El 11 de septiembre de 2001 dos hechos
de significativa importancia se constituyeron en determinantes de los
acontecimientos mundiales sucesivos. El primero de ellos, el más conocido con
el nombre de los megaatentados de las Torres Gemelas y el Pentágono, representó
el final del mito de la invulnerabilidad del gobierno y régimen norteamericano
al mostrarse que con medios para nada excesivos era posible atacarlo en su
propio territorio y propinarle daños severísimos en su sistema de seguridad
interna. Pero el segundo acontecimiento menos notorio ocurrió en Afganistán en
la región montañosa del norte del país cuando el líder de la Alianza del Norte,
el general Massud, era asesinado en un atentado dirigido por Al Qaeda en
inteligencia con el régimen Talibán que gobernaba en la casi totalidad del
país, menos en dicha región en donde en cambio regía el viejo liderazgo de
dicho general.
Este acontecimiento decisivo
representaba un acto de aceleración en la revolución afgana que se había
iniciado en la década del ochenta del pasado siglo en una lucha de nueve años
en contra de la ocupación soviética. Durante la misma se fueron perfilando dos
tendencias antagónicas. La de aquellos que en su enfrentamiento con la ya
fenecida URSS pretendían tan sólo cambiar de collar y mantener el mismo
espíritu moderno y materialista que compartían sea el imperialismo ocupante
como el que competía con el mismo, los EE.UU. o por el contrario una revolución
cabal que contrastara contra el mismo principio que a los dos los alimentaba,
el secularismo moderno compartido por las dos ideologías gemelas de origen ruso
y yanqui. En el primer sector gatopardista, vinculado estrechamente por el
norte geográfico a las antiguas ex repúblicas soviéticas linderas, se
encontraba justamente el general Massud. En el lado antagónico, el movimiento
islámico fundamentalista, que se había gestado en una dura lucha en contra la
invasión moderna a su país, y cuyo representantes se encontraban en el
movimiento talibán capitaneado por el Mullah Omad y a nivel internacional por
la organización Al Qaeda que había sentado sus bases en tal país y en el vecino
Pakistán.
Luego de tales terribles
acontecimientos acontecidos en la civilización moderna occidental y
principalmente en su capital, la ciudad de Nueva York, tras la sorpresa inicial
sobrevino el momento de la represalia. Aquí es interesante destacar una
analogía histórica que se ha efectuado entre estos hechos y lo que fuera en
1942 el ataque a la base hawaiana de Pearl Harbour, el que muchos años más
tarde achacaron a los mismos Estados Unidos en razón de hallar un justificativo
para entrar en la 2ª guerra mundial. Los grandes enamorados explícitos y
secretos de la omnipotencia norteamericana a las que algunos admiran con
sinceridad por sus “logros” tecnológicos y otros por envidia por el poderío que
no han podido alcanzar, no se cansaron de hacer comparaciones entre ambos
acontecimientos. En los dos casos se habría tratado de un justificativo para
que Norteamérica pudiera entrar a una guerra e invadir países extraños, por
supuesto y también en ello determinados por la misma mentalidad que prima en
tal metrópolis, influidos exclusivamente por razones económicas. En este caso
se habría tratado del petróleo del Oriente Medio lo que habría justificado
hacerse estallar las Torres. Sin embargo, a pesar de todas las analogías que se
han hecho entre Japón de 1942 y Afganistán de 2001, saltan a primera vista
ciertas diferencias esenciales, las que por supuestos no son tenidas en cuenta
por los funcionales montajistas. En el caso de Pearl Harbour, la reacción
norteamericana no fue la de pedir explicaciones al gobierno agresor, sino
declararle abierta e inmediatamente la guerra. En cambio con Afganistán, y
ahora se sabe que también con Pakistán, la actitud fue sustancialmente
diferente. Se le exigió la entrega de Bin Laden y el desmantelamiento de la red
Al Qaeda en el propio territorio, pues en caso contrario serían invadidos. El
presidente pakistaní Musharraf nos acaba de aclarar puntualmente que fue
amenazado con el “regreso a la Edad de la Piedra” si no cumplía con tal requerimiento.
A lo cual tal régimen títere, poseedor de la bomba atómica, accedió a tal
pedido e inició en su territorio una persecución de compatriotas simpatizantes
de tal organización a los cuales una vez detenidos entregó al régimen
norteamericano para poblar las cárceles de la CIA en Guantánamo y en el resto
del mundo. Varios atentados fallidos en contra de la vida de tal gobernante se
hicieron desde entonces hasta hace poco más de un mes con resultados hasta
ahora negativos. Por eso Pakistán no fue invadido. En cambio en Afganistán, el
régimen talibán, sustentado en principios muy diferentes de los “occidentales”,
es decir no pragmático ni maquiavélico, rechazó tal pedido y, luego de un mes
de sucesivas reiteraciones por parte de EE.UU., fue finalmente invadido, con
los resultados que hoy conocemos. Tal hecho desarticula totalmente la hipótesis
montajista, a nuestro entender alentada por los mismos norteamericanos para
exaltarse en su omnipotencia. ¿Qué hubiera pasado si el Mullah Omar lo
entregaba a Bin Laden y actuaba como su vecino de Pakistán? No hubiera habido
invasión. Esta circunstancia no se dio en el caso de Japón en 1942.
