IGLESIA DE CRISTO

El Fariseo y el Publicano

La belleza de las parabolas puede ser encontrada en su simplicidad, y esta no es la excepción. En seis cortos versículos, Cristo se dirige a uno de los elementos básicos de nuestra espiritualidad - nuestra actitud hacia Dios, y nuestra actitud hacia nosotros mismos. Esta es una historia con dos hombres diferentes, dos diferentes oraciones, y dos mensajes para nosotros. Para aquellos "que confiaban en sí mismos como justos" (Luc. 18:9), esto es una fuerte reprensión y advertencia. Para los otros, esta parábola es un mensaje de esperanza y gozo.

Considere al Fariseo. Aparentemente es un buen hombre. No hay nada en el pasaje que sugiera que es un mentiroso o hipócrita. Aquí está un hombre que no solamente guarda la ley, sino que va más allá de esta, ayunando más de lo que tenia que hacer, diezmando mas de lo que es requerido. Agradece a Dios por su propia justicia, pero parece no darle al Señor ningún crédito. No le pide a Dios nada, y al escuchar lo que el Fariseo dice, él aparentemente no necesita nada.

Exactamente como el Fariseo puede no pensar en nada sino en su propio bienestar, el publicano no puede pensar en nada sino en su pecado. Está tan consciente de esto, que no puede levantar sus ojos a Dios, o aun aventurarse a acercarse a Su templo. Su agonía debe haber sido grande ciertamente como para golpearse el pecho y suplicar el perdón de Dios. El descendió a su casa justificado. En pocas palabras, el Fariseo no le pidió a Dios nada, y el Publicano le pidió a Dios todo. Ese es el mensaje de gozo en esta parábola. Si nos humillamos nosotros mismos ante Dios, a pesar de nuestra gran carga de pecado, Dios nos mirará como lo hizo con el publicano. La Biblia no nos dice como el cobrador de impuestos se sintió después de su oración, pero me imagino que un gran peso se levantó de sus hombros. Puedo verlo regocijándose y alabando a Dios en todo el camino hasta su casa.

La humildad no es simplemente una buena cualidad Cristiana, es una necesidad el Cristiano. Pablo nos exhorta a vestirnos "de humildad" (Colosenses 3:12). Pedro nos dice que nos humillemos bajo la poderosa mano de Dios, que El podrá exaltarnos en el momento debido. En la humildad podemos encontrar grandeza - no la grandeza del mundo, sino la grandeza en los ojos de Dios.

Ser humilde en 1989 no es siempre fácil. La gente hoy día no está interesada en servir, quieren ser servidos. Vivimos en un tiempo cuando la gente lucha por "sus derechos," nos es dicho que "creamos en nosotros mismos," y somos presionados a "alabar uno sus propias acciones" mientras aquellos alrededor nuestro sirven a nuestras necesidades. ¿Cómo puede un Cristiano mantener un espíritu humilde en un mundo como este?

Una forma es recordar lo que somos. Todos somos pecadores (Romanos 5:12). Somos mortales y estamos en esta tierra únicamente por un corto tiempo (Hebreos 9:27). Somos la creación del Dios Todopoderoso, y existimos para glorificarlo a El, no a nosotros mismos. El publicano sabía quien era, y sabía quien era Dios. Eso es por lo que no podía levantar sus ojos, o aun acercarse a la casa de Dios. No pienso que usted haya escuchado al publicano usar el nombre del Señor irrespetuosamente, como muchos Cristianos están propensos a hacerlo.

Recuerde quien es Dios. Toma algún tiempo leer los Salmos, y experimentar la incomparable grandeza de nuestro Señor (Salmo 66:3). Es una experiencia humilde y gozosa, cuando usted considera el amor que extendió para nosotros en la forma de Jesucristo (Juan 3:16). La vida de Jesús fue el más grande ejemplo de humildad que la humanidad jamás ha visto - un ejemplo que debemos seguir. Pablo dice, "Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Filipenses 2:5-7).

La vida de Cristo es una lección para nosotros. Nació en la pobreza, vivió para servir a la humanidad, lavando los pies de Sus discípulos (Juan 13:4-15). Cuando la multitud vino para tomarlo a El para Su muerte, Jesús tenía una elección. Pudo haber llamado doce legiones de ángeles (Mateo 26:53) e indudablemente el mundo lo habría proclamado rey, y nosotros estaríamos aun en nuestros pecados. Pero se humilló a sí mismo, el mundo lo escupió, murió en vergüenza, y nuestros pecados fueron clavados en la cruz con El. Aun un corto estudio de Su amor y sacrificio arrojarían el orgullo fuera de su corazón. Y como Cristo fue exaltado por Dios, por tanto Dios nos levantará si nos humillamos a nosotros mismos, colocando Su voluntad primero y de última la nuestra (Santiago 4:10).

Hay una antigua historia acerca de un Cristiano que murió y se encontró a sí mismo a las puertas del Paraíso. Se le pidió que enlistara todas las buenas obras de su vida, y si el puntaje era de 100 puntos, sería aceptado. El hombre tartamudeando empieza una narración de su vida, de como había vivido fielmente, llevado a muchos a la salvación, servido como anciano; en efecto, alguien podría llamarlo un Cristiano modelo. Como finalizó se le dijo que tenía un gran total de un punto. El hombre se cogió de la cabeza y dijo, "Entonces, simplemente tengo que postrarme a mi mismo sobre la misericordia de Dios." Eso, que él dijo, son los otros 99 puntos.

No podemos confiar en nuestras propias obras como el Fariseo lo hizo, porque si nos ensalzamos a nosotros mismos, Dios no nos traerá nada (Lucas 18:14). Que esta mentalidad este en usted como la estuvo también en Cristo Jesús, quien se humilló a sí mismo y se volvió obediente hasta el punto de la muerte. Esa es la verdadera grandeza. No la grandeza que el Fariseo sostenía, sino la grandeza de servir al Dios Todopoderoso.

Un aporte de Jaime Restrepo

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