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Ya está frente a su casa, su pequeña casa de madera con los helechos y flores del balcón, amorosamente cuidados por la abuela. Sube las escaleras decrépitas. Sonriendo maliciosamente, abre la puerta y entra con grandes precauciones para no despertar a la vieja. Al pasar frente al cuarto de ésta, su ronquido familiar le llega pleno y sonoro, como una señal de buen agüero, de que todo está en orden. Atraviesa de puntillas el pasillo, y abre la puerta de su cuarto, situado en el otro extremo de la casita. Enciende la luz.

En una habitación relativamente amplia, amueblada con sencillez: una cama de hierro junto a la pared, una cómoda, un armario. En la pared opuesta, un pequeño escritorio y un taburete. Empotrada en la pared, una biblioteca con medio centenar de volúmenes incluyendo varios ejemplares de las dos obras que lleva publicadas: "Canción de amor" y Falsos Testimonios". En la cabecera del lecho un retrato de García Lorca.

Se desviste lentamente, sin dejar de sonreír. Apaga la luz y completamente desnudo, se mete en la cama. Con los ojos cerrados espera pacientemente a que el poema que ha venido anunciándose todo el día se materialice en un soneto perfecto. Una a una se irán encadenando las sílabas embriagadoras. Conoce bien los síntomas. Aguarda. Aguarda..., pero el que llega es el sueño, con sus limbos grises y sus incoherencias.

En esa duermevela lo sorprenden. Siente, casi en sueños, los pasos que se acercan a su lecho, sigilosamente. Siente la mano que levanta el puñal; siente la ráfaga negra que irrumpe en su alcoba...siente...y sonríe en sueños...

A las dos de la madrugada se desató un violentísimo aguacero que se prolongó, con breves pausas y escampadas, hasta el amanecer.

El día nace turbio, húmedo y melancólico. Heladas ráfagas de viento se enredan en las esquinas. Calle tercera, empozada por el deficiente sistema de desagüe, está intransitable. Algunos peatones, descalzos y con los pantalones subidos hasta la rodilla, cruzan chapoteando, desdeñosamente completados por oscuros gallinazos ateridos de frío en los techos de zinc.

El pueblo despierta lenta y perezosamente, bostezando y dando portazos. Un hombre sacude a su hijita de ocho años que se debate dulcemente en el centro de un sueño agradibilísmo... una vieja, con la canasta de hacer las compras colgándole del brazo, mira con rencor las calles anegadas... una joven pareja de amantes hace aún más ceñido el abrazo matutino; ambos tienen los ojos cerrados; en la misma cuadra, una madre calienta la leche en la cocina mientras desde el fondo de la casa su pequeño de tres meses arma una gritería de todos los diablos... el sastre y su rolliza esposa abren los ojos a la primera mañana de matrimonio... el viejo pescador escruta ansiosamente el mar borrascoso que rodea la isla de Bocas del Toro y las otras islas de ese enorme y bello archipiélago situado al noroeste de la República de Panamá. Imposible pescar hoy, se dice; una vez más el clima le ha jugado una mala pasada.

A las nueve de la mañana, pese al obstáculo que le oponían las calles anegadas, la noticia había atravesado la ciudad de un extremo al otro. Y un terror indescriptible estrujó a sus habitantes.

El pasado del archipiélago es una cámara de horrores. De ahí que cualquier hecho de sangre reviva en los espíritus viejos miedos latentes. Algo quedó rezagado en las islas, prendido de las lianas del monte, acechando en los manglares, presto a irrumpir tumultuosamente en el presente. Hay un peso muy grande enterrado en el corazón algo muy podrido surca la corriente sanguínea poblando los sueños de signos sin clave. Cualquier crimen hace surgir, aun en los hombres más sensatos, una horrenda sensación de culpabilidad, de complicidad.

Un pesado estupor descendió sobre Bocas del Toro.

Continuación...



El Ahogado
Tristán Solarte

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