Hoy luego de cinco años de la invasión
a Afganistán que, a diferencia de la acontecida posteriormente con Irak, contó
con el apoyo explícito de la ONU, la OTAN, Rusia, China y el Papa, es decir del
régimen que nos oprime en su totalidad y sin matices, la situación dista
enormemente de ser halagüeña para tales poderes. Luego de un resultado inicial
aparentemente exitoso que diera por el suelo en pocos días con el régimen
talibán, lentamente se fue gestando una contraofensiva que de a poco le fue
permitiendo al mismo ir recuperando paulatinamente todo el territorio perdido
por lo cual los mismos invasores en la práctica han terminado reconociendo (y
al respecto invitamos a los lectores a suscribirse a los foros de la Agencia
Kaliyuga que es la única que verdaderamente informa) que su poder se reduce a
la ciudad de Kabul en donde el presidente Karzai es apenas un intendente de la
misma, cada vez con el poder más acotado e incapaz de evitar la incesante
sucesión de atentados que se producen en lugares claves, como el de hace dos
semanas a una cuadra de la misma embajada norteamericana. A su vez las fuerzas
invasoras, siempre según sus propias confesiones, sólo están seguras adentro de
sus bases, no pudiendo circular libremente por el territorio de tal país. Ante
tales situaciones catastróficas producidas por una invasión totalmente
ineficiente que no ha sido capaz de obtener sus objetivos principales tales
como detener a los líderes del movimiento talibán y de Al Qaeda y ante las
incesantes demostraciones de hostilidad hacia el invasor demostrada por parte
de la población civil especialmente en las provincias del sur y del Este en
donde el talibán se ha hecho fuerte, las fuerzas aliadas han solicitado no ser
enviadas al frente de batalla. El caso más patético ha sido el de Italia, país
cuyo parlamento ha prohibido expresamente a sus militares en participar en
misiones guerra, lo cual es una verdadera incongruencia pues su mera presencia
representa una situación de guerra. Hace pocos días se supo por la prensa de un
atentado en el que murieron dos soldados italianos “pacificadores”. El
periodismo relataba espantado cómo la población festejaba el hecho y se
regocijaba viendo agonizar a los heridos. No muy diferente es la situación
relativa a los otros contingentes extranjeros. A EE.UU. y a Inglaterra les
cuesta cada vez más conseguir que los demás aliados europeos envíen refuerzos
pues cada vez cunde más la idea consumista de que es “mejor fundamentalista
antes que muerto”, por lo que no saben cómo poder completar un contingente
mínimo para por lo menos mantener el statu quo. Los mismos
británicos según sus corresponsales de guerra están aterrados por el invierno
que se avecina e intentan vanamente convencer con dinero a las tribus afganas
aun no asociadas al talibán de hacerle frente. Pero hasta ahora todas las
respuestas han sido negativas.
Muchos se preguntan hoy en día de dónde
saca el dinero el movimiento talibán para poder llevar adelante las campañas
heroicas que está efectuando. Los suspicaces montajistas insisten en decirnos
en que son financiados por el Occidente, lo cual pareciera a esta altura del
partido un verdadero delirio. Sin embargo digamos que en esto sin darse cuenta
tienen razón. Gracias a que dicha civilización decadente consume droga, más
específicamente opio, es que se puede de esta manera financiar la campaña
talibán. Es muy estrecho el vínculo entre tal movimiento y el tráfico del opio.
Y al respecto hubo un periodista occidental que pudo dialogar con un jefe
talibán haciéndole notar tal aparente incongruencia. “¿Cómo puede ser que un
movimiento tan religioso y fundamentalista esté conectado con el narcotráfico?”
A lo cual la respuesta fue muy clara. “Nosotros no consumimos droga. Son los
soldados norteamericanos e ingleses los que lo hacen. Y eso nos viene muy bien
por dos razones. Financian nuestras campañas y son más fáciles de derrotar”. Se
repite así la profecía de Lenín. “Cuando las cosas nos vayan mal entonces
fabricaremos una gran soga para ahorcar a la burguesía. ¿Y quién nos la
facilitará, si nuestras fábricas están paradas? La misma burguesía hará una
licitación para vendérnosla”.
Es indudable que la desesperación producida entre las
filas norteamericanas y aliadas por la gran debacle de Afganistán que a su vez
se asocia a la que se está produciendo en Irak en donde el desgobierno es
absoluto, las tropas norteamericanas pierden un promedio de cuatro soldados por
día y la población ha pasado de una tasa de mortalidad del 5 al 13 por mil
anual desde que ha sido “democratizada”, se ha contagiado a las elites
dirigentes locales puestas o sostenidas por los norteamericanos.
Ha resultado patética la pelea habida
frente al presidente Bush entre los dos jefes de Estado pakistaní y afgano que
tuvieron que dar explicaciones de por qué no lo pueden atrapar ni a Bin Laden
ni al Mullah. A lo cual Karzai se sacó el fardo de encima diciendo que
Musharraf, al haber reconocido la autonomía de la rebelde provincia de
Waziristán en la frontera con su propio país, desde allí permite el avance de
Al Qaeda y talibán en su territorio. A lo que aquél asustado ante la
eventualidad de una invasión a su país contestó rotundamente que está escondido
en Afganistán y que no lo atrapan por la inexistencia fáctica de tal gobierno.
Cuentan los presentes que Bush quedó perplejo sin saber a quién creerle.
Cerramos la nota con el título que la
precede. Ante la debacle “occidental” en Afganistán luego de cinco años de
heroica resistencia, a pesar de todos los silenciamientos que a la misma la
prensa le dedica vale el recordatorio hecho por el n.º 2 de Al Qaeda en una
reciente aparición. “Esta vez el Dr. Brydon no volverá a la India”. Se refería
a un acontecimiento histórico del siglo XIX. En plena expansión del imperio
británico, tal país invadió Afganistán desde la India para unirla a sus
territorios del Medio Oriente. Una expedición de 17.000 soldados fue
exterminada en un desfiladero y un solo sobreviviente, el aludido Dr. Brydon
pudo escapar volviendo con medios precarios a la India para poder contar lo que
vivió. Al parecer esta vez va a ser mucho peor.
Buenos Aires, 12-10-06