El cuento y los niños de 5 a 11 años

Lic. Mónica Sánchez

Compiladora

   

Si deseamos vivir, siendo realmente conscientes de nuestra existencia, nuestra necesidad más urgente y difícil es encontrar un significado a nuestra vida. La comprensión del sentido de la vida no se adquiere repentinamente a una edad cronológica determinada, ni cuando uno ha llegado a la madurez. Obtener una comprensión cierta de lo que significa o debe ser el sentido de la vida , significa haber llegado a la madurez psicológica. Este logro es el resultado de final de un largo desarrollo: en cada etapa hemos de buscar y ser capaces de encontrar  un poco de significado congruente con el que ya hemos encontrado y se ha desarrollado en nuestras mentes.

 La sabiduría no surge de pronto, se va formando poco a poco y progresivamente desde los orígenes más irracionales a veces.

Solamente en la edad adulta podemos obtener una comprensión inteligente del sentido de la propia existencia en este mundo a partir de nuestra experiencia de en él.

 La tarea más importante y a la vez más difícil en la educación de un niño es la de ayudarle a encontrar un sentido en la vida. Se necesitan numerosas experiencias durante el crecimiento para alcanzar este sentido. El niño mientras crece debe aprender, paso a paso, a comprenderse mejor; así se hace capaz de comprender a los otros y de relacionarse con ellos de un modo significativo, mutuamente satisfactorio y lleno de significado.

 Para alcanzar un sentido más profundo, hay que ser capaz de trascender los estrechos limites de una existencia basada en uno mismo. Para no estar a merced de los caprichos de la vida, uno debe desarrollar sus recursos internos, para que las propias emociones, la imaginación y el intelecto se apoyen y enriquezcan mutuamente unas a otras. Nuestros sentimientos positivos nos dan fuerzas para desarrollar nuestra racionalidad; solo la esperanza nos puede sostener en las adversidades. 

Meditando cuales serian las experiencias que colaborarían en la educación de los niños ayudándolos a promover la capacidad de encontrar sentido a la vida encontramos que en primer lugar se encuentran:

  •          el gran impacto que producen los padres,

  •          en segundo lugar todos aquellos que se ocupan del cuidado de los niños,

  •          en tercer lugar el impacto de la herencia cultural se  transmite de la manera correcta.

 

Dentro de la herencia cultural los cuentos infantiles ocupan un lugar importantísimo.

La idea de que aprender a leer puede facilitar mas tarde, el enriquecimiento de la propia vida, se experimentara como una promesa vacía, si las historias que escuchan o leen en ese momento, son superficiales. 

¿Cómo se identifica una literatura no superficial?  

Debe estar relacionada con todos los aspectos de la personalidad al mismo tiempo; y dar plena importancia a los conflictos del niño, sin disminuirlos en absoluto y estimulando, simultáneamente, su confianza en sí mismo y en el futuro.

Para que una historia mantenga de verdad la atención del niño, ha de divertirle y excitar su curiosidad al mismo tiempo. Pero para enriquecer su vida, ha de estimular su imaginación, ayudarle a desarrollar su intelecto y clarificar sus emociones; ha de estar de acuerdo con sus ansiedades y aspiraciones; hacerle reconocer plenamente sus dificultades, al mismo tiempo que sugerirle soluciones a los problemas que le inquietan.

Necesita ideas de cómo poner en orden su “casa interior”, y sobre esta base, poder establecer un orden en su vida en general. Necesita una educación moral que le transmita, sutilmente, las ventajas de una conducta moral, no a través de conceptos éticos abstractos, sino  mediante lo que parece tangiblemente correcto y por ello, lleno de significado para el niño.

El niño necesita historias donde se mencionen los problemas existenciales que lo preocupan: la muerte, la soledad, la separación de los padres, los celos fraternos, temas que los atormentan por que sienten que generan en ellos deseos y emociones que no son aceptados ni por los padres y educadores ni por ellos mismos.

 El saber a través de los cuentos, que al héroe también le pasan esas cosas, y que a través del relato le van pasando sucesos que los llevan a una resolución, genera un alivio enorme, ya que puede comprobar que comparte con otras personas sentimientos que no son fáciles de confesar. Por otro lado, si el héroe pudo resolverlo, que en los cuentos además suele ser presentado como pequeño y desvalido, o por lo menos tan inadecuado como se siente él mismo, entonces tal vez, él también podrá resolver las situaciones que lo preocupan. 

Bibliografía

Hasta  aquí hemos estado consultando el libro “Psicoanálisis de los cuentos de hadas” cuyo autor el Dr. Bruno Bettleheim, es un reconocido psicoanalista de niños de nivel internacional. El libro fue escrito en 1977 y editado en castellano en 1988 por Editorial GRIJALBO, de México, para Ediciones Crítica de Barcelona.

Ahora vamos a contraponer otras ideas, para lo cual vamos a consultar a alguien que es un clásico: Vera Barclay , el libro consultado es “Lobatismo y formación del carácter”, en su edición de 1968 por Sucesores de Juan Gilli, Editores, Barcelona.  

