CHÁVEZ Y EL FUNDAMENTALISMO ISLÁMICO
En los últimos tiempos, debido a los
elogios mutuos dispensados entre el presidente Chávez y el actual representante
de la Revolución iraní, Ahminajedad, se ha querido asimilar a la “Revolución
Bolivariana” con el fundamentalismo islámico promovido por el Ayatollah
Khomeini. Pero los que observan con atención los acontecimientos verdaderos que
se desarrollan por detrás de los petardos verbales que nos lanza cotidianamente
en especial el venezolano podrán enseguida captar las discrepancias abismales
que existen entre ambos fenómenos.
En primer lugar, dejando por un
instante a un lado lo esencial relativo a los aspectos doctrinarios que contrastan
entre las dos concepciones y nos remitimos exclusivamente a los “hechos”,
veremos que, mientras el Ayatollah en una de sus primeras medidas de gobierno
prohibió la venta de petróleo a los EEUU a los que calificaba como un Gran
Satán con el cual no podía existir ningún tipo de negociación, sino luchar lisa
y llanamente por su disolución, Chávez en cambio -y nos lo acaba de reconocer
en un reportaje televisivo dado en nuestro país- lo tiene como a su
principal comprador de tal producto.
Son sumamente significativas las
explicaciones que nos ha dado al respecto. Según él en primer término los
negocios y la política son dos cosas diferentes, para enseguida corregirse, de
acuerdo a su estilo dialéctico y ‘contradictorio’. Considera que, no obstante
ello, en el fondo venderle petróleo a los norteamericanos beneficia a su
política puesto que, gracias a que tales servicios son vitales y esenciales
para la economía de tal país, su gobierno puede plantarse con firmeza y decir
todas las cosas que nos manifiesta cotidianamente, hasta llegar a burlarse del
mismo Bush, sin que le pase nunca absolutamente nada. Por supuesto que en este
hecho tiene mucha razón. Irán, por haber cometido la gran herejía de no hacer
lo mismo que el venezolano, fue sometido a una guerra química durante ocho años
por intermedio de su vecino Irak, en ese entonces aliado esencial de los EEUU.
Por lo tanto a Chávez, a no ser que en algún momento en el planeta se encuentre
un sustituto del petróleo que él posee en abundancia, aplicando esta política
no le sucederá nunca absolutamente nada desde lo externo en tanto sea capaz de
cumplir con las necesidades esenciales de tal potencia, sí quizás en lo interno
pues nunca tal poder renunciará a la posibilidad más recomendable e higiénica
de ser provisto por un surtidor menos fastidioso y lenguaraz.
Ahora vayamos al aspecto doctrinario
que es lo que explica esta diferencia esencial entre Chávez y el
fundamentalismo islámico. Como muy bien nos expresa el venezolano, él es
bolivariano y sigue a rajatablas el pensamiento de su maestro quien, además de
haber pertenecido a la masonería y por tal razón haber sido un defensor
apasionado de los “intereses de los Estados nacionales dentro de los marcos de
la modernidad” sostuvo la necesidad del libre comercio con Inglaterra para
poder independizarse de la “España medieval” pues, tal como nos dijera
enfáticamente en sus escritos, “Inglaterra con su libre comercio con nosotros
producirá el progreso del país”. Claro que el maestro de Chávez no reparaba,
como buen burgués que era, como tampoco lo hace en la actualidad su discípulo,
en los beneficios que en cambio le reportaba a Inglaterra entonces y hoy a los
EEUU tal prolífico intercambio. En efecto, si bien Chávez se beneficia con el
mismo pues, gracias al flujo incesante de dólares que recibe en su economía
puede actuar como prestamista en el mundo de las finanzas, y nuestro país es un
claro ejemplo de ello; como contraste, gracias a lo esencial del intercambio
representado por el surtido masivo de petróleo, la economía norteamericana
puede actualmente seguir en pie y desarrollarse por el mundo entero, como por
ejemplo en Irak y Afganistán, ejerciendo así sus acciones punitivas en contra
de aquellos que, a diferencia de los “bolivarianos”, no quieren comerciar “libremente”,
sino en cambio destruir al Gran Satan. Nos preguntamos al respecto ¿Qué
sucedería si a los norteamericanos no se les vendiera o si se les limitara el
flujo de tal producto? Muy posiblemente entraría en severa crisis la economía
de tal país. Y más aun, a pesar de todas las amenazas expresadas hasta ahora en
contrario de su parte, ¿qué sucedería si Chávez y otros países dejaran de
recibir a diario el flujo incesante de dólares, moneda que, como todos sabemos,
carece de cualquier respaldo, y de esta manera deja de contribuir también por
otro camino, del mismo modo que otros países, entre los cuales se incluye
también el nuestro, no por casualidad tan aliado al venezolano, al
sostenimiento de la economía norteamericana? La respuesta es totalmente obvia y
se ajustaría más a la lógica de Khomeini, cuyos maestros afortunadamente no
fueron ni Simón Bolivar ni Juan Domingo Perón.