancia y respeto por las diversidades de opiniones. La frase de Voltaire "Rechazo tus ideas, pero estaría dispuesto a dar la vida para que puedas seguir sustentándolas con libertad" era uno de los apotegmas principales del liberalismo y por el cual era lícito incluso a un hombre de la tradición batirse en su defensa, aun sin adherir a esa ideología . El comunismo representaba el totalitarismo del Estado que no respetaba las diferencias, que perseguía y reprimía a los opositores con cárceles, campos de trabajo forzado y "reeducación", asesinatos y hasta clínicas psiquiátricas a fin de que éstos "se curaran" del error. Y esta actitud generaba en su tensión, decíamos, un rescate y valoración de la libertad propia del liberalismo en sus orígenes. El comunismo a su vez, por reacción contraria, rechazaba del capitalismo el egoísmo económico, el decadentismo burgués de una vida pensada tan sólo en función del bienestar y rechazaba pues el ideal de una libertad cuya única meta era el confort individual. De allí el contenido militante brindado a la propia existencia, pensado en función de abatir el capitalismo, lo cual otorgaba a las personas un contenido existencial, que incluso trascendía a esta misma vida. Pero, tal como nos lo hace notar Evola, la meta del comunismo era en el fondo la misma del capitalismo, el cual aun por medios diferentes no sólo pretendía también realizarla, sino que en muchos casos lo lograba, a diferencia del marxismo. Es más, el capitalismo, a través del aumento desaforado de los consumos, única forma de detener el parate de la producción, había logrado, al menos en determinados países, la universalidad del confort y la "justicia social" que el comunismo prometía como ideal universal, pero nunca lo lograba en la práctica. Morir por el bienestar de las masas, el cual era prometido como meta futura en los países socialistas y a los adeptos de tal idea, era y sigue siendo un ideal absurdo, en especial si se demostraba con creces la inferioridad del sistema. Fue así como, al caer el muro – el cual lo hizo con gran facilidad, debido justamente a las profundas carencias e incongruencias del ideal comunista – no sólo cayó el comunismo, sino que cayeron también los dos grandes ideales truncos que aun tenía el mundo, pero ideales al fin: el de una libertad, pero sin trascendencia, y el de una justicia, pero limitada al terreno de la mera economía. Y la consecuencia ha sido, no el triunfo del liberalismo, sino el de un tipo de hombre que ha tomado de los dos sistemas lo peor que los mismos poseen. Un liberalismo sin libertad es pues una sociedad totalitaria en donde han desaparecido los pluralismos, en la cual una sola ideología es la posible, la Democracia, a la cual se ha llegado hasta a divinificar en un altar sagrado, y en cuya defensa todos los medios represivos son posibles y aceptables, no pudiendo haber nadie que tan sólo piense en la posibilidad de algo diferente. Los absurdos judiciales a los cuales ha conducido la actual tiranía democrática, producto justamente de la caída del muro de Berlín, pintan páginas de verdadera antología y representan el medio principal de represión al que acude actualmente el totalitarismo moderno de una manera en el fondo muy parecida a la del abatido comunismo. Por ejemplo, hoy en día en la Argentina se ha impuesto la modalidad de condenar a una persona "no democrática", o "poco democrática" o con déficit de democracia, a seguir cursos obligatorios de Derechos Humanos, que son la contrapartida de lo que en el sistema soviético eran los campos de reeducación política. Pero no solamente el liberalismo se ha sovietizado gracias a la caída del muro, ha sucedido también que, del mismo modo, el comunismo en su conjunto, salvando por supuesto algunas excepciones, se ha aburguesado, ha perdido su ideal de justicia que aun lo movilizaba y lo ponía en antítesis respecto de la sociedad burguesa, llegando a compartir los mismos principios decadentistas antes criticados del mundo capitalista. Tenemos así una sociedad que ha arribado a una síntesis entre las dos ideologías tomando del comunismo su totalitarismo y del capitalismo su afán por el lucro y las ganancias. Es lo que Evola calificara proféticamente en uno de sus últimos escritos, aunque insinuándose en otras obras, como el Quinto Estado. En efecto, de acuerdo a la doctrina tradicional e involutiva de las cuatro castas, el primero en existir fue el Estado tradicional, aquel en donde gobernaba la primera casta, la espiritual, luego vino el Segundo Estado, el absolutista monárquico, con la rebelión de las monarquías en contra del principio sagrado y su conversión en regímenes fundados tan sólo en el monopolio de la fuerza. Después y como consecuencia vino el Tercer Estado, el Estado burgués, fundado en el reino de la economía y de la producción, para llegar con la Revolución rusa al Cuarto Estado, el proletario, en donde la economía y su actividad propia, el trabajo, han pasado a convertirse en el destino obligado de todas las personas. Pero la fase terminal en la cual nos encontramos es la última de todas, es la que Nietzsche calificara proféticamente como la sociedad del último hombre. " ‘Hemos inventado la felicidad’ , dicen los últimos hombres parpadeando". Esto es propiamente el Quinto Estado.
