EL PORQUÉ DE LA PARÁLISIS DE JULIUS EVOLA
Habitualmente no nos paramos
a pensar en el hecho de que determinadas cosas que, a nivel físico, nos suceden
en nuestro cotidiano discurrir por nuestra existencia terrenal no carecen,
precisamente, de conexiones con otros planos que podríamos denominar como
sutiles. Así pues, ciertas enfermedades o determinados achaques psíquicos
(diríamos que la mayoría y lo afirmamos incluso a expensas de poder quedarnos
cortos) tienen su causa más allá del plano en el que –de acuerdo a nuestro
poder de percepción- se manifiestan. Por ello debemos de entender que si
buena parte de las enfermedades físicas y/o fisiológicas se deben a trastornos
de naturaleza psíquica, al mismo tiempo estos trastornos padecidos a nivel
mental acostumbran a ser el resultado de desajustes y desequilibrios que
ocurren en un plano más inasible todavía, que es el plano de las fuerzas
sutiles que, en el interior del ser humano, se hallan en la base del
funcionamiento de todas nuestras funciones fisiológicas. Unos desajustes y
desequilibrios que pueden deberse a dos razones. Recorriendo, ahora, este mismo
camino en sentido inverso, la primera razón la hallaríamos en alteraciones
acaecidas en el plano del mundo psíquico: convulsiones sentimentales, arrebatos
incontrolados, pasionalidad desatada, tendencias depresivas,... Y la segunda
razón la deberíamos de buscar más allá de nosotros mismos y la encontraríamos
en relación a ese mundo nouménico constituido por todo el entramado de fuerzas
que explican la armonía y el dinamismo del cosmos. Pues es en consonancia y en
armonía con ese mundo nouménico como deben de estar dinamizadas las
fuerzas sutiles del ser humano, ya que si éstas no están armonizadas con sus
análogas del resto del cosmos discurrirán a tal fuerte contracorriente que
acabarán por desarmonizarse también entre ellas mismas (en nuestro interior).
De aquí, pues, la importancia que en el Mundo de la Tradición se le dio
siempre a la realización y correcta ejecución de los ritos sagrados. Ritos que
tenían o bien la finalidad de hacer conocer a sus oficiantes cuál era la
concreta dinámica cósmica de un momento dado con tal de no actuar aquí abajo
contrariamente a dicha dinámica (en batallas, empresas arriesgadas, en la elección
del momento de la concepción de la propia descendencia o del momento más idóneo
para contraer matrimonio o para coronar a un rey,...) o con tal de poder
adoptar las medidas apropiadas para actuar a sabiendas que se hará a
contracorriente de ese mundo Superior. O bien estos ritos se efectuaban con la
intención de que fuesen operativos, esto es, de que tuviesen el poder de actuar
sobre ese mundo Superior para (en la medida en que fuera posible) modificar su
dinámica y hacerla favorable –o menos antagónica- a las actuaciones que se
quisieran llevar a cabo aquí abajo.
Vemos, pues, que ningún plano de la realidad se halla desgajado de los demás.
Todos se hallan relacionados. Todos están interconectados. A unos los
encontramos en la base del funcionamiento de los otros. Unos son el reflejo, en
el microcosmos, de lo que sucede en el macrocosmos y si pretendemos que no sea
así, si pretendemos que lo de abajo no refleje a lo de arriba, si accionamos
para que la Tierra no sea un espejo del Cielo, provocaremos la entrada de lo de
aquí abajo en el caos y en la irrefrenable vorágime de la disolución.
Tal
interrelación nos debe llevar a pensar que no sólo enfermedades físicas o
trastornos de la psique tengan su explicación en desajustes acaecidos en otros
planos, más sutiles, de la realidad, sino que incluso hasta determinados
accidentes y/o sucesos trágicos padecidos por el hombre (o por algún tipo de
hombre) puedan tener una explicación que deberíamos de buscar en otros planos
de la realidad intangibles para nuestra capacidad sensorial. De acuerdo con el
parecer que fue propio del Mundo Tradicional a nadie le debería de extrañar
este postulado, por cuanto ya podemos deducir, por lo expuesto líneas más
arriba, que un accionar, en el plano terrenal, contrario a las dinámicas cósmicas
o ignorante de ellas puede, más que probablemente, provocar tragedias y
desgracias de toda índole (catástrofes varias, derrotas militares,
fallecimientos, enfermedades, defenestraciones,...).
