Julius Evola
Un pálido paisaje invernal de campos esparcidos de nieve y
charcos de agua. Esqueletos negros de árboles desnudos. Un alto cielo de cinc.
Un gran silencio. En esta soledad, llevada desde una altura, surge la clara
linealidad de una fachada de iglesia, a la que se le enlaza un alto cerco, más
allá del cual se ve una serie regular de edificios pequeños. En la parte
delantera, una explanada con una gran cruz negra. El ingreso está cerrado –se
diría que desde tiempos remotos- con una pesada puesta negra de madera
esculpida. Un símbolo: siete estrellas alrededor de una esfera con una cruz
encimada, acompañada de la frase: stat dum volvitur orbis. Tal es la
Cartuja de Hain, cerca de Düsseldorf.
La Orden de los cartujos se encuentra entre las muy pocas
sobrevivientes de la tradición contemplativa occidental. Surgida en 1084, la
misma hasta el día de la fecha –es decir durante casi nueve siglos– ha
mantenido sin modificaciones su regla y su constitución. Por casi nueve siglos
unos hombres separados del mundo han pues practicado la misma ascesis y
cumplido los mismos ritos, en las mismas horas han repetido idénticas
plegarias; han ritmado su jornada en una misma manera, que no deja casi margen
alguno al arbitrio individual, a través del uniforme desenvolvimiento de las
estaciones, de los años, de los siglos. La inmutabilidad, representada por la
cruz, por encima del movimiento del mundo, es el sentido del símbolo y de la
divisa latina, aquí citada. Pero la cruz sobre una esfera en aquel particular
modo fue también el antiguo signo del poder universal...
Wir haben überhaupt keine Ruhe- nos ha dicho sonriendo uno de los patres
cartujos, es decir: no tenemos ni un momento de descanso, de tregua. Es lo
opuesto de lo que se imagina habitualmente la gente respecto de la vida
contemplativa. La regla cartuja no deja un solo instante inactivo al sujeto: la
totalidad de la jornada se encuentra rigurosamente subdivida, en modo tal que a
cada hora le corresponde una tarea precisa, un cierto acto ritual, una
determinada realización litúrgica, con un único breve intervalo de trabajo
manual para interrumpir una tensión interior que de otra manera sería
insostenible.
El aislamiento y el silencio son conocidas reglas de los
Cartujos. Toda Cartuja está construida de acuerdo un mismo tipo arquitectónico.
Un jardín claustral en el centro oficia también de cementerio –un cementerio en
el cual el “hombre” no figura– hay allí tan sólo cruces negras, sin nombre. En
su alrededor, y separadas las unas de las otras, se encuentran dispuestas las
habitaciones, en las que cada cartujo concentra su trabajo, su plegaria, su
ascesis: allí él come, vela y descansa, encontrándose con los otros tan sólo en
el templo, para las acciones litúrgicas colectivas, o en raras solemnidades, en
las cuales se celebra una comida en común: en la clara severidad de un
refectorio, en el medio de la pared de fondo, en un lugar elevado, toma el
lugar el Prior, concebido, en la Orden, casi como una manifestación viviente
del Cristo y provisto pues de una suprema autoridad.
El silencio del cartujo no es interrumpido sino para un uso
sagrado de la palabra, para el oficio litúrgico: el cual es sea diurno como
nocturno. En el medio de la noche invernal, bajo la señal dada por la campana,
luces vacilantes surgen casi simultáneamente, desde la oscuridad entre los
lentos copos de nieve, para iluminar las extrañas sombras blancas encapuchadas
que se encaminan con sus linternas hacia la capilla. Allí toman silenciosamente
su lugar; y las luces son apagadas. Todo permanece en una penumbra diáfana.
Algunos minutos de recogimiento, luego, tras un breve y seco golpe, se inicia
la liturgia. Es un crudo canto gregoriano sin acompañamiento, sin variedad de
tonos; es un ritmo, que recuerda el de las melodías árabes, pero que en su
monotonía encierra una mucho más alta intensidad espiritual que delata una
especie de insensible anhelo o ímpetu, que sería sumamente difícil de describir: es como conducirse hacia un
límite, que se es incapaz de trascender, aun estando totalmente desapegados del
vínculo terrenal. Entre los temas principales del canto, propuesto por una u
otra voz, se insertan pausas de recogimiento, que dan una impresión más fuerte:
son momentos de un silencio viviente, de un silencio intenso, en los cuales se
diría que está presente “algo” en el templo, una fuerza ya diferente de la de
todos aquellos que se encuentran allí en recogimiento. El rito nocturno alcanza
a veces tres horas de duración. Ante una nueva señal, las sombras blancas se
apartan de la penumbra, se mueven, las linternas son vueltas a encender, los patres
retornan a sus residencias para volver a encontrarse alguna hora más tarde para
el oficio del alba. Los cartujos no se arrodillan nunca. Se inclinan
profundamente, o bien, en los momentos más importantes, se recuestan en el
suelo como si hubiesen sido abatidos.
Se nos ha dicho en Hain de no hacernos ilusiones respecto del
futuro de la Orden. Y en verdad, en especial en nuestros días, para muchos no
existe nada más anacrónico que la pura vida contemplativa. Incluso en varios
ambientes católicos se cree que el religioso pueda tener aun una función tan
sólo dejando a un lado la ascesis y pasando a una acción militante o
proselitista, en directo contacto con las fuerzas del mundo y de la historia.
