COSMOVISIONES CÍCLICAS Y COSMOVISIONES LINEALES
Vamos a confrontar
las insalvables diferencias existentes entre el Mundo Tradicional y el mundo
moderno por medio del contraste entre la manera de entender y vivir la
existencia del hombre a lo largo del parámetro tiempo en uno y otro mundos.
Primeramente deberíamos señalar que,
aunque nos hallemos en plena vigencia de la disoluta modernidad, la bandera de la restauración de
los valores de
También conviene aclarar que no es éste un
espacio dedicado a fijar qué se entiende, o qué entendemos, por Tradición, por
cuanto el tema central a tratar es el que viene definido por el título. De
todos modos ciertos rasgos definitorios suyos aparecerán en algunos de los
párrafos que irán sucediéndose.
Apuntado lo cual pasaremos a constatar que
el Hombre Tradicional siempre concibió el transcurrir del tiempo bajo un prisma
cíclico. Así pues, a lo largo del año conmemoraba y revivía mitos de contenido
Trascendente a través de la ejecución en fechas determinadas de ritos y
ceremonias de carácter mágicooperativos que
propiciaban su transformación interior y su identificación sustancial con
En el mismo orden de cosas
Dentro de esta concepción marcada por la
fuga hacia adelante debemos comprender la pretensión del historicismo, que
considera al hombre como sujeto pasivo sin posibilidad de convertirse en
creador de su propia historia -la de la humanidad-: sin posibilidad de ´hacer´
la historia. Esta última sería algo así como una entidad con ´vida´ autónoma
cuyas nuevas manifestaciones no serían más que la consecuencia de su misma
dinámica interna y en las cuales el ser humano no tendría ningún papel activo.
La dinámica económica, social, cultural
y política de un período histórico dado serían la lógica, e inevitable,
consecuencia de la que aconteció en la etapa anterior .
El ´mito del eterno retorno´ al que
aludíamos anteriormente o la doctrina Tradicional de las cuatro edades que una
vez finiquitadas vuelven a repetirse podrían hacer
pensar que el hombre transita por una especie de circunferencia cuyo camino
siempre sería, lógicamente, el mismo, sin posibilidad de modificación; si esto
aconteciera así nos hallaríamos ante un cierto fatalismo. Por este motivo, hay
quien ha utilizado como soporte gráfico para mejor explicar esta manera de concebir
la existencia el de la esfera en lugar del de la circunferencia, puesto que en
la esfera se pueden trazar infinitud de circunferencias que corresponderían a
las múltiples y diferentes concretizaciones espacio-temporales en que estas
doctrinas y concepciones Tradicionales verían su plasmación en el terreno de la inmanencia. Así pues
cualquier visión fatalista de la realidad queda descartada puesto que el
transitar del hombre y de la humanidad no acontecen por un único camino
prefijado con anterioridad e imposible de soslayar, sino que es el hombre quien
le da forma a las etapas, a las edades, a los ciclos y a los contenidos
cósmicos por los que debe atravesar. Y no únicamente por esto es por lo que se
demuestra que, según los parámetros de
Podemos también hacer recordar, como
muestra y signo del ´sentir´ antifatalista del Mundo
Tradicional, cómo el proceso de caída por el que va atravesando el hombre desde
De todos modos, aún
ante esta ´cosmovisión
cíclica´ –e incluso ante la
que hemos definido como ´esférica´-
podría aducirse cierto predeterminismo atentatorio contra el principio Tradicional de
Evola le dio una especial relevancia a la idea de que la involución
–con respecto a lo espiritual e imperecedero- podía ser frenada e incluso eliminada
antes del final de un ciclo cósmico,
humanidad o manvantara; esto es, antes del ocaso del kali-yuga.
Y sostuvo firme y ocurrentemente esta idea porque creía en la libertad absoluta del
Hombre. Porque creía que el
Hombre, así en mayúscula, aparte de tener la clara potestad necesaria para conseguir su total transustanciación o metanoia también
tenía en sus manos la posibilidad de devolver a sus escindidas y desacralizadas comunidades los atributos y la esencia que siempre fueron propios del Mundo Tradicional.
Porque Evola creía, en definitiva, en el Hombre Superior o Absoluto, Señor de sí mismo.”(3)
Llegados a este punto, y hechas estas
importantes precisiones, nos imponemos la siguiente pregunta: ¿dónde deberíamos
remontarnos para encontrar los orígenes de la moderna concepción lineal del
existir? Y para facilitar una respuesta medianamente diáfana bien nos vendrá el
recurso de la comparación. Así pues, como hemos hecho constar párrafos más
arriba, mientras el MundoTradicional, en sus diversas
manifestaciones, hacía frente común con aquella percepción cíclica o esférica
de la existencia que queda bien definida en la doctrina de las cuatro edades,
hubieron –y siguen habiendo- formas religiosas, como algunas que irrumpieron en
el seno del judaísmo, que optaron por concebir ´linealmente´ su transcurrir en
el tiempo. Y este pasivo dejarse llevar por un movimiento de inercia hacia
adelante, esta ausencia de posibilidad de modificar este rumbo que no suponía,
ni supone, más que una especie de caída ´libre´ en el vacío no podía ser
cortocircuitado –permítasenos el vocablo- más que con el advenimiento del
mesías, del salvador. Esta posibilidad de modificación de ese rumbo ´lineal´ no
surgió, en el seno de las creencias del pueblo judío, sino en un momento bastante
tardío de su discurrir en el tiempo: concretamente en la época de sus profetas
y por boca de ellos.
