Han
pasado ya dos semanas desde la asunción del nuevo presidente democrático y
habiendo transcurrido para nosotros ya con creces la expectativa que podía
significar un nuevo cambio (estamos ya acostumbrados a que todo cambia para que
empeore), procederemos a hacer nuestro habitual análisis.
Previamente
diremos que este informe consta de dos partes diferentes: una de carácter
sociopolítico por la que se analizarán los aspectos a nuestro entender
fundamentales que presenta la nueva gestión desde un punto de vista
estrictamente fenoménico, es decir, desde el plano exterior de lo que se nos
aparece a todos, brindando una interpretación de los hechos. La otra es la que
podríamos decir como peculiar a nuestra metodología, pues pretenderá ser una
investigación metafísica de los acontecimientos indicando, a partir de ciertas
pautas que señalaremos, de qué manera los mismos habrán de desarrollarse en el futuro
más próximo.
Para
tratar de ser más claros para un público no acostumbrado a ciertos análisis y
enfoques, brindaremos la siguiente explicación. Nosotros sostenemos que, además
de la esfera física espacio-temporal en la que se desencadenan los fenómenos
que capta nuestra dimensión sensible, existe una esfera superior metafísica que
se caracteriza en cambio por ser atemporal y eterna. Ambas no son dos
realidades diferentes y superpuestas, sino dos maneras distintas por la que es
posible captar una misma realidad. En la primera esfera los acontecimientos
ocurren de manera sucesiva y a través de un encadenamiento causal. Calificamos
a la misma como una realidad débil pues en ésta el presente es apenas una línea
ideal que separa hechos que han pasado y que por lo tanto ya fueron y hechos
que aun no han sido en tanto deberán ser en el futuro y que tampoco lo son
ahora. Es pues una esfera pobre en cuanto a realidad, ya que en la misma ni el
pasado ni el futuro se encuentran propiamente presentes, el uno no está porque
ya ha sido y el otro porque aun no es y tan sólo nuestra conciencia atestigua
en ambos casos su presencia. Frente a esta esfera escasa de la realidad, que
consecuentemente brinda pronósticos frágiles y muchas veces desacertados con
respecto a los acontecimientos que aun “no fueron” y que además malinterpreta
usualmente lo sucedido en tanto ya no está, se yergue la otra dimensión de lo
real: la eternidad, dimensión propia de la metafísica en la que en cambio todo
lo es en el ahora del presente, no habiendo en la misma sucesión de
acontecimientos pues todos son ahora mismo y siempre serán, no existiendo aquí
ni el pasado ni el futuro, en tanto modos imperfectos de percibir lo real, es
decir, no habiendo temporalidad. Una vez aceptado este punto de vista, la
pregunta que cabe al respecto es la siguiente: ¿es posible, estando inmersos en
un mundo de percepciones espacio-temporales, alcanzar a tener una percepción
metafísica de lo real? ¿Y además la misma puede ser comunicada? ¿O también,
puede captarse lo que no es tiempo estando sumergidos en un universo de
percepciones temporales? ¿Y si ello fuera posible, qué utilidad poseen tales
otras percepciones? Digamos en primer término que las mismas no son fáciles de
obtener, debido principalmente a la costumbre que todos tenemos de
desenvolvernos en un mundo físico y material, el cual es como si hubiese creado
en nuestra conciencia una especie de callosidad e impermeabilidad hacia algo
que fuese sustancialmente distinto. Sin embargo las mismas, si llegan a ser alcanzadas,
tienen el inmenso valor de otorgar a la persona que las posee un saber de
carácter absoluto e indubitable. Como en el plano metafísico los hechos se
desenvuelven todos simultáneamente, su captación permite con facilidad
“anticiparse” a los acontecimientos y otorgar las orientaciones necesarias a
fin de poder desenvolverse en la otra esfera. Ésta es la ventaja principal de
dicho saber. Clásicamente en las sociedades tradicionales tal función era
propia de la clase política gobernante. En la misma su saber no era vulgar,
sino por el contrario sobresalía del resto, era pues un saber metafísico, lo
mismo que sus acciones. Quien gobernaba no era pues uno de los tantos, sino un
ser de una naturaleza superior.