Es un hecho irrebatible que no desde hoy en Occidente nos hemos
avenido a identificar la acción en sus modalidades más exteriores, materiales y
contingentes. Por lo cual se concibe como inercia o fuga a todo aquello que,
aun no siendo para nada no-acción (la vida ascética, además de las renuncias,
implica una disciplina y una concentración interiores por lo menos tan grandes
como las propias de cualquier “hombre de acción”), no se deja remitir a
semejantes modalidades. Además existen las confusiones propias de quien,
encerrado en el horizonte más groseramente sensible, piensa que sólo las
fuerzas materiales y los modos directos de combatir y resistir sean los
decisivos y determinantes en la
historia
Donoso Cortés, que fue también un hombre de acción pública, tuvo
a bien decir que, a fin de que una sociedad sea firme, “es necesario que exista
un cierto equilibrio, conocido tan sólo por Dios, entre la vida contemplativa y
la activa”. La necesidad de que el mundo mutable e incierto de la acción
encuentre su complemento y casi diríamos su eje en el inmutable de la verdadera
contemplación –es decir de una interioridad virilmente desapegada y proyectada
hacia la trascendencia– ha sido reconocida por parte de cualquier civilización
normal, hasta en aquella de la cual sea Dante como Federico II fueron sus
exponentes. Y, en relación con ello, fue también concebida la realidad de una
acción de otro género, de una acción silenciosa, comprendida en función de
establecer “contactos”, de mover fuerzas que, por ser invisibles, no son menos
eficaces que las puramente humanas, sino que sólo a través de las vías de la
ascesis y del rito pueden ser alcanzadas. Es sobre esta base que toda enseñanza
tradicional ha querido que los ascetas estuviesen al lado de los guerreros, que
la contemplación iluminara, justificara y convirtiese en absoluta a la acción,
que hombres adecuadamente dotados cumpliesen de manera ininterrumpida, con su
aparente retiro respecto del mundo, con la función de vincular la realidad
humana con una realidad más que humana. Pontifex, antiguamente,
significaba para los Romanos “hacedor de puentes”. Una antigua fórmula nórdica
era: “El que es jefe que sea puente...”.
Un mundo que no quiera ser de agitados, sino de seres que
conozcan verdaderamente la acción y sepan dominarla, debe tener en cuenta todo
esto, evitando peligrosas unilateralidades. Por cierto hoy más que nunca se
trata de apartar del modo que sea a todas las fuerzas evocadas a fin de actuar
y de combatir en este mundo. Sin embargo se puede también pensar que si en los
últimos tiempos las cosas no han ido aun peor, ello no se deba tan sólo a los
jefes visibles de los pueblos, sino que por lo menos en igual medida a la
acción invisible y silenciosa de pocos seres esparcido y de ignotos que, en
éste como en otros continentes, han mantenido todavía, de alguna manera, las
relaciones entre el mundo visible y un mundo superior. Más aun es posible que
para el ojo de la “otra orilla” sean justamente éstos los que aparezcan como
los únicos puntos luminosos y firmes en un mundo de niebla y agitación, como
pequeñas hogueras encendidas en la noche por parte de aquellos que “velan” y
que aun se mantienen de pié.
Aquí por supuesto que no pretendemos referirnos a los ascetas de
una determinada fe o tradición y no tocamos el problema relativo a la medida,
en la cual las formas sobrevivientes de ascesis realizan en verdad la
mencionada función. Sin embargo Europa presenta hoy rasgos de similitud con
aquel período de convulsión en el cual, como reacción, surgieron a la vida las
primeras Órdenes monásticas occidentales. Y muchos espíritus, incapaces de
hallar los más altos y originarios puntos de referencia, se dirigen hoy hacia
el catolicismo. No es por nuestro nuestra función entrar en tales problemas;
sin embargo un punto nos parece claro: no es siendo indulgente hacia actitudes
militantes que a veces confluyen incluso en el plano de las motivaciones
político-sociales, no es insistiendo en veleidades proselitistas y
apologéticas, no buscando compromisos con el pensamiento “moderno” e incluso
con las ciencia profanas de hoy en día, sino desapegándose decididamente,
insistiendo tan sólo en el punto de vista de la ascesis, de la pura
contemplación y de la trascendencia, que la Iglesia podría quizás, dentro de
determinados límites, volver a convertirse verdaderamente en una fuerza y
asegurarse así una inviolable autoridad. Sí, justamente en tiempos como los
modernos en los cuales el mundo de la acción ha arribado a un paroxismo sin
comparación alguna en la historia, casi por contraposición, dejando todo lo demás,
subordinando cualquier ambición semi-temporal, se debería dar un relieve tanto
más decidido al polo de la pura trascendencia y de la ascesis, y que una fuerza
encuentre en la otra su equilibrio, y que en las horas más angustiantes y en
las pruebas más duras a cada uno le sea dado la posibilidad de transfigurar
todo sacrificio y toda lucha y de hallar incluso en la muerte la vía hacia una
vida superior.
(La Stampa, Febrero de 1943).