Necesidad de cuentos en el niño 

            En el corazón de cada niño existe lo que podríamos llamar el instinto de lo maravilloso y de lo extraordinario. El niño vive buscando cosas que, por una especie de misterio inherente a su propia naturaleza, despiertan su espíritu y excitan su imaginación. Se tratan de cosas que a la vista de los adultos parecen simplezas, pero que el niño sabe qué representan.

Pero estos acontecimientos maravillosos están lejos de ser tan frecuentes como los niños desearían, no siempre resulta fácil salir en viaje de exploración, o pasear en globo. Es allí donde los cuentos ocupan el lugar de transportarnos y vivir aquello que no es tan fácil de emprender. 

El arte de contar cuentos, reúne todos los pequeños detalles de la vida cotidiana, extrae de ellos todo lo que puedan tener de maravilloso y les confiere un principio de unificación, bajo la forma de un héroe y de lo que se denomina una intriga.

El que narra, además, puede imaginar y describir innumerables peripecias novelescas que el niño no ha encontrado aún en la vida real; estos sucesos resultan más seductores por su relación con el héroe y con el peculiar desarrollo que este va teniendo a lo largo del relato. El cuento a pesar de que pueda estar refiriéndose a cosas reales, las transfigura, transponiéndolas a un plano mucho más novelesco que la vida cotidiana, lo mismo que a quienes las escuchan.

De este modo, el muchacho puede finalmente vivir y respirar este ambiente de pura imaginación, por el cual siente una sed instintivas. Muchos niños pueden hilvanar cuentos por sí mismos, pero estos son por lo general consecuencia de otros que han podido escuchar.

 En resumen, el muchacho apaga su sed por lo maravilloso con un cuento, puesto que gracias a este puede deambular por el mundo de la leyenda y llenar en él sus pulmones.  

Un cuento bien relatado, alimenta y puebla la imaginación de imágenes personales a las que el niño puede recurrir como se recurre al cajón de un mueble a revolver cuando hay necesidad. 

El niño toma nota, mentalmente, de la forma en que el héroe se ha comportado en las circunstancias tales o cuales, y se basa en ellas como forma de actuar. 

Ha ido tomando nota del resultado de sus acciones, de sus causas y de sus efectos, y sobre ellos fundamenta sus juicios, como si los acontecimientos pertenecieran a la realidad y no a la ficción. Las opiniones que él se forma de la vida y de las personas en parte pertenecen a esta experiencia de ficción. De hecho uno no puede pasar por todas las experiencias personalmente, algunas vienen así en relato, sea un cuento intencional o no. Esto forma evidentemente el carácter de los niños. 

Los cuentos despiertan el interés de los niños por la vida. También el despertar del interés por se alguien y hacer cosas valiosas. Este es el germen que luego en su vida adulta fructificará en el verdadero interés por sus actos y por los demás. Las historias bien elegidas son Las que a través de un trabajo casi imperceptible pero continuado, van construyendo el armazón espiritual del alma del niño, depositando en ella esas nociones fundamentales del bien y del mal, de las que depende el buen orden de la humanidad. Estos principios no pueden aprenderse como las tablas de multiplicar. Sobre estos principios, como si de cimientos se tratase, los cuentos pueden ir edificando, paulatinamente, un ideal de sí mismos como personas adultas.

 

EL ARTE DE CONTAR CUENTOS 

En primer lugar, y como cosa muy importante, es preciso que el héroe sea un personaje creíble, un personaje que aún siendo ficticio, posea un auténtico carácter; un hombre (niño, animal etc.) cuyos actos tengan un desarrollo lógico y estén en consonancia con las palabras y los hechos que describimos de él, con el resto de las personas normales de todos los días. Es preciso que sea un personaje cuyo pasado y futuro puedan ser descriptos con suficiente autenticidad, no tenemos por que establecer una marioneta a los fines del relato que no tenga pasado ni futuro por que no será creíble por los niños. 

La importancia que tiene la realidad psicológica del héroe, es que este es y debe ser, el centro, de toda la intriga. Es a él a quien deben estar referidos todos los incidentes de la historia, todo debe ser el reflejo de su personalidad, y  su personalidad imprime su sello a todas las peripecias. El interés del relato proviene de la forma como se comporta en cualquier circunstancia, como se desenvuelve en los apuros, como trata a las personas, de sus puntos de vista, de sus desgracias y alegrías, y  fundamentalmente como se relaciona con el villano de la trama.

Por consiguiente si el héroe no es más que un compuesto irreal de características irreconciliables, o si no es más que un fantoche, toda la historia queda por así decirlo, descentrada; la intriga parte de un dato falso y,  como consecuencia, desemboca en el absurdo.

Y esto nos lleva a un segundo punto, salvo que la historia sea claramente un cuento de hadas, los acontecimientos deben ser auténticos (en el sentido de la congruencia con la historia).

