A propósito del "Código da
Vinci"
LA RELIGIÓN DEL RATING
Resulta
indubitable que el rating se ha convertido en la verdadera religión de
nuestros tiempos. Ya no interesa más si una cosa es buena, verdadera, o lo
contrario, sino cuánto rating, es decir popularidad pero trasladada al
plano de los medios, posee la misma .
Tal
lo que ha acontecido con la famosa obra y en la actualidad también película El
Código da Vinci. Si bien de la misma han sido ya vendidos nada
menos que 40 millones de ejemplares en el mundo entero (por lo
que con seguridad han sido más los que la han leído) y se aproxima a
triplicar tal suma con los que verán la cinta recién estrenada, no está demás
sin embargo reseñar los puntos principales de su argumento. Allí se manifiesta
en forma por lo demás ostensible y reiterativa que la religión cristiana,
promovida y defendida por la Iglesia durante dos mil años, no es sino un
verdadero fraude y falsificación que se ha mantenido durante el tiempo a través
de actos de violencia y de masivos exterminios con la finalidad
de esconder su secreto. ¿Y qué sería aquello que habría ocultado
durante tantos siglos hasta la verdadera revelación que nos proporcionaría
dicha obra? Nada menos que el carácter humano y no divino de Jesús el cual se
habría manfiestado en el hecho de haber dejado tras sí una descendencia a
través de quien habría sido su "pareja", para usar un léxico de
nuestros tiempos, María Magdalena. De acuerdo a dicha interpretación, esto
habría sido algo sabido y aceptado en los orígenes del Cristianismo, para los
cuales Jesús no habría sido propiamente el Hijo de Dios, sino simplemente
un iluminado profeta milenarista que preanunciaba el final de los tiempos y
especialmente del Imperio romano de ese entonces. Y el cristianismo
iba avanzando progresivamente en su tarea deletérea y corrosiva hasta que
sobrevino en el siglo IV el emperador Costantino el cual, conciente
de tal situación y ante el peligro que corría el Imperio, logró anularlo
subvirtiendo el contenido originario de tal religión y, tras
la convocatoria de un Concilio afín, el de Nicea,
estableció una verdadera metamorfosis en la misma a través de
su "romanización", que consistiera una vez más en el
triunfo de su principio masculino sobre el femenino. En efecto no olvidemos
nunca que fue característica de Roma desde sus inicios la de haberse
establecido en un combate irreversible entre dos principios antagónicos
sustentados a su vez a través de dos formas religiosas rivales. Una de carácter
femenina, matriarcal, comunista y pacifista para la cual la vida representaba
el valor supremo y consecuentemente a ello la mera reproducción de la especie
era la meta a conseguir. Y por contraposición a la misma en Roma se
constituyó lo opuesto consistente en una religión viril, patriarcal y
guerrera para la cual lo que era más que mera vida, la inmortalidad conquistada
heroicamente, era la meta suprema. Dichos principios antagónicos estuvieron en
la base misma de la constitución de la romanidad la cual sólo logró formarse
con la victoria del uno sobre el otro. Primero fue con el antagonismo entre
Romulo y Remo, luego fue Roma contra Etruria, después contra Cartago y
posteriormente contra el Oriente hedonista y decadente de Cleopatra y aun
en el seno mismo de la sociedad romana tal conflicto se estableció entre los
patricios, los fundadores de la romanidad y los plebeyos, que representaban
el elemento telúrico y originario abatido. Tales manifestaciones
rivales incluso tuvieron su símbolo en dos montes antagónicos, el
Palatino y el Aventino. Esta lucha que fue el elemento permanente que hizo
a la historia de Roma, alcanzó su climax mismo en el seno del Imperio
cuando el sector plebeyo se sintió confirmado y fortalecido por el mensaje
de los primeros cristianos, el cual fue muy bien definido como el bolchevismo
de la antigüedad en tanto negación del Estado y propalación de una concepción
fraternalista, promiscua e igualitaria de la existencia que fue el verdadero
antecedente histórico de fenómenos posteriores como la Revolución Francesa, la
Rusa y el Concilio Vaticano II. En contraposición con ello sobrevino, tal como
había sucedido en otras circunstancias, la reacción viril, patricia y
aristocrática por la cual supo recuperarse del cristianismo originario su
elemento no gregario y de acuerdo a la síntesis habitual que la romanidad de
sus mejores tiempos supo hacer con todas las restantes religiones, el
cristianismo se convirtió en catolicismo a través de la asunción de valores que
eran propios de la más estricta Tradición. Por lo cual Jesús ya no fue más
concebido como el liberador de las responsabilidades políticas, militares
y mundanas, el luchador social que habría de restablecer las igualdades
primitivas conculcadas por la sociedad patriarcal, sino por el contrario el
Hijo de Dios, aquel que establecía los caminos hacia el Cielo, aquel que
consideraba a la existencia como una vía hacia la eternidad. Es
indubitable que un Dios-hombre no se reproduce vermicularmente como las
especies vivientes sino que es aquel que señala una meta hacia lo que es
más que mera vida y que la única filiación que establece es de carácter
espiritual entre aquellos que, en tanto capaces de liberarse de la
condición telúrica y social, se convierten en ciudadanos del Cielo. Es verdad
por lo tanto lo que la obra manifiesta, por supuesto que con una multiplicidad
de limitaciones y en un sentido contrario, que son dos cosas antagónicas el
mero cristianismo y el catolicismo. El primero es femenino y mundano, el
segundo viril y celestial. Ambos son incompatibles y la guerra que se
establece entre ellos no admite ninguna conciliación posible tal como
aconteciera en nuestra historia.
Es
por tal razón que no debe resultar llamativa la actitud que hacia tal obra
literaria y cinematográfica han expresado sea la Iglesia "católica"
ecumenista actual e instituciones representativas de la misma como el Opus Dei,
que como sabemos ha sido mencionado allí de manera poco amistosa. En
ningún caso se ha llamado para nada a un boicot para lo cual existirían
motivos de sobra, aun judiciales, sino que simplemente se ha resaltado su
inexactitud histórica y su baja calidad literaria, lo cual de ninguna manera
evita que masivamente se acuda a verla o leerla. El Opus ha ido aun más lejos,
ha señalado que en el fondo tal obra lo ha favorecido mucho por todas las
personas que se han "interesado" en su institución y por lo tanto han
ingresado a su página web, gracias al rating recibido, pues no
olvidemos que vivimos en una sociedad de masas. En realidad lo que habría que
manifestar es que, a la luz de los cambios abruptos acontecidos
en la religión católica luego del Concilio Vaticano II, en el cual el Opus cumplió
un rol muy significativo, resulta totalmente irrelevante el hecho de que Jesús
haya tenido o no descendencia. La "opción por los pobres", la
"apertura al mundo", el diálogo renunciatario, las concelebraciones,
la asunción de la filosofía de los derechos humanos de la ONU, etc. es decir la
secularización en que ha incurrido la Iglesia en los últimos tiempos, no
convierten de ninguna manera en blasfemia una aseveración semejante y hacen
perfectamente comprensible que no existan reacciones de peso en contra de tal
obra.
Nosotros
en cambio en nombre del verdadero catolicismo romano, conculcado por el
Vaticano II, y del cual esta obra no es sino una consecuencia, llamamos a
combatirla con todos los medios que se tengan al alcance. Jesucristo fue el
Dios-hombre y no el libertador social y meramente "humano" que nos
pintan las herejías modernas. Es en su nombre que nosotros luchamos.
Buenos Aires, 24/5/06.