Es
en este orden de ideas en el que vamos a introducirnos en la tarea de intentar
dilucidar si existen posibles explicaciones de orden sutil y/o Superior a las
graves heridas sufridas, en el epílogo europeo de la Segunda Guerra Mundial,
por Julius Evola; heridas que le provocaron para el resto de su existencia
terrena (hasta su deceso el 11 de junio de 1.974), la parálisis total de la
mitad inferior de su cuerpo y que le llevaron, consecuente e irremisiblemente,
a la silla de ruedas.
Recordemos que el infausto y trágico suceso acaeció en Viena durante un
bombardeo protagonizado por la aviación soviética. La explosión de una bomba
provocó la caída de un mueble en la espalda del gran intérprete romano de la
Tradición en el momento en el que éste estudiaba los archivos de ciertas
organizaciones secretas subversivas. Bien es cierto que ante esta versión unánime
de lo acaecido también nos ha llegado otra, explicada por el Sr.Guido
Stucco (1), según la cual Evola caminaba, durante el bombardeo, por las
solitarias calles de la capital austríaca en el momento en que una bomba lo
arrojó de espaldas contra una barda de madera. Sea como fuere lo cierto es que
las heridas provocadas en su columna vertebral resultaron incurables a pesar de
los intentos realizados, durante cuatro años, por diferentes especialistas en
hospitales de Suiza (donde estuvo tres años convaleciente) y de Bolonia (en
donde permaneció uno más antes de regresar definitivamente a Roma en 1.949).
Igualmente, también resulta evidente que en las dos versiones expuestas se nos
muestra a un Evola que parecía despreciar el peligro. Un Evola que renunciaba a
utilizar los refugios antiaéreos (actitud ésta bien cierta). Un Evola que
parecía retar al Destino...
Llegados a este punto precisamos hacer una acotación que concierne a la idea
del Destino, pues querríamos aclarar que la Tradición nunca sostuvo la noción
de determinismos insalvables. Nunca defendió la idea de que el Hombre
diferenciado (aquel que a través del descondicionamiento se convierte en señor
de sí mismo para llegar a ser el Hombre Superior o Absoluto) no pudiera
sobreponerse a las circunstancias o a los signos de los tiempos. Así pues, la
Tradición nunca otorgó carácter fatalista a la noción de Destino.
Al
Destino hay que entenderlo como la concreta dinámica que en un momento dado (de
la vida de las personas o de la historia del hombre) es propia de determinadas
fuerzas cósmicas (o numens). Ya hemos visto, estrofas arriba, cómo el
rito (a través del sacrificio –etimológicamente, ´oficio sacro´) puede llegar a
tener, gracias a su poder operativo, la capacidad de modificar, en mayor o
menor grado, estas dinámicas que caracterizan el fluir ordenado y armónico de
los citados noúmenos. Razón más para desechar la consideración fatalista del
Destino.
Realizada esta acotación indaguemos sobre la causa (o las posibles causas) por
la cual Evola pudo querer poner a prueba al Destino e intentemos, antes que nada,
fijar en qué consistiría su particular Destino o qué podía ´tenerle preparado´
éste.
Los
últimos compases de la segunda gran conflagración bélica estaban mostrando a
las claras que no era la hora de los fascismos. Que no era –para mejor hablar-
la edad de éstos. Que los tiempos que corrían (en plena decadencia del Espíritu
marcada por la Edad de Hierro o Edad del Lobo) no podían más que ser los del
triunfo y la hegemonía total de los materialismos en su, por entonces, doble
versión: la liberalpartitocrática, plutocrática y demoburguesa, por un lado, y
la marxista, por el otro.
Debido a que los fascismos habían nacido y se habían desarrollado en el seno de
este disolvente mundo moderno estaban, desgraciadamente, impregnados de muchas
de las escorias inherentes a éste, pero también es de rigor dejar patente que,
a su vez, anidaba en ellos un intento de ruptura total con muchos de sus dogmas
intocables y basales (materialismo, igualitarismo, democratismo,
utilitarismo,...) y que, a menudo, sus modelos a seguir pertenecían al mundo de
la Tradición (como la Antigua Roma lo fue para el fascismo italiano; cierto que
de una manera más estética y superflua que raigal y esencial). Estas enconadas
divergencias con el mundo moderno no podían más que acarrearle su trágico final
en una etapa tan poco propicia como para intentar restaurar algún tipo de valor
o de estructura acordes o cercanos con la Tradición perdida.