Ahora
bien ¿Cuál es la característica del hecho metafísico y qué lo distingue del
físico espacio-temporal? El hecho físico y el saber que conlleva es analítico,
es decir, sucede y es comprendido a través de una serie de acontecimientos
sucesivos, encadenados en manera causal por el que uno o varios explican a los
restantes y así sucesivamente. El metafísico en cambio es sintético. Lo
dice todo en un solo acontecimiento, condensa en una sola acción todo lo que va
a suceder. Su valor es pues simbólico y su lectura permite comprender
todo lo que sucederá en una serie de acontecimientos temporales, en tanto el
mismo denota lo que ya es. En apariencias, desde un plano físico, el hecho
metafísico es algo común, es un acontecimiento singular que se encuentra al
alcance de cualquier persona, sin embargo la percepción metafísica se destaca
por comprender el significado simbólico del mismo. Los hechos metafísicos se
distinguen de otros porque “hablan” y remiten hacia otra cosa, no se agotan en
sí mismos ni se vinculan en una red sucesiva de acontecimientos causales y
homogéneos como los restantes. El hecho metafísico es pues de carácter
cualitativo.
Nosotros,
sin explicarlo en su momento, aplicamos el método metafísico para interpretar
el curso del futuro gobierno de De la Rúa. Así pues dijimos en noviembre de 1999,
cuando éste estaba a punto de asumir que “pronosticamos grandes males para
el país futuro, grandes cataclismos en todos los niveles, los que ya pueden
verse para los que observan atentamente”. Pues bien ¿entre estos
acontecimientos qué fue lo que observamos? Así pues dijimos: “La reciente
intervención de urgencia a la que ha sido sometido el presidente electo... por
haber quedado interrumpida su capacidad respiratoria, es un síntoma de lo que
nos espera”. Y agregamos a la manera de una explicación de este hecho junto
a otros del mismo tenor: “De acuerdo a la armonía que existe entre el macro
y el microcosmos, los desórdenes que acontecen a nivel natural preanuncian
simbólicamente el desenlace que ocurrirá en el ámbito histórico”. (El
Fortín N.º 14). Nuestros amigos lectores dirán si nos hemos equivocado.
Ahora
bien, continuando con nuestro método, el que ahora acabamos de esbozar en su
comprensión, digamos que en la actualidad ha habido una serie muy sugestiva de
hechos y actos del nuevo presidente que nos pueden denotar los pasos futuros de
lo que acontecerá en el país. Un conjunto de acontecimientos sumamente
significativos sucedieron el pasado día 25 de mayo cuando se produjo el acto de
asunción presidencial. Trataremos de enumerarlos de la manera más sintética
posible.
Ese
mismo día, a la madrugada, muere el diputado Alfredo Bravo que había sido
candidato a la presidencia. Esta figura posee un profundo significado
simbólico. Bravo representaba al sector progresista más duro vinculado a los
movimientos de los Derechos Humanos, enemigo declarado de las Fuerzas Armadas,
embanderado con la ideología socialdemócrata, además vinculado con la
subversión democrática en el ámbito educativo. La muerte abrupta de esta
persona indica un futuro malestar e inestabilidad en el sector que representa.