4) Por otro lado suena a absurdo y ridículo querer equiparar la Vía de la Mano Izquierda en sentido metafísico con lo que es la extrema izquierda a nivel político. La primera es una vía de purificación ascética y espiritual, a través del uso de algunas fuerzas y potencialidades corpóreas, como por ejemplo la sexualidad en el Tantra, a los fines de una elevación espiritual, haciendo de modo tal de convertir el veneno en remedio. Es cierto que la misma se encuentra formulada en la obra de Evola Cabalgar el tigre. Si en El yoga tantra se exponía dicha vía tal como existiera en la sociedad hindú, como una réplica hacia el vacuo ritualismo, Cabalgar el tigre es un intento osado y ambicioso por querer aplicarla en el seno de la cotidianeidad del mundo moderno en crisis en su más álgida situación de decadencia. Como en ambos casos se trata de utilizar los fenómenos más destructivos para fines catárticos por un lado y por otro ser capaz de lograr que "aquello contra lo cual nada se puede no pueda nada en contra nuestro". Al respecto no es verdad que Evola en Cabalgar el tigre haya hecho un silencio ante el fenómeno político y que de su obra se recabaría una orientación de izquierda implícita o de algún modo revolucionaria y que podría ser compatible con un posicionamiento de extrema izquierda. La apoliteia que allí sostiene es una manera de actuar, pero sin estar comprometido en lo más íntimo de sí. De ninguna manera, Evola no hace un silencio ni siquiera aquí ante el problema político. La diferencia con Los hombres y las ruinas es tan sólo de circunstancia. En ese entonces él perfilaba una posibilidad de constituir un frente tradicional con posibilidades de éxito en la escena política, ahora con Cabalgar descree de la misma, pero de ninguna manera la asunción de los fenómenos destructivos significaría para él asumir el comunismo o las posturas más radicales de la izquierda revolucionaria como han creído falsamente algunos, ni siquiera para acelerar un proceso de decadencia, el cual requiere principalmente de la supervivencia y formación de un elite capaz de sobrevivir y sostener ciertos principios tradicionales para un futuro próximo. Todo lo contrario, aun el marco de Cabalgar su posición ante el comunismo es de absoluta oposición. Así pues, dentro del contexto de la apoliteia, que significa un actuar sin estar comprometido en lo más íntimo con nadie, él sostiene la necesidad y conveniencia de que el hombre de la tradición se nuclee del lado de aquellas fuerzas que se contraponen al comunismo. Ello no porque se considere que la sociedad liberal capitalista sea esencialmente mejor que el comunismo. Ambos son materialismos, ambas son ideologías economicistas pertenecientes a clases económicas, pero la diferencia está en el marco de libertad que permite aun o permitía el sistema liberal. Mientras que bajo el comunismo un tradicionalista era perseguido y reeducado en confortables clínicas o gulags, bajo el liberalismo era aun posible el ejercicio de ciertas libertades. Tan sólo en función de ello, dentro del marco de evitar que aquello contra lo que no puedo no pueda nada en mi contra, es que se nuclea en contra del comunismo.
5) Por lo demás resulta verdaderamente un absurdo y como el producto quizás de una muy gran desinformación sostener que el haber planteado un retorno al paganismo en la época del Concordato entre Italia y el Vaticano, es decir la actitud decididamente anticristiana de Imperialismo pagano, ello signifique una postura de "izquierda metafísica" con poca coherencia con sus antagonismos ante ciertas posturas de izquierda que él combatía en sectores del fascismo y del nazismo. Justamente habría que recordar las calificaciones de Evola en dicha obra, retomadas en parte por De Bénoist, en la que califica al cristianismo como un "bolchevismo de la antigüedad". Es decir que, exactamente al revés de lo dicho por Dugin, su defensa del paganismo es una defensa aristocrática, de derecha, en contra de un cristianismo al que califica de izquierda, democrático, como una revuelta plebeya de esclavos. Por otra parte hay que recordar una vez más que Imperialismo.. fue una obra juvenil y que gran parte de los planteamientos efectuados en ella por Evola no fueron luego retomados en obras posteriores más maduras. Por ello es totalmente falso sostener que "su apelación a un retorno al paganismo sonaría totalmente ridículo en Rusia". Es que esa apelación fue hecha tan sólo en su etapa juvenil. A partir de Rebelión... la misma ya es inexistente.
Nosotros en relación a quienes afirman una continuidad entre la tradición rusa y el bolchevismo nos sentimos inclinados más en creer con Solzyenitsin que este último fue no una continuidad, sino una deformación del alma rusa.
7) Por último queremos humildemente hacerle una sugerencia al Sr. Dugin. Él dice haber traducido y editado en 50.000 ejemplares la obra de Evola Imperialismo Pagano. Es un mérito indudable. Nosotros en el mundo hispánico, a pesar de existir traducciones de la mayoría de las obras de Evola, no podemos a veces superar unos pocos centenares de ejemplares. Ello principalmente por la conspiración de silencio con que el régimen convida a nuestro autor. Él tiene en cambio un terreno propicio que no debería desperdiciar. Le sugerimos entonces que lo siga traduciendo a Evola, en especial sus obras maduras como Rebelión contra el mundo moderno. Ello le permitiría no sólo a él recabar un mejor conocimiento de nuestro autor y del pensamiento tradicional en general, sino colaborar más activamente con su divulgación.
Marcos Ghio