La
aniquilación de los fascismos que tenían ´preparada´ esas fuerzas cósmicas (2)
tan favorecedoras (en esta Edad de Hierro o kali-yuga) de procesos
disolventes acarrearía, al mismo tiempo y en consecuencia, la eliminación
física (tal como acabó aconteciendo) de muchas de las personas que de una u
otra manera (y en mayor o en menor medida) se habían posicionado junto a ellos
o, incluso, en paralelo a ellos.
Y es
en paralelo a ellos donde encontramos en muchas ocasiones a Evola. Y lo
encontramos en paralelo a los fascismos porque desde la distancia que le daba
su no adhesión incondicional a ellos pretendió siempre rectificar sus puntos
más problemáticos (plebeyizantes, demagógicos, de culto a las masas, a la
técnica y al cientifismo,...) para acercarlos lo máximo posible a los
parámetros que siempre fueron los propios del Mundo Tradicional.
Lo
que hemos definido como el Destino tenía pues, designado, con mucha
probabilidad, un trágico final para la existencia terrenal de nuestro autor,
pero no fue la muerte lo que le devino sino que fue la paraplejía en sus
piernas...
Se
podría pensar que el Destino quiso que esa bomba soviética le produjera daños
irreparables pero que no le matase, pues si Evola hubiera salido ileso de dicho
bombardeo la terrible represión acontecida en los meses finales de la IIGM y en
los años inmediatamente posteriores a la finalización del conflicto bélico no
hubiera tenido conmiseración con un hombre en perfecto estado físico y habría
acabado con su vida. Su condición de inválido le salvó, con mucha probabilidad,
la vida. Gravemente herido pudieron hacerle cruzar la frontera de Austria para
introducirlo en Suiza. Los tres años que pasó, convaleciente, en este país le
evitaron padecer los efectos de la dura represión acaecida en la Italia de
postguerra. De todos modos su estado físico no fue impedimento para obligarle a
pasar medio año (1.950) en la cárcel y para ser sometido a juicio. Pero, no
obstante ello, pudo vivir durante varias décadas más hasta su fallecimiento en
1.974. Y este prolongar su existencia el Destino lo podría haber querido para
que nuestro autor pudiera seguir legando las doctrinas de la Tradición a todos
aquellos que quisieran recoger su mensaje, pues de no haber sobrevivido a la
IIGM nos hubiéramos visto privados de joyas tales como la reedición,
profundamente transformada, de “El yoga de la potencia” (3) (o, en la versión
castellana editada por Edaf, “El yoga tántrico”), “Los hombres y las ruinas”,
“Metafísica del sexo” o “Cabalgar el tigre”. Asimismo no hubiéramos podido
conocer sus “Orientaciones”, su nueva y también reformada edición de “El
tao-tê-king de Lao tsé” por él interpretado, la reedición revisada de los
escritos del Grupo de Ur (“La magia como ciencia del espíritu”), su “Fascismo
visto desde la Derecha, con notas sobre el Tercer Reich” (“Más allá del
fascismo”, en la versión castellana editada por Ediciones Heracles), “El arco y
la clava” o su autobibliografia (que no autobiografía) “El camino del
cinabrio”. Sin hablar de la multitud de ensayos y artículos redactados en todo
este período. El Destino habría querido, pues, que este intasable legado del
saber Tradicional pudiera llegar a ser conocido por todos aquellos que fuesen
aptos para poder recibirlo y asimilarlo.