Del judaísmo, y con algunas lógicas
variantes, esta cosmovisión lineal pasó a un cristianismo que fue desplazando,
allá donde fue consolidándose, a la visión cíclica Tradicional del existir. El
cristianismo y el judaísmo –sobre todo en sus formas más exotéricas-, al igual
que otras religiones ya periclitadas, del mundo antiguo y de naturaleza
pelásgica, ctonia, telúrica,… crearon un hiato
ontológico insalvable entre lo Trascendente y el hombre, puesto que le
desposeyeron a éste de su espíritu, de su nous, de la
naturaleza divina que, para
A este hombre al que se le ha amputado su
estrato sacro-espiritual se le ha rebajado de nivel. Ya no podrá entender más
sobre lo Trascendente, tal como anteriormente sí le era posible gracias a lo
que él poseía de más que humano; de sobrehumano, diríamos. Sin espíritu
únicamente le queda el alma, la psyqué, la mens para vivir ´en orden´ con su/s dios/es. Es decir, que
ya sólo cuenta con medios meramente humanos que su mente pone a su disposición,
a través de la fe y la creencia, para ser ahora no más que un fiel devoto de
su/s divinidad/es. Y cuando el hombre ha sido obligado a descender a este plano
humano, cuando la mente ocupa la cúpula en su jerarquía constitutiva a nadie le
puede extrañar que la facultad racional, que de dicha mente forma parte, pueda
interrogarse, poner en tela de juicio y dudar de cualquier realidad: incluida
Para que veamos aún con más claridad las
relaciones existentes entre estas religiones devocionales y la nefasta
modernidad podemos resaltar la naturaleza de fondo -nos atreveríamos a afirmar-
materialista que, a menudo, las mismas revisten en algunos de sus
posicionamientos. Podemos, por este camino,
poner en evidencia el cómo en el seno del judaísmo religioso no fue sino
hasta épocas no muy alejadas de las del nacimiento de Jesús cuando, de manera
ni mucho menos generalizada, empezó a admitirse una especie de mundo celestial
tal como, más o menos, lo concibe el cristianismo. A pesar de lo cual, su tema
central es el de un ´paraíso terrenal´
al que se accederá ´al final de los tiempos´ una vez acontecida la
resurrección de la carne. El hombre carece, según el hebraísmo,
de espíritu, por lo que tras la muerte física nada le sobrevive al cuerpo y no
queda más que esperar a los citados y lejanos tiempos en los que la carne resucite.
Hemos de señalar que la consideración de la existencia de una sola componente
en el ser humano corresponde a una concepción monista de la vida que como mucho
permite la licencia de poder hablar de ´cuerpos espiritualizados´. Se nos
permitirá que cambiemos, por un momento, de plano para ilustrar con un ejemplo
muy esclarecedor lo que estamos señalando: véase con qué celo los judíos más
ortodoxos recogen y reúnen en bolsas los restos separados y/o esparcidos de algún
cadáver de un miembro de su comunidad nacional muerto de manera violenta; pues
no olvidemos que, para el hebraísmo, es la carne la que resucitará en un
futuro.
Estas creencias mosaicas impregnaron en un
muy considerable grado a un cristianismo que también habla de la ´resurrección
de la carne´ y de la ´resurrección de los muertos´ y que utiliza fórmulas como
aquella empleada en la ceremonia matrimonial de ´hasta que la muerte os
separe´, pareciendo, así, vetar la posibilidad de la continuación, más allá de
la muerte física, del vínculo sacramental creado entre los dos cónyuges; y es
que, una vez más, la vida de la materia -del cuerpo- parecería la única
existente.
Concluiremos, así, estas líneas no sin
antes dejar de poner de relieve, después de haber expuesto las reflexiones de
este escrito, lo acertado de algunos autores al emplear la expresión
´Civilizaciones del Ser´ para las cíclicas de
(1) En otro artículo al
que titulamos “Contra el darwinismo” se podrá encontrar una extensión de
nuestro alegato antievolucionista.
(2) Un desarrollo del
fundamental tema Tradicional de los Ciclos Heroicos se puede leer en nuestro
escrito “Los Ciclos Heroicos. Las doctrinas de Las Cuatro Edades y de
(3) Op. cit.
Eduard Alcántara