LA DEMOCRACIA
DEL CAÑO
Nuestros "hermanos
ingleses" (utilizando aquí un
término que hiciera famoso nuestro Papa Wojtyla en ocasión de la guerra de
Malvinas), a través de sus medios de prensa, se han mostrado sumamente
asombrados por el éxito masivo que el público argentino le ha deparado a un
espectáculo televisivo conocido popularmente como el "baile del
caño".
Nos han recordado, por si no nos
hemos dado aun cuenta, que se trata de un entretenimiento prostibulario,
surgido originariamente en los cabarets de Saigon
cuando las meretrices survietnamitas distraían a los
soldados norteamericanos para hacerles olvidar las penurias padecidas durante
la guerra. Pero han agregado también que la gran diferencia que hay entre ambas
circunstancias es que, mientras que en este último caso la presencia era de
estresados reclutas y la misma se producía en forma ocasional y durante las
jornadas de franco, el que ahora se propala en la Argentina lo es en forma
masiva, para disfrute de toda la familia, habiéndose convertido en un
espectáculo ya consuetudinario que abarca todos los días laborables en horas
distintas y que, aun en los de descanso semanal, en diferentes canales, se
vuelven a emitir, a comentar y analizar con lujo de detalles todas las secuencias
más impactantes que se vieran durante las jornadas anteriores. Asombra a los
ingleses el alto rating que alcanza dicho programa que barre con todas
las mediciones y a su vez la absoluta indiferencia por parte de los organismos
oficiales que deberían velar por la moral y el buen gusto de los ciudadanos.
Sin rechazar en nada tal
deprimente análisis, sin embargo podríamos agregar que, a pesar de todo, hay un
elemento positivo que no debería descuidarse y es que lo que se nos presenta en
manera tan impactante puede también permitirle a algunos ver simultáneamente a
ello la imagen prospectiva y paradigmática de aquello hacia donde conduce la
democracia y de los límites a los cuales la misma puede arribar cuando es
vivida ya no como forma de gobierno, tal como se la concibiera originariamente
haciéndosela así más tolerable, sino como manera de vivir aplicada a todas las
esferas de la existencia. Es una máxima esencial de una sociedad democrática
que lo que en ella debe hacerse no es lo que está bien, sino lo que el pueblo o
el "público" quiere, o mejor aun que lo que está bien es en última
instancia lo que las mayorías desean. De este modo se ignora todo límite y
diferencia que siempre ha existido en cualquier sociedad sana y normal entre lo
que es la esfera del ser y la del deber ser. En este caso que aquí comentamos
es el público el que en última instancia decide lo que debe emitirse por la
televisión en tanto que lo que se propala es lo que él quiere y le gusta. Y el
productor exitoso no es ya el que realiza los mejores programas sino aquel que
es capaz de "interpretar la voluntad del pueblo". A su vez, gracias a
la tecnología siempre más avanzada, existen procedimientos sutiles capaces de
medir al instante y minuto a minuto lo que el público ve y que por lo tanto le
gusta. Este fenómeno mediático, del cual la televisión es un verdadero
paradigma, a su vez se transfiere a las demás esferas de la vida social no
quedando excluida para nada la que debería ser la más alta representada por la
Política. Hay también aquí mediciones incesantes de los humores fluctuantes de
la opinión pública por las cuales, sin necesidad de convocar a cada instante a
un plebiscito, lo cual antes hacía imposible la ejecución de una democracia
plena, ahora se sabe ya si una medida es popular o no, si un gobernante es
querido o no y es en función de ello y no de lo que esté bien y corresponda
hacer que hoy en día se efectúan los actos de gobierno. Por tal razón, si es el
rating lo que determina actualmente aquello que hay que hacer políticamente
y el mismo se basa en los humores siempre cambiantes de la opinión pública,
nunca en tal sistema se podrá dar el caso de un gobernante que sea
simultáneamente coherente, fiel a los propios principios y que al mismo tiempo
tenga éxito. El político exitoso es en
cambio aquel que tiene la capacidad de saber "interpretar" los
humores variables de las multitudes y consecuentemente "hacer lo que éstas
quieren". Esto es lo que explica también el alto grado de oportunismo que
existe entre nuestra clase política la cual se caracteriza justamente por la
facilidad y rapidez con la que cambia de bando u opinión y con la corrupción
consecuente que existe hoy en día entre la misma y que es un fenómeno ya
universal, aunque hay países que se han tomado más en serio la democracia, como
el nuestro, en donde tal circunstancia es indudablemente mayor.