Ahora bien, también podríamos plantearnos que el Destino no le tenía deparado
su supervivencia a la IIGM, sino que, por contra, tal como ya hemos señalado
con anterioridad, le había incluido entre todos aquellos que morirían –víctimas
de la represión institucionalizada o por obra de los partisanos comunistas- a
manos de los vencedores del conflicto armado. Nuestro hombre, conciente de
ello, lo desafió (al Destino) y se sustrajo de sus designios. Nuestro hombre lo
habría retado con sus actitudes temerarias: con su negativa a correr hacia los
refugios antiaéreos durante los bombardeos o (recogiendo la otra versión que
hemos explicado) con su caminar por las desiertas calles vienesas en los
momentos del trágico suceso. Esta actitud desafiante sería muy propia del tipo
humano del shatriya (o guerrero) al que Evola tenía como arquetipo personal
y doctrinario a seguir por considerarlo el más adecuado para aspirar a
cualquier proceso de Reconstrucción (tanto interior -del ser humano- como
exterior –de la Tradición en el
mundo). Es asimismo la actitud del Héroe que nada contracorriente de los
tiempos de oscuridad en que le ha tocado vivir y que aspira a esta doble
vertiente de la Reconstrucción o Restauración. El Héroe que se niega a ser
arrastrado por la corriente porque está convencido de que nada puede a su
voluntad y de que, por tanto, puede sobreponerse al accionar de las leyes
cósmicas. Está convencido de que la libertad que ha conseguido en su interior
(su descondicionamiento con respecto a cualquier atadura y determinismo) le ha
hecho invulnerable a estas leyes cósmicas, a estos numens; en definitiva,
al Destino. No nos debería, pues, parecer nada extraño que esta hipótesis
tuviera muchos visos de ajustarse a la realidad de lo que sucedió y de lo que
el Tradicionalista romano (de origen siciliano) se propuso.
Evola, repetimos, habría retado al Destino y se sustrajo a los designios que
éste le tenía preparados: la muerte. La parálisis que le provocó este desafío
acabaría salvándole la vida.
René
Guénon, en su correspondencia epistolar con Evola, sostiene la idea de que las
fuerzas de lo ínfero se habrían “vengado” (al provocarle la paraplejía) de un
hombre que se había hecho inmune a ellas; que se había, definitivamente, desatado
y liberado de ellas. El Tradicionalista francés creía que al no poder, dichas
fuerzas de lo bajo (o que arrastran hacia lo bajo), llevar a cabo su “venganza”
sobre el alma de un iniciado (precisamente por estar liberada o en proceso
avanzado de liberación) sólo les quedaba ejecutarla sobre el cuerpo. Evola
pareció no compartir esta idea, ya que pensaba que no sólo el alma
descondicionada sino incluso el cuerpo se hacían inmunes a cualquier influjo de
este tipo de fuerzas corrosivas.
Este
desacuerdo interpretativo acaecido entre Guénon y Evola es entendible si
consideramos el diferente enfoque que, desde el punto de vista de la
palingénesis o transustanciación interior, le otorgan ambos al cuerpo. Guénon
parece adherirse a los posicionamientos del Vedânta
hinduista, el cial le otorga una condición de falsedad, ilusión o maya al mundo manifestado y, en
consecuencia, el cuerpo también comparte esta consideración. Es por ello que
una especie de renuncia al cuerpo facilitaría el proceso iniciático. Los ayunos
extremos que llevan al cuerpo hasta el borde del colapso serían uno de los
métodos a seguir...
Guénon había llegado a postular que el alma podía iniciar el proceso encarado a
la Iluminación o Despertar sin antes haberse descondicionado de todo aquello
que la ataba a lo bajo; sin antes haberse convertido en dominadora de aquellos
bajos instintos, de aquellas pulsiones e incluso de aquellas turbulencias
pasionales y aquellos sentimentalismos cegadores y perturbadores a los que se
haya esclavizada como consecuencia de su adscripción a un cuerpo. El autor
francés escribía que una vez el alma había arribado a altas cotas de realización
entonces podía optar por reencontrarse, si así le placía, con el cuerpo (pues
ahora ya no correría peligro de contaminarse con los nefastos influjos
deletéreos de éste) o por renunciar definitivamente a la “convivencia” con él.
Se
entiende difícilmente, con estas posturas asumidas por Guénon, el proceso
iniciático como aquél que debe de caracterizarse por el arduo y metódico
trabajo interior propio del accesis y que tiene como primer objetivo y primera
etapa el lograr el autodominio con relación a todo aquello que ata y aliena,
pues si esta primera etapa no fuera necesaria (por poderse Despertar el alma
autónomamente; desgajada del cuerpo
desde el principio del proceso) podríamos llegar a parangonar este tipo
de “vía iniciática” con lo que presuntamente (y falsamente) acontece en los
casos de misticismo, en los que la experiencia de lo Superior se reduce al
éxtasis producido por una visión cegadora -y de arrobamiento- de lo Alto, sin
que antes se haya producido el necesario proceso de descondicionamiento
interior que purifica al alma de escorias y que la hace apta para continuar el
camino que tiene por finalidad la asunción del Despertar al Conocimiento del
Principio Supremo y a la identificación ontológica con él.
