Truenos al amanecer

Primer Capitulo

por Rafael Pernett y Morales

Desde casi antes de levantarse esa ma�ana, Aurora tuvo la certeza de que estaba embarazada.

Camin� despacio hasta el ba�o y se enfrent� directamente con sus ojos indios. No era la primera vez que present�a esa sensaci�n de plenitud y de expansi�n, as� que no ten�a la menor duda. El espejo le devolvi� la mirada, que parec�a enfocar almas, una mirada escrutadora que en realidad era s�lo miop�a. Mientras regaba la pasta sobre el cepillo de dientes, se preguntaba con qu� cara le dir�a a Ignacio Rub�n que la hab�a sembrado y que ya tendr�a como unas cuatro horas de embarazo. Se reir�a de ella, eso seguro. Porque no era la primera vez. El a�o pasado, precisamente para el D�a de la Madre, la llen� de obsequios porque hab�a tenido un retraso y la decepci�n vino a media noche de manera aparatosa. En otra ocasi�n, despu�s de dos meses de ilusiones y planes cuidadosos, los sue�os se le hab�an truncado a media tarde en el supermercado, ante el asombro de los clientes y la estupefacci�n de los empleados.

Pero esta vez estaba completamente segura. As� que entr� a la ducha con sumo cuidado, como pisando huevos, no vaya a ser que resbale y adi�s good bye buena suerte. Desayun� con la seguridad alegre que daba la �ntima complicidad consigo misma y sali� para el trabajo casi cantando. Se detuvo en seco cuando casi inicia una ranchera, pero a lo lejos sonaba, mezcl�ndose con el ruido de buses y ambulancias, un acorde�n que la insert� en el ritmo, porque no era momento para remembranzas dolorosas. Vaci� su alforja y aspir� a todo pulm�n antes de llegar a la calle, sin importarle la cara de perplejidad mezclada con curiosidad que pon�an los vecinos y las trampas de las vecinas con los que se cruzaba en la escalera. Ella segu�a musitando, m�s que desgalillando, la melod�a. Hoy hasta Ignacio Rub�n hab�a quedado reventado como un globo y no hab�a ido a trabajar. Hoy no hab�a visto nada ni en la pared ni en el espejo. Hoy el pasado parec�a haberla olvidado.

Aurora del Lucero Campos Doraces hab�a vivido tiempales con Miguel Esteban y su uni�n nunca aparent� ser fruct�fera. A veces pasa eso, le dec�a Mikki, siempre con ella en las buenas y en las malas, que no se emparejan los cuerpos, porque a simple vista se notaba que, al menos por parte de Miguel Esteban no era problema de infertilidad: �l ten�a un hijo por all� por Dolega y una hija por all� por Almirante. Hasta ah� lo que se sab�a. Y por eso cre�a que Micaela ten�a raz�n, la qu�mica no funcionaba, eran mezcladores que no ligaban, orgasmos paralelos que no produc�an resultados, buques parejos en el mar del desatino. Lo mismo pod�a estar pasando ahora con Ignacio Rub�n, como pas� con Julio y con Gerardo y con Jack y con Tiye, �por qu� me lo hiciste, Tiye?, y con Kendall y con Ebenezer, �por qu� no decirlo abiertamente?.

Pero esta ma�ana, mientras entraba a la oficina, pisando fuerte, estaba total y absolutamente convencida de que en seis meses estar�a de licencia y quiz� el destino le devolviera lo que hab�a desecho en un arrebato juvenil de desesperaci�n que hoy hasta le parec�a in�til, f�jate. Porque, de repente, como por arte de magia, el mundo volv�a a cobrar sentido como antes de lo que ella catalogaba como tragedia y Miguel Esteban como s�lo un mal paso, comprendi�ndola hasta lo �ntimo, antes de �l que se metiera a cantar rancheras y pasara lo que pas�. S�bitamente, hasta el cerro de papeles que antes parec�a falto de vida perd�a el tedio y la convert�a en una parte importante del engranaje burocr�tico, no s�lo por el fundillo carnoso de tanto estar sentada si no porque hoy hasta el gobierno le parec�a bonito.

Mientras dejaba la cartera en la gaveta de abajo y colocaba la chaqueta verde con cuadros rosados sobre el respaldo de la silla, se prometi� que esta vez nada ni nadie iba a detener las aguas que deben correr.

La compa�era del escritorio de al lado la mir� sorprendida y Aurora se extra�� por la expresi�n desusada de Karen, siempre impasible y ahora parpadeando incr�dula. Acomod� unos papeles que hasta hoy le parec�an una p�rdida de tiempo y empez� a sacarle punta a un l�piz.

— �Qu� te pasa?

— Creo que estoy en estado.

— �De qui�n?

Aurora levant� los ojos negros de los formularios rayados que ten�a enfrente y que cotejaba con el l�piz. Mir� a Karen.

— De Ignacio. Tengo como seis horas de embarazo.

Karen no contest� y sigui� haciendo aparentemente lo mismo que Aurora, en un silencio tan expresivo que la hizo dudar un instante sobre si el momento era o no oportuno para ese tipo de aseveraciones. Adem�s, la pregunta de Karen, lejos de molestarla, le brind� m�s seguridad en la paternidad del producto. No pod�a explic�rselo, pero era como si al plantear la cuesti�n Karen no hab�a hecho otra cosa que confirmar, primero, que estaba pre�ada y, segundo, que podr�a saber qui�n era el padre de la criatura. El acento no fue ir�nico, no fue una pregunta capciosa, fue s�lo el reclamo de una constataci�n del hecho.

Aurora del Lucero Campos Doraces, con su mirada escrutadora y su expresi�n radiante, llen� la estancia como lo llenaba todo, estir�ndose con las manos en la nuca y emitiendo un suspiro como de ilusi�n decantada.

— A la salida arreglamos eso—, dijo entonces Karen, sin ninguna entonaci�n especial.

— �Arreglamos qu�?— Sin embargo, Aurora sinti� como que le hubieran clavado una aguja en el centro del pecho, recordando al m�dico incircunciso de apellido hebreo.

— Averiguamos bien eso de tu embarazo—. Karen la miraba intrigada. Hoy era el d�a de las sorpresas, se dijo, a lo mejor hasta les sub�an el sueldo y todo.

— De acuerdo—. Aurora regres� la atenci�n al escritorio, donde unos formularios probablemente in�tiles justificaban el dinero que el Estado se gastaba en su salario.

Un rel�mpago cort� el cielo gris en dos tajadas, y un trueno en la distancia sell� el pacto de las dos mujeres

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