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Capítulo uno
Tristán Solarte

Voy a aprovechar estas noches de insomnio -interminables, delirantes-para ordenar mis viejas notas sobre el asesinato de Rafael. Después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que si recorro de nuevo, sistemáticamente, de principio a fin, "los viejos caminos", quizás consiga neutralizar el veneno que destilan mis recuerdos. Todos mis recuerdos: los de mi madre, los de mi niñez, los de mis mocedades. Y, especialmente, los de Bocas del Toro, donde me hice hombre y médico. Recuerdos de las gentes de Bocas del Toro. Recuerdos de Carmen, la dulce Carmen, destinada a una muerte prematura. Recuerdos de Leonor: recuerdos de aquella joven extraordinariamente esbelta y bella, cuyos ojos verdes poseían la misteriosa cualidad de absorber y reflejar toda la claridad del paisaje marino. Recuerdos la muchacha que fue mi primer amor. Amor no correspondido, es cierto, pero es qué importa. Cuando el insomnio o el sueño me devuelven su imagen, la acepto con gratitud, humildemente. Recuerdo de Rafael Recuerdos de un crimen que estuvo a punto de desquiciarme. Conservo varios recortes de prensa. Voy a transcribir los titulares escandalosos de uno de ellos: "MONSTRUOSO CRIMEN EN BOCAS DEL TORO. LA VICTIMA ERA UNA DE LAS MAS DISTINGUIDAS FIGURAS DE LA LITERATURA PANAMEÑA".

El texto, pese a estar redactado en la truculenta jerga del oficio, recoge con bastante fidelidad lo ocurrido. A las ocho de la mañana la abuela de Rafael entro al cuarto de su nieto a llevarle, según tenía por costumbre, el desayuno. Al abrir la puerta, lanzó un grito y cayó al suelo desmayada. Al ruido acudieron los vecinos, y vieron espantados la causa de la conmoción: Rafael yacía desnudo en la cama, en medio de un charco de sangre.

La noticia recoge la perplejidad de las autoridades, y del público en general, por la aparente ausencia de móvil. Consigna, secamente, la simpatía y estima que todo el mundo sentía por el poeta; su vida ejemplar, consagrada exclusivamente a la realización de su obra. No tenía un enemigo. Algunos aventuraron la teoría de que sólo un loco pudo cometer el crimen.

"Rafael, vivía en una pequeña casa del pueblo en compañía de su abuela, su único familiar. Los padres del poeta murieron cuando ése era un niño de corta edad."

"La abuela ha sufrido un ataque al corazón, y el médico la está atendiendo".

Siguen unos párrafos casi líricos que pretenden hacer el panegírico del poeta genial de diecisiete años, que también se distinguió como pintor y como cantante. Los paso por alto, porque lo que Rafael era, prefiero decirlo yo mismo con mis propias palabras.

En una pequeña caja de cedro guardo algunos objetos preciosos. Ya hice alusión al recorte del diario. Mencionaré, además, una carta amarillenta y reseca, sin firma: un testamento, tres poemas inéditos, dos fotos: la primera es de Leonor, sentada en la playa, en traje de baño, con el mar de fondo. Como fue tomada desde lejos, no se le distinguen bien las facciones; pero éstas se hallan nítidamente impresas en mi memoria. La contemplo ahora, y siento que el viejo amor desesperado, aquel amor que nunca me atrevía a confesarle -por timidez, por miedo a que me rechazara, ¡vaya usted a saber! -no ha muerto del todo. Ignoro qué me intimidaba más en la muchacha: si los ojos verdes o la piel curiosamente dorada, o las manos largas o los labios llenos, o el aire de severa castidad que mantenía a distancia a la juventud masculina bocatoreña ( a sus veintidós años, aún no se le había conocido novio)

La otra foto tampoco es clara. Una muchacha en calle cuarta. Sé que se trata de Carmen porque yo mismo la tomé. Con Carmen sí me llama la memoria. Lo único que conservo de ella es su fragilidad y la dulzura de su carácter, y su paso de sueño por mi vida.

En cuanto a los poemas... ¡silencio! Si de mí depende, jamás se publicarán. Cuando sienta que la muerte se aproxime, los quemaré...

Otros fragmentos del ahogado...



El Ahogado
Tristan Solarte


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