Bien se ha dicho varias veces
que el trasfondo de la democracia es una religión y como tal se basa en un
dogma principal: el de la igualdad esencial entre todos los seres con forma
humana y consecuentemente con ello en la desaparición de cualquier tipo de
diferencia y principalmente la que existe entre aquellos que por su superior
condición son capaces de gobernarse a sí mismos y los que en cambio por una
carencia, que puede ser temporal o permanente, necesitan de otro que los
conduzca. Pero, en tanto rige el dogma de la igualdad, acontece que en todos
los niveles de una sociedad democrática los jefes han dejado de ser tales,
ellos no forman a los individuos carentes, no deben transformar a nadie, sino
simplemente ser capaces de "interpretar" los humores de sus
subordinados a los cuales deben servir (se ha instaurado de este modo la idea
de gobernante como "servidor público"). Así como en la televisión un
productor no se propone propalar el mejor de los programas, que es siempre
aquel que eleva, transforma y mejora a los espectadores que lo ven, sino
simplemente el que más gusta y entretiene y por lo tanto da más rating y
consecuentemente dinero, -pues recordemos también que es el materialismo y la
economía el destino de toda democracia- sucede exactamente lo mismo en las
otras esferas. En la escuela el maestro ya no educa, sino a la inversa es el
alumno el que le enseña a éste lo que debe hacer convirtiéndose en su objeto de
estudio a fin de que sea capaz de "interpretarlo" en sus deseos. El
político ya no gobierna, sino que emplea su tiempo principalmente en comprender
lo que a la gente le gusta en función de las elecciones siguientes que habrán de
confirmarlo o rechazarlo. Y así sucesivamente en todas las esferas.
Pero hay un problema mucho mayor
a todo esto y en donde también el aludido "baile" representa un
verdadero paradigma. Las sociedades normales siempre consideraron que el pueblo
debía ser gobernado, corregido, modificado y que el peor de todos los males
hubiera sido dejarlo hacer sin ningún tipo de límite a su espontaneidad. No
casualmente el término demos, que significaba en griego pueblo y que se
encuentra en la raíz de la palabra democracia, estaba emparentado con lo
"demónico", palabra que ha desaparecido en nuestro lenguaje para ser
asimilada a "demonio", que es una figura que la explica sólo
parcialmente. Lo demónico representaba aquella fuerza sutil e inferior vinculada
a las esferas instintivas e irracionales de nuestro ser, las que, libradas a sí
mismas y sin ningún control, lo conducirían a su propia aniquilación, y que por
lo tanto debían ser refrenadas a través de una tarea de ascetismo cumpliendo en
ello el Estado una labor esencial. La función de gobierno era propiamente la de
tener bajo control al demos a fin de que éste no se desbocara
dirigiéndose espontáneamente hacia el caos que es su destino natural si no
encuentra a nadie que lo eduque y fije límites. Es justamente lo opuesto de lo
que sucede ahora con el aludido "baile" en donde lo demónico,
manifestado a través de una sexualidad patológica, omnicomprensiva y desbocada,
a través de incesantes insinuaciones y manifestaciones explícitas de lascivia,
cumple con la función expresa de convertir a las personas en esclavas de dicha
fuerza instintiva, es decir propiamente en "democráticas", en tanto
gobernadas por el demos, esta vez en su expresión más baja y animal.
Las consecuencias de esta
sexualidad obsesiva, especialmente manifestada y promovida por conductores de
programas que acceden a las mujeres que los circundan como si se tratara de
presidiarios con años de abstinencia, tienen también que verse en fenómenos
colaterales tales como los aumentos exasperados de las violaciones, de la
drogadicción, de la violencia escolar, en tanto no solamente no se le pone
freno alguno al demos, sino que por el contrario se lo suscita y
exaspera. Justamente se trata del caos al que conduce necesariamente la
democracia y que hoy en día es estimulado intencionalmente hasta sus
consecuencias más extremas.
En fin, nuestros "hermanos
ingleses" que tanto nos critican deberían asumir también su parte de culpa
en todo esto. Fueron ellos los que nos trajeron la democracia -por supuesto que
también con la complicidad de gran parte de nuestra dirigencia- con su victoria
de Malvinas. Quizás ellos también puedan aprender de nosotros a lo que conduce
este sistema perverso.
Marcos Ghio
Buenos Aires,
28/07/08