IGLESIA DE CRISTO
MARCHANDO EL ORDEN DE DIOS
Antes de dejar esta tierra para retornar al cielo, Jesús informó a Sus discípulos que el Espíritu Santo sería enviado para guiarles a toda la verdad. "Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir" (Juan 16:13). Lo que estaba contenido en el orden marchante de Dios a los apóstoles, también como a nosotros hoy, ha sido plena, entera, y completamente revelado (Judas 3; 2 Tim. 3:16-17; 2 Ped. 1:3).
Jesús dijo a Sus apóstoles, "...Toda potestad (autoridad) me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mat. 28:18-20). Jesús dijo, "Id, y haced discípulos a todas las naciones." Lo que estaba para ser enseñado no está declarado en estos versículos.
Marcos registra la misma comisión de la siguiente forma: "Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado" (Marc. 16:15-16). Marcos nos informa que el "evangelio" es eso que está para ser enseñado. Lucas registra, "Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén" (Luc. 24:47).
Cuando juntamos lo que estos tres escritos inspirados dijeron con respecto al "orden marchante de Dios," tenemos lo siguiente: (1) id, (2) enseñar, (3) a todas las naciones, (4) el evangelio, (5) el que crea, y (6) se arrepienta de los pecados y (7) sea bautizado, (8) es perdonado de los pecados.
Pablo nos ayuda a un mejor entendimiento de esto, cuando escribe: "Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras" (1 Cor. 15:1-4). Pablo enumera los hechos del evangelio que son la muerte, sepultura, y resurrección de Cristo. Estos hechos deben ser creídos antes de que el pecador no arrepentido pueda obedecer los mandamientos del evangelio. De Hechos 18:8 aprendemos que los "Corintios, oyendo, creían y eran bautizados."
Pablo adjunta una luz adicional, cuando escribe: "Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia" (Rom. 6:17-18). Cuando uno obedece a esa forma de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo, es hecho libre de sus pecados pasados y se convierte en siervo de la justicia. Pablo explica esta "forma de doctrina" al principio en este mismo capítulo. "¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva" (Rom. 6:3-4).
Cristo murió por nuestros pecados (Rom. 5:8). El pecador no arrepentido muere al pecado cuando detiene su pecaminosidad, lo cual ocurre al momento del arrepentimiento (Luc. 24:47). Cristo fue sepultado en un sepulcro nuevo que se hizo (Mat. 27:58-60). El pecador forastero es sepultado en agua para el perdón de los pecados (Luc. 24:47; Hch. 2:38; Rom. 6:4). Cristo fue levantado del sepulcro por la gloria del Padre (Rom. 6:4; Hch. 2:24). El pecador forastero es resucitado de una sepultura en agua como una nueva criatura en Cristo (2 Cor. 5:17; Rom. 6:5-6,18).
"El orden marchante de Dios" se le encargó a los apóstoles con la predicación del evangelio, el poder de Dios para salvación (Rom. 1:16), a toda nación. Esto fue hecho comenzando en Jerusalén (Hch. 1:8; Hechos 2), y fue después de eso predicado a toda criatura (Col. 1:23).
Cuando el mismo evangelio de Cristo es enseñado, creído y obedecido, podemos descansar seguros de que él salvará hoy como lo hizo entonces. "El orden marchante de Dios" permanece incambiable sin alteración de ninguna forma (Gál. 1:6-9; 2 Juan 9).
Un aporte de
Jaime RestrepoIGLESIA DE CRISTO
Madrid 950, SANTIAGO - CHILE