Casualmente Kirchner simboliza también dentro del peronismo a esa misma línea,
lo que no se ha cansado de resaltarnos. Los otros dos elementos están dados por
un par de hechos acontecidos durante la ceremonia de asunción. El golpe y tajo
producido en la parte izquierda de la frente del presidente por un tropezón
involuntario indica, juntamente a un temperamento descompaginado y poco apegado
a la moderación y mesura en los gestos, graves conflictos e inconvenientes a
suceder en un futuro muy próximo. Difícilmente pueda refrenarse cuando las
contradicciones se agudicen. Un punto especial merece el momento en el cual el
nuevo presidente atrapa (literalmente) el bastón de mando. El mismo es tomado
por el revés y revoleado varias veces de manera por lo demás grotesca, como
significando un gesto de profundo desenfado, burla y negación hacia la
investidura que representa, a la que no se ha cansado ni él ni su señora de
vulgarizar en sus dimensiones. Este punto se engarza con lo que diremos a nivel
sociopolítico cuando definamos el nuevo fenómeno del cualquierismo que
irrumpe en la política argentina, es decir, la etapa más aguda y plebeya de la
democracia. A estos graves conflictos que se delatan por los desarreglos
acontecidos en el acto de asunción, debe agregarse el tremendo drama de las
inundaciones ocurrido a pocas horas del resultado de la primera vuelta
electoral. Dicho cataclismo meteorológico ha sido inédito en esa zona del país
y ha atacado a una provincia en cuya gobernación se encuentra el político
peronista reputado como de reserva tras el fracaso de Kirchner. Pronosticamos
pues un gobierno breve, interrumpido abruptamente en el momento menos pensado.
Le seguirá una aun más profunda crisis de la democracia. Ningún hecho lamentablemente
nos indica la aparición aun de figuras alternativas, es decir, de una clase
política, hoy absolutamente inexistente en nuestro país, pero habrá siempre que
perseverar y no olvidar nunca los ritos.
Ahora
pasemos a la última parte del análisis, es decir, a la fenoménica: Kirchner
representa la irrupción del elemento que le faltaba a la democracia argentina,
es lo que podría denominarse como el fenómeno del cualquierismo. Es un
hombre común como cualquier otro, carente del más mínimo sentido de las
distancias, el que ha asumido las funciones del gobierno y que además se jacta
de ello como queriendo significar que el problema del fracaso del sistema no se
encontraba en que el jefe se mezclaba excesivamente con la muchedumbre
poniéndose al alcance de todo el mundo, renunciando así a su carisma,
(recordemos a De la Rúa yendo al programa de Tinelli), sino, a la inversa, el
problema estribaría en que no lo ha hecho tanto. Y ello lo vemos a través de
una serie de acontecimientos significativos. Como carece del aval indispensable
que en la democracia dan los votos para ungir a un gobernante, él siente una
necesidad incesante y excesiva de mostrar que tiene la sartén por el mango y
que no es manejado. De allí una serie de discursos agresivos y destemplados en
contra de sus adversarios (Primero Menem, luego el destituido comandante en
jefe del ejército, luego el a destituir presidente de la Suprema Corte de
Justicia). Busca con ello apoyos demagógicos que le suplanten los votos de los
que carece, olvidando así la norma elemental de que la verdadera fortaleza es
interior y habitualmente silenciosa y no estentórea. A ello se le asocia un
deseo exacerbado de protagonismo, de querer ser siempre el que resuelve la
totalidad de los problemas, sin delegar funciones, agudizando así hasta
extremos insólitos el carácter peripatético de nuestros líderes demócratas en
todos los niveles hoy conocidos, empezando por el mismo “papa viajero”. Pero en
este caso de estereotipación los viajes son permanentes y cotidianos. Nos preguntamos
en qué momento, ante tanto activismo, se producirá la actividad principal de un
gobernante que es la de pensar y reflexionar sobre las altas cuestiones del
Estado? ¿O habrá otros que pensarán por él?
Concluimos
de la misma manera en que lo hiciéramos en aquella nota aludida de El Fortín
N.º 14 de noviembre de 1999:
“En
silencio y con total prescindencia de esta competencia electoral y politiquera
de la que ex profeso no participamos ni participaremos, una minoría silenciosa,
pero activa, trabaja entre bastidores echando los cimientos de la Gran
Argentina para el día después”.
Buenos Aires, 9 de junio de 2003.