¿Cómo se puede entender la transustanciación del alma si ésta
no ha luchado por fortalecerse en lid contra aquellas fuerzas deletéreas que
anidan en el cuerpo (ya que se ha desentendido de éste)? La
vinculación entre el cuerpo y el alma es, pues, una condición sine qua non para aspirar a la
transustanciación de ésta. Sería, poco menos,
como pretender que se puede culminar la ´obra al albedo´ contemplada por la Tradición Hermética sin haber
previamente consumado con éxito la ´obra al nigredo´,
que representa la primera fase de este proceso alquímico de transformación
interna.
Este apoyarse doctrinalmente (tal como hace Guénon) en los
textos del Vedânta (4) provoca una especie de rechazo a esa parte integrante
de la manifestación que es el cuerpo y representa un desencuentro con las
enseñanzas de la Tradición que lo consideran al mismo (al cuerpo en particular
y al mundo material en general) como prolongación –eso sí, en estado burdo-,
por emanación, del Principio Supremo intemporal, inasible e indefinible que se
encuentra en el origen de todo el Cosmos; enseñanzas con las que coincide
totalmente la postura defendida por Evola.
Hasta tal punto vinculaba el italiano el cuerpo al alma que
concebía la idea de que las transformaciones experimentadas por el alma a lo
largo del camino iniciático acababan reflejándose en el aspecto externo del que
las iba llevando a cabo. Así es que la pureza interior conseguida acababa
rezumando en rasgos de nobleza y gravitas
en el rostro del transformado y la consecución del Despertar le confería un
aire de majestad y solemnidad inalterables y sobrecogedoras a los ojos del
común de los mortales.
Un tal cuerpo constituye una unidad armónica con el alma y el
espíritu y un tal cuerpo comparte, pues, los “beneficios” de los logros
obtenidos por el alma y difícilmente cabría admitir que las fuerzas que
arrastran hacia lo ínfero pudieran haberle hecho mella alguna a Evola en su
cuerpo en la forma, por ejemplo, de la parálisis de que fue víctima.
Podríamos, ahora, pasar a adoptar otro tipo de enfoque que se
posiciona en la convicción de que, tal como el hermetismo postula, a la primera
fase del proceso de renacimiento interior denominada como la de la ´obra al nigredo´ se le reconoce el efecto de la
llamada ´putrefacción´ o ´ennegrecimiento´ por cuanto se persigue descomponer o
eliminar las escorias psíquicas y pulsionales que ensucian, perturban y
atenazan al alma y dicho ´ennegrecimiento´ o suelta de escorias (según esta
otra postura) podría llegar a materializarse e impregnar el cuerpo con
cualquier tipo de enfermedad o lesión como la que, según este modo de entender,
habría afectado a Evola en su columna vertebral.
Esta última interpretación nos echa cabos para que, a su vez,
nosotros podamos lanzárselos a ese gran erudito de la Tradición Perenne que fue
el rumano Mircea Eliade. Dejaríamos definitivamente zanjadas las reflexiones
que hemos vertido teniendo como epicentro a René Guénon para pasar a escuchar
y, si cabe, a interpretar a Eliade. Pero lo haremos no sin antes dejar
constancia (a pesar de estas críticas vertidas) del inmenso reconocimiento que
nos produce el extenso y valiosísimo opus
doctrinal que nos ha legado el autor
francés.
Mircea Eliade sugiere que el hecho de que Evola fuera herido,
en su médula espinar, precisamente a la
altura del tercer chakra no debería
de escaparse a una interpretación sutil del trágico percance. El rumano no
llega a concretar a qué se refiere con dicha afirmación, pero bien es sabido
que, según el tantra-yoga,
superpuesto a este chakra o centro de
fuerzas sutiles se desarrollan, a lo largo de la común existencia de los
hombres, manchas en el alma como la ira, la furia o el orgullo (5). El abrir
este chakra significaría, para el
iniciado que lo lograse, romper las cadenas que le esclavizan a estos concretos
baldones que ensucian al alma; controlarlos y acabar dominándolos. El tantra-yoga nos explica que el iniciado
debe, a través de la accesis interna, despertar el noúmeno cósmico denominado sakti que en el interior del ser humano
recibe el nombre de kundalini. Kundalini
es asemejado a una serpiente que hay que despertar para que vaya recorriendo en
sentido ascendente, desde el primero hasta el séptimo y último (el de la
Iluminación), todos los chakras del
hombre para ir abriéndolos y descondicionándolo, así, de toda atadura y
sujeción a lo bajo como camino a seguir para coronar la Gran Liberación.