Poco importa si verdaderamente este héroe ha podido realizar esta empresa, lo importante es que la empresa este en consonancia con el héroe que hemos trazado. Los detalles de la historia deben ser reales pues esto le añade verosimilitud.  

La historia no debe tener un doble sentido. Los acontecimientos y los personajes que animan el relato deben actuar y existir por el propio interés del relato, y no por el interés de un comportamiento espiritual. Los adultos pueden disfrutar con las alegorías, los niños no. Además los personajes de una narración infantil deben tener dentro de lo posible un carácter lo suficientemente noble para que los niños no pierdan su aprecio por la naturaleza humana. Eso no quiere decir que deban ser perfectos, es más los buenos cuentos son los que el héroe también comete errores o faltas, y a través de la trama ve su error, pide perdón o se arrepiente del daño causado. El acento no debe estar en el castigo ya que si el mal es lo suficientemente tentador, el niño se arriesgará a ser castigado solo por ese atractivo, lo que debe alejar del mal es su bajeza intrínseca. El niño dudará de cometer un acto que considere bajo o despreciable.

Las novelas o grandes cuentos, permiten dibujar más claramente el carácter del héroe, simpatizar mas vivamente con él, puesto que se convierte en un amigo al que se le sigue por múltiples aventuras. Si las contamos a lo largo de varios días, se transforma en lo que literariamente se llama ciclo; el ciclo de la selva, el ciclo de los lobos, el ciclo de los amigos de mowli, el ciclo de los cuentos míticos, de los cuentos de caballeros, de los cuentos de ciencia-ficción, etc. 

LA FORMA DE EXPLICAR LOS CUENTOS 

Los puntos a tener en cuenta son:

 

  •       Antes de empezar hay que saber bien el cuento o por lo menos el hilo de la historia, si es que nos sentimos seguros y somos ingeniosos para inventar detalles. Detenerse y no saber dónde seguir destruye todo el clima y la ilusión de los niños. Los lobatos, siempre generosos,  hacen de nosotros seres superiores, y creen verdaderamente que hemos sido testigos oculares de los hechos que relatamos, por supuesto que los testigos deben saber el final de la historia que cuentan. Fallar en esto es caer en picada del pináculo donde los lobatos lo ponen a dirigente y desanimarlos cuando hay otros temas más importantes para mostrar a los niños la faceta humana y falible que poseemos.

  •       Luego hay que poner en la historia el mismo interés que ponen los niños, la suerte del héroe debe emocionarnos e impedirnos respirar, igual que a ellos. En realidad relatar un cuento tiene que ser tan emocionante o más que escucharlos, ¡ En vuestras manos está la suerte del héroe !

  •       Lo que describimos hay que verlo como una película que se desarrolla ante nuestros ojos desde la imaginación, uno así no hace mas que describir lo que ve, y los niños también lo verán. El arte de todo narrador se basa en esta capacidad de representar las cosas.  

  •        Por más profunda que sea la convicción que tengamos sobre el valor moralizador de las historias, estas deben ser relatadas por sí mismas. El cuento mismo acarreará la lección. No hay que tener segundas intenciones ya que su sombra se proyectaría sobre el placer que se experimenta en contar el relato y en consecuencia sobre el placer de los lobatos al escucharla. No hay que intentar lograr otro efecto que el de una agradable emoción y un enorme interés. La historia no debe contener ninguna moraleja ni acarrearla. La moraleja debe ir dentro del relato, es decir, que esta debe representar algo vivo humano y real que merezca una historia.

  •       Al narrar hay que pensar en el auditorio real que tenemos frente a nosotros, si nos damos cuenta de que los niños se fatigan, hay que cambiar la forma de relatar hasta captar la atención nuevamente.  

  •       Nada de generalidades, hay que atenerse a los detalles que se encadenan unos con otros formando un todo. Una historia puede tener varios episodios pero hay que relatar bien cada uno, no puede ser una seca enumeración de hechos. La narración puede tener mil peripecias pero no repeticiones de los mismos acontecimientos, tampoco inútiles explicaciones o extractos de moral.  

  •        Al llegar a la crisis, el punto más alto del clima del relato, donde su atención esta más alta, hay que llevarlos al desenlace a la brevedad, se puede decir que los niños que se han visto conducidos a una tensión cada vez más alta, el desenlace afloja el resorte y descienden rápidamente. Un final que se alargue destruye el efecto de la narración y, de una u otra forma, los que se mueven y murmuran nos obligarán a terminar el cuento.

  •       Finalmente, que el cuento no incluya nada que no sea necesario, evitaremos todo lo que desvíe del hilo conductor. 

Los lobatos como todos los niños, poseen un instinto literario natural, los detalles que no hacen al nudo del relato, les molestan, una larga descripción del carácter de un personaje los disgusta, la descripción de objetos o situaciones que no hacen directamente a la intriga, solo les congestionan el escenario.

 

Narrar es un arte innato, un talento, pero eso no quiere decir que si no lo poseemos no debemos contar cuentos. Observando estas  reglas y practicando  podemos  ayudarnos  a adquirirlo.

 

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