Podríamos colegir que Eliade puede estar queriendo afirmar que
Evola, en 1.945 -en esos estertores de la IIGM en suelo europeo- en su
recorrido iniciático habría conseguido emanciparse de todas aquellas ataduras
que atenazan al alma y que se encuentran a la altura del primer y segundo chakras, pero todavía no de las que se
sitúan a la altura del tercero (6) y así habría acontecido que los numens de lo Alto habrían, por así
decirlo, “ayudado” al barón Evola a abrirle definitivamente ese tercer chakra al provocarle el fuerte impacto
en esa parte de su columna vertebral.
Cierto es que también podría deducirse que Mircea Eliade podría
estar refiriéndose, por contra, a que al poder presentar Evola una fuerte carga
de ira, cólera y orgullo no superados se debería de encontrar comprensible una
manifestación externa de estas lacras (en forma de irreparable lesión)
precisamente en la zona del cuerpo en donde ellas se concentran. Nosotros, no
obstante, no compartiríamos esta posible interpretación.
No querríamos finalizar este escrito sin dejar de destacar el
hecho de que para el ojo profano tan común al mundo moderno no existen posibilidades
de interpretaciones de hechos acaecidos
en el plano material que sean capaces (dichas interpretaciones) de sondear y
efectuar incursiones más allá de dicho plano, pero que, en cambio, para el ojo
del hombre de la Tradición las causas de los acontecimientos y hechos ocurridos a nivel de lo material hay que
buscarlas en otros planos de la Realidad que se encuentran más allá del mundo
sensitivo.
Tampoco querríamos concluir el presente artículo sin invitar a
sus lectores a que, antes de decantarse sobre alguna de las interpretaciones
expuestas a propósito de la paràlisis de Evola, mediten acerca de cada una de
ellas, pues este ejercicio instrospectivo les ayudará, sin duda, a tomar
conciencia (más si cabe) de la existencia, y aun casi de la naturaleza, de
otras realidades de carácter suprasensible. Sin duda nuestra mente se liberará,
de esta manera, por un rato de los enquistamientos materiales, rutinarios y
monocordes en los que nos vemos sometidos por la modernidad.
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(1) Guido Stucco es Maestro en Teología Sistemática por el
Seaton Hall y es Doctor en Teología Histórica por la Universidad de St. Louis.
(2) Puesto que lo de arriba
se refleja abajo y ya que las fuerzas sutiles que constituyen el entramado del
mundo manifestado están interrelacionadas entre ellas y es por ello que lo de
abajo no debe desentenderse de lo arriba si no quiere provocar su autodestrucción
y, en referencia al hombre, su bestialización, puesto que esto es así es
por lo que en el ser humano actúan, de la misma manera que a nivel cósmico
(e influidas por éste), unas fuerzas (volviendo a usar términos hinduistas: gunas) que favorecen las tendencias del
hombre hacia lo Alto (sattva, del
sánscrito ´ser´), o bien que le empujan a ser arrastrado, pasivamente, por lo
que fluye -por el devenir caduco y perecedero- (rajas) o bien, finalmente, que le succionan hacia lo bajo, hacia lo
disoluto (tamas).
(3) Originariamente, “El yo
como potencia”.
(4) En su momento ya hubimos
hablado sobre estas divergencias existentes, al respecto, entre ambos
Tradicionalistas y lo hicimos en un texto al que dimos por título el de
“Críticas de Evola al Vedânta”.
(5) Constátese como lo que podríamos denominar como anatomía sutil (tan
presente en diversas ciencias
sacras de la Tradición ) coloca en el hígado (no casualmente situado
exactamente a la altura del tercer chakra)
estas alteraciones de la psique que son la ira, la furia, la cólera y el
orgullo.
(6) Acerca de posibles
cábalas que se puedan hacer sobre a qué grado de Realización interior habría
llegado Evola en el momento de su fallecimiento (en 1.974) nos remitimos a
nuestro texto “¡Que nos disculpe Evola!”.
EDUARD ALCÁNTARA
SEPTENTRIONIS LUX